Ayer pude por fin ir a ver Wall-E (El Caballero Oscuro había ganado el pulso la semana anterior).

Pero aunque mi afición al cómic hace que prefiera el film de Nolan, Wall-E no desmerece lo más mínimo.

De hecho, es un peliculón.

Este entrañable robot se gana el corazón de todo aquel sobre el que fije sus grandes ojos vidriosos, y su ternura, aparente indefensión y su voluntad de hierro logran que uno sienta que es casi un miembro de la familia.

En su lucha por limpiar el planeta, allí donde sus hermanos fallaron, Wall-E se encuentra solo. Con la única compañía de una cucaracha (apuntadlo, porque como sigamos así van a ser los únicos que queden), realiza diariamente su labor de limpieza. Infatigable, como un Sísifo moderno.

Pues bien, la llegada de EVA cambia todo el panorama, y amplía la visión de nuestro robot hasta el punto de llevarlo al espacio.

Allí, deberá sobrevivir a su choque con la nueva civilización humana que ha surgido entre las estrellas, perezosa y atendida por robots.

El desenlace de sus peripecias, el retorno de la especie humana a la Tierra, se verá empequeñecido por la historia de amor que supera barreras y vence incluso al destino.

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