Espiras, juego de combate basado en AD&D

Espiras es un juego de combate basado en el reglamento del viejo AD&D, pero se puede adaptar a otros muchos juegos, pues realmente lo único que se necesita es un buen número de monstruos y de tesoros.

En Espiras pueden participar desde dos jugadores hasta media docena o más, aunque el juego es mucho más ágil si sólo hay dos o tres jugadores.

En Espiras no es necesario que exista un master, aunque igualmente su presencia puede ser algo opcional para agilizar el juego.

La forma de jugar es muy simple, sólo necesitas una lista aleatoria de monstruos y una lista aleatoria de tesoros de AD&D (u otro juego).

Resulta que en una región del mundo plagadas de cráteres un poderoso dios de otro mundo creó un peculiar zoológico. Reuniendo criaturas de todo tipo, las colocó en el fondo de los cráteres, y mediante una poderosa magia las ató a ese lugar para que no pudiesen escapar. Gestionando el zoológico dejó a los Maestros de la Sangre, quienes debían mantener y gestionar no sólo la alimentación de las criaturas, sino su reproducción y bienestar.

En realidad los Maestros no se llamaban así originalmente, pero tras siglos de ausencia de su dios, los Maestros de la Sangre se han corrompido. Para llenar el hastío de sus eternas vidas entregadas a un único objetivo deformaron las instrucciones de su amo (si vuelve alguna vez su ira puede ser terrible). Ahora organizan torneos de combate con las criaturas de las espiras, de ahí su cambio de nombre.

Así, con el tiempo, una región con cientos de cráteres en la que se albergaban la más mortífera colección de criaturas de muchos mundos es ahora un campo de torneos en el fondo de los cuales, los Maestros han colocado generosos tesoros y a la que personas de todo el mundo con ánimo de aventuras y riquezas acuden a competir con otros.

Cada jugador elige una espira en la que descender y deberá enfrentarse a las criaturas que moran en su fondo a cambio de conseguir su tesoro.

Puedes asignar a cada espira de forma predeterminada los monstruos y los tesoros, o hacerlo de forma aleatoria durante el juego. También puedes elegir los tesoros de forma aleatoria o en función de la dificultad de la criatura (ver tablas de tesoro en las fichas de monstruos).

El jugador contrario (o el master, de haberlo) tirará los datos por las criaturas a las que se enfrenten los diversos jugadores.

El ganador del juego será quien en diez rondas haya conseguido sobrevivir y obtener más tesoros.

Otra variante que yo llamo Los Campos de los Héroes consiste en que los jugadores se enfrenten a criaturas hasta su muerte, momento en el que ascenderán hasta los cielos de los dioses donde el que más tesoros haya conseguido será ensalzado y agasajado por dioses y valkirias durante una fiesta que durará hasta la próxima reencarnación y el próximo combate.

Por supuesto, puedes complicar el reglamento todo lo que quieras. Puedes añadir una lista de trampas y acertijos, o alternarlas entre los tesoros y los monstruos. O puedes hacer un torneo de grupos de aventureros en unas jornadas, en las que varias mesas se enfrenten a las criaturas del fondo.

Como ves, un juego sencillo, bajas al cráter, combates y recolectas el tesoro. Sólo tienes que ser mejor que tus competidores matando kobolds, dragones, demonios y gigantes.

Fácil ¿no?

 

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Los Cultos de la Plaga (ayuda de trasfondo para Black Hammer)

Uno pensaría que el terror de la Plaga es tan grande, su recuerdo en la mente colectiva tan imborrable, que cualquier ciudadano de cualquiera de las ciudades del mundo de Black Hammer trataría de mantenerse lo más alejado posible de ella.

Y generalmente suele ser así. Las ciudades fortificadas y aisladas han sobrevivido manteniendo sus ecosistemas aislados y cerrados, y ni siquiera la llegada de los dragómadas les ha hecho desear saber nada más del exterior.

Sin embargo, el aislamiento permanente puede tener efectos terribles en algunas personas. Uno de esos efectos es lo que en el mundo moderno podríamos llamar un Síndrome de Estocolmo personalizado en su captor, la Plaga. Sí, aunque parezca mentira, algunas personas adoran a La Plaga y tratan componen en sus mentes depravados cultos y religiones con los que tratan de adorar, unirse, o incluso dejar entrar en las ciudades este horror.

En algunas ciudades, no en todas, por suerte, han surgido estos cultos, cada uno con su rimbombante y apocalíptico nombre, cada uno con sus características únicas, sus rituales y sus propios objetivos. Los dragómadas, cuando los encuentran, los llaman los cultos de la Plaga, y colaboran activa,mente con las autoridades locales para localizarlos y reprimirlos, usando toda su magia y conocimiento en ello.

Pues un culto de Plaga, por inofensivos que puedan parecer sus miembros, puede suponer un cáncer para una ciudad. algunos sólo desean unirse a la Plaga, a quien consideran su señor, y no el más terrible de los horrores. Otros quieren ayudar a que se termine lo que empezó hacer casi mil años, y desean derruir las barreras mágicas, físicas o religiosas que han mantenido a la Plaga fuera de las ciudades, permitiendo su entrada en ellas y causando la más horrenda exterminación de sus ciudadanos.

Estos cultos apocalípticos complotan para derruir murallas, romper estatuas de viejos dioses, destruir sellos de protección y, en definitiva, hacer desaparecer todo aquello que los habitantes de una ciudad consideran que podría haber sido lo que impidió la entrada de la Plaga a su hogar. Por supuesto, nadie conoce la Plaga, ni su origen, ni en qué consiste, ni porqué motivo respetó las ciudades, por lo que atribuir a una barrera física o mágica la capacidad de detenerla podría ser tan ridículo como pensar que por eliminar esa barrera la Plaga vaya a entrar en la ciudad y acoger a los miembros del culto.

Otros cultos sólo desean unirse al terror que les ha corrompido la mente, y tratan por todos los medios de escapar de lo que consideran un encarcelamiento injusto. Creen que sus antepasados deberían haberse entregado a la Plaga, y tratan de abrir clausuradas puertas, escalar murallas impenetrables o aprovechar la llegada de una caravana dragómada a una ciudad para escabullirse fuera.

cuando uno de estos cultos es descubierto, la reacción de los gobernantes de la ciudad puede ser tan variada como encerrarles en alguna cárcel (si poseen), ejecutarles o incluso cumplir sus deseos y dejarles salir. Por supuesto, en éste último caso nadie ha regresado del exterior (y probablemente no les dejarían volver por miedo al contagio, pues muchos temen que la Plaga sea una enfermedad, o magia oscura infecta, no podéis imaginar lo que les cuesta a los dragómadas convencer a una nueva ciudad de que les permitan entrar y de que sus cánticos, tatuajes y conjuros impiden que la Plaga se adhiera a ellos).

Los Cultos de la Plaga pueden dar pie a muchas aventuras dentro de una o varias ciudades de Black Hammer. Dado que cada ciudad está aislada, cada culto puede ser radicalmente distinto en cada ciudad. Constructia podría albergar uno que usa máquinas para intentar traer la Plaga, en Taniendra quieren usar los espejos obtenebrantes para invocarla, y en Seesa recolectar muestras de tejido infectado (obtenidos de los niños de la sangre o de los trolls de Plaga que atacaron la ciudad) para criar semillsa de Plaga de los Invernaderos.

Esto daría pie a crear una nueva clase de personaje que viaja por las ciudades siguiendo a los Dragómadas, y tratando de localizar estos cultos allí donde surgen, para exterminarlos y cazarlos…los Cazadores de Plaga.

También, si lo prefieres, puedes plantear la partida contraria, desde el lado de vista de un cultista, y siguiendo el ejemplo del estupendo juego, Cultos Innombrables, en el que los personajes forman parte de uno de estos cultos apocalípticos. Cómo lograrán su meta y cuál será su recompensa si la logran y se unen a La Plaga ya es algo que, por el momento, dejo a tu imaginación.

 

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Prólogo de la Novela: Ichar

Hace unos años la desaparecida editorial Proyectos Editoriales Crom edito mi novela Ichar.

Pero la versión editada no es la única versión posible de la historia del Teniente Torres y su inmersión en el terrible y maravilloso mundo de Los Ichar.

Con el tiempo convenció a mi hermano de que escribiese su propia versión, que espero que termine algún día.

De momento, para que podáis disfrutarla, aquí os dejamos el comienzo de esta nueva versión de Ichar.

Ichar: Prólogo

Creímos que el enemigo vendría de fuera, del espacio exterior, por lo que a menudo fantaseábamos con invasiones alienígenas provenientes de otros planetas. La sección de ciencia-ficción de tu videoclub más cercano seguramente estaba abarrotada de películas con esa temática, unas buenas y otras mediocres, y algunas tan malas que te hacían desear que los extraterrestres aniquilasen de verdad a sus directores y productores. Recuerdo con nostalgia títulos como La guerra de los Mundos, V, La Invasión de los Ultracuerpos, Men in Black, Mars Attack, Independence Day(ésta era de las muy malas), entre muchas otras.

También barajábamos la posibilidad de que el planeta se volviese contra nosotros, que la Naturaleza reaccionase y nos diese la espalda e intentase eliminarnos como al virus destructor que somos. Huracanes, tormentas, terremotos, erupciones volcánicas, la verdad es que había donde elegir.

Pero lo que jamás pensamos fue que el enemigo compartiría hogar con nosotros, que habíamos dormido con él durante toda nuestra breve historia.

Nos sentíamos cómodos y seguros en nuestros sofá, no seríamos nosotros los que contemplásemos el fin de la humanidad, que se preocupasen nuestros nietos, pensábamos. Qué ciegos fuimos al no ver las señales.

Llegaron ocultos tras una serie de fenómenos naturales y nadie se dio cuenta de lo que se nos venía encima. Todo comenzó hace unos años cuando paulatinamente, centímetro a centímetro, y sin ningún motivo aparente, se elevó el nivel de las aguas de los océanos. En apenas unas semanas el mar engullía las playas y como si de un animal hambriento se tratase al que nada saciaba, prosiguió tierra adentro.

Marea macrosolar, o algo similar la llamaron, y los científicos achacaron el fenómeno a una potente tormenta solar episódica. Resaltaron el término episódico del nombre, intentando tranquilizar a la población afirmando que las aguas volverían a bajar más pronto que tarde y que en el momento en que la tormenta se apaciguase los niveles se recuperarían.

Se equivocaron.

En un par de años las olas barrían las ciudades costeras y las islas más bajas estaban anegadas. Holanda, el norte de Alemania, Dinamarca, Polonia, Estonia, Siberia, gran parte del Amazonas, China, La India, la mitad de Argentina y otras zonas bajas del planeta quedaron bajo las aguas.

La teoría de la tormenta solar se fue al traste. Buscando respuestas sencillas lo achacamos al cambio climático al igual que hacíamos con casi todos los males del planeta. El hombre había contaminado tanto la Tierra que algo así sucediese entraba dentro de las quinielas, los científicos ya lo habían profetizado hacía tiempo. Parecía que esta vez sí la Naturaleza nos daba una patada en el culo. La programación televisiva y las redes sociales se llenaron de debates en los que expertos de todo tipo acusaban a los gobiernos de ignorar las advertencias.

Independientemente de cual fuese la causa, el efecto inmediato fue que gran parte de la población se quedó sin hogar y los habitantes de las ciudades inundadas emigraron al interior en busca de un techo. Fue una peregrinación masiva, algo nunca visto en la historia reciente. La imagen de cientos de miles de personas abandonando su ciudad en coche se me quedará grabada en la retina para toda la vida.

Y es que si la tierra ya estaba masificada, imaginad el efecto que produjo el perder el diez por ciento de la superficie habitable. De la noche a la mañana, se formó lo que los expertos vinieron a denominar el Cuarto Mundo. Millones de personas que lo tenían todo y repentinamente se quedaron sin hogar, sin acceso a electricidad, comida ni agua. La ONU intentó coordinar el protocolo de auxilio sin demasiado éxito pues había demasiada gente demandando ayuda y pocas manos dispuestas a hacerlo.

No todos abandonaron las poblaciones costeras. Hubo valientes, o locos, que se negaron a abandonar sus casas y rechazaron convertirse en nómadas. Intentaron adaptarse a las nuevas condiciones; recorrían las antiguas calles en barcas improvisadas imitando a los gondoleros venecianos; rapiñaban la comida de los almacenes inundados; sobrevivían como podían.

No les fue mucho mejor que a los que huyeron. A cuentagotas, comenzaron a desaparecer. Al principio se achacó a accidentes en el agua o al cansancio de vivir en un pantano, que era en lo que se habían convertido las ciudades costeras. Cuando fueron cientos los desaparecidos sin dejar rastro las autoridades comenzaron a enviar equipos de búsqueda. Nunca regresaron.

Nadie pudo explicarlo, pero la gente comenzó a temer al mar. No ayudaban las fotos que empezaron a circular en las que se veían extrañas criaturas surgiendo del mar. Facebook, Twitter y el resto de redes sociales hervían con historias fantásticas y de terror que muchos empezaban a creer. Se demostró que en tiempos de crisis internet eran un bomba de relojería y en lugar de servir como una herramienta de búsqueda de la verdad, se convirtió en un nicho de conspiradores y paranoicos. Conspiradores y paranoicos que decían la verdad y que no cerraron los ojos ante lo que los demás no quisimos ver.

Pero me estoy adelantando. Volviendo con las inundaciones, os estaréis preguntando cómo afectaron a nuestro país. En España, destinos turísticos centenarios pararon a ser un simple recordatorio de tiempos mejores. Grandes ciudades como Barcelona, Valencia, San Sebastián, Cádiz, Marbella, Gijón, se convirtieron en cementerios cuyas lápidas eran los edificios que sobresalían de las aguas. Las Baleares y las Canarias desaparecieron casi por completo engullidas por el mar. Las provincias interiores se convirtieron en la tierra prometida para los sin hogar. Madrid y el resto de ciudades de la meseta se vieron desbordadas ante la miríada de refugiados. El gobiernos intentó por todos los medios resolver la situación que se había creado, pero los líderes políticos demostraron nuevamente su incompetencia para atajar cualquier problema. Prometían comida y soluciones y ninguna de las dos cosas llegaba. Aún así, y en su defensa, decir que la posibilidad de realojar a millones de personas era algo para lo que no estaba preparada ninguna nación de la Tierra.

Sin embargo, durante semanas, quizás meses, creímos haber controlado la situación. Se crearon campos de refugiados, se reubicó a una parte de los sin hogar en los pisos y casas libres y se comenzó a distribuir la ayuda. No es que resolviésemos el problema, pero íbamos por buen camino.

Por desgracia, la subida del nivel del mar únicamente había sido el primer paso, la primera de las Nuevas Plagas como vinieron a llamarlas los más religiosos. Plaga. Calamidad grande que aflige a un pueblo, es la definición que aparece en el diccionario. Un nombre acertado.

Si la primera Plaga nos arrebató las costas y desató el caos, la segunda Plaga castigaría el interior y provocaría el miedo. Tras las inundaciones llegaron los temblores de tierra. Durante un día, toda la corteza se agitó al igual que el hielo dentro de una cubitera. Yo me encontraba en Sevilla cuando sentí el temblor, me había mudado allí tras la inundación de Valencia. El suelo bajo mis pies vibraba con intensidad. Los libros se cayeron de los estantes, como si un espectro furioso los arrojase al suelo. La lámpara temblaba alocada y varias grietas recorrieron mi salón dejando un camino de hormigas en la pared. Sentí un estallido y me asomé por la ventana justo a tiempo de ver una nube de polvo donde antes estaba la Giralda. Lo que yo vi se repitió por todo el país, por todo el mundo. En el resto del planeta el fenómeno se reprodujo. Edificios derrumbados, puentes cortados, y carreteras inaccesibles. Caos, caos y más caos.

Fue el continente africano el que más sufrió. Aún no sabemos cómo la placa tectónica africana se fracturó, generando tres enormes grietas que se abrieron en mitad del continente. Las fotografías tomadas por satélite mostraban tres brechas que cruzaban África de Este a Oeste, desde Mauritania a Somalia, atravesando Mali, Nigeria, Chad y Sudán en su recorrido. Desde el cielo parecía el zarpazo de un felino gigantesco que hubiese desgarrado la Tierra. Dicen que el día que el suelo se abrió se escuchó un aullido en todo el continente. Hay quien asegura que hasta se oyó en algunas partes de Europa y de Latinoamérica. Ese día, la tierra engulló varias poblaciones completas.

Las grietas en la corteza tienen un ancho de varios kilómetros y una profundidad aún mayor y la cicatriz aún sigue visible hoy en día desde el cielo. Los más supersticiosos creen que son las puertas al infierno, y que por ahí saldrá el mismísimo diablo para llevarnos con él. No andan muy desencaminados.

Esta vez los científicos plantearon diversas teorías geológicas todas bastante creíbles que explicaban los terremotos. Y se equivocaron de nuevo.

Una ola de miedo embargó a la Humanidad. Miedo hacia ese nuevo Cuarto Mundo, hacia los que hace unos días eran nuestros hermanos. Miedo al mar. Miedo a la propia tierra. ¿Qué sería lo siguiente?, se preguntaba la gente asustada.

Y no les faltaban motivos para sentir miedo. Aún faltaba una última Plaga por llegar. Recuerdo que me lo había enseñado mi profesor de física del instituto. Si los polos se derretían, el agua se distribuiría uniformemente por el planeta y eso afectaría a la velocidad angular de rotación. Pensad en un patinador de hielo girando sobe sus patines, por hacer un símil que comprendáis. Si separa los brazos del cuerpo girará más despacio, si los pega al cuerpo lo hará más deprisa. Eso es lo mismo que sucedió con la Tierra. La velocidad se redujo, y en contraposición los días se hicieron más largos. Pero lo más importante fue cómo afectó a la inclinación del planeta sobre su eje. Los efectos de este cambio eran… impredecibles. De ahí que no nos esperásemos lo que sucedió a continuación. Tiempo después los científicos acordaron en denominarlo el Instante NG.

El Instante NG fue un fenómeno mundial que se produjo el 6 Marzo de 2010 a las 17:43:23. Como su propio nombre indica, duró un solo instante, ni siquiera un segundo. Concretamente y según las mediciones posteriores, duró 523 milésimas, y durante esos efímeros milisegundos, la gravedad desapareció del planeta. 523 milésimas de gravedad cero y por lo tanto, con todos los cuerpos sometidos a caída libre.

NG. No Gravedad.

Los efectos inmediatos dentro de la atmósfera fueron escasos, la gente apenas experimentó un vuelco en su estómago como cuando te montas en una atracción de feria. Sí, se produjeron accidentes, pero a pequeña escala. Algún que otro accidente aéreo y poco más. Sin embargo, los efectos fuera de la atmósfera fueron devastadores. Cuando nos quisimos dar cuenta la ausencia de gravedad había provocado que los satélites, que viajaban a una velocidad vertiginosa, se saliesen de su órbita y se perdiesen en el espacio. Y con ellos, gran parte de las comunicaciones, la información meteorológica y los sistemas de posicionamiento.

Los satélites no fueron los únicos en verse afectados. La estación espacial sufrió un destino aún peor. Intentando corregir la órbita para no acabar en el espacio los astronautas de la ISS encendieron los motores apresuradamente. Para su desgracia, cometieron un error de cálculo que provocó que se precipitasen hacia la atmósfera terrestre, desintegrándose en la caída.

Dejamos de ser los dueños del cielo.

Surgieron diversas hipótesis que trataban de explicar el fenómeno y ninguna lo suficientemente lógica. Lo sucedido contradecía las leyes de la Física. Newton debía estar muy mosqueado en su tumba.

La proximidad de la luna fue esta vez la supuesta causa. ¿Y adivinad qué? Sí, habéis acertado. Los científicos se volvieron a equivocar.

Si la primera plaga había desatado el caos y la segunda el miedo, la tercera nos aisló. No lo he mencionado pero al Instante NG le sucedieron diversas tormentas por todo el planeta. Fue tal su potencia que provocaron daños en muchos equipos electrónicos que dejaron de funcionar. Curiosamente los más afectados fueron los sistemas de comunicación. Routers, antenas y repetidores se averiaron y dejamos de saber qué es lo que pasaba al otro lado del mundo.

También los cables transoceánicos sufrieron daños. Pensamos que fue culpa del movimiento de las placas del fondo marino, jamás se nos pasó por la cabeza que algo o alguien los pudiese haber cortado. Esos cables cursaban el 99% del tráfico de internet.

Nos quedamos ciegos.

Las noticias llegaban con cuentagotas y la mayoría desvirtuadas. La era de las Telecomunicaciones se vino abajo en un parpadeo. ¿Qué pasaba en Londres, París o el resto de Europa? ¿Y en otros continentes? Las últimas noticias que recibimos antes del Instante NG no eran nada alentadoras. En China, la presa de los tres ríos se había venido abajo, en EEUU California era un páramo desolado y había noticias de que América se había partido en dos por Panamá. ¿Cuál era la situación en esos lugares ahora mismo? Aunque no había que irse tan lejos. ¿Qué sucedía en Zaragoza, Cuenca o Valladolid? O más cerca aún, ¿qué sucedía en Alcalá o Getafe?

Caos, miedo y desinformación, tres armas muy poderosas. Visto con perspectiva se trataba de un plan cuidadosamente calculado, que obtusos fuimos al no darnos cuenta.

El cúmulo de desastres volvió la situación incontrolable. Los científicos proseguían con la sucesión de teorías baldías, los militares se enfrentaban a aquellos que debían proteger y el gobierno escondía la cabeza en el suelo como un avestruz. No supimos hacer frente al desafío que se nos planteaba.

Y lo peor estaba por llegar.

Tras las Plagas, los Jinetes del Apocalipsis hicieron su aparición.

Llegó el HAMBRE. La situación se nos había escapado de las manos hacía ya tiempo. La comida escaseaba a pesar de la buena voluntad de muchos hombres. Fue imposible alimentar a tantos necesitados. El mar había devorado ingentes campos de cultivo y ya no había comida para todos. La falta de suministros degeneró en hambruna. Las imágenes de niños esqueléticos que antes veíamos con lástima en los telediarios se volvieron habituales en las calles de cualquier ciudad. El problema del Cuarto Mundo se convirtió pronto en una realidad incómoda para el resto de la población acomodada. Los cimientos sobre los que habíamos construido nuestra sociedad se desmoronaron. También ocurrió lo que creímos que jamás sucedería. El dinero perdió su valor. ¿De qué servía un papel en una situación semejante? Y con la muerte del dinero, el trueque renació con fuerza. La gente intercambiaba sus bienes por un pedazo de pan o una pieza de fruta. Una vez vi a un hombre vender su coche por dos gallinas para poder dar de comer a su hija.

Llegó la GUERRA. Las autoridades se sentían impotentes para detener el creciente pánico que se extendía. Se creó un cinturón militar alrededor de los grandes núcleos de población y el gobierno se vio obligado a conceder libertad al ejército para que hiciese uso de la fuerza. Lo tenían claro, si no podían salvar todo el país, al menos preservarían las grandes ciudades, pensaron egoístamente. El ejército tomó el control de las naciones, agrupando a la humanidad bajo su férrea mano para lograr sobrevivir a lo que se avecinaba. Dieron de lado al Cuarto Mundo y se cerraron fronteras para evitar la llegada de aún más refugiados. Como era de esperar, la situación desembocó en revueltas que se extendieron por todo el mapa con la misma velocidad con que el fuego lo hacía en un pajar. Estallaron conflictos en todo el mundo entre los refugiados y los habitantes de las ciudades que estaban a salvo. Los que tenían un techo bajo el que dormir impedían a los refugiados acceder a su casa, intentando conservar el estilo de vida del pasado. Los que antes eran hermanos ahora peleaban como enemigos por un techo y un pedazo de pan.

Llegó la MUERTE. Era imposible hacer un balance de las víctimas a causa de las inundaciones y los terremotos. Por no hablar de los que fallecieron en las revueltas que tuvieron lugar a lo ancho y largo del mundo. Millones de personas habían muerto ya. Y las que estaban por venir. Las ciudades hedían con el olor de los cadáveres. Las enfermedades acechaban a los supervivientes, tuberculosis, cólera, y un sin fin de males que acabaron con la vida de otros tantos. Esta vez no hubo tiempo para escuchar a los científicos, teníamos otras cosas más importantes de las que preocuparnos. Los políticos hablaban de que nos enfrentábamos a la peor catástrofe desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero los Jinetes del Apocalipsis eran cuatro. Faltaba uno…

Llegaron los ICHAR.

Surgieron de los mares reclamando la Tierra. No hicieron ninguna declaración de guerra. No dieron ningún ultimátum. Solo tomaron lo que antes era nuestro, comenzando por las ciudades que los mares nos habían arrebatado.

Soltaron a sus bestias para que les allanaran el camino. Montaban en mascotas preternaturales, leviatanes marinos, beemoths que empequeñecían a los elefantes más grandes.

Y después vinieron ellos.

Humanoides de piel brillante, ojos dorados y refulgentes, con los poderes de la creación, sabios por milenios de estudio, y enfurecidos por eones de rechazo.

Deux ex machina.

Nos cazaron igual que a conejos asustados. Ni siquiera el poderoso ejército estadounidense pudo frenarlos. Dominaban la mente de nuestras tropas para volverlas contra nosotros, sólo una mirada suya cortaba la respiración, volaban desafiando a la gravedad, se tornaban invisibles como el león en la hierba, proyectaban rayos a través de los ojos… Poderes inhumanos. La ira divina les acompañaba.

Londres fue la primera ciudad que atacaron. Los rumores de barrios convertidos en cenizas, de miles de muertos, de fantasmagóricas criaturas recorriendo sus calles desiertas llegaban con cuentagotas a través de la red de desinformación que eran ahora los medios de comunicación.

Todas las noticias parecían exageradas. Todas se quedaron cortas.

Londres es ahora un mausoleo, en el que descansan en paz diez millones de personas.

Todavía recuerdo el día que uno de ellos apareció en mi ciudad, levitando a dos palmos del suelo. Su piel negra resplandecía bajo los rayos de sol, vestía ropajes cubiertos con runas arcanas y poseía largos dedos acabados en garras. Lo que más llamó mi atención fue su larga melena formada por serpientes de plasma negruzco y sobre todo, sus ojos brillantes de odio. El fuego que surgía a su paso no se atrevía a tocarle y todos los animales de la ciudad callaban asustados por su presencia.

Intentamos hacerle frente pero las balas resbalaban contra su campo de fuerza. El ejército envió un batallón de carros a enfrentarse a él. Los obuses apenas le hacían reír y la muerte llegó a todo el que no pudo huir. Al final, sólo el asalto combinado de la aviación y un bombardeo naval le hizo retirarse, dejando tras él una ciudad devastada y miles de muertos.

Sólo fue el principio. Vinieron más como él. Barrieron del mapa ciudades enteras de un soplido, aniquilaron ejércitos enteros, esclavizaron a la humanidad. El espacio aéreo de todo el planeta se cerró, nadie se atrevía a volar. Las comunicaciones por carretera también se redujeron. El mar engulló las plataformas petrolíferas y los trasatlánticos, barcos y yates yacían varados en la inmensidad del océano como ballenas de acero.

Los científicos no reconocen ni la especie ni su origen genético. Los lingüistas aún tratan de descifrar su lenguaje. Propugnan que es una especie anterior que habitó los mares de la antigüedad, entre la época de la formación del mundo y la extinción de los dinosaurios. No saben explicar si han estado dormidos hasta ahora, u ocultos, y no hemos conseguido comunicarnos con ellos para dialogar.

Se dice que existen cientos y que sólo hemos visto unas docenas, que el resto esperan en las simas de los océanos, en ciudades de millones de años de antigüedad a que la humanidad se rinda a sus pies, para esclavizarla o destruirla. Nos enfrentamos a la ira divina, encarnada en unos seres destructores de gran poder.

Ese es nuestro enemigo. Esos son los Ichar.

Y por si no teníamos bastante, han surgido cultos apocalípticos que propagan las palabras perdidas en apócrifos escritos vomitados por el mar. Sostienen que esta raza es el anterior intento de los dioses de crear vida. Dicen que uno de ellos es Lilith, la primera esposa de Adán, que intentó esclavizar a la emergente especie humana. Ahora, al igual que hermanos mayores desbancados, pretenden destruirnos.

Los cultos han declarado la guerra al nuevo Orden Mundial, alegando que nada puede detener la mano de los milenios. El fin de la especie humana ha llegado, y no se puede evitar. No debemos incurrir en la ira de los dioses oponiéndonos a su voluntad, pues entonces nos negarán también el paraíso.

Rezo porque no sea así.

Y así llegamos a nuestros días. Mi nombre es Raúl Torres, Teniente de la Brigada de Infantería Ligera de lo que queda del malogrado ejército español.

Ya hemos descubierto quien trajo las tres plagas. Por qué el mar se elevó, qué ocasionó que la tierra se abriese y la causa del Instante NG. Desconocemos cómo y por qué lo hacen, pero ya sabemos el verdadero origen de todos nuestros males, y quizás los cultos apocalípticos tengan razón y nuestra alma esté marcada. El acceso a los recursos básicos se ha convertido en un privilegio, y la posibilidad de utilizar cualquier artilugio tecnológico en un sueño. Estamos inmersos en una guerra en la que nos han colgado la etiqueta de perdedores, la comida escasea y la gente se hacina en las calles. Nos enfrentamos a la muerte, y ni así permanecemos unidos. Guerras intestinas sobre la forma de tratar con los Ichar nos asolan. Son guerras sin sentido ya que los partidarios de rendirse no consiguen mejores resultados con ellos que los que se les enfrentan.

La Humanidad se extingue y solo luchando podemos sobrevivir. Son algo tan distinto y tan superior que no podemos comprenderlos y el fin de toda nuestra especie está cerca.

Reza por nosotros si crees, pues los Ichar han llegado, y hasta la muerte los teme.

Teniente Torres.

Madrid, 4 Marzo 2011.

Carroñeros, llegaban siempre los últimos, pensó el Teniente Torres. La Naturaleza estaba repleta de ellos, maldijo para sus adentros. Desde su posición observó a una bestia dracón husmear entre los escombros de los edificios derruidos atraído seguramente por el olor acre de la descomposición. Apartaba cascotes con sus zarpas delanteras al igual que un perro tratando de desenterrar un hueso.

Los dracón eran varanos de piel escamosa de casi dos metros de longitud. De color rojo grisáceo, tenían una cola fuerte y musculosa tan larga como su cuerpo. Sus dientes serrados, eran largos y afilados como los de los tiburones, y su lengua bífida era amarillenta. A pesar de su tamaño, eran carroñeros, no atacaban a los seres vivos, únicamente se alimentaban de los muertos.

Llegaban siempre tras los Ichar, buscando el seguro alimento que estos dejaban a su paso. Devoraban los cadáveres putrefactos que encontraban, machacando los huesos con sus poderosos dientes. En la ciudad, que se había convertido en un cementerio inimaginable, los dracón encontraban su alimento. ¿Cuántos habría?, se preguntó Torres.Inteligencia no tenía datos precisos sobre la cantidad, lo que si se sabía a ciencia cierta era que la ciudad estaba plagada de ellos. Ratas, palomas y ahora esto.

La bestia, inmersa en su búsqueda, levantó la cabeza. Su lengua retráctil entraba y salía, captando el olor de la comida. Debió percibir algo, porque dejó el lugar donde había estado escarbando y se dirigió pesadamente al centro de la plaza. El Teniente lo ignoró sabedor de que no le molestaría, al menos mientras siguiese con vida. Cosa que no conseguiría si no descansaba.

La radio crepitó en su cinturón.

-Señor …Tskkkk … ¿Es…está ahí?- la estática se mezclaba con la señal de voz pero el acento costaricense de Guevara era inconfundible. -Señ…or, ¿está ahí? – preguntó de nuevo el Sargento, uno de sus hombres.

-Me alegro de oír su voz Sargento- respondió Torres en voz baja, evitando llamar la atención del carroñero.

-¡Pura vida Teniente!- a pesar de llevar muchos años en España, Guevara seguía utilizando esa expresión tan típica de su país- Los bombarderos van para allá, debe salir de la zona inmediatamente. ¿Dónde se encuentra? – preguntó.

-En la Plaza Quevedo, a unos metros de la boca del metro, tomándome un respiro- contestó jadeante.- Intentaré alcanzaros en los túneles en cuanto salte un último obstáculo- dijo recordando al dracón que le bloqueaba el paso.

-Le esperamos con los brazos abiertos. El cabo Córdoba ha dicho algo de beberse una botella de whisky a su salud.

-¿Sólo una?

-Eso ha dicho señor.

-¿Y no ha dicho nada de putas?

-Es el cabo Córdoba, señor. Si no mete a una mujer en su cama después de cada misión empezaría a pensar que hemos perdido esta guerra.

-La verdad es que se lo merece. Todos lo merecemos, especialmente después de lo que hemos visto.

-Opino lo mismo. Por cierto, no era necesario que se quedase a cubrir la retirada.

-No puedo dirigir desde la retaguardia-sentenció.- Además, alguien tenía que hacerlo Guevara.

-Cualquiera de los hombres podría haberlo hecho. ¿Cómo se encuentran el resto de los muchachos?

Torres aguardó unos segundos antes de contestar.

-No lo han conseguido, ninguno.

El silencio se le hizo eterno.

-Lo siento, señor.

-Os alcanzaré lo antes posible- cortó el Teniente.

-Mantenga la comunicación abierta señor- dijo Guevara y la estática volvió a ocupar el canal.

Amanecía en Madrid. El clásico cielo azul de primavera no era ahora más que una burla del recuerdo. Las nubes cenicientas surgidas de los incendios lo cubrían todo, tiñendo la ciudad de un color plomizo, como un día de tormenta. Una tormenta que se había desatado sobre toda la Tierra, suspiró Torres. No le gustaba nada ese cielo. Aún así y a pesar del manto gris, pequeños claros se abrían entre la capa de humo y hollín. Por esos retazos de cielo entraban los matutinos rayos de luz. Y eso mismo era él, uno de esos escasos rayos de esperanza. Torres sonrió al pensar en lo poético de la comparación.

La Plaza de Quevedo estaba irreconocible. Los coches abandonados se amontonaban sobre el asfalto como sacos de patatas en un mercado. El suelo estaba cubierto con los cristales de los escaparates. Las otrora frondosas copas de los árboles eran ahora muñones calcinados. Los Ichar habían llegado a Madrid como un avatar de destrucción. Surgidos de las profundidades oceánicas, habían asolado la ciudad. La estatua que presidía la plaza se había convertido en un montón de escombros, al igual que los edificios que la circundaban. Tan sólo permanecía en pie algún que otro muro, como tras el que se escondía Torres.

Jamás había visto una destrucción de tal magnitud. Ni en las habituales imágenes de bombardeos en Oriente Medio emitidas por TV, ni en los documentales de la Segunda Guerra Mundial, ni siquiera en el apocalíptico terremoto de hacía unos años en Japón. ¿Qué podían hacer ante un enemigo capaz de algo así? Ante semejante visión, le costaba creer que aún tuviesen alguna posibilidad en esa guerra.

El panorama en las calles adyacentes era igual de desalentador. Fuencarral, Bravo Murillo, Eloy Gonzalo… todo arrasado como si un terremoto de nivel ocho en la escala de Richter hubiese hecho temblar los cimientos de Madrid. Resultaba imposible dar tres pasos sin encontrarse una brecha en el asfalto, una montaña de ladrillos obstaculizando el camino o una barricada de vehículos quemados.

Y pensar que hacer un par de años él había vivido en esa zona…, recordó. El Teniente Torres había estado desplazado en los cuarteles de Mando de Fuerzas Ligeras situados en la carretera de Extremadura. Tenía alquilado un pequeño apartamento en la calle Jordán, junto a la recoleta Plaza de Olavide. Estuvo alojado allí casi un año, lo que duró su traslado. En sus ratos libres le gustaba pasear por el bullicioso barrio de Chamberí, recorrer sus tiendas, ir al cine y cenar en alguno de sus muchos restaurantes. Y ahora esos recuerdos no eran más que ruinas.

Tras el muro, Torres se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Estaba extenuado. Tenía las pulsaciones a mil por hora, había recorrido el último kilómetro corriendo escapando de dios sabe qué y en esa frenética huída se había caído un par de veces, magullándose las rodillas. Sacó su cantimplora y bebió un sorbo, casi no le quedaba agua. Revisó también el vendaje de su brazo. Estaba limpio, la herida se había cerrado y no parecía infectada. El mordisco que le había propinado aquella bestia se curaría pronto. Se quedó unos segundos, sentado, con la mirada perdida. Los ojos se le cerraban por momentos, amenazando con no abrirse tras el siguiente parpadeo. Necesitaba un minuto de descanso antes de reanudar la marcha.

La misión que le había llevado de vuelta a Madrid después de dos años se suponía de reconocimiento. No debéis entrar en combate con el enemigo, le dijeron. Esa era la premisa, pero con los Ichar, cualquier cálculo era inútil. Hace meses los líderes políticos también pensaban que el ejército español sería capaz de detener el avance de sus tropas, que la capital resistiría el asedio. Su ejército es pequeño, dijeron también.

Era cierto que sus huestes no impresionaban por su número, únicamente tres Ichar lideraban a unos centenares de soldados. El ejército que defendía la capital compuesto por militares profesionales y voluntarios les superaba en una proporción de mil a uno. Aún así, habían arrasado el centro de la ciudad a su paso sin apenas oposición. Los Ichar llegaron desde el cielo y descargaron todo su poder sobre la ciudad. Los rascacielos se desmoronaron como naipes ante el poder del enemigo, llevándose por delante también los edificios que los rodeaban. Y no solo los edificios. Al desplomarse, las torres habían caído sobre los túneles del metro. Las miles de toneladas de roca hicieron que el suelo se hundiese bloqueando las vías, cortando el paso de los trenes.

Su lugar lo ocupaba ahora la Cúpula, la fortaleza Ichar, un domo de energía de un kilómetro de radio visible desde cualquier punto de la ciudad. Un recordatorio a la vista de todos de quién tenía el control de la ciudad en esos momentos.

La Puerta del Sol era un cráter humeante. Plaza España había sido reducida a cenizas. La catedral de la Almudena y el Palacio Real se habían convertido en una descomunal tumba. Miles de personas se hallaban en su interior rezando cuando el techo cayó sobre ellos. A pesar del riesgo habían acudido a la misa que celebraba el ovispo para pedir ayuda a Dios. Era extraño que a pesar de las prueba fehacientes que tiraban abajo el credo cristiano, la fe de los creyentes era aún más fuerte. No nos ha escuchado, debieron pensar en el instante en que la cúpula y los campanarios se desplomaban sobre sus cabezas.

No debería haber sido así. Las autoridades avisaron con tiempo suficiente a los ciudadanos. La evacuación se realizó en un tiempo mínimo, y dentro de los plazos que contemplaban este tipo de actuaciones de emergencia. Aún así, hubo quien prefirió quedarse protegiendo su casa. Torres había visto este fenómeno otras veces. Ancianos que a pesar de arriesgarse a una muerte segura ante la llegada de un desastre (pensó en los huracanes que habían asoldado Nueva Orleans) no abandonaban sus hogares por miedo a que los saqueadores y ladrones los desvalijasen. Estaban demasiado apegados a sus bienes materiales.

El creía que con los Ichar, las cosas serían diferentes. Sin embargo resultaba curioso que hubiese mucha gente que temiese más a los de su propia especie que al enemigo. Si esa forma de pensar no cambiaba, la humanidad no tendría nada que hacer. No comprendían que estaban en una guerra, y que este enemigo no entendía de derechos humanos, sólo de muerte y destrucción.

Torres de comunicación, centrales eléctricas, el Canal de Isabel II, el Pirulí. Todo había sido arrasado en tan sólo unos días. La ciudad se quedó sin agua y tampoco había luz ni teléfono. Madrid había regresado al siglo XIX en un visto y no visto y mientras los Ichar proseguían con su devastación desde los cielos, sus soldados recorrían las desoladas calles exterminando cualquier conato de resistencia.

Como de costumbre, las tropas de los Ichar no vinieron solas, les acompañaban sus bestias genéticamente alteradas. El Retiro se había convertido en un nido de criaturas abominables. Humanoides deformes de más de tres metros, arañas quitinosas del tamaño de un perro que hicieron sus nidos en las copas de los árboles, lagartos que se parecían a los dragones de los cuentos, todos ellos seres surgidos de la mente de un enfermizo escritor de ciencia ficción.

El ejército se vio desbordado, incapaz de hacer frente a los soldados Ichar y a sus mascotas. Trataron de frenar la ofensiva pero pronto los regimientos se retiraron a las ciudades dormitorio de los alrededores, sabedores de su impotencia ante el enemigo. Los cazas y bombarderos permanecieron en tierra a la espera de órdenes del Alto Mando. Aún quedaba mucha gente en la ciudad, con lo que los generales no se atrevían a atacar con toda su fuerza.

¿Y qué fue de esas personas que se quedaron en la ciudad? Las autoridades estimaban en casi quinientos mil los hombres y mujeres que no fueron o no quisieron ser evacuados. La mayor parte falleció al venirse a bajo su hogar y sus cuerpos permanecían aún bajo los escombros. El hedor que desprendían los cadáveres en descomposición infectó la ciudad como un virus por lo que Torres llevaba los orificios de la nariz taponados para no vomitar.

Hubo supervivientes. Algunos fueron capturados por los soldados Ichar dios sabe para qué. ¿Para esclavizarlos? ¿Para comérselos? ¿O algo peor aún? Otros pudieron escapar. Aquellos que lo consiguieron se refugiaron en los túneles del metro, aprendiendo a vivir entre las ruinas como ratas. Hubo barrios de Madrid que apenas sufrieron daño alguno, principalmente los de la periferia. Villaverde, Orcasitas, Carabanchel, Fuencarral y la mayor parte de los situados fuera del cordón de la M—30. Allí los efectos de la guerra no se habrían hecho notar de no ser por la falta de electrididad y suministros. Lo más probable es que para los Ichar pasasen desapercibidos. Sin embargo, la evacuación general había convertido esos barrios en ciudades fantasma. No se veía a nadie en las calles. Las personas que se quedaron se encerraron en sus casas por miedo a lo que pudieran encontrar fuera y el Gobierno se vio forzado a declarar la Ley Marcial, ya que no había autoridad alguna.

Eso es en lo que se había convertido Madrid.

¡Grrrrrrrrrr! El gruñido le sobresaltó en su posición, parapetado tras el muro semiderruido. ¿Cuánto tiempo había pasado? Se había quedado dormido, apoyado contra la pared. Mierda, el dracón, recordó.Torres se asomópor un pequeño boquete en el muro, desde el que podía contemplar la práctica totalidad de la plaza sin ser descubierto. El varano no estaba donde lo había visto por última vez. Joder,¿dónde se ha metido? Menudo principiante estaba hecho, se dijo a si mismo.

Por fin vio al dracón a unos veinte metros, mucho más cerca que antes, con las patas delanteras apoyadas en el pedestal de la estatua de Quevedo y la cabeza bien alta, erguida. Lanzaba sus gruñidos al aire sin cesar.

¡Grrrrrrrrrr!, respondió otro dracón en la distancia.

¡¡¡Grrrrrrrr!!!, se unieron varios más. Los gruñidos guturales provenían de muy lejos, a varias calles de distancia.

En apenas unos instantes se formó un coro, una sinfonía de muerte que resonaba por la ciudad abandonada. Una sinfonía cuya letra decía que los carroñeros habían encontrado comida. Torres se quedó inmóvil. ¿Le habían descubierto o habían encontrado un cadáver que devorar? Tenía que salir de allí cuanto antes, ya descansaría más tarde. Pronto acudirían más dracón a la plaza atraídos por la llamada.

Tsssskkk. La radio de Torres crepitó inoportuna rompiendo el silencio.

— ¿Teniente? ¿Dónde está Teniente?

Joder, maldijo Torres. Desconectó la radio lo más rápido que pudo. El que había hablado era el Sargento Guevara de nuevo.

Aguardó un minuto, por si el dracón que husmeaba a escaso metros lo había escuchado. Durante ese minuto no se movió, ni apenas respiró, inmóvil como la caída estatua de Quevedo. Rezó para que la bestia no detectase su presencia.

Grrrrrrrrrrrrrrrr.

El gruñido sonaba lejano. El animal no sabía que estaba ahí. Mejor. Aún así, no encendió la radio. No temía al dracón, podía derrotarlo, pero Torres estaba cansado. Muy cansado. Llevaba treinta horas sin dormir y lo único que deseaba era abandonar la ciudad, no enzarzarse en una nueva escaramuza. Bastante acción había tenido ya en las últimas horas.

La pasada noche había sido dura. Sus manos aún estaban manchadas de polvo y suciedad. La sangre formaba parte de su uniforme como una insignia más. Sangre de sus hombres. Había perdido a la mitad de sus soldados en el asalto de la noche anterior. Reconocimiento, recordó de nuevo las palabras de sus superiores. Sólo queremos información de lo que sucede en Madrid, se trata de una misión relámpago. Entrar y salir, le dijeron. Torres y sus hombres no estaban preparados para lo que encontraron allí. Nadie lo habría estado.

Los supervivientes de su comando marchaban ahora camino del cuartel general y él se había quedado con media docena de sus soldados para cubrirles las espaldas.

Nos confiamos, maldita sea, nos confiamos. Ni el teniente ni sus hombres esperaban oposición alguna en su retirada. La artillería y los bombardeos debían entretener a las tropas de los Ichar, pero no contaron con las criaturas que habían quedado abandonadas por sus amos y deambulaban por la ciudad como espectros de muerte. Uno tras otro, los soldados fueron cayendo en las emboscadas de las bestias. No sabíamos que eran tan inteligentes, joder. Los informes de otras ciudades no lo mencionaban.Había perdido al último de sus hombres hacía apenas una hora cuando bajaban por la Castellana. No lo hacían a campo abierto, sino atravesando los edificios semiderruidos. ¿Cómo podían esperar que una de esas cosas hubiese hecho un nido en un local abandonado? Su compañero desapareció arrastrado a un agujero en el suelo antes de que él pudiera parpadear. No vio qué se lo llevó. Otro hombre se habría ido, sin embargo el Teniente Torres no. Sabía que no podía hacer nada por él, aún así no se fue. Permaneció de rodillas junto al agujero escuchando los gritos que surgían de su interior. Pasaron varios minutos hasta que se acallaron.

Desde ese instante sólo había corrido y corrido. Ahora únicamente quedaba él, ya no tenía que cuidar de nadie con lo que podía avanzar sin detenerse. Sin detenerse pero con mucha precaución, ya que si se descuidaba también terminaría en las fauces de una de esas cosas. Debía reunirse rápido con el resto de las tropas que avanzaban hacia el sur si quería salir con vida de esta misión.

Grrrrrrrrrrr.

Grrrrrrrrrrrr.

Grrrrrrrrrrrrr.

Maldita sea, qué rapido han llegado. Los gruñidos se repitieron uno tras otro, ya no había sólo una de esas bestias. Contó cinco gruñidos diferentes. ¿Cuántos dracón había en la plaza?

La presencia de esos animales era cuanto menos inoportuna pues el objetivo de Torres se encontraba al otro lado de la plaza. La boca del metro de Quevedo. El teniente necesitaba cruzar hasta alcanzar la estación, los túneles le permitirían salir de la ciudad sin ser visto por los carroñeros que aún quedaban. De esa forma podría reunirse con su batallón, que le sacaba una gran ventaja. Debía decidir pronto si esperar a que se retirasen o dar un largo rodeo hasta la parada de metro más cercana. Bilbao o Iglesia, recordó.

¡Grrrrrrrrrrrrr…! El coro de gruñidos cesó de golpe. Eso sólo podía significar una cosa. Los dracón debían estar reunidos en torno a su comida, el cuerpo de algún soldado abatido o el de un anciano muerto bajo los escombros de su casa. Torres no se asomó y permaneció oculto tras su parapeto. Había contemplado otras veces el espectáculo de las bestias despedazando un cuerpo con sus afiladas fauces, y no era plato de buen gusto. Así que aguardaría hasta que se saciasen con el cadaver y se marchasen. Si, aguardaría. Aunque si era cierto lo que le había dicho Guevara, los bombarderos estaban de camino y la zona se iba a poner caliente en breve. No podía esperar eternamente.

—Ayu…Ayuda…— el murmullo apenas le llegó con el viento. Provenía de la plaza, al otro lado del muro.

Ayuda, por favor… — suplicó la voz.

¡Dios Santo! ¿Eso era una voz humana?, se horrorizó Torres. Echó mano de su rifle de precisión. Hizo un amago de ponerse en pie pero le asaltó la duda. Había oído hablar de criaturas capaces de imitar la voz humana para atraer a sus presas. La gente acudía al escuchar la cándida voz de un niño o de una anciana que suplicaba ayuda y se encontraban con una bestia hambrienta. Pero no podía ser, los dracón eran carroñeros, descartó. Eran reptiles de tamaño descomunal que no poseían esas cualidades. Aunque según los informes que había leído tampoco atacaban a seres vivos, por lo tanto podían estar equivocados. Quizá estaban envalentonados apoyados en su número. O quizá estaban muy hambrientos.

—Que alguien me ayude… — la voz le llegóclara, provenía de la plaza. Era una mujer, debía de ser mayor. Uno de esos ancianos que se resignó a su suerte y no abandonó la ciudad, supuso. Tenía que estar herida, de no ser así, los Ichar la habrían capturado para que formase parte de su enjambre de esclavos.

—¡Joder! – espetó mientras amartillaba su arma. No abandonaría así a un civil. No dejar a nadie atrás, ese era su código. A pesar del cansancio, se incorporó apoyando la espalda contra la pared. Se fijó bien el casco y asomó la cabeza tras el muro. Torres no abandonaría nunca a nadie a su suerte.

Allí estaban. Las bestias reptilescas rodeaban el cuerpo de una mujer, envuelta en andrajos, atrapada entre los escombros. Acechaban a la anciana como hienas a una gacela moribunda. Contó nueve. Eran muchos, pensó para sus adentros nervioso. Danzaban alrededor de la presa, temerosos de si atacar o esperar a que su victima pereciese allí. Entre los dracón, había uno que destacaba por encima de los demás. Un varano de tres metros de longitud de color ocre. Contando la cola debía tener una envergadura superior a los cinco metros. Sus zarpas parecían las de un oso de lo grandes que eran. Un pensamiento cruzó por su cabeza. Si ese era el tamaño de los carroñeros Ichar, ¿cómo serían los depredadores? Torres lo desechó, no quería distracciones que le hiciesen dudar.

La mujer apenas se movía. El cartel de un restaurante aprisionaba sus piernas. Su rostro demacrado por el hambre era una mueca de terror. Tenía el pelo enmarañado. La ropa estaba sucia y harapienta. ¿Cuántos días llevaría así? Si no estuviese atrapada, lo más probable es que tampoco pudiese caminar por su propio pie. Sólo pedía una y otra vez ayuda, alzando la mano con las escasas fuerzas que le quedaban.

Atraídos por los gemidos, los dracón la rodearon, cerrando cada vez más el círculo. Agitaban sus largas colas, golpeándolas contra el suelo levantando nubes de polvo de los escombros. Sus lenguas bífidas entraban y salían frenéticamente, ávidas de carne. El dracón de color ocre sóltó un zarpazo a uno más pequeño que le había intentado arrebatar la posición. Las uñas apenas arañaron la piel. Eso si, dejaron claro quien tenía preferencia a la hora de comer.

¿Qué decían los informes de Inteligencia? Los dracón iban en grupos, en manadas numerosas. No eran agresivos, se podía caminar a escasos metros suyos sin que se sintiesen amenazados. Sin embargo, si se les atacaba o intentabas quitarles la comida se revolvían y atacaban ferozmente.

No eran rápidos, sin embargo poseían una gran resistencia. Podían caminar durante días siguiendo el rastro de una presa, hasta que esta desfallecía o moría. Solían acompañarles criaturas de mayor tamaño. La piel de los dracóns era muy resistente, más dura que la de un cocodrilo o un rinoceronte. Sus escamas eran ásperas y gruesas. Por eso, su punto débil eran los ojos. Un disparo preciso en la cuenca de los ojos y le perforaría el cerebro como si de una sandía se tratara.

Había escuchado que la lluvia les asustaba, que en cuanto caían las primeras gotas se refugiaban bajo techo cual gatos asustados. Miró al cielo y sólo vio las nubes cenicientas que desde hacía días cubrían la ciudad. No, ese día Dios no le echaría una mano. También les hacía daño el fuego, pero Torres había perdido el lanzallamas junto con el último de sus hombres. Tampoco le quedaban granadas ni explosivos.

Mucha información. Ninguna de utilidad.

El dracón de color ocre estaba a apenas un metro de la mujer. Su larga lengua bífida saboreaba ya la presa. Lanzó un débil zarpazo que enganchó la camisa de la mujer desgarrándola. Ésta apenas gimió. El resto de bestias aguardaban expectantes, sabedoras del festín que se les presentaba.

Joder, joder, joder. ¿Qué podía hacer? En el pasado ya había abatido a varias criaturas similares a esas. Pero siempre desde la distancia. Analizó fríamente la situación. Empezaría por el de color ocre, el más grande. Con suerte los demás huirían, aunque no confiaba demasiado en esa posibilidad. Podría matar a tres o a cuatro, como mucho, antes de que se le echasen encima. Quizás si utilizaba el silenciador y se ocultaba con rapidez tardarían en localizar su posición y podría derribar a un par más. Pero a nueve… necesitaría un milagro. Si le alcanzaban estaba perdido, cuerpo a cuerpo duraría lo que un niño en una jaula repleta de leones.

El tiempo se agotaba.

Tampoco podía esperar refuerzos. Sus hombres marchaban ya al sur. Había más batallones desplegados por toda la ciudad, aunque ninguno cerca de su zona. Si actuaba, tendría que hacerlo sólo. Y deprisa, si no quería estar ahí cuando los bombarderos lanzasen su carga.

El Teniente Torres se secó el sudor de la frente. Los gruñidos se habían reanudado mientras la mujer suplicaba ayuda desesperadamente. Los dracón estaban cada vez más cerca. Eran conscientes de la debilidad de su presa y habían perdido el miedo.

Ahora o nunca.

Comprobó que el cargador estaba repleto de munición. Colocó el silenciador y ajustó la mirilla telescópica. Apoyó el rifle sobre el muro de ladrillos. Al hacerlo, sintió una molestia bajo el vendaje del brazo, pero la ignoró.

A través de la mirilla observó a los dracón, podía apreciar la saliva sanguinolenta que manaba de sus bocas derramándose sobre el asfalto. Vio también el rostro dantesco de la mujer. La mirada perdida, los labios rajados por la falta de agua, las bolsas de los ojos, el pelo raído.

Los ojos se le nublaron. Torres se esforzaba para que no se le cerraran a causa del sueño y el cansancio. Sacudió la cabeza un par de veces para despejarse pero apenas lo consiguió.

Volvió a mirar a través de la mirilla. Los músculos del brazo estaban tensos bajo la ropa. Cambió varias veces de objetivo, pasando de uno a otro. Finalmente se decidió. Apuntó. No puedo fallar, se dijo a si mismo. Recitó mentalmente una plegaria y disparó.

La bala atravesó el corazón de la mujer.

Taliadar.

Ciudad de Soren Gardiar, Bajamar

En el centro de la ciudad, Taliadar salía de uno de sus espectáculos favoritos, los sangrientos combates de bestias Tlian. Los Tlian eran enormes seres bípedos con forma de oso de más de cuatro metros de altura, piel cubierta de escamas azules y alargados tentáculos que les surgían del lomo. El sueño de todo genetista loco. Su mayor cualidad era la ferocidad, lo que les llevaba a matar y devorar incluso a los miembros de su propia especie con la excepción de su pareja. Sólo los Ichar habían podido crear bestias así. A Taliadar nunca le había interesado la manipulación genética, arte en el que eran expertos otros de sus hermanos, pero debía reconocer que con los Tlian, los Ichar habían realizado un trabajo magnífico.

En la arena se reunían habitualmente cerca de un millar de espectadores para contemplar los encarnizados combates. Allí se mezclaban Ichar de todas las posiciones sociales. Las peleas a muerte entre los Tlian se sucedían durante horas, y también las apuestas. Cada cual apostaba de acuerdo a sus posibilidades, desde unas cuantas monedas a palacios enteros. Y más te valía poder hacer frente al pago en caso de derrota si no querías comprobar de cerca la brutalidad de los Tlian, recordó Taliadar.

A la salida del recinto, vio pasar una cadena de siervos. Esclavos, suspiró Taliadar. Eran la escoria de su raza, su vida valía menos que los andrajos que vestían, y sin embargo, eran tan miserables como imprescindibles para mantener el lujoso nivel de vida al que estaban acostumbrados sus amos. ¿Qué harían si no existiesen?

Él compartía y aceptaba la estructura de clases que era la base de su sociedad. Por encima de todos, en lo alto de la pirámide estaban los Siete, los primeros Ichar que aún les regalaban su sabiduría. Nadie se atrevía a discutirles esa posición. Por debajo estaban los miembros del Consejo, los líderes de las principales familias Ichar, entre los que se encontraba su padre. En un escalón inferior el propio Taliadar, la nobleza Ichar. Compartían ese escalón también los Ichar que tenían un gran poder, aquellos a los que convenía tener “contentos”.

Por debajo estaba la plebe, los Ichar inferiores, aquellos que o no tenían grandes habilidades o no poseían el linaje necesario. Los llamados vulgarmente Crakoan. Los Crakoan eran claramente inferiores a sus hermanos y a veces era necesario doblegarles para que obedeciesen una orden. Y en último lugar, en la base de la pirámide, los esclavos. Bueno, y ahora los humanos.

Había un escalón adicional en el que se encontraban las bestias que les servían, las mascotas de los Ichar. A diferencia de los esclavos y Crakoan, los animales sabían cual era su lugar, y no aspiraban a nada más.

Si, Taliadar compartía la estructura, lo que no compartía era la elección de aquellos que ocupaban cada escalón. Si de él dependiera… se le ocurrían un par de nombres a los que enviaría de una patada junto a las bestias.

Al cruzar ante él los siervos le miraron con ojos llenos de resignación. Hacía unos instantes esos esclavos habían sido suyos y los acababa de perder en una apuesta.

Reconoció entre ellos a Portia, la esclava Ichar que le habia vestido desde que apenas tenía conciencia. También estaba Luminus, su cocinero. Morein, Alcius…uno a uno fueron pasando delante de él para mayor escarnio.

Tras ellos, caminaba Magus, de la Casa Frost, una familia rival desde tiempos inmemoriales. Caminaba henchido de orgullo, con el cuello tan estirado que la cabeza se le iba a separar de los hombros en un descuido. Como siempre, iba elegantemente vestido, con unas botas negras que le llegaban hasta las rodillas, unos pantalones de piel ajustados y una camisa de seda gris. Un broche de escamas sujetaba una capa también de seda, pero ésta era blanca. El cinturón y las botas iban a juego. Al menos tiene buen gusto, suspiró Taliadar.

Al pasar frente a él le lanzó una mirada triunfal, y no resistió la tentación de restregárselo por la cara.

—Deja las apuestas para los mayores, Taliadar— se jactó de su victoria el Ichar. — O puede que pierdas algo más que unos esclavos.

Magus Frost le doblaba en años, pero la sabiduría no parecía acompañar a la edad en su caso, reflexionó. Era un auténtico zoquete. Eso si, un zoquete malvado y retorcido con el que había que tener mucho cuidado, como con todos los Frost.

—La suerte ha sido tu aliada esta vez, Magus- le dijo buscando muy en sus adentros el tono adecuado para resultar amable.

—La suerte no se alía con los perdedores, y menos contigo, Medio-Ichar.

¿Eso es lo mejor que tienes? ¿Medio-Ichar?

—Avísame cuando quieras apostarte a la puta de tu hermana — atacó de nuevo Magus Frost.

Vaya, vamos mejorando, dijo para sus adentros Taliadar manteniendo el control para no lanzarse sobre él allí mismo y degollarle.

—Espero que pueda resarcirme y tomar la revancha algún día — se limitó a decir, ignorando la afrenta.

—Me ganarás el día que la cúpula de la ciudad se rompa en mil pedazos y el océano se trague nuestros palacios— dijo convencido de su superioridad.

¡Qué engreído! De verdad se cree lo que dice.

—Volveremos a vernos, Magus- dijo. No aguantaba la cháchara insufrible de los Frost.

—No pronto. Estaré ocupado. He visto entre tus escla… quiero decir, mis nuevos esclavos, un par que creo pueden entretenerme satisfactoriamente— le cortó y se giró dando un corte al aire con su capa dando por terminada la conversación.

Taliadar se quedó mirándolo fijamente, mientras se alejaba pavoneándose con sus nuevas adquisiciones.

Medio-Ichar. Le llamaba siempre así por su baja estatura. La mayoría de sus hermanos superaban los dos metros con facilidad y él apenas llegaba al metro ochenta. Esos insultos le resbalaban igual que el agua, era demasiado inteligente para que le importasen. Además, a fuerza de oirlos desde que apenas era un crío, se había acostumbrado.

Si, Magus era insufrible, pero no más que el resto de miembros de su familia. Los Frost siempre proclamaban a los cuatro vientos las victorias sobre sus rivales. Se decía que eran mas sueltos de lengua que las putas del distrito del placer. Así que lo más probable es que la ciudad se despierte con la noticia de la humillante derrota. Seguramente la noticia ya habrá llegado hasta los oídos de las prostitutas, predijo.

Taliadar había apostado contra Magus diez esclavos a que una enorme bestia Tlian de casi cinco metros derrotaría a su rival, otra de apenas la mitad de tamaño. Magus aceptó rápidamente el reto, hubiese sido un deshonor para la Casa Frost rechazar el desafío de un rival.

El combate fue fugaz. Su candidato era superior en fuerza bruta. Lo que era inútil si no alcanzabas a tu contrincante. De haberlo hecho le habría partido por la mitad de un zarpazo. Pero los Tlian eran más agresivos y rápidos cuanto más pequeños eran. Su rival lanzaba zarpazos que no lograba ver, y por el contrario esquivaba con suma facilidad los suyos.

El combate terminó definitivamente cuando tras hacerle perder el equilibrio con los tentáculos, el Tlian más pequeño le arrancó las extremidades al más grande. Taliadar sabía que después lo devoraría, lentamente, saboreando cada bocado. Sin embargo, antes de hacerlo apoyó sus cuatro patas en el suelo y lanzó un rugido al aire que retumbó por todo el circo.

Dejándose llevar, el público presente coreó el nombre de la Casa Frost durante minutos. Magus saltó a la arena y como vencedor bebió la sangre de la bestia como si el cuerpo de la criatura muerta fuese un cáliz sagrado. Los Ichar consideraban que absorber directamente la sangre cálida y aún palpitante de un cuerpo sin vida les proporcionaba fortaleza y salud. Beberse el último soplo vital de una víctima era todo un privilegio. Magus, Magus, repetía el público una y otra vez mientras el Ichar se henchía de orgullo. La multitud rugía igual que la bestia.

Taliadar había abandonado la arena con el gesto contrariado. Malditos idiotas, si ellos supiesen, recordó furioso. La muchedumbre reacciona igual que alimañas hambrientas ante un poco de comida.

Se alejó de la arena, confiando en que a medida que se apartase del lugar sus pensamientos lo hicieran de su cabeza. Caminando bajo las luces verdosas y azuladas de las cúpulas más altas, Taliadar deambulaba por uno de los distritos más concurridos. Cruzó frente al Salón del Consejo, engalanado ante la reunión que se celebraría en los próximos días y que congregaría a los líderes de su pueblo.

Le gustaba pasear entre sus hermanos, admirando el esplendor de una raza variada y poderosa. Filosofales, humanoides con el cráneo hiperdesarrollado enzarzados en debates existencialistas; Esclavistas paseando sus mascotas abisales; Gnomos de ojos negros repletos de maldad en busca de alguna diversión que les sacase de siglos de hastío; Voladores de atributos reptilescos danzando sobre sus cabezas; Silenciosos, sombras que pasaban a su lado como un reflejo invisible; Coriáceos, con sus pieles refulgentes como piedras preciosas. Los Ichar.

Antaño, fueron una raza orgullosa de su hermosura, de su poder y de su origen. Ahora tras siglos de cruces de líneas de sangre, de nacimientos de cada vez más y más Crakoan, y de experimentación genética, se había perdido la magia que atesoraba. Taliadar pensaba que el motivo era alguna especie de mecanismo psicológico de rechazo tras el destierro. O peor aún, que se encontraba ante el ocaso de su raza. No si él podía impedirlo. Devolvería el orgullo a sus hermanos, sabía como hacerlo, sólo necesitaba que le permitiesen llevar a cabo su plan. Un plan que llevaba mucho tiempo preparando.

Se cruzó con un grupo de Ichar que le miraron de soslayo. Lucían vestimentas de piel negra propias de los jóvenes Ichar. Pudo oírles murmurar y mofarse de él. Medio—Ichar escuchó que le llamaban. Y también les oyó hablar de humillación. De deshonra. Ya debían conocer lo sucedido en la arena. Los Frost no le habían defraudado, media ciudad debía saber ya que había perdido a sus esclavos a manos de Magus. Les miró y dejó a propósito que viesen la rabia en sus ojos. Después, les dio la espalda ignorándoles, no sin antes lanzar un último vistazo al grupo para recordar el rostro de cada uno de los que se reían de el. Bueno, quizá no todos mereciesen ser salvados, musitó.

Inmerso en sus pensamientos fue alejándose del centro y de las calles repletas y sin apenas percatarse encaminó sus pasos hacia el mucho más tranquilo distrito del placer, buscando la calma de los callejones y callejuelas abandonadas. Allí no se cruzaría con nadie, al menos no con nadie que se atreviese a ofenderle.

Las casas azules características de ese barrio se agolpaban unas contra otras, disputando por un pedazo de suelo. El color celeste de las fachadas las identificaba claramente como prostíbulos y casas de lenocinio. Hacía años no era así, y cada casa era de un color. Recientemente, por orden del Consejo fueron pintadas todas de azul, de esta forma nadie podría negarse al pago argumentando que no sabía que las mujeres con las que acababan de mantener relaciones eran prostitutas. Si entrabas en una casa azul, sabías donde te metías, sonrió orgulloso, ya que había sido el quien le había propuesto esa idea al Consejo de la ciudad.

Las calles eran estrechas y angulosas, y en algunas no cabían dos individuos a la vez. Si mirabas hacia arriba apenas veías una franja de la cúpula, ya que los edificios y tejados se cerraban sobre los transeúntes, creando un efecto agobiante. Aún así, se podía ver sobresaliendo por encima de los palacios y edificios la Torre del Juicio, arañando la cúpula. Emblema de los Ichar, se erguían en todas y cada una de las grandes capitales del Imperio. Eran un recordatorio de la gloria que habían alcanzado una vez. Y que volverían a alcanzar, juró Taliadar.

Su estructura era impresionante, incluso para él, que estaba acostumbrado a las mansiones más opulentas y ostentosas. Con sus más de tres kilómetros de altura, y dos de profundidad penetrando en la corteza del planeta, las Torres del Juicio empequeñecían los más grandes logros de los arquitectos telúricos Ichar. Su forma, una espiral retorcida, refulgía como una antorcha en la oscuridad. En su cima, la llama eterna de fuego negro ardía, recordando el destino glorioso que aguardaba a su raza.

Más allá de la Torre, por encima de su cabeza se alzaba la gigantesca cúpula que cubría la ciudad. Forjada con cristales comprimidos durante eones, y reforzada por siglos de cuidados, se decía que era irrompible hasta para los más poderosos Ichar. La cúpula soportaba la presión del océano sin apenas inmutarse. ¿Cuántos esclavos hicieron falta para levantarla?, se preguntó. Se decía que el cráter que se excavó para obtener los cristales llegaba hasta el mismo centro de la tierra. Pero Taliadar nunca lo había visto, porque nunca había salido de los límites de esa cúpula.

Constantemente se preguntaba que habría más allá de esa cúpula, de esas aguas. No es que fuese un ignorante, claro que sabía lo que había en el exterior, aunque jamás lo había visto con sus propios ojos. Por ejemplo, sólo conocía el color azul oscuro del océano con algún que otro matiz. Sin embargo sus hermanos más ancianos hablaban de que a medida que te acercabas a la superficie el sol iluminaba el mar dotándole de colores impensables para sus ojos.

Y más allá aún estaba la superficie. Antiguo hogar de sus ancestros, y hogar de sus enemigos, los humanos, a quienes habían declarado la guerra. Aunque muy probablemente ellos se preguntaban aún por qué les atacaban.

Y encima estaba el cielo, con el sol ardiente atravesándolo. Ellos no tenían cielo, la cúpula era su cielo y la llama eterna que brillaba en lo alto de la Torre del Juicio su sol.

Y aún más arriba las estrellas. ¿Cómo serían en realidad? Había visto grabados en los libros de historia, sin embargo no creía que les hiciesen justicia. Un poeta silúrico describió el firmamento una vez como el joyero de una reina Ichar, y las estrellas como las cuentas y piedras preciosas de su collar. Sonaba hermoso.

La cúpula, el océano, la superficie, el cielo, las estrellas. Cuantas barreras por superar. ¿Cómo sería no tener nada sobre sus cabezas y tener sólo las estrellas?

La poca luz que llegaba hasta ese rincón de la ciudad se mitigó aún más. Una criatura marina surcaba las aguas, al otro lado de la cúpula, cruzando sobre ciudad como un gran nubarrón. Vaya, se sorprendió Taliadar. Una Sertian.

Con motivo de la guerra contra los humanos, los Mariscales habían sacado de su cubil a una Sertian. Su tamaño era desconcertante, incluso para él. La Sertian era una gigantesca criatura, con forma de una mantaraya de varios kilómetros de tamaño. Las rugosidades de su piel estaban repletas de parásitos carroñeros ávidos de presas. La acompañaban siempre en sus viajes y únicamente la abandonarían cuando ésta muriese y hubiesen devorado hasta el último trozo de carne adherido a sus huesos.

A su paso sobre la ciudad Taliadar pudo ver que en ese momento la monstruosidad transportaba, bajo el poder hipnótico de un Maestro de las Bestias, una legión de soldados sobre su lomo. Su destino era secreto para los Ichar de a pie, pero lo que sí sabía él, como miembro de la casta superior, era que se trataba de tropas de refuerzo para alguna de las ciudades asediadas.

La guerra contra las criaturas de la superficie proseguía su curso, no sin alguna sorpresa. La mayoría de los Ichar creía que la guerra contra los humanos tenía como fin reconquistar territorios por venganza, y la verdad era que las clases altas querían separarse de la escoria que ocupaba las calles, de los Crakoan. Enviarían a la tierra a la plebe para que mordisquease los pedazos de tierra conquistados mientras ellos se quedaban con los océanos.

Planes dentro de planes. Bueno, no siempre eran tan enrevesados, otras veces bastaba con una buena dosis de insistencia y fuerza bruta para lograr los objetivos.

La luz volvió a la calle al alejarse la Sertian. Sus pensamientos se vieron nuevamente interrumpidos por el ofrecimiento de compañía de una Weira del Placer. Vestía apenas unos vaporosos jirones de ropa que dejaban al descubierto la espalda, el abdomen y el cuello. Con un leve movimiento de cabeza, Taliadar rehusó el ofrecimiento. La Weira no aceptó la negativa y caminó a su lado, alegremente.

— ¿Desea una noche inolvidable, señor? – y pronunció la palabra “inolvidable” con tal sensualidad que a Taliadar se le erizó el vello de la piel.

No era la hembra más hermosa que hubiese visto pero su voz y su sonrisa tenían un encanto especial, que le hizo dudar.

—No me interesa— dijo sin convicción, admirando de reojo el tono canela de su piel.

Las sensuales concubinas temporales se alquilaban a cambio de la posibilidad de libar un poco de la esencia vital de sus hermanos. Ellas en compensación realizaban favores sexuales o cualquier otra perversión que un Ichar con siglos de aburrimiento a sus espaldas pudiese imaginar.

—Le puedo hacer olvidar sus fracasos— dijo llevándose las manos a las caderas.

Si, hasta las putas lo saben. Media ciudad no, toda la ciudad al completo debe saberlo. Magus se ha debido esmerar para hacer llegar a oídos de todos en tan poco tiempo el relato de su triunfo.

—¿También han llegado hasta aquí las noticias?—respondió Taliadar molesto.

—Yo no me entero de nada, señor – dijo rápidamente rectificando al percibir el enfado de su posible cliente. Las Weiras eran expertas en el trato emocional. Medían cada una de sus palabras buscando engatusar a su presa. — Sólo veo a un hombre que necesita quitarse la frustración de encima—y agitó su larga melena, lo que hizo que un dulce perfume le alcanzara. Taliadar respiró la fragancia, que le evocó tiempos pasados.

—Yo puedo aliviarle – insistió.

—¿Acaso puedes devolverme los esclavos perdidos? ¿Acaso puedes hacer que Magus de la Casa Frost se trague sus palabras? ¿Acaso puedes conseguir que mi padre no me castigue por la humillación? Si no puedes hacer nada de eso, no puedes aliviarme — espetó Taliadar.

—No, no puedo hacer nada de eso –concedióella— pero puedo hacer que su sangre hierva por dentro cuando me tome.

Mmmmm, interesante. Qué hábil es, con sólo unas palabras ha distraído mi atención, buscando que pase del enfado al deseo.

—También puedo hacer que por un tiempo olvide, señor – continuó. — Sólo pensará en el sabor de mis labios y en el tacto de mis pechos.

La Weira caminaba alrededor suyo, mostrando todos sus encantos. Ahora estaba de espaldas, mirándolo de reojo por encima del hombro, mostrando su espalda al aire. Taliadar percibió la insistencia en su coqueteo. Era esta libación una droga muy adictiva para las Weiras. Obtener energía vital de otro Ichar, decían, era una experiencia inolvidable, inigualable incluso para los rituales sexuales más elaborados. Y muy peligrosa para quien se acostumbraba a ella y no podía obtenerla.

—Tengo una docena de esclavas que harían lo mismo sin pedir nada a cambio.

Él detestaba pagar por divertirse. Además, como hijo de uno de los patricios más ricos de la ciudad, ya había disfrutado de todas los lujos y privilegios posibles.

—Yo no pido mucho señor. Y doy mucho a cambio.

—Quizá otro día – dijo Taliadar haciendo uso de todo su autocontrol.

—Puedo ofrecerle un Sorbo de Furia—dijo a la desesperada la prostituta.

—¿Sabes que eso es ilegal?

El Sorbo de Furia era una droga líquida muy solicitada en el mercado negro. De dónde se extraía era un misterio. La droga hacía perder el control a aquellos que la tomaban. Muchos Ichar la utilizaban en sus prácticas sexuales, desatando sus pasiones y dejándose llevar. El problema estaba cuando la tomaba algún Ichar de gran poder. La pérdida de control podía desestabilizarle y ocasionar graves problemas. Taliadar recordaba la explosión que hizo desaparecer medio distrito de la ciudad a causa de una sobredosis de Furia. El consejo la había prohibido por razones evidentes.

—Señor, no quería… — la Weira no supo como continuar. El terror se reflejaba en sus ojos.

—Tranquila. Aunque deberías ser más cuidadosa con a quien se la ofreces— dijo para calmarla.— Ahora he de irme.

—Sabe donde encontrarme – se rindió, y le lanzó una sonrisa triste que habría resquebrajado la mismísima cúpula de la ciudad.

—Si, lo sé — Taliadar se detuvo un segundo. — ¿Cuál es tu nombre? – preguntó.

—Señor, sabe que las Weiras no tenemos nombre.

—Me refiero al nombre que te dio tu madre al nacer.

—Ah, ese. En tal caso, me llamo Annia.

—Adiós entonces Annia, confío en que nos volvamos a ver.

Dejó atrás a la Weira y las fachadas azules y dirigió sus pasos hacia su casa. No podía ni debía demorarse más, tenía que explicar a su padre lo sucedido con los esclavos antes de que las malas lenguas le envenenasen susurrándole mentiras al oído. Conociéndole, estaría furioso, muy furioso. Puede que incluso ya hubiese matado a alguna de sus bestias para descargar su ira.

También tenía trabajo pendiente. Había recibido órdenes del Consejo de incrementar el empuje de las mareas. No les bastaba con que los océanos hubiesen engullido las costas de la superficie, querían más aún. ¿Qué pretendían? ¿Qué los océanos se tragasen toda la tierra? Eso era imposible. Ni siquiera sabía cuanto tiempo podría mantener la actual situación. Tenía que estudiar las posibilidades.

Taliadar trabajaba asiduamente para el Consejo, pero nunca había asistido a una de sus reuniones. Las órdenes le llegaban a través de su padre. Llevaba años deseando poder asistir y plantearles sus muchas ideas, pero sabía que no era fácil. Debía ganárselo, y haría lo que fuese necesario para conseguirlo.

Su hogar se erigía en las colinas de los taludes insondables donde la clase alta construía sus palacios. Desde la verja de entrada hasta la majestuosa puerta de la mansión pasando por los terrenos de la familia, una hilera de luces doradas le guiaba a través del camino que atravesaba los jardines de la casa. A ambos lados, estatuas de piedra, coral y cristal viviente destellaban con fulgores propios. Estas etéreas obras de arte multiplicaban la exultante belleza del paisaje. Las mansiones de su ciudad natal, no solían destacar por su hermosura y refinamiento, más bien al contrario. Sin embargo, su casa era una de las más ricas de la ciudad, y el edificio retaba en grandiosidad y altura al resto de construcciones.

Taliadar divisó la entrada a su hogar y se le escapó una sonrisa. Las puertas de metal negro se abrieron reconociendo su presencia y dos esclavas se acercaron obsequiosas, ansiosas de colmar sus deseos. Rechazándolas con un descuidado gesto de su mano se dirigió en solitario a la biblioteca, donde su progenitor le esperaba. Tenía una cita con su padre. Los rumores de la apuesta ya habrían llegado a sus oídos, estaba seguro.

Su padre le reprocharía su necedad, el haber perdido diez esclavos, con lo difícil que era conseguir siervos leales. Seguramente se reprimiría las ganas de golpearle. Y peor aún, le reprendería por haberlos entregarlo a una familia rival.

Y entonces él, le contaría que la apuesta era una farsa, que había apostado a perder a propósito. Que los esclavos le seguían siendo fieles. Espiarían a Magus y le traerían información de la casa rival. Nadie sospecharía, caminarían entre ellos, escucharían sus conversaciones, les prepararían la comida y hasta harían el amor con ellos. Tendrían acceso a sus más recónditos secretos. Y aunque algún día llegasen a sospechar, Magus jamás reconocería abiertamente que había sido engañado, el orgullo y la prepotencia de los Frost les favorecía.

¿Qué había dicho Magus Frost? ¿Cuáles habían sido sus palabras? Ah, sí, que el día que le ganase la cúpula se resquebrajaría y las aguas engullirían la ciudad… Pues ese día debía haber llegado, así que debería empezar a buscarse unas branquias antes de que todo se inundase, pensó sarcásticamente.

Había tenido que aparentar estar furioso por la pérdida de los esclavos para no levantar sospechas. Incluso había fingido estar molesto ante la Weira. Y había descubierto que no se le daba mal el interpretar un papel. Quizá esa habilidad le resultase útil en adelante.

Una vez calmados los ánimos de su padre, le recordaría lo difícil que era infiltrar un espía en una casa rival y como él de un plumazo había metido no uno, sino diez.

Había urdido la farsa con el fin de ganarse el respeto de su padre y confiaba que ese respeto se viese reflejado con una invitación para el Consejo que se celebraría próximamente. En ese Consejo se reunían los representantes de todas las casas incluidos los líderes de su raza.

Estaba convencido de que su padre le otorgaría ese privilegio. Odiaba con todo su ser a los Frost, y estaba seguro de que pagaría su peso en gemas por ver la cara de Magus Frost cuando descubriese la traición.Seguramente mataría y torturaría a los esclavos uno por uno, pero sus vidas eran un precio irrisorio en comparación con los secreto que descubrirían.

Si, su padre disfrutaría con su plan para infiltrar los espías. Pero con lo que más disfrutaría su padre sería cuando le dijese que uno de esos esclavos era en realidad un maestro envenenador que aguardaba sus órdenes para actuar. Planes dentro de planes.

La mujer.

CAMPOS DE CASTILLA, 6 Marzo 2001.

La hilera de esclavos se extendía hasta donde la vista alcanzaba, más allá de los campos de trigo y cebada. Debe haber cientos, puede que miles, calculó la mujer. Hombres, ancianos e incluso algún niño. Los Ichar no hacían distinción. Todos con ropas harapientas, sucias, propias de un campo de concentración. Desfilaban uno tras otro, unidos por unos grilletes invisibles, con la cabeza gacha y la mirada ausente. Sus ojos apagados delataban la esperanza perdida. A vista de pájaro debían parecer una multitudinaria manifestación sin rumbo ni destino.

Las tripas le rugieron. Hacía un día que no comía nada. La mujer ignoró el hambre y siguió adelante. Era lo único que hacía cada día, seguir adelante.

Los esclavos marchaban lentamente, como un coche fúnebre. Lo hacían con la espalda arqueada, cada paso era un suplicio. Los gemidos de dolor se mezclaban con los de los hambrientos.

Delante de ella, caminaba un niño que no debía alcanzar los trece. A pesar de su juventud, ya era más alto que ella. El espigado muchacho era extremeño y por lo poco que sabía de él, fue capturado mientras veraneaba con su familia en Valencia. Sus padres llevaban muertos ya dos años. Los primeros meses se los pasó llorando día y noche. Ahora llevaba una semana sin soltar una lágrima.

Detrás, la seguía un hombre mayor, que por las canas del cabello y las arrugas habría sobrepasado los cincuenta hacía ya tiempo. Era malagueño, pero quedaba poco en él de la gracia andaluza. Cuando le vio por primera vez pesaba más de cien kilos, ahora no alcanzaría ni dos terceras partes. Y no era el caso más preocupante. Había hombres que eran ya solo piel y huesos. Otros habían perecido en el camino a causa del hambre. Ella misma había adelgazado veinte kilos, aunque lo disimulaba con un vestido amplio.

El convoy de esclavos ascendía en ese momento una loma. Dejaban atrás una carretera abandonada, olvidada como tantas otras, por la que ya no circulaba vehículo alguno. Por los carteles, la mujer sabía que estaban en algún lugar de la provincia de Albacete y se dirigían sólo Dios sabía dónde. Llevaba dos años vagando de un lugar a otro, transportando alimentos para los Ichar, obedeciendo órdenes. Dos años. Tiempo más que suficiente para darse cuenta que así sería el resto de su vida, que no encontraría refugio en ninguna parte. No había esperanza. Su destino era arrastrar sus pies descalzos por la tierra hasta que por fin encontrase el descanso de la muerte. Su destino, y el de miles como ella.

Un hombre unos pasos por delante se dejó caer al suelo, derrotado. Se cruzó de piernas como pudo a causa del dolor y dijo:

-Ya no puedo más.

Los que marchaban justo tras él se pararon. Sistemáticamente se fueron deteniendo el resto de esclavos que iban detrás, apelotonándose para ver cual era la causa del parón. Sin embargo la mayoría se desentendió, no era su problema.

La mujer comprendía al hombre. Ella misma estuvo a punto de rendirse en varias ocasiones. No lo hizo. No recordaba la razón por la que siguió adelante, pero lo hizo.

Se acercó al hombre.

-Arriba, te va a castigar- le dijo mirando de reojo al cielo.

-No pienso andar si no me dan un poco de agua- estaba empapado de sudor y jadeaba con la intensidad de un fondista.

-Nos van a castigar a todos por tu culpa, ponte en pie y camina – intervino el hombre andaluz a sus espaldas.

-Si, eso – corearon varios esclavos a su alrededor sin mucha convicción.

El hombre era joven, en torno a los cuarenta. Era guapo. No llevaba camiseta solo unos vaqueros sucios y era evidente que no llevaba mucho tiempo entre ellos. La mujer estaba segura porque aún no se le notaban las costillas. Por eso y porque tampoco sabía a lo que se arriesgaba con ese gesto de desobediencia.

-¿Qué me va a hacer? – preguntó. – ¿Qué nos va a hacer si nos negamos a seguir? Somos más de mil. No puede castigarnos a todos, no hay por qué tenerle miedo.

Miedo. Claro que es eso lo que tenemos, pensó ella.

-Eres nuevo y no eres consciente de lo que es capaz. Tu no sabes lo que le hizo al último- trató de hacerle entender. – Te matará.

-Os he dicho que no me da miedo. Esos malditos Ichar nos necesitan, así que no pienso moverme hasta que nos de un poco de agua y nos deje descansar.

-Idiota, le dan igual tus exigencias. Puede conseguir cien más como tú mañana mismo. Cien no, mil- le dijo el andaluz.

-Ponte en pie, te lo ruego, antes de que llegue- le suplicó ella. Quizá aún no se haya dado cuenta de que te has detenido- mintió. – Si comienzas a andar puede que te perdone – le volvió a mentir.

-Llevamos días caminando, ¿cuánto creéis que aguantaréis a este ritmo? Mañana habréis desfallecido la mayoría. Y si no es mañana, al día siguiente. ¿Acaso no escucháis los lamentos de los más débiles cada noche? ¿Cómo lo soportáis?

-Preocúpate por ti mismo. – El andaluz miraba de reojo al cielo, nervioso.- Ponte de pie ahora mismo y empieza a andar si no te quieres arrepentir- aunque lo parecía, no era una amenaza, sino una advertencia.

-Ya os lo he dicho. No pienso dar un paso más- sentenció el hombre cruzándose de brazos.

-Deprisa, ya viene- susurró el muchacho extremeño. El miedo en su voz era evidente. Se alzó un coro de murmullos a su alrededor.

–He dicho que ni un paso m…- el hombre no pudo terminar la frase.

De haber podido, habría intentado suplicar, pero ya era tarde. Le había desafiado.

El hombre intentaba hablar y en lugar de palabras sólo salían de sus labios unos gemidos incongruentes. Los músculos de la boca no le obedecían y lo único que conseguía era hacer muecas con la boca. No tuvo tiempo para entender lo que le sucedía. Se puso de pie, activado por un mágico resorte de su interior. Era una marioneta movida por hilos invisibles.

No, no, no…, maldijo la mujer para sus adentros mientras hacía ademán de ir en su ayuda.

-Quieta, ya no puedes hacer nada por él- le sujetó el andaluz por los hombros.

Tiene razón, se resignó muy a su pesar.

Segundos después, el hombre empezó a correr como un loco colina arriba, entre los campos de trigo. A pesar del desnivel, esprintaba con el ímpetu de un velocista. Tardó casi un minuto en llegar a la cima y cuando lo hizo no se detuvo sino que dio la vuelta y regresó corriendo junto a los esclavos que le observaban sorprendidos. Se había puesto rojo del esfuerzo, como si hubiese respirado una bocanada de fuego. Un hilillo de sangre le salía de la nariz y jadeaba sin parar. La mujer se fijó que había manchado la entrepierna del pantalón.

El hombre seguía sin poder hablar, las palabras que suplicarían ayuda se ahogaban en su garganta. Sus ojos llenos de miedo, pronunciaban las palabras que su boca no podía. Lo siento. Lo siento. Lo siento.

Sin detener la galopada volvió a ascender a la carrera, parecía un potro desbocado entre las espigas. De nuevo alcanzó la cima de la colina y de nuevo inició el descenso. En la bajada, se trastabilló al pisar una piedra. El chasquido se escuchó nítidamente, aún así continuó corriendo, cojeando ostensiblemente. No gritó, no se lo permitió, aunque nuevamente los ojos transmitieron el dolor con la mirada.

Se ha torcido un tobillo. La mujer no se molestó en apartar la vista, sabía que aunque no quisiera, él les obligaría a verlo.

De cerca, el rostro del hombre era una máscara carnavalesca. Los ojos abiertos de par en par, la boca deformada en una mueca macabra, lágrimas de sangre derramadas por las mejillas.

Los demás esclavos miraban inmóviles, incapaces de apartar la vista. El muchacho extremeño intentó taparse los ojos con las dos manos, sin embargo no pudo. En esos momentos no era dueño de su cuerpo. Ni él, ni ninguno de los esclavos.

Quiere que el muchacho lo vea, quiere que lo veamos todos.

El hombre proseguía su inacabable sprint. Cuando estuvo a escasos metros, la mujer se fijó en el pie lastimado del hombre. Era peor de lo que le pareció a primera vista. No había sido el tobillo, se había roto la tibia. El hueso estaba partido y había perforado la carne y el vaquero, quedando al aire. Le entraron ganas de vomitar, tuvo que llevarse las manos a la boca para no hacerlo. Era imposible que nadie pudiese correr con la pierna en ese estado. Cualquier otro estaría en el suelo retorciéndose de dolor o desmayado.

Sin embargo, la carrera se prolongó un rato más. El hombre fue capaz de subir y bajar de nuevo cojitranco, arrastrando la pierna herida.

Finalmente, la cabeza se le ladeó. Los ojos ya no mostraban dolor, miraban al vacío sin vida, sin chispa. El hombre había muerto del esfuerzo.

Por fin, agradeció la mujer.

Lo más extraordinario es que el cuerpo continuó en movimiento. Corría y corría con la torpeza de un espantapájaros que acababa de salir de su letargo, agitando los brazos en el aire. Recorrió casi cien metros antes de desplomarse y rodar por el terraplén, ladera abajo, hasta quedar tendido sobre el trigal.

Los músculos se le destensaron y la mujer recuperó el control de su cuerpo. Vio que los demás también eran libres. Lo primero que hizo fue apartar la vista de la madeja de carne y sangre que era ahora el hombre. A eso le ha llevado la rebeldía. Se lo advertí, se lo advertí, repitió para sus adentros reprimiendo las ganas de llorar.

Sé fuerte, se dijo. Se recogió el pelo suelto con las manos y se hizo una coleta. Después se sacudió el vestido quitándose el polvo del camino. Tener la mente ocupada le ayudaba a olvidar. Olvidar. Le empezaba a resultar sencillo borrar de su mente cualquier mal recuerdo.

Aguardó durante un rato en el sitio, esperando a que apareciese. Sabía que lo haría. El castigo no tendría el mismo efecto sin su presencia.

Vio a un par de hombres que se lanzaban sobre el cadáver. Le quitaron las botas y los vaqueros. Incluso la ropa interior, dejándolo desnudo. Discutieron durante un momento por quién se quedaba con qué y rápidamente llegaron a un acuerdo. Uno se quedó con las botas y el otro con la ropa. De haber tenido un diente de oro se lo habrían quitado también, pensó. No los juzgaba. El hombre que se había quedado con las botas tenía los pies cubiertos de llagas y el que se quedó con los vaqueros vestía un retal que apenas le cubría sus partes. Tenían necesidades y el muerto ya no entendía de eso. Al cadáver le daba igual ya el frío y las heridas de los pies.

Entonces levantó la vista y allí estaba. El amo.

Quieto en el cielo, sujeto por un gancho invisible, levitaba la criatura. No conocía el nombre del Ichar porque no lo tenía. Esclavistas llamaban a los de su clase. Nacían pocos como él. Uno entre diez mil. Su labor en esta guerra era la de subyugar a los prisioneros que sus hermanos Ichar tomaban, obligándoles a realizar toda clase de tareas.

Esclavistas, el nombre era el adecuado.

La mujer tampoco tenía nombre ya. Lo había perdido con el paso de los días. Ahora era solo una esclava, no recordaba ya su vida anterior. Ni a su familia. Era mejor así, cualquier lazo con el pasado tan sólo le causaría más sufrimiento.

Esclava, sí, el nombre también era adecuado.

Visto desde lejos, el Ichar no se diferenciaba mucho de un humano cualquiera, quizá era algo más alto. De cerca si que se apreciaban las sutiles diferencias. Tenía la apariencia de un príncipe submarino. El color de la piel era azul cielo en lugar de rosado. Su rostro huesudo, tenía los pómulos muy marcados. La cabeza era pronunciada. Los ojos rojos, brillaban con maldad, semejando dos rubís. No tenía vello en el cuerpo, e incluso la cabeza la tenía desnuda. Vestía unos pantalones bombachos marrón tierra, que acababan dentro de unas botas grises. Llevaba el torso desnudo. Los músculos se le marcaban en el abdomen. Unas muñequeras completaban su atuendo.

Pero lo que más le diferenciaba de los humanos no estaba a la vista. Su mente, ahí radicaba su verdadero poder. La mujer había visto otros Ichar de fuerza sobrehumana, veloces como el rayo y capaces de volar cual personaje escapado de un comic. Sin embargo las habilidades de esta criatura eran muy diferentes.

Sus pensamientos eran órdenes.

Recordaba como ella misma se había unido al grupo. Y cómo sin que nadie la obligase había comenzado a caminar. La criatura estaba en su mente, envolviendo sus pensamientos. Le decía lo que tenía qué hacer y adónde dirigirse, y el cuerpo obedecía como un robot teledirigido. El intruso no impedía pensar ni razonar a su recipiente, sólo controlaba el cuerpo a su antojo.

Las habilidades psíquicas de ese ser eran inconcebibles, de película de ciencia ficción. Podía ordenar que se tirasen todos por un precipicio y le seguirían con los ojos cerrados como al Flautista de Hamelin. Había oído la historia de una docena de soldados que se volaron los sesos unos a otros con una sonrisa en los labios.

El don que poseía era tal, que se bastaba él sólo para dominar a una multitud. No los había contado, debían ser varios millares de personas en el convoy, y absolutamente todos estaban bajo su control. Otros Ichar se rodeaban de siervos, pero él no. No había bestias con él, no había más Ichar, ni ningún soldado. No los necesitaba.

¿Cuántas mentes podía gobernar a la vez? ¿A qué distancia podía dominar a la gente? Quizá no estuviese controlando a todos, quizá alguno anduviese por temor o por inercia y quizá el Ichar únicamente sometiese a los más rebeldes, igual que los perros pastores solo ladraban a las ovejas que se salían del rebaño.

En ese preciso instante le sentía dentro de su cabeza, atenazando sus músculos, manejando su cuerpo a su antojo, como si fuesen una marioneta. Podía sentirlo.

Lo curioso es que no hablaban el mismo idioma, y sin embargo entendían lo que les ordenaba. No era simplemente control mental, no era eso precisamente. Era algo diferente pues ella también estaba dentro de la mente de la criatura. La mujer lo veía igual que una red informática, donde todos compartían la información. Sentía el cerebro de la criatura bullir como un ordenador con miles de procesos arrancados. Y al estar ambas mentes en contacto, conocía sus secretos tan bien como él conocía los suyos. Podía leer su mente, inmiscuirse en sus pensamientos. Ahora mismo por ejemplo, su amo sólo sentía desidia.

La mujer acababa de presenciar de primera mano el poder de la criatura. Así castigaban a los que se negaban a obedecer. El destino de los que se rebelaban era mucho peor. Si intentaban huir el cerebro se les derretía y les salía por las orejas. Y cuando las fuerzas abandonaban el cuerpo de algún esclavo, el Ichar simplemente los apagaba como quien apaga una vela de un soplido.

Y por extraño que pareciese, a pesar de esos temores y del miedo que sentía, no se atrevía a huir. Ni se le pasaba por la cabeza. Aunque lo habían intentado, no conocía a nadie que hubiese logrado escapar. Y tampoco confiaba en que la rescatasen. Llevaba dos años así, simplemente sobreviviendo. Esa sería su vida para siempre.

El viento acariciaba los trigales, que se inclinaban y doblegaban a su voluntad, al igual que los hombres a las órdenes del esclavista. El cuerpo abandonado no era más que un borrón en medio del campo de trigo. Pronto anochecería, Venus acompañaba a Marte en el firmamento y una media luna asomaba por el horizonte. Aúnque todavía era invierno, el sol calentaba con fuerza durante el día y las noches eran cálidas.

Era un lugar apropiado para descansar, pero la mujer sabía que aún les quedaban varias horas antes de detenerse. Como si el amo le leyera el pensamiento, una orden brotó en su cerebro apartando a un lado las lamentaciones.

Caminad.

Obedecieron todos al unísono. Nadie se atrevería a desobedecer después de lo que acababan de contemplar. Al menos durante unos días, hasta que el cansancio y el agotamiento se tornasen más fuertes que el miedo. Pero hasta entonces, obedecerían.

Los esclavos reanudaron la marcha hacia el norte dejando a sus espaldas el cadáver, que ya era un recuerdo olvidado. La mujer lanzó un último vistazo al cuerpo y maldiciendo para sus adentros, agachó la cabeza. El muchacho extremeño caminaba de nuevo delante y el hombre andaluz detrás. Pronto llegaría la noche y encontraría refugio en el sueño.

Pero mientras andaba, la mujer recordó las proféticas últimas palabas del hombre. No pienso dar un paso más.

Y se imaginó entonces al amo riéndose por lo ingenioso de su castigo.

Teniente Torres

Madrid, 4 Marzo 2001.

Torres levantó la vista hacia el cielo que seguía cubierto por la mezcla de humo y nubes. No podía ver nada, pero el sonido de los motores a reacción era inconfundible. Al menos una docena de cazas sobrevolaban sus cabezas tras los negros nubarrones rumbo al centro de la ciudad. Seguía sin gustarle ese cielo, pero después de lo que había pasado en las últimas horas la presencia de la patrulla aérea era un soplo de esperanza, era algo a lo que aferrarse aunque sabía bien que no acudían en su ayuda. El ruido de los reactores fue mitigándose poco a poco y tan rápido como llegó se perdió en la distancia.

Tras efectuar el disparo contra aquella mujer, había esperado pacientemente tras el muro mientras los carroñeros devoraban el cuerpo inerte. Torres sintió que cada dentellaba se la daban a él. No tuvo opción. Era ella, o él. Ella o él, se repitió.

Estamos en guerra, le habría recordado uno de sus superiores intentando que no le remordiese la culpa. Hemos perdido tres de las principales ciudades españolas y toda la costa, le insistirían. Los sacrificios son necesarios en tiempos de guerra.

Que se lo expliquen a mi conciencia o a esa pobre mujer. Que le expliquen a ella que estamos en guerra.

Horas después del “sacrificio”, la plaza había quedado desierta, y Torres tuvo vía libre para acceder al Metro a través de la estación de Quevedo. El Teniente había abandonado los túneles en Legazpi, en la zona sur de la ciudad. Había cruzado medio Madrid sin apenas contratiempos gracias al queso de gruyer que era el subsuelo de la capital. No fue sencillo orientarse por los túneles sumido en la oscuridad, pero por fortuna, allí abajo no encontró enemigos lo que le facilitó la tarea de seguir el rastro de lo que quedaba de batallón. Resultaba curioso que a ciertas criaturas surgidas de las profundidades les asustase el caminar bajo tierra. Más que curioso extraño. Tan extraño como que un águila tuviese vértigo o que a un león no le gustase la carne. Esa debilidad les había proporcionado una oportunidad única para retirarse sin más contratiempos, así que bienvenida era.

A pesar de las nubes, y la escasez de sol, la mañana era cálida. Embutido en su desgastado traje de combate, el sudor le resbalaba por la frente. Torres tuvo que detenerse y aclararse los ojos con el agua de su cantimplora, a causa del escozor que le provocaban las gotas de sudor. Se le cayó el tapón de la cantimplora al intentar enroscarlo. El cansancio hacía mella también en sus facultades, en breve se cumplirían las cincuenta horas sin dormir. Los ojos se le cerraban, las piernas querían rendirse y su cabeza sólo quería desconectarse, olvidar el infierno en el que había entrado y del que había escapado cual héroe mitológico. No, él no era un héroe. Los heróes no dejan atrás a mujeres indefensas, se dijo. Cada vez que recordaba lo sucedido una mueca de angustia afloraba en su rostro.

Sin embargo debía aparcar en un rincón olvidado de su mente las emociones, al menos hasta estar en un lugar seguro. Enterrarlas bien profundo para que no le distrajesen. Si perdía la concentración, podía acabar como alguno de sus desafortunados hombres.

A pesar del cansancio y de las ampollas que tenía en los pies caminaba con paso ligero. Unos pocos kilómetros más y podría descansar todo lo que quisiese, hasta podría darse una ducha para quitarse el polvo y la sangre. La sangre. El vendaje de su brazo estaba manchado y la herida que creía curada le laceraba por dentro. Una herida por mordedura en el brazo, ampollas en los pies, un golpe en la cabeza, dos días sin dormir, la espalda dolorida… debía estar hecho todo un espantajo. Sabía que necesitaría atención médica en cuanto llegase, al igual que mucho de los que iban tras él.

Se detuvo un instante para contemplar la hilera de hombres que le seguía. Regresaban extenuados, con las energías bajo límite, sin fuerzas. Si fueran velas, las apagaría todas de un soplido, pensó. Era el resto de su batallón, medio centenar de soldados a los que había alcanzado en los túneles. Como él, llevaban dos días sin apenas descansar.

En su ausencia había tomado el mando el Sargento Primero Guevara, el oficial de mayor graduación que quedaba. Afable y siempre de buen humor, Torres confiaba en él. En su vida anterior no era militar, como tampoco lo eran muchos de los que ahora conformaban las tropas del ejército. En los días precedentes al ataque, Guevara trabajaba como funcionario en un municipio del sur de Madrid y tras el desastre se había unido a la resistencia. En apenas dos años pasó de soldado raso a Sargento. Gracias a los Ichar, las promociones estaban a la orden del día.

Guevara había guiado por los túneles del metro a las tropas supervivientes y les había sacado de allí con vida, lo que decía mucho en su favor. A pesar de haber demostrado su valía, no era un líder, era de los que preferían obedecer órdenes de los superiores a dictarlas. Con el regreso de Torres, Guevara había suspirado aliviado.

Aparte del Tico, como le gustaba que le llamasen, Torres no contaba con muchos oficiales. El del mostacho a lo guitarrista de grupo heavy era el cabo Córdoba, un legionario rudo de los de toda la vida. Caminaba siempre henchido, y pisaba el suelo como si toda la calle fuese suya. Era un auténtico cabronazo pero también era uno de sus mejores hombres en combate, experimentado y que le había salvado la vida un par de veces en los últimos meses. Sin ir más lejos, la mas reciente, la pasada noche. De no ser por él, en lugar de una herida en el brazo, ahora estaría hablando de un muñón. La bestia que le mordió se lo habría arrancado de cuajo si Córdoba no hubiese acudido en su ayuda.

Si Guevara era su mano derecha, el Sargento López era la izquierda. Llevaba con él tan sólo unos meses y su historia era muy curiosa. Sacerdote alistado tras colgar los hábitos, era estricto y un amante de la ciencia ficción, y sobre todo, un experto en los Ichar. Había leído toda la información disponible en la red y en los informes militares convirtiéndose en un sabio consejero. Era la wikipedia andante de Torres.

López juraba y perjuraba que Dios se le había aparecido y le había ordenado que abandonase al sacerdocio para hacerle la vida imposible a los malditos Ichar. Lo hacía con tal vehemencia que uno llegaba a creérselo de verdad. Aunque bueno, Córdoba también decía haber recibido la visita del mismo Dios pidiéndole que se acostara con cualquier mujer que encontrase en su camino para repoblar la Tierra. Si creía a uno, debía creer al otro, ¿no?

También estaban los cabos Román y Nogales, pero ambos eran dos chicos inexpertos a los que tuvo que ascender a la fuerza a causa de las bajas. El resto, críos que obedecían como mejor podían. Si hasta tenía un muchacho con los dieciséis recién cumplidos que el único arma que había sujetado en su vida era el mando de la Wii.

También se les había unido un grupo de supervivientes, hombres y mujeres que habían permanecido en la ciudad a pesar de la invasión Ichar. Torres recordaba haber leído que algo parecido sucedió en Londres durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar de la evacuación generalizada hacia los campos y pueblos de alrededor, muchos londinenses se negaron a abandonar sus hogares y sobrevivieron en sus casas bombardeo tras bombardeo. Los madrileños se enfrentaban a un enemigo más inhumano aún que los nazis.

Los encontraron en su huída apresurada a través de los túneles del suburbano. Tras perder sus casas habían encontrado refugio en el Metro donde habían sobrevivido a duras penas. Se alimentaron durante meses de desechos y de comida que robaban en las tiendas abandonadas. Más de uno estaba desnutrido y enfermo, incluso en estado crítico. Si antes del ataque habían ignorado a las autoridades que aconsejaban abandonar la ciudad, tras contemplar de primera mano la devastación que ocasionaron los Ichar, se unieron sin dudarlo al equipo de rescate.

Lo peor de todo es que en ese grupo había varios niños. Cuatro, había contado Torres. Todos menores de diez años y uno de ellos un bebé de tres meses. La madre, una muchacha rubia de apenas veinte años le llevaba en brazos.

No se despega de él ni un minuto, parece uno de esos marsupiales de los documentales que llevan a sus crías encima en todo momento, fue el comentario de uno de los soldados.

No entendía los motivos que podría tener la muchacha para traer a ese niño a un mundo como el que les había tocado vivir. A un mundo condenado. Amor o insensatez, dudó entre las dos. Él se lo pensaría dos veces antes de hacerlo.

Pero más que las razones de la chica, lo que más le sorprendía era que el pequeño hubiesepodido sobrevivir tanto tiempo. La muchacha estaba escuálida, igual que sus pechos. Abajo en los túneles, apenas se alimentaban con lo que ella tampoco tenía leche que darle a su hijo. ¿De dónde sacaba entonces la leche para darle de comer? ¿Qué comía ese niño?, se preguntó Torres.

Ya habrá tiempo de averiguarlo, cuando lleguemos al cuartel y estemos a salvo.

El resto de los niños tampoco parecían conscientes del horror que les rodeaba. Eran a los únicos que se les escuchaba reír y hablar en voz alta. Incluso corrían y saltaban de emoción cuando se cruzaban con un gato que se escabullía entre los escombros. Contemplar la ingenuidad de los pequeños era una inyección de moral para sus tropas.

B12 en vena.

Torres no había podido salvar a la mujer de la Plaza Quevedo, pero sacaría de la ciudad a esos niños.

A lo lejos, tras el último de sus hombres, el skyline de Madrid estaba irreconocible. Los Cuatro Rascacielos habían dejado un vacío en el paisaje similar al de las Torres Gemelas en Nueva York. Torre Europa y el Pirulí también habían desaparecido y de los grandes rascacielos tan sólo seguían en pie las Kio. Y entre ellas, la Cúpula, un campo de fuerza que cubría un sector céntrico de la ciudad. El domo de energía palpitante destacaba entre los edificios semiderruidos. Extrañaba ver en medio de tanta destrucción ese cascarón nacarado, de una blaco puro. Pero lo que escondía en su interior era todo lo contrario a la pureza. Allí había entrado Torres con dos centenares de hombres y había regresado con sólo una cuarta parte. Allí había visto horrores que le atormentarían en sueños hasta que encontrase descanso en la muerte.

Plaza Castilla se había transformado en apenas unos meses tras la invasión Ichar. Tras la ofensiva inicial, el enemigo se había replegado, agrupándose en el barrio de Nuevos Ministerios. Inteligencia confirmó que los Ichar causantes de la devastación se habían marchado, sólo quedaban sus legiones que rondaban todavía por las ruinas.

Durante semanas, las bestias y esclavos trabajaron incansablemente erigiendo extrañas construcciones. Levantaron tres torres que rivalizaban en tamaño con las Kio. Después, un domo de energía las recubrió, ocultando lo que sucedía allí dentro. Este comportamiento llamómucho la atención del Alto Mando.

Nos encontrábamos ante la primera fortaleza Ichar.

Si ya era extraño que atacasen una ciudad lejos del mar, más aún era que edificasen algo, pensó Torres. Había muchas “irregularidades” en todo lo que sucedía en Madrid. La metodología del enemigo consistió desde el principio en destruir y ocupar. Especialmente se les daba bien lo de destruir. Nunca habían contruído nada y más importante aún, nunca lo habían protegido.

El ejército había atacado el domo con artillería. Los obuses de 105 mm se habían desintegrado contra el campo de fuerza opalescente. Los misiles antitanque no consiguieron mucho más. El ejército se resignó a no utilizar los bombarderos. El riesgo de alcanzar edificios repletos de refugiados era muy elevado, por lo que no se dio la orden.

La idea era brillante, reflexionó el Teniente.Como mecanismo defensivo era insuperable. Las barricadas había que protegerlas, la Cúpula por el contrario no necesitaba vigilancia. Cierto es que no permitía contratacar, el concepto del ingenio era meramente defensivo.

Lo que sucedía bajo ese campo intrigaba mucho a los líderes militares así que enviaron un batallón con él al mando a obtener información de lo que escondía. Un pequeño batallón de doscientos hombres. Una misión relámpago, recordó Torres de nuevo. Entrar y salir. ¡Y una mierda! Lo que se encontraron allí abajo… Si hasta ese momento había tenido motivos más que suficientes para odiar al enemigo después de lo que había visto los aborrecía.

La cúpula era un campo de fuerza de forma esférica que cubría un área de un kilómetro de diámetro. Semiesférico, se corrigió a si mismo. El brillante campo no se sumergía en la roca. Este importante detalle lo aprovecharon para atravesar las defensas. Emplearon los túneles del metro y el alcantarillado para superar la barrera de fuerza, sorprendiendo al enemigo confiado por su escudo defensor. El domo sólo protegía la superficie, seguramente porque desconocían la existencia de los túneles subterráneos.

Y lo que vieron allí…

Torres cogió aire. Por fortuna para todos, la Cúpula quedaba ya muy lejos, ahora mismo era el menor de sus problemas. Dio la espalada a la fortaleza Ichar y aguardó. Esperaba impaciente el regreso del Sargento López. Por fin, el exsacerdote salió de un portal y corrió apresuradamente hasta Torres. Al verlo, Córdoba y Guevara se acercaron también. Guevara lo hizo con su habitual sonrisa. Córdoba iba con la camisa entreabierta dejando al descubierto el pelo del pecho y una pequeña porción de un tatuaje. El excura jadeaba a causa de la carrera.

-¿Qué tenemos Sargento?

-Hemos encontrado varios edificios derruidos convertidos en polvo- dijo cogiendo un poco de aire.

-¿Un nasogeniano?- aventuró Torres.

-Eso creemos.

Si López decía que era un nasogeniano, era un nasogeniano.

-¿Qué cojones es eso López?-masculló Córdoba mientras López se santiguaba al escuchar el taco. Cada vez que escuchaba uno lo hacía, con lo que cuando estaba en compañía de Córdoba no hacía otra cosa.

-¿Es que nadie se lee los informes?

-Para eso te tenemos a ti. Dinos, ¿qué son esos nano…- Córdoba no fue capaz de terminar la palabra.

-Nasogenianos. Los llamamos también comepiedras.

-¿Como el de la película de la Historia Interminable?-apuntó Guevara.

-Al lado de un nasogeniano, el de la película es una princesita. Pero no tienen nada que ver. Estos bichos se parecen a un pulpo del tamaño de un globo aerostático con docenas de tentáculos- hablaba con la locuacidad de un profesor a causa de sus años en el obispado. -Se enredan en los cimientos hasta devorarlos. Lo cierto es que devoran cada pedazo de roca que engullen. En una hora son capaces de digerir un edificio completo. Así fue como limpiaron la zona centro para levantar la cúpula.

Torres escuchaba cada palabra con atención.

-Putos Ichar- maldio Córdoba y el cura se santiguó nuevamente.

-Pero no te preocupes Córdoba, si vemos uno lo reconocerás por el olor nauseabundo que desprende o por el de tus pantalones, lo que suceda primero.

-Muy gracioso López- dijo y se acarició el bigote.

-Lo digo en serio. Emiten un hedor nauseabundo que además provoca que todo aquél que lo huela se cague encima. Se cree que se debe al proceso de digestión de los minerales.

-Qué haríamos sin ti y tus detalles, López- comentó sonriente Guevara.

-¿Se les puede matar?- preguntó Torres.

-Sí, bueno, supongo.

-Sí, bueno, ¿o supones?.

-Sí, se les puede matar. En Valencia utilizaron explosivos contra ellos.

-Que no tenemos- apuntilló Guevara.

-Y fuego, el fuego también funciona.

-Que tampoco tenemos – añadió de nuevo el costaricense.

-En ese caso, no, no podemos matarlos, así que mejor que no nos encontremos con uno- sentenció López.

-¿Y dónde lo habéis visto? – preguntó Guevara.

-No lo hemos visto, solo el rastro que dejan a su paso. Es fácil de seguir.

-¿Y dónde ha sido eso?

-Justo aquí- dijo señalando el mapa que le mostraba Torres.- Toda esta zona ahora no es más que polvo.

-Pero puede que ya se hayan ido, ¿no?- preguntó Torres.

-Como os he dicho, no hemos visto ninguno, pero suelen esconderse en las nubes de polvo que dejan a su paso. Podría haber una docena a nuestro alrededor y no darnos cuenta hasta tenerlos encima.

-Entonces, nos desviaremos. Podemos ir por este otro camino, por aquí – y señaló una avenida paralela a por la que avanzaban.

-No, por ahí no- le cortó López.- También hemos visto un nido de arañas. He contado siete pequeñas y una grande. Estaban en lo alto de un edificio de oficinas. Justo aquí.

Arañas. A esas si que las conocía bien. La herida de su brazo atestiguaba el master avanzado que había realizado en arañas. La que le atacó era una de las pequeñas y casi medía tanto como él. ¿Cómo serían las grandes?

-Entonces tendremos que dar un rodeo.

-No entiendo por qué- murmuró Córdoba, a quien evitar cualquier conflicto le sonaba a cobardía.

Córdoba era de los que el día que fuese al infierno, iría en un autobús hasta los topes.

-Ya sabemos que eres el que más cojones tiene Córdoba, pero llevamos niños con nosotros. Esto no es el Call of Duty y gana quien más enemigos abate.

Guevara soltó una sonrisa al escuchar el comentario. Guevara siempre sonreía. Torres creía que el costaricense mantendría su sonrisa en la boca aunque fuese de cabeza al infierno montado en el autobús hasta los topes de Córdoba.

El Cabo por el contrario agachó la cabeza, obediente.

-Bien, señores, en marcha. Tenemos dos misiones que cumplir. Una sacar a toda esta gente de aquí. Y la segunda llevar a nuestros superiores las fotos de lo que hemos visto bajo la Cúpula – al escuchar la palabra Cúpula, López se santiguó tres veces seguidas. Allí no tuvo tiempo de hacerlo. – Si lo logramos, todos nos iremos a celebrarlo con Córdoba- dijo y el Cabo soltó una carcajada.

Torres quería enseñarles a sus superiores el material fotográfico que llevaban. Podría contárselo de palabra, pero ni López y su locuacidad servirían para describir lo que se escondía dentro de la fortaleza enemiga.

Reanudaron la marcha con los soldados y civiles siguiendo sus pasos. Lo hacían en silencio, apenas sin mediar palabra. Las calles por las que transitaban estaban desiertas, no había vehículos en las calles y los cierres de las tiendas estaban echados. Señales de guerra por todas partes.

Guerra, resopló Torres. No, esto no es una guerra. Es una matanza, y nos conformamos con sobrevivir al avance de las hordas enemigas, lo que no es poco.

Así que eso es lo que intentaba hacer él en ese preciso instante, sobrevivir.

DESCONOCIDO.

Ciudad de Soren Gardiar, Bajamar

Abrió los ojos. Parpadeó durante unos segundos mientras el brillo cegador daba paso a unas formas difusas. ¿Qué estaba pasando?, fue la primera pregunta que le vino a la mente. Le costaba razonar. Las palabras se formaban a trompicones y sentía un velo nublándole el entendimiento. Apenas distinguía nada a su alrededor, pero sentía que estaba tumbado. ¿Qué hacía en esa posición? Estaba confuso.

No obtendría respuesta, ahí, inmóvil, así que intentó incorporarse y en respuesta el cuerpo le devolvió una punzada de dolor. Tenía todos los músculos agarrotados tras tanto tiempo de inactividad. Se relajó, dejando que el dolor mitigase.

No recordaba nada, su mente era una pátina en blanco. Le habían arrebatado la memoria. ¿Quién era? Un Ichar, soy un Ichar, era lo único que tenía claro desde un principio. ¿Pero cúal era su nombre?¿Y dónde estaba?

La visión se le fue aclarando poco a poco, cobrando nitidez. La imagen de un cuerpo hasta hace unos momentos borrosa, turbia, se mostraba ante él. Unos ojos rasgados le devolvieron la mirada con desconcierto. El extraño estaba tendido sobre un lecho.

Agitó la cabeza tratando de despejar sus sentidos embotados y la criatura ante él hizo lo mismo como un reflejo. Un espejo, dudó somñoliento. Repitió el movimiento para confirmar su suposición y la imagen especular le imitó. Sí, un espejo. Entonces ese … de… ahí … soy yo … La deducción le llegó lentamente como dos piezas de un rompecabezas que se acoplan perezosamente.

Observó con más detenimiento la imagen del espejo. Estaba desnudo. Se dio cuenta que unas cintas le sujetaban por los brazos y las piernas, con no demasiada fuerza. Parecían más orientadas a evitar que se cayese que a impedirle los movimientos. Su figura era estilizada, quizá en exceso. Las extremidades eran sólo hueso y piel, como las de las jirafas, y su cuello alargado, resultaba improbable. Quizás más que al de una jirafa, su cuello se asemejaba al de una cobra erguida, amenazante.No recordaba ser tan alto. No recordaba nada en realidad.

Se concentró, apretando puños y dientes, esforzándose por aclarar su mente. Retazos de la memoria afloraron a la superficie y supo que había estado durmiendo. ¿Pero cuánto tiempo?Era evidente que había sido mucho por el estado en el que se había despertado, ¿pero cuanto exactamente? Todo era un acertijo para él.

¿Por qué no recordaba nada? ¿Era un efecto del aletargamiento en el que había estado sumido todo este tiempo? Maldijo para sus adentros. Confiaba que la amnesia fuese temporal y pronto le llegase la claridad, pero le irritaba sentirse tan descolocado. Además seguía sin saber quién era. Si al menos recordase su nombre, repitió para sus adentros. Aunque quien sabe, quizá cuando supiese quien era resultaba que no le gustaba lo que acababa de descubrir. Quizá era mejor no recordar quien era antes o lo que podía haber hecho. Volvió a maldecir para sus adentros.

Miró a su alrededor. Estaba en una sala sencilla, aséptica. Aparte del lecho en el que descansaba y el espejo en el techo solamente había una mesa de cuarzo negro sobre la que reposaba una bandeja. Una puerta entreabierta al otro lado de la estancia era el único acceso a la estancia, que tampoco tenía ventanas. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba?¿Y cómo había llegado a ese lugar?

Intentó de nuevo incorporarse y otra vez acudió el dolor. Esta vez lo soportó pero había olvidado las cintas que lo maniataban. Maldita sea, ¿como podía olvidar algo que acababa de ver hace unos instantes? Sus recuerdos eran los restos de un naufragio, tan pronto estaban a flote como se volvían a hundir.

Necesitaba moverse, estirar las piernas. Quizá si hacía algo de ejercicio, la memoria le retornaría con mayor facilidad. Sin embargo las cintas le impedían cualquier movimiento.

Piensa, se dijo. Tiene que haber una forma de salir de aquí. Piensa, repitió mentalmente. Atropelladamente, entre el barullo de ideas que era su mente, una sobresalió. Si estás atado es por que alguien lo ha hecho, dedujo no sin dificultad. Alguien debe vigilarte. No estás solo. Aferrándose a esa idea, gritó esperanzado.

Ayuda- llamó.- ¿Hay alguien?

Aguardó unos momentos, aguzando el oído. Nadie respondió ni tampoco nadie acudió a su llamada. Gritó con más fuerza, vaciando los pulmones, y esperó de nuevo, esperanzado.

Nada. Estaba sólo. Le habían abandonado a su suerte. ¿Acaso sería un paria para sus hermanos? ¿O simplemente se habían olvidado de él?

Idiota. Te estás precipitando. No han pasado más que unos instantes desde que has despertado. Con el tiempo alguien acudirá. Si, con el tiempo… la idea no le convenció. La impaciencia se apoderaba de él a cada instante que pasaba e iba en aumento. Estaba incómodo sujeto por las correas. Percibía la ansiedad en el rostro que tenía ante él en el espejo, su rostro. No, no esperaría. Si pretendía liberarse tendría que hacerlo sin ayuda de nadie.

Volvió a mirar al techo, al espejo. Se fijó que había una túnica a sus pies. De poco le servía para liberarse. Intentó deslizar las muñecas entre las cintas, pero le sujetaban con fuerza. Probó a flexionar su largo cuello para ver si era capaz de alcanzar las muñecas con los dientes y el resultado fue el mismo. Se rindió. Era inútil luchar contra las ataduras. Si no estuviesen…, maldijo y cerró los ojos para descansar un momento. Y cuando los abrió, en el tiempo que dura un parpadeo, las correas habían desaparecido. Ya no estaban.

¿Qué acababa de suceder?, se preguntó perplejo. ¿Había sido él el que las había hecho desaparecer? ¿Acaso era ese su don? Levantó la vista hacia el espejo y vio en el reflejo que era cierto. Las correas que le sujetaban ya no estaban allí.

Todos los Ichar tenían una habilidad que los hacía especiales. ¿Cuál era su poder? ¿Podía hacer desaparecer objetos? ¿Y de qué le servía eso?¿Era un guerrero? ¿Un cazador? ¿Un líder? Una nueva incógnita que sumar a las que ya le abrumaban.

Ya habría tiempo para las respuestas, era el momento de pasar a la acción.

Libre por fin de ataduras, se incorporó. Se tocó el rostro, palpándoselo como si no lo reconociese. Los ojos, las arrugas, el pelo, todo era extraño para él. Puso los pies en el frío suelo y se levantó. Las piernas le temblaron como dos juncos castigado por el viento, pero no se doblegaron. Caminando despacio, se acercó hasta la mesa de cuarzo negro. Allí seguía la bandeja que había visto desde el lecho. Era ovalada y estaba repleta de unos huevos gelatinosos. La cáscara translúcida dejaba entrever en su interior unas formas repletas de tentáculos. Huevos de Kraken. Un manjar para los Ichar. Y por el número que había en la bandeja debía tratarse de una camada completa. Alguien debió dejarlos ahí para cuando despertase. Pero semejante manjar … ¿acaso era alguien importante?, pensó dubitativo.

Junto a la bandeja había una nota.

Ve a ver a las hermanas, leyó. Las hermanas, recordó. Si, las hermanas eran muy sabias. Ellas conocían todas las respuestas.

Dio la vuelta al trozo de papel y vio que había algo más garabateado. Escrito en lengua antigua y con tinta roja, una sola runa. El símbolo podía ser interpretado de dos formas diferentes. Por un lado se utilizaba para representar la oscuridad y por otro se asociaba a la letra ‘L’. ¿Qué significaba?¿Querían decirle algo o acaso era la inicial de quien le había despertado?¿L y qué mas? ¿Por qué el anonimato?

Más que ayudar, la nota le había desconcertado aún más. Aunque de algo si le había servido. Si no encontraba las respuestas que buscaba, las hermanas le ayudarían a llenar ese vacío. A pesar de sus vidas eremíticas y de no tener contacto con el exterior, conocían todos los secretos de su raza. Chismosas para unos, y un oráculo para otros, eran una inagotable fuente de saber.

Le rugieron las tripas. Estaba hambriento, no se había dado cuenta hasta ver la comida. Dejó la nota sobre la mesa y cogió uno de los huevos y una baba mucosa resbaló goteante. Se detuvo antes de llevárselo a la boca. Quizá no los hayan limpiado, dudó. Curiosidades de la mente, no recordaba quién era, pero si lo que le sucedía a aquellos que comían un huevo de kraken equivocado.

Los kraken eran unas criaturas temidas en los océanos. Tiburones y ballenas huían de estos depredadores insaciables y su hambre infinita. Eran muy poderosos, sin embargo al igual que todos los depredadores tenían un punto débil. Sus huevos. Los kraken engendraban una única camada a lo largo de su vida. Cuando esto sucedía, buscaba un lugar remoto y tranquilo donde esconderlos. Allí, la hembra fertilizada ponía más de un centenar de huevos que enterraba en el lecho oceánico para después abandonarlos a su suerte.

Estos huevos eran un manjar para los depredadores de los fondos marinos. Así que para protegerlos, las hembras kraken habían desarrollado un mecanismo biológico de defensa cuanto menos curioso. En cada puesta, la hembra engendraba un huevo repleto de veneno. Un veneno mortífero que afectaba al sistema nervioso ocasionando la muerte casi instantánea de aquél que lo probaba.

Así que si alguna criatura localizaba una camada, se enfrentaba a una temible decisión. ¿Cuál era el huevo envenenado? Solo los más temerarios o hambrientos asumían el riesgo, y en todo caso, comían uno o dos de los huevos para no tentar demasiado a la suerte.

Este respeto basado en el miedo aseguraba la supervivencia de la mayor parte de la camada y de los Kraken durante eones. Hasta que llegaron los Ichar.

Sus hermanos consideraban los huevos de kraken un manjar divino y el ofrecerlos a un invitado era considerado un símbolo de poder de la casa. La nobleza Ichar enviaba a recolectar los huevos de los fondos abisales. Al no saber diferenciarlos, eran los esclavos quienes los degustaban. Uno tras otro. Cuando el esclavo daba con el ejemplar envenenado, se llevaban el resto de los huevos para el disfrute de los nobles mientras el desgraciado moría entre estertores.

Este abuso había condenado a los Kraken a un destino incierto, encontrándose en la actualidad al borde de la extinción.

Si alguien le había dejado los huevos, no tenía sentido que le hubiesen dejado uno envenenado, de haber querido matarle podrían haberlo hecho mientras dormía, dedujo. Sin miramientos se lo llevó a la boca. La cáscara crujió bajo sus incisivos, liberando el líquido salado. Exquisito.

Merecía la pena el riesgo reconoció. Devoró con avidez un par más. Una vez saciado su hambre, le sobresaltó otra necesidad. Hacía frío. Recordó la túnica sobre el lecho. No estaba incómodo desnudo pero quizá sus anfitriones si, así que se la puso. ¿Anfitriones o quizás debía decir carceleros? No tenía claro cual era su situación, si era un prisionero o un invitado. Debía tener cuidado con sus próximas acciones.

Dudó si esperar sentado en el lecho a que apareciese alguien. ¿Pero y si no se presentaba nadie? Podía estar días enteros esperando. ¿Quién le decía que acabaría acudiendo alguien?

Ante la duda, se puso la túnica y abandonó la estancia. Le quedaba un poco larga y al caminar, los faldones arrastraban por el suelo. Caminaba con torpeza, sentía la mente fuera del cuerpo, manejándolo como un títere.

Confiaba encontrar a alguien que pudiese darle una explicación, quizá hasta encontrase al autor de la nota y este le revelase su identidad.

El pasillo de brillante piedra estaba vacío. Describía una curva a la vez que descendía suavemente. Su silueta se reflejaba en el suelo pulido. Lo recorrió preparando un discurso mental por si se encontraba con alguien. ¿Cómo explicaría su situación? Saludos, hermano, ¿sabes quién soy? No, no parecía la forma idónea de abordar a un extraño. Hola hermano, estoy desorientado, podrías…

Tropezó. Andaba distraído en sus cavilaciones y no había prestado atención al suelo. Había volcado un cubo derramando el agua que contenía en el suelo. El liquido fluía pendiente abajo sin control. Unos pasos más adelante vio una figura arrodillada. Llevaba un paño en una mano. Aquí está el responsable del brillo del suelo. El rostro del esclavo estaba pálido.Pobre, cree que le castigarán por haber tirado el cubo.

-Tranquilo, no voy a hacerte daño- le dijo intentando calmarle. – Estoy algo desorientado. Acabo de despertar y no sé dónde estoy.

El esclavo agachó la cabeza, en señal de sumisión. No le respondió ni pronunció una sola palabra.

No me hablan porque deben tenerlo prohibido, supuso.

Poco obtendría de ese siervo, así que le dejó con su tarea y continuó pasillo abajo. Más adelante, la luz que entraba a través de la pared hacía brillar la piedra pulida con más fuerza. Una ventana. Quizá si descubría dónde estaba pudiese entender algo. Se asomó.

La ciudad se extendía en todas direcciones. Numerosas torres se levantaban a su alrededor, como símbolo de la grandeza de su raza. Abajo, en la calle, el ritmo de la ciudad era palpable. Sus hermanos circulaban por las grandes avenidas, inmersos en sus quehaceres cotidianos.

Estaba en lo alto de una torre que se elevaba hasta el cielo. No, eso no era el cielo. ¿Qué era esa cúpula cristalina que cubría la ciudad? ¿Dónde estaban el sol, el cielo y las nubes? ¿Y qué era eso que se movía al otro lado de la cúpula?¿Peces? ¿Acaso estaban bajo el mar? ¿Qué locura era esa? ¿Acaso sus hermanos no dominaban ya la tierra?

¿Y qué hacía él en esa torre? Se sujetó la cabeza confuso con las dos manos. Maldición, se dijo a si mismo. Se apartó de la ventana furioso. Necesitaba salir al exterior cuanto antes. Aceleró el ritmo. El pasillo descendía trazando una espiral probablemente hasta el suelo, supuso. A ambos lados había habitaciones como la suya. Unas estaban vacías y en otras había más durmientes, semejantes a él. ¿Qué o quién les inducía al sueño? ¿Y por qué el se había despertado?

En la siguiente puerta vio a una Ichar, arrodillada junto a un lecho en el que descansaba otro durmiente. Lanzaba una plegaria, probablemente para que despertara. La dejó con su pena y continuó.

Unos gritos cercanos le alertaron. Sonaba como si estuviesen despellejando vivo a alguien. Aceleró el paso, llevado por la curiosidad. Los alaridos nacían al otro lado de una puerta cerrada. Fue a abrirla, sin embargo se detuvo, indeciso. Quizá no fuese bien recibido o quizá lo que hubiese al otro lado fuese algo a lo que era mejor no molestar, dudó.

-Aparte- le ordenó una voz a sus espaldas.

Apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado. Un grueso Ichar de larga melena negra que le caía hasta la cintura, vestido con una túnica también negra, le apartó de malas formas sin mirarle a la cara y abrió la puerta, dejando a la vista el interior de la sala.

No pudo hacer mas que quedarse con la boca abierta al ver el origen de los gritos.

¡Una madonna! ¡Una madonna dando a luz!

Una Ichar desnuda, con los pechos y el sexo al aire, se erguía ante él, con la tripa hinchada como un un globo aerostático. Tenía las piernas semiflexionadas, en clara posición de parir.

Se encontraba ante una de las hembras que engendraban a los Ichar. La mayoría de las féminas rechazaban ser madres, algo que se acrecentaba generación tras generación. Puede que porque la maternidad chocaba frontalmente con la ambición propia de su raza, o quizá porque una existencia tan longeva mermaba el sentimiento maternal. Independientemente de cual fuese la verdadera razón, la consecuencia era un decrecimiento paulatino de la población. Morían más Ichar de los que nacían. Para evitar este apagón progresivo de la especie los líderes de la raza se reunieron buscando como solventar este problema. La solución que encontraron parecía evidente. Debían nacer más Ichar. El Consejo buscó candidatas entre las hembras que ya hubiesen tenido hijos en el pasado y les ofreció una posición social más elevada acompañada de una recompensa muy generosa. Aquellas que accedieron, se convirtieron en figuras importantes entre los Ichar. Las denominaron popularmente Madonnas. Estas Madonnas vivían en impresionantes palacios a las afuera de la ciudad. Rara vez salían de sus aposentos y su único fin era procrear. Salvo los más ancianos, casi la totalidad de los Ichar eran hijos de alguna de estas Madonnas. Él mismo podía ser hijo de una, pero seguía sin recordar nada, ni siquiera quienes eran sus padres.

Con el tiempo, las Madonnas se convirtieron en hormigas reinas, destinadas únicamente a la perpetuación de la especie. Se decía que había Madonnas que habían engendrado más de mil hijos, aunque resultaba difícil de creer.

Por cada hijo, el Consejo la recompensaba con más y más dinero. Así que eran ricas. Obscenamente ricas. Y no sólo por el dinero que recibían del Consejo. Aquellos Ichar que deseaban engendrar su propio hijo y carecían de una consorte que accediese a ello, debían solicitárselo a una Madonna y pagar. Pagar mucho. Muchas casas se arruinaban por obtener un descendiente varón.

Si el futuro padre podía hacer frente al coste, ambos tenían relaciones sexuales tantas veces como fuese necesario hasta engendrar un hijo, aunque dada la fertilidad de las Madonnas solía bastar con una única vez. Tiempo después, el recién nacido era entregado al padre de la criatura.

El Ichar de la melena y túnica negra permanecía junto a la Madonna que aguantaba de pie, con las piernas abiertas. Los gritos mezclaban dolor y orgullo. La Madonna sudaba a mares. Gotas perladas le resbalaban por los senos y la tripa.

Un chillido agudo indicó que la criatura iba a nacer en cuestión de segundos. El Ichar de la túnica se arrodilló frente a ella, sobre el suelo manchado de sangre y fluidos corporales. Puso las manos entre sus piernas. La cabeza comenzó a asomar. La criatura tenía la piel de color rojo fuego. El Ichar la sujetó entre los gritos y empujones de la madre que tenía el pelo empapado ya de tanto sudar. Aún así, aguantaba de pie.

Dos empujones más y estuvo fuera. La Madonna dejó de gritar y se tambaleó. El Ichar aprovechó y llevó al recien nacido a un lecho que había en la estancia. Mientras atravesaba la sala, desde la puerta pudo verle el rostro al niño. No tiene ojos, se sorprendió. ¿Qué significa eso? Era la primera vez que veía a un Ichar sin ojos, o al menos eso recordaba. Si que había Ichar ciegos que a cambio poseían habilidades sensoriales más desarrolladas, pero este directamente no tenía ojos. ¿Se trataría de una malformación? En ese caso se convertiría en un paria entre sus hermanos como le sucedía a los que nacían tontos o locos. Peor sería que naciese sin poderes y fuese un Crakoan, musitó.

Un nuevo grito de la Madonna interrumpió sus divagaciones.

-Vienen dos. ¡Trae dos!- gritó el Ichar.

¡Dos niños en un mismo embarazo!

Los chillidos y empujones de la Madonna se habían reanudado. La Ichar levantó la vista por primera vez hacia la puerta y le vio en el umbral. Estaba asustada.

Esto si que iba a causar un gran revuelo. Recordó que cuando él era pequeño los embarazos de gemelos eran un anatema. Los supersticiosos decían que el segundo hijo había sido engendrado por un ser maligno. El miedo irracional a lo desconocido imperaba y lo sacrificaban. ¿Seguiría viva esa superstición?, se preguntó.

La Madonna no paraba de gritar y no dejaba de mirarlo fijamente. Cuando el Ichar de la melena negra llego hasta ella ya estaba fuera la cabeza y medio cuerpo. La criatura tenía también la piel rojiza como su hermano. Pero a diferencia de éste, si que tenía ojos. ¡Cuatro! El segundo niño había nacido con los ojos de su hermano. Cuántas interpretaciones tendría eso, se dijo. Si les permitían vivir, pronto se revelarían las verdaderas facultades de ambos. Ojalá el descubriese las suyas también pronto.

El Ichar de pelo negro lo llevó al lecho junto a su hermano, mientras la Madonna se desplomaba. Aún desde el suelo no dejaba de mirarlo con la misma mueca de terror. ¿O era de súplica? Incluso le parecía ver que le señalaba.

Sabía lo que le esperaba a su segundo hijo. Tantos meses con su hijo dentro y ahora corría el riesgo de perderlo, de ahí la mirada de temor, supuso.

No había nada más por ver allí. Poco les podía ayudar. Cerró la puerta dejando a solas al Ichar, la Madonna y los dos recién nacidos y reanudó el descenso. Además, el tenía sus propios problemas. Seguía sin saber quien era, qué hacía en esa torre, por qué había estado sumido en un sueño tanto tiempo y por qué había despertado. ¿Qué le impedía recordar? ¿Qué bloqueaba sus recuerdos? Maldita sea, qué frustrante era. Si tan sólo recordase su nombre el resto de piezas caerían por su propio peso.

Continuó descendiendo y dio tres vueltas más a la torre hasta que por fin el pasillo terminó en un amplio hall circular. Había alcanzado la base. Por fin podría salir y buscar a las hermanas para que le ayudasen. Nadie guardaba la puerta, que era una sencilla verja de hierro de dos hojas abierta de par en par. Se miró de arriba abajo. La larga túnica le hacía parecer un mendigo, pero era lo único que tenía. Ya habría tiempo para encontrar unas vestimentas mejores.

Salió a la calle. Estaba muy concurrida, tal y como había visto desde lo alto. Una legión de Crakoan atravesaba la avenida en ese preciso momento y el ruido de las botas contra el suelo retumbaba en su ya de por si dolorida cabeza. Numerosos Ichar caminaban lánguidamente, seguidos de sus siervos y esclavos. Un mastodonte rumiaba junto a la torre. La cháchara de sus hermanos le resultaba molesta, acrecentando su malestar. Entonces, un joven Ichar se percató de su presencia. Y después otro. Y otro. El griterío se detuvo. Se quedaron mirándolo, como a un extraño. Pero había algo más. Le miraban con miedo.

Dio un par de pasos, y al hacerlo, sus hermanos se apartaron. La legión de Crakoan había desenfundado las armas y se habían puesto en posición de combate. Se fijó que a pesar de su mayoría abrumadora, uno de ellos retrocedía dando pequeños pasos.

¿Pero por qué le temían?

Un rincón de su cabeza ató cabos.

La mirada de la Madonna asustada, el esclavo paralizado de terror, y ahora todos esos Ichar. Todos sentían miedo al verle. Miedo no, auténtico pánico.

¿Quién era?

DR. SKY

PRESENTACION DEL Nuevo Proyecto Manhatan

Como todos ustedes sabrán el Proyecto Manhattan original nació en respuesta a la II Guerra Mundial. Se trataba de un proyecto científico cuyo meta era el desarrollo de la primera bomba atómica aunque como sabe todo el mundo excepto probablemente los participantes del concurso Gran Hermano, su verdadero objetivo final era ponerle freno a la expansión de la Alemania nazi y sus aliados. En él trabajaron los mejores científicos de la época. Fermi, Openheimer, Feynman, von Neuman.

El Nuevo Proyecto Manhatan surge con un objetivo similar, poner fin a lo que algunos medios han venido a denominar Guerra por la Supervivencia. Nos enfrentamos a un enemigo que amenaza la existencia del mundo tal y como lo conocemos. Un enemigo invencible que nos ha declarado la guerra total y no entiende de leyes ni de derechos humanos. Si continúa a este ritmo, pronto pasaremos a engrosar la lista de especies protegidas del planeta.

Nos encontramos por tanto ante la noche más oscura de la humanidad. Son ellos o nosotros. Y por eso están ustedes aquí. Necesitamos a las mejores mentes del planeta trabajando en este proyecto. Han venido desde los rincones de la Tierra, algunos, desde países que ni siquiera sabía que existían. Me han dicho que muchos de ustedes ha tardado más de dos meses en llegar hasta aquí a causa de los problemas en los desplazamientos. Seguro que daría para un libro el relato de sus viajes desde su país de origen hasta aquí. Sin aviones, sin grandes trasatlánticos, evitando las tropas Ichar. Pero mis aprendices de Philias Fog, esa ha sido solo una pequeña piedra en el camino. El desafío no ha hecho más que comenzar.

Sé que más de uno estará mirando de reojo al compañero de al lado con mucho recelo. ¿Un israelí trabajando codo con codo con un egipcio? ¿Un venezolano con un estadounidense? Creo que salen un total de 123 nacionalidades diferentes. Indios, chinos, australianos, cubanos, iranís, rusos, todos trabajando juntos, ¿cooperando? Estoy seguro que como científicos que son, las rivalidades entre sus naciones no les importarán lo más mínimo y podrán hacer a un lado cualquiera de los prejuicios que pudiesen tener. Y si no, piensen de esta forma. Ese del turbante y la barba bien podría salvarle el culo muy pronto.

[Risas]

Mis disculpas al señor del turbante y la barba, sólo quería poner un ejemplo.

[Risas]

También estoy seguro que se estarán preguntando, ¿y qué pasará con los descubrimientos que hagamos?, ¿se los quedará el gobierno americano? La respuesta es no. No, repito. El NPM nace con una diferencia crucial con respecto al Proyecto Manhattan original. Nada de secretismo. Nada de conspiraciones. Todo lo que de aquí salga será compartido con el resto de la humanidad. Con todos y cada uno de los países. Si les ayuda, piensen que están trabajando bajo la bandera de su país. Que estemos en suelo estadounidense es irrelevante.

[Pausa, bebe un trago de agua]

Pero perdonen, mi brusquedad, aún no me he presentado. Buenas noches. Mi nombre como pocos de ustedes sabrán, por no decir ninguno, es John Sky y soy el director del NPM.

[Miradas de incredulidad]

No lo busquéis en la Wikipedia ni en Google porque no hay ninguna entrada con mi nombre. No soy licenciado ni tengo master alguno ni he trabajado en ninguna empresa puntera. Sin embargo, he trabajado para el FBI, la CIA y actualmente sólo obedezco órdenes directas del Presidente de los Estados Unidos, quien me ha dado autorización para concederles todo lo que necesiten para sus investigaciones.

[Pausa]

Se que están pensando que es una promesa como tantas otras que han escuchado y que luego vendrás los peros … y como dice un amigo, todo lo que se ha dicho antes de un pero no vale de nada. Si piensan así, están muy equivocados. No hay ningún pero esta vez. Ninguno. Les daré lo que me pidan. Dinero, materiales, información, personal ayudante… lo que me pidan. Les entregaría a mi mujer si la tuviese.

[Risas]

Seguro que ya no olvidarán mi nombre. John Sky, recuerden.

[Pausa]

Mientras se secan las babas, déjenme decirles que es lo que les pediré a cambio.

[Se miran unos a otros]

Tranquilos, no se asusten, no tienen que vender su alma al diablo, sólo a mi.

[Risas de nuevo]

Creo que más bien les gustará lo que voy a pedirles. Para empezar, me gustaría explicarles en qué consiste la Ley Alpha. Yo hasta hace unos meses tampoco había oído hablar de su enunciado. Cito textualmente.

El avance de una sociedad viene determinado por un número reducido de sus integrantes, llamados Alphas.

La presencia de un Alpha en una sociedad civilizada elevará un punto el nivel tecnológico de esa civilización, o lo que es lo mismo, dicha sociedad dará un salto en el tiempo de una década.

La existencia de varios individuos Alphas producirá un aumento aritmético.

Sin embargo, si dichos miembros Alphas llegan a trabaja juntos durante un tiempo prolongado de sus vidas, el salto es exponencial.

El avance de una sociedad viene determinado por un número reducido de sus integrantes.

A cada uno de estos individuos lo llamaremos Alphas.

Pues bien, cada uno de estos Alphas tendrá un impacto en la sociedad que elevará un punto el nivel tecnológico de esa civilización, o lo que es lo mismo, la sociedad que cuente con un individuo Alpha entre sus filas, dará un salto en el tiempo de una década.

La existencia de varios individuos Alphas producirá un aumento aritmético.

Sin embargo, si dichos miembros Alphas llegan a trabaja juntos durante un tiempo prolongado de sus vidas, el salto es exponencial.”

Este número de individuos suele depender de varios factores, entre los que se encuentra la densidad de población, el nivel económico de la región, y el azar. Siempre el azar.

Aunque como hemos dicho es variable, se estima que el número de estos individuos en cuyas manos está el futuro de nuestra especie es de uno entre un millón.

Eso dicen la ley Alpha.

Lo que viene a decir esta ley es que sin esos miembros Alphas, la sociedad se estancaría. Esos miembros Alpha son los que hacen que la sociedad evolucione. El resto, los millones de hombres y mujeres de la Tierra, no son más que engranajes de la máquina que los Alphas han diseñado.

Pues bien, si hacemos caso a la Ley y teniendo en cuenta que en la tierra somos cerca de siete mil millones de habitantes, las cuentas son fáciles de hacer. Según esta ley hay 7000 mil individuos Alphas.

Y en esta sala nos encontramos reunidos más de la mitad.

[Miradas de perplejidad]

¿Que puede hacer un hombre para cambiar el mundo? Poca cosa. Pero si ese hombre es un Alpha, la cosa cambia. ¿Se imaginan su vida sin su móvil, sin su coche, sin su ordenador? Todo eso ha venido de la mano de un individuo Alpha. Un Alpha puede dejar su huella, cambiar la forma de pensar y de vivir de muchos.

Imaginen ahora a mil Alphas. Imaginen lo que podrían aportar si tuviesen los medios necesarios. ¿Cómo sería el mundo dentro de diez años?

Pues imagínenlos trabajando juntos. Codo con codo. Intercambiando conocimiento. El crecimiento sería exponencial. El mundo cambiaría de un año para otro. Día sí, día también, surgirían inventos que alterarían nuestra forma de entender la vida. Buscamos dar un salto de una década en apenas unos meses. Queremos llamar a las puertas del siglo veintidos.

Eso es lo que busca el Nuevo Proyecto Manhattan.

[Aplausos]

Contamos además con una ventaja. La humanidad cuando se encuentra ante una encrucijada da lo mejor de si mismo. La competencia, la necesidad, nos hace mejores. Gracias a la Guerra fría el hombre llegó a la Luna, gracias a la Segunda Guerras Mundial existe la tecnología atómica, gracias a la Edad Media hubo un Renacimiento. Todos esos eventos sacaron lo mejor de los individuos Alpha de la época.

Y señores, no hace falta que les diga que nos encontramos ante la mayor encrucijada de todas las épocas. La lucha por la supervivencia de la humanidad. Debemos estar a la altura y dar una solución acorde con el problema.

[Aplausos]

Cada uno de ustedes ha sido elegido por sus conocimientos teóricos, pero especialmente, por las aplicaciones prácticas de dichos conocimientos. Muchos cuestionaréis de primeras la heterogeneidad del grupo. ¿Qué hace un químico con un ingeniero de telcomunicaciones? La pregunta no es esa. ¿Qué podrían hacer un químico trabajando codo con codo con un ingeniero de telecomunicaciones?

De las asociaciones más impensables suelen surgir las ideas más geniales. Y esta sala está sobrada de genio.

No buscamos mejorar lo que ya existe. No queremos ordenadores o móviles con más memoria, queremos ordenadores con Inteligencia Artificial. No queremos vehículos más rápidos, queremos coches que vuelen y no consuman. No queremos armas que disparen quinientas balas por segundo, queremos pistolas que inutilicen al enemigo de un solo disparo. Y ustedes me lo van a dar. Confío en ello.

Al principio decía que nos enfrentábamos a un enemigo invencible. Gracias a ustedes dejará de serlo.

[Pausa]

Venga, sí, somos los mejores y todo eso. Pero como diría el Señor Lobo, no nos chupemos las pollas aún.

[Risas]

Hay una pega. Sí, siempre la hay. Y esta es muy restrictiva. El tiempo señores. El tiempo es muy escaso. Se nos agota, se nos escapa de las manos. Ojalá pudiese decirles, tomen todo lo que quieran, tienen una vida para trabajar en sus teorías. Pero saben que no es así. Necesitamos resultados prácticos, y los necesitamos ya. Mañana a ser posible. Les despertaré y les sacaré de sus camas para ver si ya tienen algo en mente. Necesitamos ganar una guerra. No, no es correcto. Necesitamos salvar a la humanidad. Y cada día que pasa, queda menos gente a la que salvar.

Está en sus manos.

[Pausa]

Ya sé que la mayoría estarán pensando en armas. No. No hablo de armas. Bueno, no sólo de armas.

[Risas]

Necesitamos empezar a lo grande. Necesitamos demostrarle a este planeta que puede confiar en nosotros, que somos la solución. Necesitamos que tengan fé. Si me permiten la blasfemia, seremos sus nuevos dioses. Cuando recen, lo harán por nosotros. Cuando le escriban la carta a los Reyes Magos o a Papá Noel, nos las enviarán a nosotros. Pedirán algo imposible y nosotros se lo daremos.

Nos han quitado las cadenas. Si me permitís de nuevo el símil, esta guerra ha abierto la caja de Pandora.

Es el momento de que los Alphas tomemos el mando y saquemos las castañas del fuego a la humanidad. Pondremos fin a la Guerra de la Supervivencia e inauguraremos una nueva era.

[Golpe en la mesa, pausa]

Como les decía, queremos empezar a lo grande, nada de guardarse lo mejor para el final. Alimentos de crecimiento acelerado para los refugiados. Queremos exoesqueletos para nuestros soldados ya. Bombas atómicas sin radiación. Inteligencia artificial. Vehículos pilotados por máquinas. Clonación. Si, lo han oído bien, clonación. Motores con la potencia de un volcán. Energías limpias ya. Venenos. Armas químicas que sirvan contra el enemigo. Quiero mi propia nave espacial.

[Risas]

Pero no se queden ahí. Eso es dar sólo un pequeño paso. Yo les pido más. No que den una zancada, o que den un salto. No, les pido que corran, que vuelen.

Campos alteradores de la gravedad, esferas de Dyson, ascensores espaciales, teletransportación, agujeros de gusano, velocidad de la luz. ¿Quién ha dicho pistola láser?

[Risas]

Quieren construir el rayo de la muerte que buscó tanto tiempo Nicola Tesla. Adelante. Quieren mover los continentes. Hágalo. Si alguno sueña con viajar en el tiempo, inténtelo. Y si lo consigue, búsqueme en el pasado y dígame el resultado de la Superbowl de hace diez años, así no perderé mi casa en las apuestas.

[Risas]

Os estaréis preguntando como alguien como yo, sin preparación ni estudios ha obtenido esta singular posición.

Como buenos científicos, estoy seguro de que preferís una buena demostración a una explicación. Adelante entonces.

[El hombre sobre el estrado se pone un pasamontañas que le cubre el rostro por completo. No tiene abertura para la boca ni para los ojos]

-La razón por la que nadie me conoce y nadie ha visto mi rostro antes en un informativo es esta. Como dirían los magos, nada por aquí, nada por allí. Ahora me ven, ahora no me ven.

[En un parpadeo, el hombre sobre el estrado desaparece. No se trata de ningún truco óptico. El hombre se ha esfumado a la vista de todos. Bueno, no ha desaparecido, sigue ahí, su respiración está presente. Los papeles que sostenían permanecen en el aire como si flotasen. Y tal y como se ha volatilizado, vuelve a aparecer]

Invisibilidad. No hay trampa. Esto no es un truco de magia barata. Acaban de presenciar mi invento, un traje que vuelve invisible a su portador. Técnicamente no hablaría de invisibilidad, sino de dispersión y reagrupación de la luz. Pero sí, me he fabricado mi propio traje de invisibilidad. Muérete de envidia Harry Potter.

[Risas]

Diseñé este traje en un laboratorio de mi propia casa, sin subvenciones, sin ayudas, y yo mismo lo llevo utilizando desde hace una década, primero como agente libre y después como agente gubernamental. No hay más trajes similares a éste. Es único y sólo yo lo he utilizado. Como podéis imaginar la invisibilidad me permite hacer cosas lejos del alcance de cualquier otro agente.

He estado sentado junto a Osama mientras fumaba en pipa, sé donde tienen los tatuajes las putas del presidente y me he colado en la Estación Espacial. Soy lo más parecido a James Bond que os podáis echar a la cara.

[Comentarios y susurros entre los asistentes]

Estaréis pensando que cómo es que no hay más trajes, que el gobierno mataría por conseguir cien más como este. Lo que podrían hacer con cien trajes de invisibilidad, ¿verdad? Las guerras podrían acabar antes de empezar, no habría secretos para los americanos y todos miraríamos de reojo antes de tirar de la cadena del water.

Así que la respuesta es sí, lo han intentado. Pero a pesar de sus esfuerzos y de que sus mejores científicos han trabajado arduamente no han conseguido reproducirlo tras años de ensayos. Algunos se han llegado a plantear el que esto no sea ciencia sino magia, pero ya saben el dicho, cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

También me lo han intentado arrebatar, pero han sido incapaces de hacerlo funcionar. Sólo yo soy capaz de ponerlo en funcionamiento. Así que sólo yo puedo vestirlo. Por más que les pese, soy su única baza. Me odian pero me necesitan.

Pues bien, tras negarle durante años al gobierno la información necesaria para fabricar más trajes como el mío, esta noche pienso compartirla, y aquí viene lo bueno …

[Pausa]

No solo compartiré la información con ellos, sino con todos ustedes. Revelaré hasta el más ínfimo secreto de mis investigaciones. Mañana, cualquiera de ustedes podrá fabricarse su propio traje de invisibilidad. Y no solo eso. Imaginen lo que muchos de ustedes podrían hacer con esa tecnología. Vehículos militares invisibles al enemigo, materiales de construcción para levantar ciudades indetectables, lo que quieran, la lista no tiene fin. Imaginen, podríamos reabrir el tráfico aéreo, recuperar zonas arrebatadas por el enemigo, y quien sabe, hasta colarnos en su puta guarida sin ser vistos.

Pero no me quedaré ahí, no sólo compartiré mis notas con ustedes, lo compartiré todo. Todo, repito. Incluido el fondo que me ha sido concedido como director del NPM, tanto dinero que podría enviarles mañana mismo a todos ustedes a Marte. Joder, si hasta podría revivir al mismísimo Elvis con esta millonada.

[Risas]

No hay obstáculo. La pista está completamente libre. Soy su genio de la lámpara. Pidan lo que deseen. ¿Quieren su propia Estrella de la Muerte? La tendrán.

[Risas]

Quieren plutonio para volar un continente. Lo tendrán. Hagan su lista de deseos caballeros.

Señores. Tenemos la oportunidad de soñar la realidad. Y que al despertarnos, nuestros sueños sigan ahí.

Reléanse sus libros favoritos de ciencia ficción. Rescaten viejas ideas de sus cuadernos de notas. Retomen sus proyectos fallidos.

Sueñen, señores.

Y recuerden. John Sky. Soy su hombre.

Desde ya, queda inaugurado el Nuevo Proyecto Manhattan.

[Aplausos]

lunes, 19 de marzo de 2012

18:40

Teniente Torres.

Madrid, 4 Marzo 2011.

Ni comepiedras, como prefería llamarlos López, ni arañas, no se habían topado con ninguna bestia. La suerte les acompañaba y habían conseguido sortearlos sin incidentes.

El Sargento López interrumpió su momento de regocijo.

-¿Teniente?

-¿Qué quiere Sargento?

-Teniente, necesitamos descansar- dijo el exsacerdote.

-Preferiría no hacerlo hasta abandonar la ciudad.

-El bebé…- dejó la frase sin terminar. -La muchacha dice que necesita comer. Y la gente pide agua.

Torres se lo pensó un segundo.

-Bien, de acuerdo, pararemos, no pretendo agotarlos a las primeras de cambio. Esa pobre gente está muy débil.- Se detuvo un momento a consultar el mapa de la ciudad que estaba utilizando para orientarse. -Según esto hay una plaza con una fuente dos calles más abajo. Confiemos que aún tenga agua. Si no, buscaremos un supermercado. Algo encontraremos.

-A sus órdenes.

En unos minutos llegaron hasta la plaza, que era en realizad una rotonda. Un par de coches estaban abandonados en medio del asfalto, uno empotrado contra el otro, formando un amasijo que los hacía parecer uno solo. En medio de la glorieta había una fuente. Los chorros estaban apagados, pero las últimas lluvias la habían llenado y el agua rebosaba hasta el borde.

-Raúl…digo Teniente- se dirigió a él el Sargento Guevara. El Tico aún no se había adaptado del todo a los formalismos militares. – Tenemos tres cuerpos junto a la fuente- dijo señalándolos.

Efectivamente, tres cadáveres yacían inertes alrededor de la fuente. Torres hizo detenerse al grupo con un gesto, no le gustaban nada los cuerpos sin vida tirados en el suelo.

-Córdoba- llamó. – Coja a dos hombres. Nos adelantaremos para evaluar la situación.

El Teniente se adelantó con el Cabo y dos jóvenes muchachos. Aparentaban serenidad y confianza pero a los ojos de un soldado experimentado como los de Torres, el traje militar y el casco a duras penas ocultaba el nerviosismo que sentían. Tan sólo su presencia y la del rudo Córdoba impedía que se mearan en los pantalones.

Uno de ellos era Rojas, un magnífico tirador con una precisión altísima. Habría tenido una carrera prometedora en el ejército como monitor de tiro de no ser por la guerra. Y quién sabe, si salía con vida de esta guerra quizá aún la tuviese. Del otro soldado solo conocía el rostro, no su nombre.

El Teniente hizo una señal a Córdoba y ese se separó con uno de los dos muchachos, para bordear la fuente por el lado izquierdo. Él lo haría por el derecho.

La plaza estaba sumida en un silencio sepulcral roto únicamente por los pasos de los soldados. A Torres ya no le sorprendía caminar por calles y avenidas desiertas. Años atrás, en Madrid eso solo habría sido posible a altas horas de la madrugada.

Avanzaban vigilando bocacalles, ventanas y portales. Tampoco le quitaban los ojos de encima al amasijo de hierro que eran los dos coches. Costaba difícil apreciarlo pero Torres juraría que eran un C4 y un A3. El Citroen estaba empotrado en el lateral del Audi y lo había hecho con tal fuerza que resultaba imposible que se tratase de un accidente natural. Algo había arrojado un vehículo contra otro.

Ojalá ese algo no esté ya por aquí cerca.

Torres avanzaba por el lado derecho de la calle con Rojas unos metros atrás en diagonal suya. Córdoba hacía lo propio por el lado izquierdo con el otro soldado. El Cabo se detuvo junto al primer cadáver que estaba acurrucado en posición fetal.

-Este está más muerto que Elvis- dijo Córdoba arrodillándose junto al cadáver.- No debe llevar más que unas horas frito.

Torres se acercó a otro de los cuerpos que estaba bocabajo y le dio la vuelta con la punta de la bota. Al hacerlo, las tripas se le derramaron por el suelo, despidiendo un olor nauseabundo. Tuvo que taparse la nariz para no vomitar. El rostro estaba mordisqueado, le faltaban las orejas, las mejillas y también la nariz.

Dracón.

-Id con cuidado- advirtió a sus hombres e hizo un gesto con la mano como si mordiera algo para indicarles que había carroñeros cerca.

La situación le gustaba cada vez menos. Bordeó los coches empotrados que formaban una surrealista pieza de Tetris hasta llegar al tercer cadáver. La pierna de éste no era más que un muñón, los dracón se habían comido hasta el hueso. Uno de los soldados, Rojas, el que era buen tirador, llamó su atención con gestos ostensibles.

-Teniente, ahí dentro hay algo- dijo en voz baja señalando dentro de la fuente.

Torres, se acercó cuidadosamente, apuntando con el rifle. Cuando estuvo a un par de metros lo vio. Dentro, inmóvil, un dracón yacía expectante. No era muy grande, apenas medía una brazada. El lomo estaba fuera del agua, pero el resto del cuerpo estaba sumergido. Torres hubiese jurado que estaba aletargado como un cocodrilo de no ser porque le miraba fijamente.

-Le tengo, Teniente- dijo Rojas que apuntaba a la criatura.

El dracón tenía sus ojos verdes clavados en Torres. Le observaba, aguardando.

¿Qué cojones estará pensando?

La criatura seguía inmutable ante su presencia. No hizo ademán de huir como era habitual en estos carroñeros, sino que permaneció inmóvil.

-¿Teniente?- el soldado esperaba la orden para abrir fuego.

El dracón seguía sus movimientos sin parpadear. Sus intensos ojos verdes le escudriñaban, manteniendo la mirada como si pretendiese hipnotizarle.

-No, no dispares – se le escaparon las palabras a Torres, y tal cual las pronunciaba se arrepintió.

El dracón se retorció, como si supiese la segunda oportunidad que le acababan de dar y saltó fuera del agua. Se alejó zigzagueando dejando un reguero en el asfalto tras de si y en un visto y no visto se había perdido por una de las bocacalles.

-Malditos bichos – espetó Córdoba. – Son peores que las putas ratas.

-Bueno, ya no hay de qué preocuparse- dijo Torres bajando el arma.-¿Ha visto algo Córdoba?

-Nada Teniente, esta zona está más tranquila que la cantina un domingo por la mañana.

-Bien. Coloque un par de hombres por si acaso en cada una de las bocacalles. No queremos sustos. Y vosotros, aprovechad y refrescaos muchachos- le dijo a Rojas y al otro soldado. – Tomaros unos minutos de descanso. Eso si, que beban primero los civiles – ordenó y se sentó a descansar en el borde de la fuente.

Sus hombres acudieron a llenar las cantimploras mientras los civiles entraban en la plazoleta. Rojas se las apañó para formar dos filas mientras el otro soldado les entregaba la cantimplora con agua. Qué sumisos se mostraban los supervivientes, pensó. Hace unos meses habría costado dios y ayuda evitar que se abalanzasen sobre la fuente y ahora eran corderitos obedientes. A saber lo que esa gente habría sufrido para mostrarse tan mansa.

Uno de los niños se escapó de la fila y se acercó a uno de los cadáveres del suelo. El niño lo miraba curioso, seguramente ignorando la cruda realidad. El dracón se había dado un festín con ese hombre pero… ¿cómo había muerto? Cuando lo examinaron no encontraron ninguna herida aparente salvo las mordeduras del dracón, y esas se las habían provocado una vez ya muerto. Entonces, ¿qué había causado su muerte y la del otro hombre? Una mujer surgió de la fila y cogió al niño en brazos antes de que tocara el cuerpo, dejando al muerto nuevamente con sus asuntos.

El ruido llegó nuevamente desde los cielos, distrayendo los pensamientos de Torres. Un nuevo escuadrón sobrevolaba sus cabezas, pero seguía sin poder ver los aviones. Las nubes ocultaban todo lo que sucedía allí arriba.

Entonces escuchó un llanto, que empezó suave, como una brisa y al rato era un huracán. El bebé en brazos de la muchacha rubia había empezado a llorar. El ruido de los aviones debía haberle asustado y lloraba desconsoladamente. La madre, que esperaba su dosis de agua al final de la fila, trataba de calmarlo, acunándolo y susurrándole con delicadeza, pero el bebé estaba muy nervioso. Ese niño está fuera de lugar en medio de ese caos, pensó. Si, fuera de lugar … como el dracón dentro de la fuente. Había algo que le inquietaba y no sabía muy bien el qué era. Sentía un hormigueo recorriéndole la espalda que le decía que algo estaba mal. ¿Sería por el dracón? Odiaba a esos putos carroñeros pero no eran diferentes de otros animales. Pero entonces, ¿qué hacía esa mala bestia ahí dentro? ¿ Y por qué le miraba fijamente? Normalmente esos bichos huían cuando estaban solos. ¿A qué esperaba éste? Por el estado de los cuerpos había comido para un mes. Entonces, ¿qué demonios hacía en el agua? ¿Por qué no huyó nada más ver a los soldados?

El llanto del bebé no le dejaba pensar con claridad. Costaba concentrarse con la cantinela del niño martilleándole en la cabeza como una chicharra.

Por dios, que esa muchacha le haga callar cuanto antes, gruñó para sus adentros. Va a atraer a todas las bestias que queden en los alrededores.

La joven se esforzaba en hacerle callar sin mucho resultado. Había intentado darle el pecho pero el bebé no se enganchaba a la teta. Ahora le mecía y balanceaba y tampoco surtía efecto. El llanto del niño estaba poniendo nervioso a sus hombres, lo notaba por cómo sujetaban con fuerza los fusiles. Torres trató de ignorarlo. Al menos tenían agua fresca y podrían descansar un momento, pensó. Aprovechó que los demás bebían agua y que estaba solo para mear. Buscó un hueco junto al amasijo que formaban el C4 y el A3 y se bajó la cremallera. Mientras estaba en faena escuchó unos pasos a sus espaldas. Su primer instinto fue echar mano a la pistola de su cartuchera, pero no lo hizo.

-Podría haberle matado Sargento-dijo volviéndose.

-Tampoco la tiene tan grande- respondió el Sargento Guevara señalándole la entrepierna.

Sonrojado, Torres se subió la cremallera.

El pequeño costaricense le sonreía como en él era habitual. Se fijó en su uniforme, aún más sucio que el suyo y al que le faltaba una manga de la chaqueta. Estaba desaliñado y lucía barba de varios días, pero eso no le restaba ni un ápice a su autoridad. Los civiles le obedecían sin rechistar. Costaba creer lo fácil que se habían adaptado algunos a las nuevas circunstancias. Guevara parecía llevar toda una vida luciendo esos galones cuando hacía un par de años estaba tras una mesa sellando formularios de la Seguridad Social.

-¿Qué necesita Sargento?

-Qué necesito yo, no. Que necesitas tu Torres.

-Teniente- le recordó.

-Redios, disculpe Teniente. No sé como recuerdan siempre hablar con tanto formulismo. Es como regresar a la Edad Media.

-Llegas a acostumbrarte. ¿Qué quería Guevara?

-Necesita descansar. ¿Por qué no echa una cabezada? Media hora y su cara dejará de parecer un saco de patatas. He visto perezosos con mejor cara que la tuya Tor… que la suya Teniente- rectificó a tiempo.-Por no hablar de la herida del brazo. Si no deja que se la miren, pronto no podrá sujetársela.

-No exagere Guevara y deje de comportarse como mi niñera. Córdoba empieza a sospechar que quiere algo de mi.

Guevara soltó una carcajada.

-Como quiera Teniente. Pero no me gustaría tener que cargar con usted, señor.

-Agradezco su preocupación, pero tenemos gente en peor estado. Preocúpese por ellos primero.

-Lo haré, señor-dijo y regresó con el grupo.

Lo cierto era que Guevara tenía gran parte de razón. Llevaba dos días sin dormir y le costaba pensar con claridad. El agotamiento físico era lo de menos, lo peor era la sensación de embotamiento que embargaba todos sus sentidos. La sensación que experimentaba era similar a estar debajo del agua, donde los movimientos eran más lentos y el oído, la vista o el olfato reducían sus prestaciones. ¿Así se sentirán los astronautas en la Luna?

Un soldado interrumpió sus meditaciones. Era el tirador.

-Tome un poco de agua – le dijo Rojas acercándole su cantimplora.

-Gracias- le respondió Torres.

Fue a darle un sorbo pero se lo pensó un momento.

-Un momento, en seguida vuelvo- le dijo al soldado.

Se levantó del borde de la fuente con la cantimplora en la mano y se acercó a la muchacha con el bebé. La mujer no paraba de acunar a su niño. Se movía de un lado a otro rítmicamente, como si fuese un chamán indio y estuviese realizando una danza tribal. Lo llevaba envuelto en un jirón de una manta, sucia y desgastada. Al ver acercarse al Teniente, la muchacha se detuvo. Con el miedo en los ojos, fue a darle explicaciones, pero este la cortó antes de que empezase a hablar.

-Le traigo un poco de agua- dijo y al hacerlo la mujer se relajó. No deber ser la primera vez que alguien intenta hacer callar al bebé por la fuerza.

-¿Puedo verlo?- preguntó Torres.

-Claro.

La madre se lo enseñó. Estaba bien envuelto, con sólo la carita al aire, para protegerlo del frío. El niño era muy pequeño. Tenía el rostro enrojecido, con las clásicas engordaderas en las mejillas y los ojos cerrados de tanto llorar.

-¿Cómo se llama?

-Adrián. Como su padre.

-Tenga, beba un poco. Yo se lo sujeto mientras.

-No hace falt…

-Insisto.

La muchacha le dio el bebé a Torres que lo sostuvo entre sus brazos. Éste sujetó con delicadeza la cabeza y le acarició la mejilla. Al hacerlo el bebé detuvo su llanto un segundo, abrió la boca e intentó agarrarle el dedo para chupárselo. Boqueaba como un pez fuera del agua. Está muerto de hambre. El Teniente lo elevó al cielo y lo bajó como si estuviera en la lanzadera del Parque de Atracciones. El bebé abría los brazos en cruz. Torres repitió la secuencia tres veces más y luego lo acunó. El niño se había tranquilizado y había abierto sus ojitos. Eran verde esmeralda. Y lo más importante. No lloraba.

-Mi hija solía calmarse así- le dijo a la madre.

La muchacha sostenía la cantimplora boquiabierta.

-Ahora vaya a hablar con el Cabo Román y dígale que el Teniente quiere que le consiga algo de comida inmediatamente. Necesita comer, si no, no podrá criar a su hijo – al escuchar sus propias palabras Torres se sintió como una de esas madres que le leen la cartilla a sus hijos.

La mujer asintió con la cabeza, obediente.

-Venga, dejemos que tu madre eche un trago- dijo hablándole al niño.

El bebé le devolvió una media sonrisa. No apartaba sus intensos ojos verdes de él, de la misma manera que el dracón hacía unos instantes.

De nuevo el hormigueo.

No se quitaba de la cabeza a la bestia lanzándole miradas envenenadas.

Y por fin comprendió.

La madeja de sus pensamientos se desenredó al recordar la mirada de la bestia clavada en él.

-¡Sargento, que no beba nadie! -le quitó de un manotazo la cantimplora a la muchacha y el agua se derramó sobre el asfalto. Le entregó el niño a la sorprendida madre. -¡No bebáis! –gritó de nuevo. Como una flecha se lanzó hacia la fuente.- ¡No bebáis, no bebáis el agua, está envenenada! ¡Está envenenada!

Todos se detuvieron en el acto. Existían dos palabras que provocaban que una persona se quedase paralizada durante unos segundos. Una era fuego y la otra era veneno.

-Teniente, ¿cómo lo sabe? – le preguntó López que se había acercado hasta él.

-El dracón…- dudó- … ha envenenado el agua de la fuente.

-Pero cómo… – protestó nada convencido.

– No lo sé – respondió indeciso.

-Los informes no mencionan nada de eso. Son sólo carroñeros, señor- dijo López haciéndole dudar.

– Puede que su saliva sea venenosa o quizás posea alguna sustancia química en la piel que haya infectado el agua– sonaba raro, pero prefería equivocarse a cargar con más muertes. – Creo que esa es la causa de la muerte de esos hombres – dijo señalando los cadáveres de la plaza.

-No me jodas- se le escapó al exsacerdote que se santiguó doblemente como penitencia por el taco que acababa de soltar.

El Cabo Córdoba se acercó apresuradamente, buscando órdenes.

-Cabo, pregunte entre los soldados y los civiles quién ha bebido agua.

Quizás estuviese equivocado. Quizás no.

Vio a sus hombres derramar obedientes en la acera el agua de sus cantimploras. Los civiles los miraban sedientos, sin entender por qué lo hacían. El niño había empezado a llorar de nuevo, asustado por los gritos de Torres.

El Cabo Córdoba regresó al poco, con la preocupación marcada en el rostro.

-Señor, siete civiles, entre ellos un niño y cuatro de nuestros hombres dicen haber echado un trago. Lo cierto es que han empezado a sentirse mal al momento. Uno de los civiles ha vomitado mientras hablábamos con él.

-Joder, lo que nos faltaba- dijo con tal rabia, que de haber tenido algo en las manos lo habría estampado contra el suelo. -Malditas bestias…nadie nos advirtió de eso- se lamentó.

Se quedó unos segundos en silencio, meditando. Córdoba, esperó las órdenes.

– Cabo, ponga un hombre con cada uno de los que han bebido agua. Aquí no tenemos nada para tratarlos, debemos llegar cuanto antes al cuartel. Ya beberemos en otro momento. Ponga en movimiento a los hombres – le azuzó.

-A sus órdenes Teniente.

Torres se quedó solo un momento. Los ojos del dracón aparecieron frente a él, mofándose. Refulgían con un brillo demoniaco. No te has dado cuenta hasta hora, idiota, le decían. No has sabido ver las señales.

Pero es que estaba tan cansado …

Su conciencia no entendía de excusas. Podía haberlo evitado y no lo hizo, eso es lo que importaba. Lo único que importaba.

Su conciencia también se encargó de recordarle que él había dejado escapar con vida al dracón.

¡Maldita bestia!, gritó al cielo ante el estupor de sus hombres que le miraron sorprendidos.

El golpe definitivo a su moral llegó cuando media hora después, tras un proceso febril y convulsiones, los seis civiles, el niño y los cuatro soldados murieron. Entre los fallecidos estaba Rojas, el excelente tirador que tenía un próspero futuro como adiestrador, el joven que le había ofrecido agua.

El Sargento López se limitó a decir unas pocas palabras por los muertos.

Os habéis ganado el descanso. Hacedlo en paz.

Y añadió para sus adentros, tan bajo que nadie le oyó:

Pronto estaremos con vosotros.

Escondieron los cadáveres en un portal para que los carroñeros no los encontraran. El camino a casa se le hacía cada vez más complicado al Teniente Torres. Llevaba una carga muy pesada. Muy, muy pesada.

Tres cuartas partes de su batallón, la mujer a la que disparó y ahora todos esos hombres y ese niño. De nada le servía que le recordasen que estaban en guerra.

Qué bien lo estás haciendo Torres, se mortificó. Qué bien.

Guerras Eternas / Imperio, el Juego de Rol

Recupero “Guerras Eternas / Imperio“un viejo juego en la edición que hice para Trasgotauro y que creo que ya no está disponible Online.

“Guerras Eternas” como lo llamo de forma abreviada, es un juego de ciencia ficción que narra una terrible guerra en el multiverso de la Esencia, en la que el Imperio de los personajes va perdiendo, y puede que éstos sean su única esperanza.

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Los Ichar, el Juego de Rol

Recupero “Ichar”un viejo juego en la edición que hizo Trasgotauro y que creo que ya no está disponible Online.

Ichar es un juego de rol de fantasía moderna en la que unos seres terribles, los Ichar, surgen de las profundidades marinas para recobrar la Tierra que perdieron ante la Humanidad.

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GUERRAS ENTRE CIUDADES

GUERRAS ENTRE CIUDADES

(Expansión de Black Hammer)

Inicio

Generalmente, cuando los tambores de la guerra resuenan en las campañas de juego, los directores de la partida tienen que ingeniárselas para que el papel de los jugadores no quede relegado a un mero acompañamiento anecdótico de la campaña.

Muchos manuales se han escrito sobre cómo introducir la guerra en los juegos de rol de fantasía. En la mayoría, los jugadores o son meros comparsas y títeres de una situación que no controlan, como la vida misma, o son épicos partícipes que dirigen ejércitos, espías que decantan con los secretos que arrancan la línea del frente, capitanean escuadras de dragones, o comandan batallones de magos al combate.

Black Hammer es distinto, más fácil, pero también, más fascinante.

A la hora de enfrentarnos a desarrollar una guerra entre ciudades las peculiaridades del mundo del Martillo Negro nos obligan a replantear la campaña de una forma distinta. Observar el desarrollo posible de las partidas bajo un prisma diferente y que, a nuestro entender, lo hace todo mucho más interesante.

No olvidemos que el Mundo de Black Hammer se encuentra sometido a una maldición de mil años, La Plaga. Un hecho tan horrible sucedido en el pasado hace ahora casi diez siglos que devastó el Mundo Antiguo, y obligó a los pocos afortunados (o desafortunados) que anticiparon la llegada de este Mal a recluirse en ciudades parapetadas, que fueron las únicas que, inexplicablemente, sobrevivieron.

Durante siglos, las ciudades existieron aisladas, unas de otras, algunas de ellas no lograron sobrevivir al aislamiento. Otras, se volvieron extrañas, casi alienígenas, únicas.

Hasta que llegaron los dragómadas.

Nadie se explica cómo ni por qué, pero parece que esta raza de seres desconfiados y extraños es la única que puede sobrevivir a las ciudades. Y lo que es más importante, sus caravanas parecen estar mágicamente protegidas contra la Plaga, por lo que pueden transportar objetos y personas entre ciudades.

Con su llegada, las ciudades que hasta ese momento se creían aisladas, y quizás únicas supervivientes de la terrorífica tragedia, comprendieron que no estaban solas.

El comercio entre ella volvió a florecer, y las intrigas particulares de cada una de las ciudades se expandió hacia un plano mucho mayor. El tapiz de las intrigas se hizo más rico y complejo.

Imaginaos lo que sería para los jugadores, acostumbrados a jugar en una ciudad como Seesa, con su Magia Verde, sus magos arbóreos, sus alquimistas Vitriales, sus Déveres, recibir un cargamento de máquinas de autónomas de Constructia, o un cargamento de bestias esclavas dotadas de poderes tenumbrales, o, como se pudo ver en “La Guerra de las Casas”, la invasión de una nueva raza de personales, como los Clérigos de las nieblas Grises que sirven a los Dioses Muertos.

La partida debe transpirar, por lo tanto, un sentido de la maravilla que es muy difícil de conseguir.

No es lo mismo encontrar un anillo + 1 en un mundo donde la magia es común, que arrebatar un anillo de dominación sombría de los dedos muertos de un quiebramentes kaeremita llegado de Nasur Naga, o de un Explorador del Éter de Neor-Gith, aunque tengan los mismos poderes.

Esa sensación de extrañeza, de grandiosidad, debe acompañar a los jugadores toda la partida, hasta el punto que les anime a salir de su ciudad y emprender épicas aventuras en ciudades lejanas donde ellos y sus dones serán tan extraños como para ellos los nuevos visitantes de su ciudad.

En Black Hammer se mezclan ese sentido de la maravilla con la opresión omnipresente del terror acechante de la Plaga. Porque por mucho poder que acumulen los jugadores, siempre serán prisioneros en las ciudades, y siempre estarán a un pasó de la condena más terrible que se puedan imaginar.

Cómo plantear una guerra en Black Hammer

Como decíamos en el anterior apartado, en la mayoría de los mundos de fantasía el papel de los jugadores solitarios y de los grupos de jugadores es, o meramente testimonial, o el de generales y jugadores aventajados.

En Black Hammer, por su naturaleza, incluso los personajes menos experimentados pueden jugar un papel fundamental.

Los motivos por los que pueda desencadenarse un conflicto tal quedan para otro artículo, pero pueden ser tan variados como el secuestro de alguien importante, un malentendido cultural, o el deseo de expansión de la influencia de una facción de una ciudad que arrastre al resto de su comunidad a la guerra.

A la hora de plantear tal conflicto, el director de juego deberá tener en cuenta una serie de puntos importantes.

El primero de ellos es el tiempo.

El tiempo en tiempos de guerra varía mucho entre el mundo del Black Hammer y otros mundos, pues la presencia de la plaga y el aislamiento que obliga a plantear las guerras a una escala temporal más amplia.

Las caravanas cruzan los desolados campos del mundo de Martillo Negro, sí, pero lo hacen cada muchos meses, lo que impone una planificación estratégica mucho más detallada para cada paso en el conflicto.

Así, antes de iniciar las hostilidades, una ciudad debería enviar espías (o encontrar y torturar a ciudadanos de la ciudad rival en su propia urbe) a territorio enemigo para recabar información, y esperar casi un año o varios a la vuelta de la siguiente caravana  que quizás venga directa de ella, o tenga que pasar por varias ciudades donde cualquier cosa les puede ocurrir en esos meses.

Y es que la propia llegada a la ciudad enemiga puede convertirse en una extraña aventura, en un desafío no previsto, cuando los Dragómadas y sus itinerarios están por medio. En principio, la ruta de la caravana es conocida, y pactada, pero a veces, motivos ocultos e inescrutables obligan a esta raza a dar desvíos, y los mimos personajes no podrán darse cuenta hasta la llegada a su destino, encerrados en los carruajes opacos que usan para transportar seres vivos.

Otra variable a tener en cuenta en la planificación militar de la campaña de juego es la escala.

Pocas, quizás ninguna ciudad, podría costearse el precio necesario para transportar un ejército de una ciudad a otra. Las prohibitivas tarifas de los dragómadas lo impiden.

Incluso aunque fuese así, nada garantiza que una ciudad abra sus puertas a una caravana de un tamaño descomunal que llame a sus puertas. Los ataques a gran escala son casi imposibles en Black Hammer, aunque siempre queda la opción de la planificación meticulosa durante décadas, en las que una ciudad comienza a infiltrar agentes año tras año, hasta alcanzar una masa crítica suficiente para desencadenar un ataque de buen tamaño.

Pero con esas escalas de tiempo, nada garantiza a los generales que los soldados y espías propios no se vean comprometidos, subvertidos o simplemente mueran en ciudades lejanas, sin apenas contacto y en las que los peligros y los placeres disponibles son desconocidos, tentadores y en muchas ocasiones, mortales para los forasteros.

Así, los personajes podrán marcar una diferencia en conflictos de esta índole. Un pequeño grupo de infiltrados es en muchos casos lo que las ciudades podrán enviarse, dándose golpes de mano allí donde puedan, intentando obtener una ventaja, robar un recurso valioso y minar, poco a poco, el poder del enemigo hasta su rendición.

Sería, al cabo, una guerra de guerrillas.

Otra forma menos agresiva, pero igualmente efectiva, de guerra, sería una ofensiva comercial. Embajadores de la ciudad enviados a cada una de las ciudades colindantes al enemigo, para convencerles de que no comercien con ellos, les negaría recursos básicos y vitales.

El último parámetro a tener en cuenta del que hablaremos en este artículo es la diversidad.

Asaltar una ciudad enemiga siempre ha sido difícil, pero los invasores (o los defensores que tratan de proteger su hogar o a sus patronos de un invasor) cuentan con una ventaja que no se da con frecuencia en otros mundos. Su extrañeza y la de sus dones.

Como hemos dicho cada ciudad de Black Hammer ha ido desarrollando, con los siglos, habilidades y magias únicas, que hacen que sus guerreros, magos, clérigos y espías posean un catálogo de habilidades, armas, artefactos y recursos que les permitirán sorprender a sus rivales. O ser sorprendidos por ellos.

El Pacto

Existe una forma alternativa de conseguir la victoria en una guerra. La utilización de armas de destrucción masiva.

Años de aislamiento pueden haber hecho que una enfermedad desarrollada en una ciudad sea mortal para los habitantes de otra que no estén inmunizados para ella. Hasta ahora, no se ha conocido ningún caso, quizás porque los dragómadas impidan que tal acontecimiento trascienda, perjudicando sus intereses y sus negocios, pero sería posible.

También sería posible usar un artefacto de gran poder para destruir una buena parte de la ciudad enemiga, condenándola, pero esa estrategia es muy peligrosa, por cuanto pude dañar los intereses de los dragómadas, o poner en contra de la agresora a múltiples ciudades que, temerosas de sufrir el mismo destino, se alíen contra ella.

Y si bien un ataque a gran escala de una ciudad a otra es imposible, una alianza de varias ciudades sí que podría, eventualmente, y en unos pocos años, colocar un número de agentes en la ciudad enemiga como para devastarla o perjudicar sus intereses mortalmente y condenarla a la extinción.

Las ciudades en Black Hammer son, casi, como frágiles seres vivos dependientes de un puñado de infraestructuras u organizaciones básicas para sobrevivir. Un ejemplo de ello son los invernaderos y las piedras de la luna de Seesa.

En principio, nadie realizaría un ataque de esta naturaleza contra sus enemigos, pero entraría dentro de lo posible.

Sin embargo, hay algo que jamás será permitido. Un arma que nunca nadie en su sano juicio usará contra sus enemigos.

La Plaga.

Teóricamente sería posible derruír con algún arma las defensas de una ciudad contra la Plaga.

Las murallas de Seesa, el muro mágico de Círculo de Fuego, el muro arbóreo de Las Cascadas de la Lluvia de Estrellas o las vetas de mithril de los Salones de Mithrail.

Pero algo así no sólo sería un crimen que no se le pasaría a nadie de Black Hammer por la cabeza, tal es el terror que sienten por la Plaga, sino que provocaría inmediatamente que todas las ciudades que conociesen tal hecho se pusiesen en su contra.

Y los dragómadas se encargarían de que las ciudades informadas fuesen todas.

La guerra que esa ciudad debería afrontar sería no sólo terrible, sino imposible de ganar.

En última instancia,  si las caravanas repletas de forjados de Piedra illium, Alquimistas vitriales, Kaeremitas, elfos duplicantes, magos del pueblo de la Tenumbra, jinetes de draco de Círculo de Fuego, y otras muchas variedades de soldados y guerreros, no pudiesen terminar con las defensas de la ciudad condenada, los mismos dragómadas se encargarían de destruir dicha ciudad conduciendo a las bestias más terribles del exterior contra las murallas de la ciudad.

Trolls de plaga, dragones de sangre, nagas umbrías y toda la cohorte de bestias mágicas y terribles que han sobrevivido, pero que han sido deformadas, enloquecidas y transformadas por la Plaga.

 

Ritos Grises

Recupero este fragmento de Guerras de las Nieblas Grises por si os ayuda con el escenario que publiqué ayer. Espero que os guste.

Ritos grises

Dicen que hay cosas peores que la Plaga, pero yo no puedo imaginar ahora misma nada peor que lo que me está pasando.

He sido abandonado por mi familia, por mis compañeros de casa y por la mujer que iba a ser mi esposa.

He sido traicionado por los mismos principios que hasta hace unos días defendí, arriesgando mi propia vida, lo único que tenía, por defenderlos.

Soy un paria, y no me queda nada.

Oigo sonidos mientras desciendo, y siento cómo si este viaje fuese el principio de un viaje a lo más profundo de la oscuridad de mi alma.

La escalera de arenisca y los escalones de obsidiana no ayudan a tranquilizar mi desbocado corazón. Tengo miedo, aunque cuando contacté con ellos pensaba que ya no tenía nada que perder.

Creo que me equivocaba.

En los últimos días he leído libros que me hablaban sobre cosas terribles, he asistido a sesiones donde sacerdotes oscuros narraban las atrocidades, las leyendas y las proezas de seres que no entiendo.

Dicen que no son dioses, que quizás lo fueron antes del comienzo de nuestro mundo, pero que ahora son algo mayor.

Son seres, dicen, que han superado de nivel de los mismos dioses, trascendiendo los planos, superando, venciendo a la Muerte. No sólo la eluden, la han derrotado.

Claro, todo tiene un precio, y el precio parece haber sido que esto Dioses Muertos son ahora seres incomprensibles para nadie, excepto para los aquellos que les sirven.

Yo voy a ser uno de ellos.

Los tambores siguen sonando, más y más fuerte cada vez. Imagino que nos vamos acercando a nuestro destino, y miro al que va delante de mí.

Parece un elfo. En Seesa no se han visto muchos, y me parece muy extraño de que esté aquí. Me pregunto si será un paria, un repudiado como yo.

Me pregunto tan bien si habrá contactado con nuestros anfitriones de la misma forma que yo.

Al principio pensé que era una increíble casualidad haber encontrado a estos sacerdotes de las nieblas grises y su terrible y fascinante filosofía justo en el momento en que se derrumbaba todo mi mundo.

Ahora sé que no era casualidad, que la salida que ofrecían en realidad no era tal, que la casualidad de nuestro encuentro era algo panificado.

La pena y el dolor de mi alma, mi sufrimiento, eran como un faro para ellos. Fueron atraídos por mí, y no tuvieron reparos en ofrecerme esta salida que ahora sé que no es tal.

Pero no tengo el valor para echarme atrás, después de lo que he visto, creo que hay cosas peores que perder la vida y el alma.

De repente, la oscuridad del túnel es sustituida por una pálida luz, mientras salimos a una caverna situada bajo el palacio donde se nos ha instruido durante días.

En el suelo de la misma, rodeada por una docena de figuras ataviadas con túnicas grises. Es nuestro destino, el Pozo de Mutación de de las Nieblas Muertas.

Sé que cuando salga de él ya no seré yo. Sé que habré adquirido extrañas habilidades, y que mi alma será parte de la terrible verdad que se oculta tras las nieblas grises.

Habré muerto y renacido para servir a un poder que ahora no comprendo, pero del que pronto seré parte.

Sólo ahora comienzo a vislumbrar la trascendencia del paso que he dado. Voy a ser uno de los sacerdotes de las Nieblas Grises, y mi destino estará marcado para siempre.

Introducción a las Nieblas Grises

Ritos grises es una introducción resumida al mundo de las Nieblas Grises, el próximo suplemento para el Mundo de Black Hammer.

Surgiendo del pasado de Seesa, los Sacerdotes de las Nieblas Muertas se han hecho con una buena porción del poder en esta ciudad.

Su influencia, hasta ahora desconocida, ha comenzado a revelarse en distintas ciudades, y algunos gobernantes miran las noticias de Seesa con preocupación. La mayoría de los ciudadanos permanece ignorante de este nuevo poder.

Magia de las Nieblas Grises será el próximo suplemento para Black Hammer, antes de la próxima ciudad, la increíble ciudad de la magia: Círculo de Fuego.

Resumen

Dentro de Black Hammer, las ciudades han permanecido aisladas durante siglos. La llegada de la caravana ha traído noticias de alegría y prosperidad, pero recientemente parece que otra cosa ha llegado con ella.

Los Sacerdotes de las nieblas grises.

Comenzó como un culto pagano a unos dioses que nadie conocía.

Sus extraños poderes, sus sirvientes pertenecientes a razas nunca vistas, y objetos mágicos de belleza increíble y manufactura casi alienígena ponen de manifiesto que la fuente de sus poderes va mucho más allá del poder de los dioses mundanos.

Nadie excepto ellos mismos, y a veces dudamos de que incluso todos ellos, conocen sus verdaderos objetivos. Pero lo que está claro es que no son un grupo de poder más que pugna por el control de una ciudad, o por extender su influencia a otras urbes.

Su dominio sobre esa extraña magia de las nieblas muertas, o grises, como las llaman, parece absoluto, y los conjuros de sus dioses no parecen tener las limitaciones impuestas por la Plaga que reiteradamente han sufrido otros cultos.

No parece que puedan sobrevivir en el exterior, pero sí pueden desafiar el cerco de la Plaga con extraños conjuros de videncia, y sus conjuros parece afectar especialmente a las criaturas deformadas por el terror creado por ella.

Parecen no tenerle miedo, lo que para alguien en el mundo de Black Hammer ya es, por si solo, un signo de una locura inexplicable.

El origen

El origen de la magia de los Sacerotes de las Nieblas Muertas es desconocido para todos aquellos que no forma parte de su “religión”.

Evidentemente, los Dioses Muertos están detrás de sus conjuros y servidores, pero para el común de los ciudadanos de Black Hammer este dato no sólo es desconocido, sino que quienes lo conocen tratan de ocultárselo.

El motivo es simple. Si las afirmaciones de estos sacerdotes de que sirven a un amo que ha vencido a la Muerte son ciertas, entonces los dioses, la magia y los sistemas de poder establecidos durante un milenio se tambalearían.

Si los ciudadanos descubriesen que hay un poder que puede eludir en parte la interdicción de la Plaga, el miedo que ésta impone, sin la ayuda de los dragómadas, todo el sistema de creencias se vendría a bajo.

Los sacerdotes de las Nieblas Grises parecen odiar a los dragómadas, y el sentimiento es mutuo, pero eso no impide que las caravanas de esta extraña raza les lleven allí donde sus increíbles riquezas compren un pasaje.

En Black Hammer, todos guardan secretos, y la única verdad absoluta es la Plaga.

Los dioses Muertos moran más allá de los planos de los dioses y los demonios. En reinos de locura creados por ellos mismos a base de pura fuerza de voluntad. Colosales poderes que vagan por estos reinos, incomprensibles en sus razonamientos, actos o deseos.

Los Planos Muertos, como se conoce al conjunto de estos reinos infinitos, albergan sorpresas increíbles, amenazas extrañas y poderes como nunca han sido vistos.

Las nieblas de color gris que dan su nombre y sus poderes a los seguidores de estos dioses parecen emanar de la sangre, la mente, la voluntad o el deseo de los dioses.

Colosos sin forma que rondan los campos de los muertos, grandes como cordilleras, océanos de agua que no es agua, en cuyo interior moran sus propios sirvientes, titánicas formas de mujer que hierven dentro de un volcán, así son algunos de los Dioses Muertos.

Una de las características de este culto es que, aunque adoran a un solo miembro del panteón, reciben sus poderes del conjunto de los Dioses.

Así, un sacerdote de Eresevil puede recibir sus conjuros de otro de los dioses muertos, lo que creará efectos extraños e imprevistos.

Otra de las características del culto es que, además de los poderes compartidos por todos, cada Dios otorga a sus sirvientes su propio toque.

Golems de fuego impío pueden ser creados por un de ellos, mientras que el otro otorga a sus guardias el poder del hielo, o la oscuridad, o la muerte, o la locura.

Los Dioses muertos, y por ende, sus seguidores, son impredecibles, extraños y alienígenas, pero son un poder que ha de ser tenido en cuenta, y que pronto, podrá ser interpretado por los propios jugadores.

La Iglesia de Todos los Dioses

Creen los reyes y emperadores que sus palacios son el centro del mundo, que en ellos se mueven los hilos de la intriga, que sus hogares son el epítome de las traiciones y sus pasillos el origen y el final de los secretos y rumores. Alimentan las princesas las pugnas por su mano, creyendo que el universo gira en torno a sus propias y nimias intrigas.

Grande es su ignorancia, empequeñecida sólo por su ego.

Hasta el senescal del palacio más seguro, el comerciante más rico, la nobleza más astuta, el mago más poderoso, el emperador más grande y la princesa más bellos deben inclnar su cabeza cuando llegan al verdadero centro de las intrigas y el poder del mundo…La Iglesia de Todos los Dioses.

Nadie sabe si fue antes la Iglesia, o Adrima, la ciudad que la alberga, pero tampoco importa. La sombra de la Catedral (con mayúscula, pues todo lo demás que hayas visitado son chabolas para clérigos pobres en comparación) se proyecta física y espiritualmente sobre la ciudad, controlándola. La presencia de la Iglesia, de sus cultos y los propios dioses proyecta su oscura e invisible mano sobre la ciudad y sus alrededores, controlando los sueños, pensamientos y actos de sus habitantes.

Los mismos latidos del corazón parecen retumbar en el pecho de los Adrimios al ritmo de los sones y versos de los rezos eternos que envuelven la ciudad.

La Inglesia de Todos los Dioses, o la Catedral, como la llaman los habitantes del mundo, es quizás el conjunto monumental más grande que existe en los continentes conocidos. Su núcleo central ocupa el espacio de una pequeña ciudad, allí es donde, en los salones, comedores, patios de recepción y bibliotecas hacen su vida comunal los habitantes de la Catedral.

Pero de este cuerpo central manan muchas docenas de alas independientes, que terminan en las altivas torres llamadas Las Espinas.

Entre las espinas, edificios independientes para la guardia y los servidores más bajos, patios de entrenamiento y jardines para el reposo.

Más allá, la Muralla de los Dioses, el Velo, que separa la Iglesia de Todos los Dioses de Adrima. Sus veinte metros de altura no ocultan la grandeza de La Catedral, pero sí impiden al populacho alcanzar su gloria.

Sólo una entrada, el portalón llamado La Puerta del cielo y el Infierno, permite el acceso, a través de un magnífico pasillo, a las salas de bienvenida del núcleo central, donde los diferentes cultos acuden a recoger y a despedir a sus visitantes.

Las Espinas y sus alas, cada una de ellas, son el núcleo central del culto a un dios, el hogar o sede de culto de una de las innumerables iglesias del mundo. Su altura de entre 100 y 300 metros arroja su sombra sobre los patios y jardines, y durante las puestas de sol, le confieren a la catedral el aspecto de una bestia oscura erizada de espinas.

Cada una de los torreones, prístinos en su diseño inicial, pero moldeados a lo largo de los siglos por las diferentes iglesias que los han habitado, representa tanto por dentro como por fuera las enseñanza del dios o dioses cuyo culto alberga.

Así, podemos contemplar extasiados prístinas torres de mármol blanco de los dioses de la sanación, espiras negras o rojas como la sangre y repletas de gárgolas, inspirados por demonios, delicadas espirales repletas de joyas, para los señores de la lujuria y la riqueza, elevadas cristaleras mágicas en los templos dedicados a ella, o pesados muros de metal y roca dedicados a los dioses de la guerra.

El objetivo

Nadie sabe si el objetivo original de La Catedral era albergar los cultos de todos los Dioses, o algún otro propósito mucho más oscuro, pero sea como fuere, lo cierto e incontestable es que La Iglesia de todos los Dioses se ha convertido no sólo en un lugar de culto, sino en un lugar de intercambio de creencia, de discusión filosófia-religiosa y de negociación en caso de conflictos divinos.

No es extraño que en su interior se negocien pactos milenarios que terminarán por afectar al multiverso, o ver por sus pasillos a los heraldos, avatares o hijos de los dioses acudiendo a concilios públicos o privados.

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Las intrigas

Claro, poner cien cultos a diferentes dioses, demonios y semidioses, todos ellos juntos en un sólo edificio no podría terminar de otra forma. La intriga, las traiciones y los secretos adquieren un cariz muy diferente cuando quienes los promueven hablan en nombre de los propios dioses, y cuando el premio más pobre a alcanzar es la inmortalidad y el menor castigo la esclavitud o pérdida de la propia alma. No hay sitio más terrible para verse envuelto en una aventura de intrigas que La Catedral, ni mayor premio que alcanzar que los que aquí se ocultan de ojos curiosos si tus planes secretos son llevados a cabo con éxito.

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Los enemigos

Muchos son quienes odian la mera existencia de La Catedral, pues su presencia en el mundo es un recordatorio de su propia debilidad. Los reyes ven su poder como algo efímero y temporal a la vista de la eternidad que la Catedral representa, los magos saben que su propia magia no puede sino someterse a la de los propios dioses y los comerciantes más ricos ven cómo sus fortunas son menguadas al pagar diezmos o sanaciones, sólo para ver enriquecerse a gordos sacerdotes y a dioses que ya poseen la riqueza de infinitos mundos.

Pero los cultos de la catedral se saben a salvo de las intrigas del exterior, y sólo temen los propios males que les acechan en el interior de La Catedral, en los pasillos y jardines que se esconden tras el Velo.

Quizás no deberían mostrarse tan seguros de si mismos.

Los Dioses Muertos y las Nieblas Grises

Existe algo que ha logrado poner de acuerdo a casi todos los cultos de la Catedral. Una amenaza que pone los pelos de punta incluso a los más poderosos sacerdotes y a sus mejores paladines. Se trata de algo llamado “los Sacerdotes de las Nieblas Grises”, los adoradores de Los Dioses Muertos. No se trata de un culto más, ni de una simple religión nueva, o antigua, regresada del pasado. Tampoco a cultos dedicados a dioses desparecidos.

Adoran a algo que ni los propios dioses comprenden, y eso les da un poder terrible sobre ellos y sus seguidores.

Los Sacerdotes de las Nieblas Grises , que poseen extraños poderes, han comenzado a aparecer por todos los rincones del mundo de forma simultánea. Al principio, ocultos, más osados cada vez, para traer la destrucción sobre pequeñas iglesias y capillas en alejados poblados de ínfimos rincones del mundo.

Pero la amenaza ha ido creciendo, y parece que los sumos sacerdotes, diáconos, sacerdotisas y avatares de La Catedral han comprendido que una amenaza oculta y extremadamente peligrosa se cierne sobre todas las religiones del mundo.

Uniendo sus fuerzas, han creado grupos secretos de inquisidores y concilios para estudiar y erradicar a los seguidores de los Dioses Muertos. Esperan comprender y exterminar la amenaza antes de que la alarma se extiendo ya todo lo que han construido durante siglos se venga abajo. Ilusos, si se viesen a si mismos con los ojos de sus enemigos, verían las grietas que su unidad secreta posee, y comprenderían lo sencillo que puede resultar encontrar los puntos de presión adecuados para derrumbar todo su edificio, metafórica, y literalmente.

La campaña

La Iglesia de los Dioses Muertos es un escenario de campaña que puede dar a los jugadores numerosos meses de juego.

Bien por su propia naturaleza repleta de intrigas y conspiraciones, bien porque los jugadores se embarquen, como enemigos o aliados de los cultos de la Catedral, en la guerra secreta con Los Sacerdotes de las Nieblas Grises.

Una guerra encubierta en la que los sacerdotes, paladines y demás clases de personajes religiosas adquieren una especial relevancia, pero que no excluye la presencia de otros tipos de personajes ni a ninguna raza. En la Catedral se adoran desde los dioses de las maquinarias  de los gnomos (deberíais ver si magnífica Espina girántula) , los dioses de guerra orcos, las reinas araña de los elfos de la oscuridad, etc.

Pero a pesar de ello, me gusta ver La Iglesia de Todos los Dioses como la campaña definitiva para personajes religiosos. Puedes usarla para mostrar la gloria de los dioses sin necesidad de hacer que estos accedan a los Planos Divinos. Aquí, sacerdotes y paladines pueden aprender nuevos conjuros sacerdotales, conseguir artefactos divinos y reliquias santas, armas curativas y pociones de podredumbre, y estar casi, casi, en contacto físico con los propios dioses, de una forma tal que sus plegarias nunca han conseguido.

Y ver la grandeza de sus dioses, sus propias creencias, tambalearse, tanto por las intrigas internas y la sucia verdad de sus órdenes, como por la amenaza de los Dioses Muertos, esas extrañas criaturas y sus seguidores que no no parecen de este mundo y que, sin embargo, parecen conocerlos también.

Más sobre los Dioses Muertos y los sacerdotes de las Nieblas Grises

Esta clase de personaje y esta clase especial de dioses fueron creados por mí para la campaña de Black Hammer. Podéis encontrar mucho más sobre ellos tanto en este blog como en el libro de campaña de Black Hammer.

Con el tiempo me he dado cuenta de que la idea era demasiado buena como para circunscribirla sólo a este mundo, y por ello he decidido sacarlos del Mundo de la Plaga del Martillo Negro para que podáis usarlos en otros escenarios y disfrutar de ello.

Espero que os parezca una decisión acertada. A veces, da miedo sacar una idea del escenario para el que fue pensada. Sea como sea, ya está hecho, así que, que sea lo que los dioses que moran en las nieblas grises quieran, si es que alguien es capaz de interpretar sus deseos.

 

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No se trata de gamificar la realidad sino de realificar los juegos

Durante un tiempo se habló mucho en el mundillo empresarial de la gamificación, el mejorar la práctica empresarial usando técnicas de juegos de diferentes tipos. Se supone que aumenta la motivación, la productividad la formación y la focalización en objetivos.

Es un concepto interesante y poco utilizado a nivel interno, aunque la gamificación de productos para clientes sí que está muy extendida.

Pero hoy quiero plantear el concepto contrario, la realificación de los juegos. No se trata simplemente de hacer juegos más realistas (como el paso de D&Da a Vampiro) sino de llevar la experiencia de juego a la realidad, o la realidad a la experiencia de juego.

Alguien que ha podido entenderlo ha sido Monte Cook.

El juego Invisible Sun, que se entregará el mes que viene tras un exitoso (aunque no apabullante) crowdfunding, parece que va en ese sentido. Aprovechar los periodos de realidad “entre partidas” para ampliar las fronteras del juego.

Creo que a pesar de su experiencia en diseño de juegos Invisible Sun no va a lograr ese objetivo, le va a faltar ese toque mágico que haría que la idea alcanzase un nivel revolucionario de juego. ¡Diablos, quizás ni siquiera sea posible conseguirlo a día de hoy!

Pero yo no dejo de darle vueltas a cómo conseguirlo. Meter la preparación y consumo de comidas especiales en los juegos de rol, (recetas de dulces caseros para juegos como Maggisa, asados para Walhalla, esas cosas), música, creación de experiencias relacionadas con el juego, etc.

Nos falta dar ese paso que nos permita llevar el juego a un nivel más real, a veces siento que estamos a punto de encontrar la forma, otras, que es un asunto peligroso por cuanto la idea rememora malos tiempos de gente a la que se le fue la cabeza, y mientras, sigo teniendo ese runrun en la cabeza.

Quizás no ocurra nunca. Esa idea siga siendo una sombra fugaz y evasiva que se esconda de mí cada vez que trato de fijar mi atención en ella. Una quimera que puede no existir, o que aunque exista, quizás no pueda ser encontrada. Quizás nadie pueda, conscientemente, encontrarla. Y deba ser soñada.

O quizás algún día me despierte, y cual Arquimedes moderno, encuentre lo que busco. Quizás en breve encuentre esa piedra filosofal que haga que los juegos de rol (y todos los juegos en general) puedan extenderse exponencialmente en todas las facetas de nuestras vidas.

 

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Los Osos Gummi

Me encantan los Osos Gumni.

De niño, y no tan niño, disfrutaba con las aparentemente infantiles aventuras de estos curiosos personajes.

Tras la fachada infantil se escondían muchos elementos que daban pie a la fantasía y la aventura.

No sólo por las pociones mágicas (el zumo de Gumnibaya es simplemente eso), los animales inteligentes con personalidades muy marcadas, los castillos o la presencia de ogros como omnipresentes enemigos. Lo que más me gustaba eran las continuas referencias a la existencia de unos Grandes Antiguos que dejaron poderosas e increíbles máquinas, ahora ocultas en el bosque.

La evocadora idea de aventuras fabulosas por la promesa de grandes tesoros estaba ahí, como en los mejores libros de fantasía.

Si podéis verla, solos o con vuestros hijos, ese niño que todos lleváis dentro os lo agradecerá.