La singularidad es un concepto fascinante. Un punto de ruptura con todo lo anterior a partir del cuál el desarrollo y la evolución son incomprensibles para los habitantes pre-singularidad.

Pensando y pensando en cosas sobre las que no haya escrito, y sobre las que no haya escrito nadie se me ocurrió aplicar este concepto a la magia. La singularidad mágica.

Para que sea necesaria una singularidad se necesita un desarrollo exponencial previo que multiplique con tendencia al infinito el progreso anterior.

Para ello, se me ocurren varias opciones con las que sentar las bases de este progreso exponencial previo.

Primera opción, un colegio, escuela o grupo de artes mágicas cuyos magos sean capaces de un aprendizaje exponencial mediante poderosos hechizos rituales.

Magia viva, evolucionaria, que se desarrolle por si misma en criaturas, artes, conceptos y ligada a lugares donde se desarrollen ecosistemas mágicos.

Una serie de artefactos y conjuros épicos capaces de incrementar sus efectos de forma progresiva y creciente. Por ejemplo, una mansión mágica que crea sus propios espacios dimensionales que llena con conjuros experimentales, artefactos épicos y mágicos de forma exponencial, en un proceso que se retroalimenta, aumentando la potencia de los conjuros y su número.

Estas son las tres opciones que se me ocurren que permiten un progreso mágico que llegue a ser exponencial (podríamos hablar sobre una singularidad psiónica para aquellos juegos que admitan este tipo de poder).

Además, es necesaria una fuente de poder mágico prácticamente ilimitada que sostenga el proceso.

El resultado sería un mundo donde la magia se hace incomprensible para quién no participe en el progreso.

Sus prácticantes serían dioses caminando entre humanos, capaces de, por ejemplo, apagar el sol, crear múltiples planos exteriores con un pensamiento, exterminar continentes, incluso enfrentarse a dioses y archidemonios.

Sus hechizos dejarían los conjuros épicos y la magia psiónica del D&D  a la altura del meros cantrips.

Sus hogares asemejarían palacios de magia viva, atendidos por servidores mágicos sumamente poderosos, y las bibliotecas completas de magia podrían estar contenidas en gemas, en sonidos o en cosas tan increíbles como sueños. Los magos podrían aprender mediante sueños los nuevos conjuros que hubiesen desarrollado sus compañeros ese día.

Y eso sólo sería el principio, los primeros meses, después imagino un universo convertido en magia, con enormes soles transformados en diamantes para almacenar la historia de los mundos que han alumbrado durante milenios, y cuyos recuerdos ahora han sido grabados como información en sus núcleo cristalinos.

Un mundo extraordinario, pero difícilmente jugable.

Sin embargo, sí que puede ser algo interesante que los jugadores se planteen conseguir la singularidad en su mundo de juego. ¿Os imagináis el reto de conseguir desencadenar semejante cambio mágico en su mundo? Las búsquedas de artefactos, los libros que necesitarían rescatar de tumbas antiguas, los aliados que deberían reclutar…

Sería épico.

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