Artus se arrebujó en el rellano del portal. Los edificios de dos plantas de color gris le servían de sombra ante lo que acababa de ver en la lejanía.

En toda la ciudad, nadie se atrevía a interponerse en el camino del ser que se acercaba calle abajo en su dirección. Al pensar en ella, Artus se apretó más contra la piedra del portal, intentando fundirse con las sombras.

Un viento gélido recorría las calles, demasiado frío incluso para esta época del año. Un leve rumor le hizo levantar la vista, como de ropa rozando contra ropa, y entonces la vio.

Si ella se percató de su presencia no dio señales de ello. Pasando al lado del portal en el que se ocultaba Artus, sin mirarle y siguiendo sus siempre inescrutables caminos.

La Dama del Dolor estaba allí, a escasos dos metros de él. Con su corona de espadas y sus vestidos grises enmarcando un rostro afilado tan serio e impenetrable como la misma Muerte.

Artus, y cualquiera que se atreviese a habitar en Sigil, la temía más a ella que a la Parca. Incluso para un recién llegado como él, un pringao, su fama era legendaria y terrible.

Artus había llegado desde el primer plano material, desde el lejano mundo de Toril, para cumplir una misión para su patrón. El conde Aramor. Ahora mismo volvía tras recuperar de la Tierra de las Bestias el artefacto que le habían encomendado localizar y “rescatar”.

Los ropajes grises de la Dama del Dolor pasaron de largo, con un casi imperceptible susurro de fricción. Artus se fijó en que ella no tocaba el suelo, su movimiento, totalmente antinatural para él, parecía llevarla un palmo sobre el suelo.

En cuanto dobló la esquina, Artus pudo notar que el frío remitía, y se lanzó a la calle a ala carrera con el fin de llegar lo antes posible a su destino.

 

 

Una hora después la mirilla de la puerta se abría, y unos ojos oscuros le miraron a través de las rejas.

Sin decir nada, Artus escuchó el cerrojo interior descorrerse, y la puerta de piedra cedió lo suficiente para que su delgada figura pasase entre la hoja y el quicio. Bajo el brazo, envuelto en un trapo se encontraba el Ojo del Gato.

El amo de llaves, un jorobado enclenque de pelo lacio y canoso le indicó que subiese por la escalera. Apresuradamente, Artus recorrió el enorme patio interior, que extrañamente mantenía un ambiente cálido a pesar de que estaba descubierto.

Al mirar hacia arriba, Artus pudo ver en la lejanía las luces del otro extremo del anillo donde los habitantes de Sigil se afanaban en sus quehaceres nocturnos. Par aun sinpistas como él era increíble el hecho de que la misma ciudad en la que se encontraba estuviese al mismo tiempo sobre su cabeza.

Con un brusco movimiento se apresuró a desechar estos pensamientos, y subió al escalera en cuyo último escalón le esperaba una criada. Era hermosa, incluso para lo que habían visto sus ojos de ladrón tras tanto tiempo. La mujer, de ojos dorados y rasgados, asemejaba a un ave en sus rasgos, sólo su rostro delicado y sus manos blancas estaban al descubierto, pero Artus pudo ver que bajo los amplios ropajes, una miríada de plumas doradas y de colores le conferían un aspecto hermoso.

– Tal vez tenga que pedir que parte del pago sea ella – pensó.

La mujer sonrió amablemente, como si leyese sus pensamientos, pero no dijo nada. Simplemente abrió la puerta, y junto con la luz, por el umbral, se coló la algarabía que provenía del salón interior.

Artus entró echando un último vistazo a la criada, una promesa, se dijo a sí mismo.

Dentro de la espaciosa sala, el espectáculo era sobrecogedor. En una mesa redonda, de más de diez metros de diámetro, docenas de criaturas bebía, comían y charlaban. De un simple vistazo Artus reconoció a varios Thanary, un par de Devas caídas y varios prelados de los planos. También había algún representante de la ciudad de Sigil.

En el asiento de madera más sobrio se encontraba su patrón, Aramor, el anfitrión. Éste, al verle, lanzó un sonrisa triunfante y pidió a todos los presentes que se callasen. Artus sabía que esa petición era más una orden que una sugerencia. A un señal de Aramor se acercó a él y le entregó el objeto envuelto en telas raídas.

Todos los presentes callaron intrigados.

Otra leve señal de Aramor, y un ruido tremendo surgió del techo, hasta el punto que un representante del Pandemonium gritó algo de “desprendimiento” y se arrojó al suelo bajo la mesa, ante las risas de los demás.

El techo comenzó a abrirse, y una tenue luz comenzó a filtrarse desde la parte superior de la bóveda. Ante el asombro de todos, una gigantesca estructura tallada en piedra caliza flotaba sobre sus cabezas.

Todos y cada uno de ellos pudo reconocerla, se trataba de la ciudad de Sigil. Su forma el anillo flotante, con los edificios de la ciudad en su interior presentaba, sin embargo, algo inusual. En medio del círculo. Recorriendo el diámetro den toda su extensión, una colosal estructura atravesaba la ciudad de parte a parte, saliendo de uno de los lados y llegando al extremo opuesto.

– Señores, lores y prelados. Enviados  de los poderes que por motivos de sobra conocidos no pueden encontrarse presentes. – dijo la falsamente humilde voz de Aramor – les presento la Nueva Sigil.

Una exclamación surgió de algunas gargantas, acompañada de gruñidos de satisfacción de alguno de los lores demoníacos que se encontraban presentes.

– El noble Artus, – continuó mientras le señalaba – ha tenido a bien traernos la única pieza que nos faltaba para culminar el plan, el Ojo del Gato.

Artus elevó una vez más la vista, y pudo comprobar que la ciudad de Sigil, atravesada por la gigantesca torre que Aramor tenía previsto edificar parecía ser un ojo de gato flotando en la nada. De hecho, si fijó, la base de la torre parecía partir de la misma mansión de Aramor.

– Con el Ojo, – seguía diciendo su patrón – ni siquiera la Dama podrá oponerse a nosotros. Una vez situado en el centro de la torre que edificaremos su poder sobre Sigil será anulado, y el poder de la Neutralidad tomará el lugar de ella.

>> Ni que decir tiene, que tras asumir la regencia de la ciudad, romperé los sellos mágicos que impiden la entrada de sus señores a Sigil. A cambio del pago acordado, y de la promesa de no perturbar la paz de Sigil, sus señores y sus ejércitos podrán utilizar los portales de la ciudad como puente de playa hacia otros planos.

Una voz solemne les interrumpió en medio de la algarabía general.

– ¿Cómo va a conseguir que la Dama del Dolor no interfiera en la construcción de semejante monstruosidad? Se tardarían veinte años en edificar esas torres, incluso con la ayuda de los maestros enanos de Thronheim.

– Es una magnífica pregunta, lo cual es lógico proviniendo de Lord Calderus, regente del Limbo Helado. – Déjeme decirle que la Dama no podrá hacer nada, porque la torre lleva ya treinta años construyéndose en un Plano del Abismo, y se encuentra terminada.

Aramor se mostraba más ufano de lo que solía, pero era la culminación de cincuenta años de planes, y podía permitírselo.

– En cuanto salgamos de aquí, la torre se transportará a la ciudad, utilizando el Ojo del Gato como faro que anulará el poder de la Dama momentáneamente. De esta forma, en menos de una hora, Nueva Sigil estará completa, y libre del poder de la Dama.

Los aplausos y los vítores enfervorecidos llenaron la sala. Artus sabía que la mayoría de los presentes aceptarían el plan de su señor, la tentación de ponerle las garras encima a Sigil era demasiado poderosa.

La fiesta continuó durante una hora más, momento en el que el anfitrión dio la orden de abandonar la casa, pues la Torre del Ojo iba a llegar.

Ceremoniosamente, se dirigieron hacia la puerta, con Artus abriendo camino, pero cuando abrieron el portal, todo a su alrededor había desaparecido. El patio, la escalera, los sirvientes. Todo había dejado de estar donde estaba, y en su lugar, un cerrado callejón grisáceo y sucio parecía perderse en la oscuridad, girando a derecha e izquierda, y cruzándose con más y más callejones.

Todos sabían lo que eso significaba, los laberintos de la Dama era el castigo y la prisión para aquellos que osaban desafiar a la señora suprema de Sigil.