Por Luna Negra y JCAT.

Siria
26 de Octubre de 2.004

– ¡Bell! – gritó en su mente entre le vocerío general la pequeña figura de Pascek, su Justicar – debemos abrirnos paso hasta el corazón del castillo. La cabeza de ese traidor debe ser mía.

El Arconte Theo Bell ni siquiera se molestó en contestar a su superior. Apunto estuvo de utilizar la palabra amo, pero sus años de lucha le había convertido en un irreductible bastardo que no inclinaba la cabeza ni ante los amos de la camarilla.

El sonido a su alrededor se endureció. El golpe del metal contra el metal, del acero contra el suelo convertía toda la escena en un pandemonium de caos y sed de sangre.

Sin decir nada, Theo Bell señaló un punto en el horizonte con su poderosa mano. Su chaqueta de cuero estaba cubierta de sangre, pero ninguno de sus subordinados se detuvo a contemplarlo. Siguiendo la dirección que marcaba su líder, una docena de Vástagos de su segunda escuadra se lanzaron hacia el barranco aullando a las negras nubes que ocultaban las estrellas.

El Arconte de los Brujah se pasó la mano por su calva cabeza de oscura piel, y se levantó en toda su imponente altura sobre la loma, mientras observaba el dantesco espectáculo que se desarrollaba bajo su atenta mirada.

Todo a su alrededor era un campo de batalla. En él, cientos de vampiros y demás seres sobrenaturales dirigían sus fuerzas y sus agotadas miradas en dirección al negro castillo que se elevaba oscuro y amenazador sobre el horizonte.

Todo alrededor del castillo estaba rodeado por un laberíntico conjunto de colinas, barrancos que herían la tierra como hendiduras de una daga, precipicios, mesetas peladas, grutas y cavernas.

En cada recodo, en cada recoveco, cientos, casi se diría que miles de humanos esperaban emboscados a sus fuerzas y a las de los demás arcontes mientras el mundo se volvía loco.

Esa noche oscura sin luna, los Vástagos habían iniciado la mayor operación conjunta que jamás se había desencadenado. Tan grande era la amenaza que Theo se giró hacia el pequeño personaje que estaba un poco más arriba en la colina, dirigiendo mediante su fanático carisma su parte de las fuerzas de la primera oleada.

Theo dio un par de pasos para poner sus ojos a la altura de su temporal aliado. Aunque estaba casi medio metro más abajo en la ladera de la colina, dos pares de ojos inmortales se cruzaron. Ninguno iba a retirar la mirada hasta haberse dicho todo lo que debían decirse. A pesar de su tregua, la rivalidad y el odio entre las dos figuras casi se podía oír chocar como olas en los océanos embravecidos.

– Cardenal Vykos, mis fuerzas han abierto paso hacia lo que parece ser la primera fortaleza.

– Admirable, Bell, pero nos quedan otras doce antes de llegar a la estructura central. Debemos darnos prisa. Antes de tener que retirar la primera oleada por la luz del día deberemos haber destruido todas y cada una de las fortalezas auxiliares y cerrado el cerco.

– El traidor no escapará Cardenal – los ojos de Theo ardían de furia – hemos traidor suficientes gouls como para invadir un país, y nuestros aliados lupinos impedirán cualquier fuga mientras dormimos.

– No me preocupa eso, Bell – sonrió amargamente la pálida cara de Sasha Vykos – mira al cielo. Poderosas fuerzas están de nuestro lado esta noche, puede que ni siquiera el sol logre penetrar la oscura noche que se cierne sobre el mundo.

– Hablas en acertijos, Sabath, lo único que importa es cazarle y llevarle ante el Consejo de Praga.

Un suspiro escapó de los inermes pulmones del Cardenal. Theo pensó en un principio que se debía al temor hacia el consejo regente de los Vástagos, que dirigía las fuerzas que hoy se enfrentaban en la batalla. Pero la expresión del cardenal, había pasado de la sanguinaria inexpresividad a una tenaz desolación que se negaba a abandonar sus ojos casi alienígenas.

– Continua con tu labor sanguinaria, Arconte, mientras aún nos queden fuerzas. Debemos preparar la llegada mañana por la noche de los Antiguos. Dicen que va a venir incluso tu querido Hardestat.

– Yo también he escuchado que la Regente estará presente, y los Serafines de la Mano Negra, y Salvatierra – le pinchó Theo. Una cosa era tener que colaborar en esta época de crisis y otra muy distinta dejar el odio atrás.

– Sí, en un par de noches todo Vástago y ser sobrenatural que se precie de ser alguien confluirá sobre este punto con la esperanza de ver morir Tartarus.

Tras él, un ligero rumor indicó que los generales que ambos comandaban, hasta ahora enfrascados en las estrategias para abrir camino, habían escuchado el nombre de los labios carnosos de Vykos.

– No te ofendas, pero si de mí depende mañana mismo su cabeza estará empalada en una pica y su cuerpo quemado.

– Muchos te acusarán de abreviar el castigo del traidor, Bell. Hay más sed de sangre y dolor aquí que en toda la historia de nuestra raza.

Theo no dijo nada. Sabía muy bien a lo que se refería. Se dio la vuelta, mientras sus gastadas ropas de cuero crujían al bajar la colina. Hizo un gesto a las reservas de su grupo de combate, que esperaban al pie de la colina, y se lanzó tras las huellas del grupo que anteriormente había mandado a la muerte. No le cabía duda de que los humanos que defendían a Tartarus habían dado cuenta de ellos, aun a costa de sus propias vidas, y le tocaba a él abrir camino hacia el corazón de su enemigo.

Mientras caminaba por lo cerrados cañones de roca caliza siguiendo el rastro de sangre y muerte Theo no pudo evitar pensar en el día en que todo había empezado.

***
Nueva York
12 de enero de 2.004

El ruido de la taberna sonaba en sus oídos, pero la atención de Theo estaba centrada más allá del local en el que esperaba aparentando tomar una cerveza. Sus agudizados sentidos miraban hacia el puente que cruzaba el río, contemplando los rascacielos de Manhatan al fondo, con su miríada de luces iluminando la noche.

Sus oídos escucharon la puerta abrirse, y por el familiar sonido de los pasos supo que su contacto había llegado.

– Lucita, has tardado más de lo que esperaba. Sueles ser bastante puntual.

El Arconte de la Camarilla se fijó en ella. Pelo negro, ojos oscuros, la Lasombra se veía bastante agitada, algo totalmente inusual. De hecho, el que hubiese podido reconocer sus pisadas a pesar de la algarabía general indicaba que no había intentado ser discreta.

– ¿Cuanto hace que no ves la televisión? – le preguntó muy seria.

– Llevo varios días encerrado aquí en el Bronx, cazando Sabath. Hasta mañana no tengo que reportar a los Justicar, así que no he hablado con nadie desde hace bastante tiempo.

Lucita se levantó acercándose a la barra. A su paso, los hombres la miraban, pero su andar de depredador parecía asustar incluso a los más valerosos entre ellos. Theo sabía que inconscientemente presentía su naturaleza, y donde sus ojos veían una hermosa mujer, sus almas asustadas sentían al cazador.

Ella le dijo algo al posadero, que subió el volumen de la televisión. Repentinamente todos los parroquianos callaron, prestando atención al aparato. El programa llevaba bastante tiempo encendido, pero Theo tenía la costumbre de ignorar la televisión. La consideraba inútil para un guerrero como él. Muchas veces había reprendido a sus “reclutas” por sorprenderles viéndola.

En pantalla, un delgado hombre de pelo largo y ojos oscuros hablaba con el presentador. Debía ser hora de máxima audiencia, por lo que el hombre tenía que ser importante a la fuerza.

– ¿No ves nada raro en él? – preguntó su acompañante mientras se sentaba en la silla de enfrente, al lado del enorme ventanal.

Theo no respondió. No podía ver nada extraño en la figura que hablaba, así que centró su atención en sus palabras.

“… saliendo de la nada, como una nube de oscuridad – decía terminando una frase.

– Entonces ¿todo esto que ha dicho lo ha contemplado con sus propios ojos? – le preguntó el presentador, un hombre de pelo blanco y mirada segura.

– No sólo eso sino que además he formado parte de ello durante mucho tiempo. Yo fui convertido en vampiro hace mucho tiempo. En todos estos siglos, he podido ver todo lo que le he contado, señor Letherman. Me he alimentado de sangre humana, he matado a más gente que muchas plagas, y entre los Vástagos hay seres mucho más depravados de lo que yo pueda contar.”

Theo se sorprendió, sin dar crédito a lo que había oído. Lo que realmente le chocaba no era que alguien saliese en la televisión diciendo ser un vampiro, sino que el presentador, lejos de tomárselo a broma lo daba por sentado y probado. De hecho el hombre delgado les había llamado Vástagos, por lo que Theo sospechaba que era ciertamente un vampiro, o les conocía lo suficiente. El Arconte comenzó a sospechar que esto era importante, y muy grave, por lo que siguió escuchando.

“- ¿Por qué ha decidido revelarlo en este momento? – continuaba el hombre llamado Letherman, siguiendo la batería de preguntas.

– Por cansancio. He comprendido que mi estirpe, los Vástagos, son una plaga. Algunos de nuestros antiguos exterminaron pueblos enteros durante la Edad Media, achacándolo a plagas y epidemias. Entre los Vástagos hay una leyenda que dice que se acercan las Noches Finales. Los vampiros estamos condenados, pero temo mucho que los hombres se vean arrastrados por ellos al fin.

>> No olvide lo que he dicho antes. Cada Vástago engendrado, es un voraz depredador cuyo universo gira en torno a la Bestia que lleva dentro. Para ellos, el mundo sólo es un coto de caza, por mucho que intentemos disfrazarlo con la Mascarada y otras mentiras. Si ven su fin cerca, preferirán exterminar toda vida sobre el planeta antes de morir.”

Lucita le miró muy seria, contemplando la atónita expresión de Bell al escuchar la palabra Mascarada.

– Creo que ya has oído bastante. Lleva así cuatro días, en cada cadena, en cada emisora de radio, en cada show y programa de noticias de todo el mundo.

– Diablos, Lucita ¿de qué va esto? ¿Por qué coño le dejan hablar?

Ella se encogió de hombros. Ni idea parecía decir su gesto. No parecía comprender porqué los poderes de la Camarilla, cuyos Príncipes controlaban las grandes corporaciones y las cadenas de radio y televisión habían podido permitir que ese desconocido llegase hasta ese extremo.

– Hace cuatro noches en un programa en directo en hora de máxima audiencia del jueves, un cuerpo cayó sobre la mesa del presentador. Estaba sangrando, atravesado de parte a parte por una estaca. En el corazón – se señaló el pecho ella. – Te puedes imaginar el susto del presentador. Con un siseo ese Tartarus como se hace llamar, se arrojó desde los andamios del techo sobre la mesa, siseando y mostrando los dientes. No veas que espectáculo montó el cabrón.

Theo escuchaba atentamente.

– Al principio, los guardias de seguridad se abalanzaron sobre él, pero el hijo de su madre utilizó Dominación para apartarles. En pocos segundos, y ante la vista e más e cincuenta millones de personas, el vampiro que había estacado comenzó a contar que era un vampiro, y a desvelar secretos de nuestra raza.

>> La gente creyó que era parte del espectáculo, y el presentador mantuvo como pudo la compostura, creyendo que se trataba de una broma. Tartarus, viendo que no le creían, se abalanzó sobre su presa y la desangró ante las cámaras. En pocos segundos, el pobre diablo se convirtió en polvo.

– Joder – musitó el hombretón.

– Sí, eso es. Al parecer la camarilla comenzó a tomar las riendas del problema, en eso no hay quien le gane. Los responsables del show dijeron que se trataba de un show de efectos especiales, una especie de obra de teatro escenificada en directo.

– Pero la cosa no acabó ahí, ¿verdad?

– No, Theo. Unas horas después ocurrió lo mismo en otro programa en directo. En Japón. La gente no sabía que podía estar pasando. Ni un avión volaba tan rápido.

– No me lo digas, dijeron que el programa estaba gravado.

– Sí, y dos horas después apareció en Moscú, en pleno desfile en la Plaza Roja. Dominación, sangre por aquí y por allá, dos vampiros entregados vivos frente a las puertas del Kremlin, ante las cámaras. Esta vez fue muy bonito. Tartarus utilizó celeridad para llegar al Presidente Ruso, y se merendó a su asesor delante de sus narices. No llegó a matarle, le dejó vivo para que contase lo que había sentido.

– ¿Qué ha pasado en estos tres días?

– El viernes fue un caos. La Camarilla y otras organizaciones intentaron prohibir toda retransmisión en directo.

– El Sabath no – aseveró Theo.

– No, pero te aseguro que ya se arrepentirán de menospreciar la amenaza. De hecho he tenido que matar a varios de ellos que se burlaban de los hombres asustándolos y mostrando sus poderes en público. Como puedes ver es un lío tremendo.

Los ojos del Arconte ardían de furia. Siempre había odiado al Sabath, de hecho, esta visita era un intento de alistar a Lucita en sus filas.

– Continua.

– No hay mucho más que decir. La gente pudo ver que algo raro estaba pasando, y cuando las cadenas cortaron las emisiones en directo se produjeron manifestaciones y altercados. El ganado se olía algo. Tartarus cambió de táctica.

Trece Vampiros aparecieron empalados frente al capitolio el viernes por la noche. Uno de cada clan. Los militares se los llevaron antes de que tu gente pudiese recuperar los cuerpos. Les habían avisado.

– También tenemos gente entre los militares.

– Al parecer quien les avisase lo sabía, y sólo alertó a las unidades limpias, además de advertirles de qué unidades estaban “contaminadas”.

– No se pudieron encontrar los cuerpos.

– No, y no sólo eso. Se produjeron más manifestaciones. Varios periódicos locales de todo el mundo sacaron un comunicado de Tartarus desvelando nuestra existencia, nuestras debilidades, nuestros poderes. Incluso desenmascaró a alguno de los más prominentes miembros de ambas sectas. Internet se llenó de comunicados, de webs dedicadas a nosotros. Muchas de ellas con una precisión increíble.

– Yo hubiese contenido a ese Tartarus dejando que los programas siguiesen, y enviando a cada emisión en directo un equipo de gente para atraparle.

– Eso hicieron el sábado. Anunciaron la reanudación de los programas en directo con una macro programa al que asistirían docenas de expertos para hablar del tema.

– Menudo cebo, no se presentó, claro.

– Al contrario, sí que lo hizo. Vestido de traje, salido de la nada, ante las cámaras, antes de que los equipos pudiesen cogerle. Cuando se abalanzaron sobre él perdimos a siete bajo sus garras. No veas el susto de la gente. – Lucita parecía irónica, pero su expresión revelaba que no lo estaba siendo. Estaba preocupada.

>>Los gouls no pudieron luchar contra el clamor de la gente, Tartarus tuvo dos horas para convencer a expertos y público.

– ¿No cortaron la emisión? – preguntó Theo.

– Lo intentaron, pero al parecer Tartarus había Dominado la sala de control al completo. Se encerraron a cal y canto, levantando una barricada. Una hora después, tras un tiroteo la tomaron, pero adivina.

– Habían desviado la señal.

– Por satélite, a todo el mundo.

– Santo Cielo – murmuró – ¿Qué más?

– ¿Qué harías tú si quisiese convencer al ganado de que eres un vampiro? Celeridad, regeneración, se alimentó de un par de escépticos sin matarles, controló a una serpientes del programa de al lado. Formaron la palabra Vástagos. Creemos que incluso utilizó Presencia para imponer sus ideas a la gente.

– Ya has citado por lo menos cinco disciplinas, debe de ser poderoso. Además, por lo que dijiste posee la capacidad de teletransportarse.

– Sí, o eso o son varios hermanos e sangre idénticos y renegados. Encaja con el perfil. Pero algunos del Inconnu dicen recordar a un Vástago que vivió hace cientos de años. Era el lugarteniente de Vlad Dracul. Se llamaba Tartarus, y desapareció hace trescientos años. Dicen que incluso podía haber inspirado la novela de Drácula.

>> Desde entonces ha hablado en el congreso, en más programas, en manifestaciones en las calles, donde haga falta. Siempre eludiendo nuestros equipos. Se ha ofrecido una recompensa en forma de sangre de antiguo para quien le cace, pero en estos dos días estamos dando palos de ciego.

– Ahora sabemos donde está. Vayamos a por él, montemos un circo y callémosle.

– No es tan fácil. Allí donde va, miles de seguidores le siguen, incluso la policía y los militares parecen protegerle. Desconfía con razón de las órdenes de sus superiores. Aunque pudiésemos callarle el daño está ya hecho. Tendrías un mártir con cientos de miles de creyentes en todo el mundo. Con nuestras debilidades publicadas en Internet, y buscándonos. Vuestra Mascarada se está yendo a tomar por saco en apenas unos días.

Theo se echó hacia atrás, como si intentase ampliar la escena, verla desde lejos. Tras unos segundos dijo:

– Vana desacreditarle, expertos hablando en las cadenas a las que vaya, diciendo que es un ilusionista, o un fanático religioso. Incluso un terrorista. Echarle toda la mierda encima. Probablemente acusarle de matar a alguien, una menor, o algo así. Y luego un francotirador que le quite de en medio. Cartuchos “Dragonbreath” y un alegato declarándose el culpable de la menor que violó y mató. Una jovencita que creía en él, y de la que se aprovechó.

El padre dirá que ella le confesó los trucos que realizaba, pero que le quería, y por eso le seguí.

– Theo, lo has calcado. Eso querían hacer esta noche. Luego muchos ilusionistas haciendo jueguecitos y demostrando que todo era un truco. Y en pocas semanas todo olvidado.

– ¿Cuándo? – preguntó Bell.

Lucita miró el reloj – en unos minutos.

Los dos callaron, contemplando la pantalla y esperando el movimiento. Theo, a pesar del shock, notaba un ligero picor en donde había estado su estómago. Tal vez una parte de él deseaba que todo esto terminase, que las masas se revelasen, y que la situación diese la vuelta de una puta vez.

De repente se escuchó un disparo en el plató. La cabeza del hombre explotó, salpicando de sangre al señor Letherman, mientras su cuerpo caía hacia atrás sobre la silla. Un hombre se adelantó, arrojando un rifle al suelo, y sacando de la chaqueta una escopeta de cañones recortados mientras bajaba la escalera a la carrera gritando.

Realizó un total de cuatro disparos, y el cuerpo de Tartarus ardió junto a la silla ante la vista de todos. Después el hombre se arrojó al suelo, llorando y diciendo que había vengado a su hija.

Ante las cámaras, el cuerpo ardiendo de Tartarus se levantó de la silla, y su voz serena calló a toda la sala. El fuego se apagó de su cuerpo, y luego se acercó a su “asesino”.

Tras susurrarle unas palabras al oído se marchó con la carne y la piel todavía humeando. El hombre que quedaba atrás, enfocado en primer plano, se dirigió a la cámara con lágrimas en los ojos.

“Me llamo Charles Javier Cassidy, y mi amo es Baltrus. Es un vampiro y me ha ordenado matar a Tartarus. Mi amo vive en la Séptima Avenida con la Quinta, en el ático del Edificio egeo, y ahora mismo está allí.”

Theo y lucita se miraron. En sus rostros, sin que nadie lo notase por el aullido de júbilo de los presentes, se dibujó una expresión de preocupación como jamás habían visto el uno en el otro.

***

Versalles
24 de Octubre de 2.004

Las enormes puertas de piedra se abrieron ante él, y en el interior del edificio pudo ver a la concurrencia totalmente alborozada, enfrascada en una discusión en la que cada uno podía sus argumentos, y sus amenazas, encima de la mesa.

Para la conferencia se habían descartado Madrid, por ser dominio de los Lasombra, Viena, por ser la sede del clan Tremere, Venecia, por los Giovani…

Había costado encontrar un lugar de reunión que todas las partes aceptasen pero al final se había elegido esta pequeña e histórica ciudad cercana a París para ello.

La enorme sala estaba repleta. No hacía mucho tiempo, para un Vástago, en esos enormes salones se celebraba otro trascendental tratado, y un poco más lejos en el tiempo fastuosos festejos acompañaban a los reyes de Francia en su camino hacia la historia.

Theo casi podía sentir y oler la historia en estos muros.

Los alrededores del palacio estaban tomados por un ejército privado formado por los guardaespaldas de los asistentes y las tropas de los organizadores. Camarilla, Sabath y otros sobrenaturales estaban presentes. Lupinos, magos, hadas, incluso alguna momia.

Tras el reconocimiento por parte de la ONU de que los vampiros existían, fue cuestión de tiempo que los hombres atasen cabos y pensasen que podían existir otros horrores desaparecidos en el pasado.

Tampoco ayudó que la Inquisición y esos misteriosos cazadores se uniesen a la caza de brujas, delatando la existencia de los hombres lobo, los magos y demás criaturas. Incluso los Catayanos estaban acosados. Los cazadores habían aparecido en gran número de repente, con extraños poderes y desvelando más y más formas de cazar a sus presas. Se habían convertido en consejeros de los gobiernos de todo el mundo. Incluso habían conseguido un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, tras limpiar a fondo esta institución de los infiltrados de la Camarilla y el Sabath.

Theo se sentó en la silla al lado de Pascek. Éste le miró con superioridad.

– Ni ante la muerte perderías tu prepotencia, jodido hijo de…

No pudo terminar la frase en su mente. Todos los presentes callaron súbitamente, cuando entró en escena Hardestat. A su lado un enorme Lupino en forma Crinos de pelo plateado, veterano de una guerra secreta en el Amazonas, varios antiguos más, probablemente de cuarta Generación, y un altivo hombre de aspecto delicado pero que irradiaba poder. Theo nunca había visto un Hada.

Su presencia aquí indicaba lo acuciante que había llegado a ser la situación. Pero la peor parte se la llevaban los Vástagos, quienes eran el principal blanco de los hombres.

Hardestat, el Viejo fue quien habló con una voz suave pero segura. Theo conocía muy bien el doble sentido que tenían sus palabras.

– Nobles señores, temo no poder traer buenas noticias a esta augusta asamblea. Las bajas son innumerables entre todos nosotros. Trágicas pérdidas ampliadas por el acosos al que nos vemos sometidos incluso aquí.

Todos recordaban los manifestantes que protestaban sospechando que algo ocurría en el Palacio.

– Hemos menospreciado notablemente el efecto que Tartarus tendría sobre nuestra existencia. Desde el derrumbe de… la Mascarada – dijo con delicadeza observando la reacción de los Sabath presentes – hemos sido cazados por los hombres. Nuestro dominio secreto, nuestra superioridad en poder y capacidad, ha sido derruida por le número de nuestros enemigos. Un número que crece con cada atrocidad que los descarriados Caitiff cometen.

Un griterío le interrumpió, varias voces pidieron las cabezas de los Sangre Débil, pero el Viejo calló a los presentes con un gesto de la mano.

– Sin embargo tenemos algún indicio que nos hace pensar que podemos poner fin a esta situación. Los hombres desconocen nuestro número por lo que es posible que se conformen con cazar a los más débiles entre nosotros, si somos lo bastante listos para ocultarnos. Cuando cacen a un buen número de caitiff y criaturas prescindibles se sentirán a salvo. Si desaparecemos el tiempo suficiente, nos borrarán de su memoria, y podremos resurgir. Recordad que ya lo hemos hecho antes, y ahora somos más poderos.

– Y ellos – dijo una voz.

– Sí, es cierto. Con su tecnología pueden descubrirnos, e incluso matarnos, pero por eso hemos decretado que ningún miembro de nuestras estirpes se atreva a salir a las calles si no es absolutamente imprescindible.

– Los anarquistas obedecerán, pero los sin clan no. Tampoco los parias entre los lupinos, ni los magos llamados Seres Huecos. Saben que su suerte está echada, si no por los hombres, sí por nosotros. Y pelearán.

– Sí, y esa es la pieza base de nuestro plan. Dejar que les cacen, y de que nos libren de esas molestias.

Nadie entre los presentes objetó nada por el lenguaje. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.

– De hecho, vamos a alentar este conflicto. Tenemos que crear una cortina, un velo que nos haga posible levantar de nuevo la Mascarada. Para ello vamos a enviar vampiros leales de las últimas generaciones para que abracen en masa a humanos solitarios. Así, les entregaremos más blancos a los hombres, dándoles la impresión de que nos cazan a todos.

Theo pensó que la situación se había vuelto muy complicada en los últimos meses para que Los Ventrue recurriesen a este truco. Hombres liderados por cazadores entrando en las guaridas de Vástagos y gouls por igual. Los bosques peinados en busca de cambiaformas, y los túmulos nodos mágicos secados por camiones de cemento. Incluso una organización llamada Tecnocracia que decía velar por los hombres estaba perseguida.

Theo había ayudado a poner en marcha el plan, pero sabía que había un fallo. Algo que habían ignorado deliberadamente.

– ¿Qué pasa con Tartarus? – se arriesgó a decir en voz alta. – Si sabe tanto de nosotros sabrá lo que estamos tramando, y se lo dirá a los humanos. Le creerán.

Una sonrisa cruzó el curtido rostro de Hardestat.

– Por eso, Arconte Bell, vamos a cazarlo en su guarida. Ayer salieron las primeras expediciones hacia Siria, donde evitarán que escape. Señores, Tartarus se oculta en un antiguo monasterio fortaleza que él y sus seguidores han convertido en un fortín. En pocos días, tendremos la cabeza del traidor, y podremos recuperar el poder que nos ha arrebatado, y nuestras vidas.

El alborzo general no pudo evitar que Theo pensase en la ironía que era que los vampiros quisiesen recuperar sus “vidas”.

***

Siria
30 de octubre de 2.004

El interior del monasterio era lóbrego y oscuro, con las rocas de arenisca dándole un aspecto antiguo, casi primordial.

La sangre cubría las paredes y llenaba el suelo hasta haciéndolo resbaladizo para cualquiera que no tuviese su agilidad y sus sentidos. El Arconte de la Camarilla avanzó entre sus hombres, apartándolos con un brazo para que le dejasen paso.

Tras tres días de lucha en los subterráneos las bajas eran innumerables, pero a los antiguos que habían llegado hacía un par de días no les importaba el precio. Sólo el resultado. Y el resultado estaba ante sus ojos, el corazón negro de la fortaleza de Tartarus.

Las enormes puertas grabadas de bronce se interponían entre Theo y su presa. El vampiro fijó su vista en los grabados, y pudo distinguir algunas escenas bíblicas. Este antiguo monasterio había resultado un cúmulo de sorpresas. Desde los laberínticos túneles que guardaban el centro neurálgico de la fortaleza hasta las trampas secretas que parecían especialmente preparadas para terminar con las criaturas sobrenaturales que sitiaban a los defensores. Esas escenas daban algo de significado a toda esta pesadilla. La fortaleza había sido erigida hacía mucho tiempo, y sus estilizadas torres negras habían permanecido ocultas durante toda la historia moderna del hombre.

Ni si quiera el poder de un vampiro antiguo como Tartarus debía ser capaz de realizar esta proeza, por lo que las sospechas del verdadero origen del traidor cobraban más fuerza a medida que se desvelaban más y más secretos de él.

Ninguno de los presentes sabía lo que les esperaba tras esas puertas, pues sólo Theo de todos ellos había estado presente en la reunión privada que se había celebrado entre los más altos vampiros.

En el corazón del Palacio de Versalles los más notables de su raza se habían reunido para discutir un asunto que sólo ellos podían dilucidar. La naturaleza de su enemigo.

Desde luego, Theo hacía semanas que había descartado el que éste fuese un vampiro. La amplia gama de “disciplinas” que parecía usar descartaban precisamente su origen vampírico. Ninguno, ni los más poderosos de entre los presentes podía utilizar al tiempo Ofuscación, Obtenebración, Sanguinius, Potencia, Fortaleza, Celeridad, Protean, Auspex, la lista era interminable.

También había sido descartada la idea de que se trataba de un grupo de vampiros haciéndose pasar por uno solo. Los magos lo habían descartado, así como la idea de que fuese un artesano de la voluntad haciéndose pasar por un no muerto.

Sólo quedaba la posibilidad de que fuese un vampiro de alta generación de con un gran arsenal de disciplinas a su cargo, pero la idea era ridícula. Que un neonato pudiese poner en peligro la existencia de toda la raza no les cabía en sus eternas cabezas. La solución la encontró un setita.

– Adelante, Hesha – pidió la reina Anne de Londres.

El hombre calvo se adelantó. Su figura cubierta de ropajes del siglo dieciocho contrastaba con su rostro, claramente no occidental. Theo le reconoció cono un antiguo y respetado miembro de los Hijos de Set. Si él estaba aquí, es que la situación estaba totalmente fuera de control en todo el mundo, más de lo que ni él hubiese podido imaginar.

– Les contaré lo que sé – dijo. – Hace siete meses me encontraba paseando por las calles de El Cairo. Fue al principio de todo este infierno, y el horror todavía no se había desencadenado en su totalidad. No habían caído las bombas atómicas sobre Al-Amuth, destruyendo a centenares de Assamitas, ni los catayanos habían sido expulsados de China.

Todos recordaban esa parte de la historia, y muchos osados ataques de los hombres que habían ido reduciendo sus fuerzas una y otra vez.

– El caso es que en un callejón, al acecho de un potencial proveedor para mis actividades, vi algo que en su día descarté por imposible. Entre las sombras, un camello esperaba a mi “víctima”. Lo más extraño fue que cuando se marchó a quien yo seguía el camello cambió de forma. Unas correosas alas salieron e su espalda, y dos astados cuernos ocuparon su frente, dándole un aspecto demoníaco y terrible.

>> Corrí desesperado y asustado, intentando olvidar lo que ya se rumoreaba desde hacía tiempo. Que los Caídos habían vuelto a pisar esta tierra, y que luchaban con el resto de las especies sobrenaturales por el dominio de las almas de los hombres.

– Así – interrumpió Hardestat – sólo quiero hacerles una breve pregunta, nobles señores. En la respuesta está la solución al enigma de Tartarus. ¿Quién de todos los sobrenaturales no ha sufrido el acoso de los hombres todavía?

El Viejo cayó unos instantes, esperando que sus palabras sacasen a la luz la naturaleza de su enemigo, calando en el corazón de los Vástagos. Un murmullo recorrió la pequeña sala indicando que todos habían llegado a la misma conclusión: “Demonios”.

Las siguientes discusiones fueron acaloradas, lejos del orden y el falso respeto que imperaba en las cumbres vampíricas de tan alto nivel. Tal vez Tartarus fuese un Caído poderoso, o tal vez el mismo Príncipe de las Tinieblas dispuesto a librar a los hombres de la presencia de sus competidores, y de utilizarlos en una guerra eterna contra un cielo que Theo ya no podía distinguir como verdadero o falso.

La respuesta estaba tras las puertas que se abrían en ese momento con un crujido.

***

El interior de la sala estaba oscuro. Desde fuera, Theo no podía distinguir lo que se ocultaba en su interior, ni siquiera con su penetrante vista sobrenatural.

Un murmullo le impidió dar el primer paso en dirección al cubil del traidor. Tras él, sus hombres se agitaron y Theo supo que habían llegado los Antiguos.

Al darse la vuelta, incluso él se sorprendió por los presentes que habían acudido a ver el fin del traidor. Docenas, tal vez casi un centenar de antiguos esperaban silenciosos a que uno de ellos diese el primer paso. Algunos de ellos le eran conocidos, pero la inmensa mayoría sólo los podía identificar como los protagonistas de las leyendas que su creador le contaba para enseñarle la historia de la Estirpe. Menelao, y su eterna Rival Elena habían dejado sus disputas al ver sus vidas amenazadas por Tartarus. Selene Oscura, Hardestat, Ebonyus, Shaytan, Polonia y docenas e Vástagos tanto o más poderosos que ellos le contemplaban.

Su poder se podía sentir en toda la sala, en ella, había sangre con la potencia para derruir el mundo, condenándolo a las eternas tinieblas para siempre. Lo único que había impedido que esto ocurriese había sido la eterna Jihad, ahora olvidada.

Theo se apartó, a pesar de que había hecho gran parte del trabajo de campo, no le correspondía a él dar el primer paso hacia la captura de su enemigo, del enemigo de todos los vampiros.

Fue Hardestat el que avanzó primero, no por ser el más poderoso, sino por se el representante del Clan Ventrue quien había organizado toda la operación.

Uno tras otro, los matusalenes fueron siguiendo sus pasos hacia el oscuro interior de la cámara, mientras los soldados de a pie asistían atónitos a semejante desfile de poder incomparable.

Theo fue el último en entrar, ordenando a sus hombres que mantuviesen el perímetro impidiendo que nadie más traspasase el umbral. Tras él, las puertas se cerraron.

Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la falta de luz. Cuando pudo contemplar la escena, Theo pudo ver a más de cincuenta vampiros rodeando en semicírculo la habitación en penumbras. Todos, sin excepción, contemplaban la pequeña figura del “hombre” que casi había condenado a su raza a la extinción.

Sentado en su trono, Tartarus miraba tranquilamente a sus sitiadores. Su figura era delgada, triste, más enjuta de lo que las cámaras parecían mostrar. Sus ojos negros y su barba de tres días le daban un aspecto aún más lóbrego. Sus ropas estaban raídas, algo que Theo no esperaba en el apóstol de las tinieblas.

Fue el Viejo quien habló de nuevo.

– Antes de morir, demonio, ¿por qué lo has hecho? El mundo es lo suficientemente grande para nuestras especies – dijo con una voz que parecía capaz de atemorizar a los mismos dioses.

– Porque tenía que ser hecho – la voz de Tartarus no sonaba tan melodiosa como en la televisión. Más bien parecía cansado, agotado. – Vuestra estirpe ha condenado demasiado tiempo este mundo, ahora sólo unos pocos sobrevivirán, dejando a los hombres libres de unirse a su destino. Estos pocos privilegiados tendrán el deber de construir una nueva sociedad de los Vástagos en la que todos tengan cabida. Sin odio, sin guerras, sin opresión.

– Es nuestro derecho divino, – objetó Helena – nosotros tenemos que gobernar al ganado, incluso a nuestros descendientes. Tenemos el deber de llevarles por el camino que creemos que es mejor para ellos.

– Lo sé, por eso lo hice, – respondió Tartarus – debía guiar a quienes todavía podía salvar.

Un griterío surgió de las gargantas, mientras la Bestia se iba apoderando de los presentes. Pronto, Tartarus estaría muerto.

– Tú no tienes derecho a decidir sobre nuestra historia ni nuestro mundo, ¿quién te crees que eres?

Mientras se levantaba, la cansada voz del traidor se elevó hasta que todos pudieron oirle.

– ¡YO soy Caín!.

Y así… termina.