Kodror de Sargar había caminado todo el día sobre la nieve. El desprendimiento que había matado a todos sus compañeros, y puesto un fin trágico a la expedición de caza, había quedado atrás.

Por suerte para él, había sobrevivido, los dioses de las montañas habían considerado que todavía tenía que jugar un papel importante en para su aldea.

Sin embargo, se había perdido. El frío de este invierno cubría las montañas del pico del Fin del Mundo, haciendo la mayoría de los caminos intransitables. Muchos de los animales más grandes se habían trasladado al sur, y los niños de la aldea tenían hambre, aunque no decían nunca nada, educados como lo que eran, los pueblos libres del norte.

Sin embargo, en su mirada y en la de las mujeres, los hombres podían ver la resignación y la tristeza de saber que muchos de ellos pasarían hambre en el invierno.

Por ese motivo, Kodror se había alejado, junto con su partida de caza de los lugares habituales de caza, penetrando en las montañas del sur, esperando poder caza alguno de los ciervos de las nieves, o algún bisonte anciano que hubiese podido cruzar los pasos de montaña hacia el más cálido sur.

El desprendimiento les había sorprendido cazando a uno de estos animales. Los gritos y la lucha habían causado un alud terrible. Como no habían visto nunca. Era como si los mismos dioses hubiesen causado la avalancha para castigar al su pueblo.

Bueno, eso no importaba ahora, tenía que dar un inmenso rodeo para volver al norte, a través de los picos perdidos, y le quedaban días de camino sin comida. La noche se acercaba, y el frío hacía mella en él, pronto tendría que erigir un refugio con el que guarecerse del frío y de la nieve que venía.

De improviso, como surgido de la nada, un inmenso lago helado surgió a su paso, en la meseta de la cima de la colina. Era grande, tan grande como él no había visto nunca desde niño, cuando visitó las Diez Ciudades y sus lagos. A Krodor le sorprendía que se encontrase en ese lugar precisamente, en la parte más alta de una colina solitaria entre los picos perdidos. Sin embargo, no iba a darle la espalda a su buena suerte. Un lago quizás significase peces, no era la primera vez que esto ocurría en uno de los lagos de la montaña, sin saber cómo habían llegado allí. Aunque no los hubiese, tal vez sí habría ranas u otro tipo de animales, como los gigantescos insectos del frío que a veces servían a su tribu como condimento para la carne.

Krodor tanteó el hielo, era firme y resistente, muy duro, por lo que caminó hacia el centro dispuesto a abrir un boquete e intentar obtener algo. El primer golpe sobre la dura superficie quitó parte de la capa de nieve que lo recubría, el segundo, dejó al descubierto la pálida superficie de hielo. Sin embargo, lo que vio Krodor no era lo que esperaba. Allí, a abajo, aprisionado entre el hielo, el esqueleto de un hombre le observaba en silencio.

Los siguientes momentos de angustia fueron como un sueño febril para él, sin saber como, había despejado una gran parte de la superficie del lago de nieve y, dejando al descubierto el hielo en un radio de muchos metros. El esqueleto no era un caso aislado, bajo la capa de hielo una gran cantidad de seres esqueléticos y demacrados se encontraban prisioneros, en la muerte.

Inmediatamente los recuerdos y los cuentos de su infancia vinieron a su mente, cuentos que narraban cómo, hacía miles de años, el Lich de Hielo había reunido un poderoso ejército de criaturas del hielo y la muerte, dragones blancos, beholders de hielo, gigantes no muertos, vampiros de la escarcha, y miles de criaturas más, y las había lanzado contra los servidores de los dioses.

La lucha fue terrible, a medida que más y más pueblos caían a su paso, destruidos por el frío terror de lo que ellos  llamaron La Legión de Hielo. A medida que más muertos se unían a sus filas, los chamanes de las tribus del norte imploraron la ayuda de los dioses. Hasta que un día la Legión desapareció, d la noche a la mañana. Los chamanes dijeron que habían sido los mimos dioses, los que habían logrado detener su imparable avance, que amenazaba con esclavizar toda vida en el norte.

Nunca se supo la verdad, ni el paradero de ese imponente ejército.

Ahora él lo conocía.

Un terror sobrenatural se apoderó de él, Krodor comenzó a correr, intentando alejarse lo más posible de los monstruos de sus pesadillas, que parecían mirarle desde abajo al pasar sobre ellos. El visitante abandonó el lugar que no habían pisado los humanos desde hacía siglos, mientras la nieve cubría otra vez las heladas aguas del lago.

Lo que Krodor no oyó en su huida fue un crujido, una pequeña grieta en la superficie del lago, algo que anunciaba un acontecimiento terrible.