Sara era curiosa por naturaleza. Curiosa como podía serlo un gato cuyo aciago destino era tan inevitable como podía serlo para un perro menear el rabo ante su amo.

Así la había descrito su madre adoptiva el día que la dejó en el convento. Desde la muerte de su madre durante el parto, Sara no había tenido una infancia fácil.

Sin ningún tipo de posibilidad de encontrar marido debido a su peculiar aspecto físico, Sara siempre había estado sola, y había disfrutado de la experiencia de encontrar un camino que ella creía vedado para otras mujeres de su edad. El servicio a Dios.

Desde muy jovencita, conocedora de que su calvicie, las extrañas manchas de nacimiento que tenía en su rostro y en su cuerpo, la hacían menos apetecible para los chicos que las largas melenas y las pieles bronceadas de sus compañeras, Sara se había volcado en el misticismo y en contemplar la belleza de este mundo.

Los primeros pasos iniciales, la llevaron a admirar la hermosura de la creación, de sus criaturas, y de ahí a reconocer la tremenda belleza intrínseca en cada uno de sus habitantes sólo hubo un paso.

La conclusión lógica, era que, por supuesto, la creación de tal belleza debía ser obra de un ser perfecto, y si dicho ser existía, debería tener alguna razón para haberle dado su aspecto.

Hacía dos años que había tomado los hábitos, y sólo tres meses que había pedido el traslado al convento del Cerro de los Ángeles.

La efigie de Nuestra Señora de los Ángeles se elevaba ante ella en la capilla, hermosa, ataviada con su túnica negra con ribetes plateados, y cargada de cuentas de cristal. Tras su cabeza, el barroco halo dorado le proporcionaba una majestad que no desmerecía su rostro sereno.

Sara terminó sus últimas plegarias, y se incorporó. Cada tarde, desde que llegó, acudía en sus horas libres a rezar aquí. A rezar por el alma de la Humanidad, por el bienestar de los hombres, que ahora atravesaban tiempos difíciles. Para ella, el servir era su pasión, el amar a Dios su total deseo, y su entrega iba más allá de lo que se exigía en el convento de las Carmelitas al que ahora pertenecía.

El convento había sido fundado había un siglo por una hermana que hacía poco había ido nombrada beata por el  mismísimo Papa. Sara estaba orgullosa de pertenecer a este convento en particular.

Las campanas sonaron, llamando a las hermanas a la cena. Por el camino,  se encontró con varios monjes que la saludaron sin mirarla,  con una inclinación de cabeza. Por costumbre, los miembros de las dos órdenes hermanas que compartían ese paisaje de hermosura sin igual nunca cruzaban palabra. El respeto a la intimidad y los objetivos de sosiego y paz de cada uno de ellos era respetado sin excepción, y sólo en casos excepcionales se permitía una visita de uno de sus miembros a la otra orden.

Una segunda campana sonó en el aire, seca, ronca. Y al escucharla, los pocos hermanos y hermanas que quedaban en la loma del Cerro apresuraron sus pasos nerviosos. Ella también lo hizo, como otras tantas veces. El sonido de esa pequeña campana, que tan nerviosos les había puesto, presagiaba la llegada de algo que los habitantes del Cerro temían más que al mismísimo Diablo, si eso era posible. La niebla.

Las advertencias sobre la niebla habían comenzado a los pocos días de llegar ella. La niebla era tan presente en la loma del cerro como los árboles y la perenne biblioteca. Era parte de la esencia de aquel lugar. Presente en cada estación del año, las brumas subían reptando desde la cara norte, desde el cercano arroyo Culebro, y envolvían el lugar sumiéndolo en el pasado.

Esas noches, encerrada en el Convento, Sara escuchaba los terribles aullidos que la niebla traía, los gritos que les despertaban del reposo. Gritos pertenecientes a fantasmas, suponía, pues nunca ningún cuerpo era encontrado en los alrededores a la mañana siguiente.

Alguna gente había desaparecido, visitantes que no hacían caso de las advertencias que las hermanas y hermanos les hacían para que volviesen pronto a sus casas, abandonando la noche de aquel lugar.

Otras, la niebla traía al convento el repique de la campana mecida por el viento, un viento que no despejaba la niebla, pero que sí traía un frío que helaba los huesos, al tiempo que extrañas voces parecían escucharse en sus ráfagas dispersas.

Sara sabía que algún día la curiosidad la iba a matar, y por lo que podía intuir, esa noche podía ser la ocasión sobre la que la había prevenido su madre. Porque esa noche había dejado su jergón y se había perdido por los pasillos de piedra que de día había recorrido innumerables veces.

Saliendo por una puerta lateral, Sara no pudo sino admirar el sobrecogedor espectáculo del Cerro de los Ángeles en una noche de niebla.

Los edificios no eran más que sombras. Sombras que se alzaban aquí y allí alrededor de la explanada desierta, recorría por el frío de la noche, y tomada por las omnipresentes brumas que ocultaban el cielo, el suelo y que se metían dentro de sus pulmones helándolos.

Sara apretó sus hábitos en un acto reflejo, intentando darse calor, pero sobretodo, una ligera sensación de seguridad que el primer aullido tuvo la deplorable consecuencia de quitarle.

En la lejanía, bosque abajo, un chasquido de mandíbulas amplificado por la niebla, parecía masticar algo. El crujir de huesos cesó un segundo, para ser seguido de un largo aullido de victoria. Segundos después, el aullido se hico más intenso, más cercano, y Sara supo que lo que fuera que lo produjese la había olido.

Se dio la vuelta y corrió. Sus hábitos se le pegaban en la húmeda y fría piel, haciéndola trastabillar cada pocos pasos, pero siguió corriendo.

El pelo se le erizó, y su respiración se hacía más entrecortada a medida que los nervios y el miedo iban apoderándose de ella. Los aullidos se oían cada vez más cera, casi al borde de la explanada, y a ella todavía le quedaba más de la mitad del camino.

Un rugido la hizo girarse instintivamente. Lo que fuese que la persiguiese la estaba mirando desde los límites del bosque. Decidiendo si debía internarse en la explanada o dejar escapar a su presa, porque Sara no tenía la más mínima duda de que ese era su papel en esa noche de niebla.

Aguzando la vista pudo ver una enorme mole que se movía inquieta entre los árboles, de un lado a otro. Pero Sara pudo sentir que en ningún momento su perseguidor le quitaba el ojo de encima, y casi podía escuchar su respiración animal surgiendo de su garganta.

El aire olía a podrido, y con un gruñido la cosa pareció decidirse. Una garra, pues no podía llamarse de otra forma, se aferró al último árbol de la hilera que rodeaba el Cerro. Su visión fue atroz, y Sara pudo imaginarse la mano del diablo en la creación de esa cosa.

Se santiguó, y aceptó lo que el Señor le tuviese deparado.

Pero el asalto no llegó a ocurrir. La mano se retiró, y Sara casi podía sentir el miedo que emanaba de la piel de la criatura.

No se paró a pensar porqué la cosa había retrocedido, volviendo al bosque, sino que se giró y echó a correr hacia el convento. Su carrera no duró más de dos pasos. Una figura la  sobresaltó.

Estaba tras ella, y casi se choca contra la mujer cuando se giró. Sorprendida de su presencia, sintió el impulso de advertirla, pero al  mirarla, Sara enmudeció.

Era alta, casi metro ochenta, vestía una túnica gris, y sus pies pálidos descansaban desnudos sobre el suelo de cemento y rocas.

Sus ojos no poseían pupila, eran totalmente grises, del mismo color que poseía la luna que brillaba a través de la niebla, y carecía de pelo.

Su expresión era siniestra, aterradora. La miraba como si Sara fuese un pez que un gato se va a comer. Tal vez no hubiese sido tan espantoso si las venas negras que la recorrían el rostro y la cabeza calva no hubiesen enmarcado la infernal sonrisa que le dedicaba.

Sara salió corriendo de nuevo, y pasó al lado de la mujer sin saber muy bien donde dirigirse. Ésta no hizo ningún ademán de detenerla. Se quedó allí, de pie, mientras Sara corría mirando atrás de forma obsesiva, sin poder quitarse esos ojos grises y esa sonrisa burlona de la cabeza.

Poco a poco, la mujer fue desapareciendo en la Niebla, y Sara  pudo llegar a la puerta del convento y refugiarse tras sus muros.

A sus espaldas, la puerta de madera se cerró, y la niebla dio paso a la oscuridad casi total. Todo el convento estaba en silencio, nadie se había extrañado ni se había levantado, así que podría volver a su celda y dormir como si nada hubiese pasado. Luego, pediría el traslado.

Estaba a punto de marcharse cuando una extraña idea se le pasó por la cabeza ¿seguiría ahí la mujer? ¿La habría seguido? Desde luego, pensó, no pasa nada porque eche un vistazo desde una ventana. No si permanezco dentro del convento.

Acercándose con cuidado a la ventana, descorrió las cortinas, y acercó la cara al cristal. La luz de las farolas, amortiguada por la niebla, se colaba por las dos flores talladas en las contraventanas de madera que protegían la ventana desde fuera. Sara pegó un ojo a uno de los agujeros en forma de flor de lis, intentando escudriñar el patio.

Un súbito movimiento la sobresaltó. Un ojo gris sin pupila apareció a pocos centímetros de ella, al otro lado del cristal, y Sara cayó asustada hacia atrás.

Cayó de culo, e intentó gatear de espaldas lo más lejos que pudo de la ventana. Un viento súbito se levantó fuera, y las dos contraventanas se abrieron, golpeando la pared con fuerza. La ventana también se abrió hacia dentro, y las cortinas volaron movidas por el viento.

Sara miró hacia la ventana, y vio dos figuras pálidas de cabeza rapada. Una era un poco más alta que la otra, pero la piel de ambas parecía surcada por las venas de color negro que parecían llevar sangre putrefacta hacia la cabeza.

Las dos sonrieron, a un metro escaso de la ventana, y sus dientes afilados, como una sierra infernal, chirriaron en lo que debía ser una risa demoníaca, mientras la lengua roja llena de cortes y heridas chasqueaba dentro de la enorme boca.

Sara sintió que llegaban las tinieblas, y que comenzaba a perder el conocimiento. Lo último que pudo sentir fue el sonido del viento, similar a una palabra, y que casi parecía una lejana advertencia.

– ammmmatriiiiiassssssssss….

 

***

 

Sara despertó en su celda. Tenía la boca seca, pastosa.

A su lado, la madre superiora la miraba con cara de preocupación.

– Hermana Sara – dijo cuando vio que recuperaba el conocimiento – ¿qué tal te encuentras? Te encontramos caída en la sala de entrada. Llevas durmiendo varias horas, y estábamos muy preocupadas por ti. Estás extremadamente pálida.

– Estoy cansada, – respondió, sin poder fijar sus pensamientos en nada que no fuese la espantosa experiencia de la otra noche. Otra persona habría pensado que se trataba de un sueño, pero ella sabía que era muy real.

– ¿Qué te pasó?

– No lo recuerdo, – intentó decir, pero las palabras apenas le salían de la boca.

– Descansa, – asintió la Madre Superiora comprendiendo que no podía hablar de ello. – Ten cuidado de ahora en adelante, y nunca salgas cuando haya niebla. Encontramos una de las ventanas abiertas. Y dos padres del monasterio han desaparecido. Han encontrado el cuerpo de uno de ellos mutilado en un pequeño barranco. De otro no se sabe nada.

Sara asintió, mientras las imágenes de las dos mujeres le venían  la cabeza.

Cuando se cerró la puerta de su celda, y se quedó a solas, Sara se levantó y se dirigió al lavabo para beber algo de agua.

La luz parpadeó unos segundos, antes de permanecer encendida. Sara se acercó al lavabo, pero el espejo la detuvo. Allí, frente a ella, estaba su imagen, pero no era ella.

No sabía cómo explicárselo, pero aunque el reflejo era el mismo que había visto cada día de su vida, esa no era ella. Las manchas se habían vuelto más oscuras, recorriendo su rostro. Sara se desnudó, y pudo ver cómo en el resto de su cuerpo, las marcas de nacimiento estaban haciéndose cada vez más pequeñas y oscuras. La imagen de las dos mujeres surcadas de escarificaciones negruzcas, como venas le produjo un escalofrío.

Y Sara supo que jamás saldría de ese lugar.

 

***

 

El dolor la quemaba desde dentro. La cabeza le iba a explotar, y Sara se frotaba la piel pálida recubierta de venas negras con una áspera esponja. Cada vez que llegaba el fuego frío, como ella lo llamaba, pues no sabía qué otro nombre darle, Sara se metía en la bañera intentando que el agua refrescase sus pensamientos, y que el jabón consiguiese lo imposible, e hiciese desaparecer las marcas.

Cada día estaba más asustada, y mientras su cabeza tronaba con pensamientos oscuros, ella intentaba rezar, pero las oraciones no salían como antes. Desde pequeña, su amor a dios se refugiaba en un borbotón de plegarias, que ahora parecía incapaz de recordar cuando uno de los episodios le asaltaba.

Cada noche, cambiaba un poco, y cada mañana, Sara despertaba más desesperada, y más sabedora de que debía escapar del terrible destino que le había sido deparado.

Llegó a pensar en el suicidio, pero la idea de la condenación eterna se lo quitó de la cabeza.

Sólo restaba esperar, y luchar con todas sus fuerzas.

Una risa demente restalló en su cabeza cuando pensó esto, y fuera, la campana anunció de nuevo que esa noche las brumas recubrirían el Cerro de los Ángeles.

 

***

 

Los días pasaron, y el terror que se había apoderado de ella dejó paso a la resignación y a un miedo sereno.

Varias noches más había habido niebla, y Sara no había salido del convento, como le había advertido la Madre Superiora. Lo que sí había hecho era subir a la planta de arriba, y desde la seguridad que le proporcionaba su posición elevada, había mirado fuera.

En todas las ocasiones, había visto a las mujeres sin pelo en pie frente a convento. Siempre parecían saber donde estaba, desde donde miraría, y se congregaban bajo la ventana mirándola. Y siempre acudía a su mente la misma palabra: amatrias.

¿Quiénes eran? ¿Por qué cada vez que las veía, todo su ser experimentaba un terror inhumano, y su vientre parecía querer volverse del revés?

¿Por qué cada noche de niebla había más y más de estas mujeres, si podía llamarlas así? La última vez había contado doce, todas de aspecto similarmente aterrador, con sus ojos grises mirado en su dirección, y sus rostros mostrando diversas expresiones, desde la burla hasta una sonrisa satisfecha.

Curiosamente, cada día que pasaba, las miradas de burla iban desapareciendo dejando paso a más expresiones de satisfacción.

Ese mismo día se había llevado otra sorpresa, pues ya nada parecía poder causarle pavor después de lo que estaba viviendo.

Una de sus hermanas de congregación le había advertido de que las lentes de colores estaban prohibidas. No hay sitio aquí para la vanidad. Corrió hacia su dormitorio y se miró al espejo.

Sara no sabría decir si lo que más le asombró de sus ojos  es que hubiesen cambiado de color, a un tono grisáceo, o el pensamiento que le pasó por la cabeza. Ante la inquisitiva pregunta de su compañera, en su mente se formó una respuesta despectiva que no llegó a brotar de sus labios.

Era algo insólito, como si algo estuviese cambiando dentro de ella. Al principio lo había descubierto como algo aterrador. Sintiendo que no estaba sola dentro de la casa que era su cuerpo.

Ahora, a medida que cada vez quedaba menos de su antiguo yo, la parte aterrada de su mente iba dejando paso a una curiosidad comparable a la de una niña que estaba descubriendo un nuevo mundo sin límites en su interior.

Lo peor de ocultar había sido la piel, pero los hábitos ayudaban bastante, irónicamente. Más fácil de ocultar, pero más aterrador, eran los dientes.

Uno a uno, los dientes se le habían ido cayendo, entre borbotones de sangre, y unos puntiagudos y más afilados habían comenzado a sustituirlos, perforando las encías e hiriendo la lengua, que nunca parecía estar lejos de las afiladas sierras óseas.

Sara había elegido el voto de silencio, en un intento de ocultarlo, pero de vez en cuando un hilo de sangre caía por su blanca mejilla, manchando el cuello blanco del hábito.

No podía continuar así, no quería. Sentía la necesidad de descubrir porqué le estaba sucediendo eso, qué le habían hecho, y qué querían las amatrias, como había deducido que se llamaban sus perseguidoras.

Esa noche casi recibió con alivio la campana de la niebla, y después de la cena, esperó a que todo el convento estuviese dormido antes de salir al patio central.

Allí estaban, como sabía que ocurriría. Tres de las mujeres parecían estar esperándola. Sin decir nada, cuando la vieron llegar, se volvieron sobre sus pasos y caminaron en dirección al bosque. Sara las siguió. Entre la niebla, apenas podía ver las figuras altas y calvas que la guiaban. También entre las brumas, puedo ver como desde otros puntos de la noche, salidas del bosque y de entre los edificios, otras comos ellas encaminaban sus pasos hacia el mismo lugar.

Traspasaron la hilera de cipreses, y al llegar entre los pinos, una a una, se fueron colando por una abertura que había entre tres rocas naturales, ocultas por la maleza.

Sara fue la última en descender, y tras ella, la niebla pareció volverse más intensa fuera.

Dentro de la pequeña caverna había una puerta, no parecía tallada por ninguna mano humana, pero sin duda tampoco era natural.

Sara se introdujo en ella, y a pesar de la oscuridad, se sorprendió al comprobar que podía ver claramente lo que le rodeaba.

La angosta pendiente descendía delante de ella, y unos escalones también labrados en la roca la condujeron a bajo, muy abajo.

A ambos lados del pasadizo numerosas grutas y pasajes se abrían. De algunos provenían gritos, de otros extraños olores, y otros, emanaban una oscuridad tan brutal que ni sus ojos podían traspasarla.

Pero sin saber cómo, Sara supo cuál era el camino a seguir. Descendió durante un largo rato, tanto que le pareció una vida, y cuando su corazón ya empezaba a acelerarse por la inquietud y la impaciencia, se abrió ante ella una enorme caverna natural.

Pudo ver que era alta, unos diez metros de altura, y que no había más salida que la que ella había dejado atrás.

En su pared más lejana, un altar de piedra y arenisca se apoyaba en la pared, y sobre él, medio desmayado, un hombre, el monje que había desaparecido hacía unas semanas del monasterio.

A su alrededor, contemplándola, docenas de amatrias, pudo contar veinticinco, la miraban. Sus ojos grises, inquisitivos e impacientes, le lanzaban una mirada imperativa.

Sara caminó hacia ellas, hasta el centro de la gruta, e intentó hablar, pero de su garganta sólo surgió un sonido gutural. Resignada, se adelantó hasta el altar. Allí, en pie junto al hombre, había una mujer de edad avanzada.

Su piel era pálida, y presentaba las mismas marcas que las demás, pero numerosas arrugas hacían caer su piel como pellejos sobre sus pliegues y sus ojos mostraban un brillo apagado, cansado, aunque no habían perdido un ápice de decisión.

La mujer la miró a los ojos, y asintió. Avanzó en silencio, con un cuchillo de piedra en la mano, y en un solemne movimiento, cortó las venas de su muñeca.

La sangre negra manó en cuajarones, manchando el chuchillo. Después dio un paso hacia Sara, y se lo entregó, antes de caer al suelo.

Sara miró el cuchillo, ahora en su mano, y sintió el impulso de lo que tenía que hacer.

Sus ojos sin pupila se fijaron en los enloquecidos gestos del hombre, y caminó hacia él sin quitarle su mirada de encima. El hombre la vio venir, y aulló de terror. Sus gritos resonaron en la caverna, y subieron por la escalerilla trasportados hasta el Cerro por la niebla.

En dos rápidos cortes, Sara cumplió el rito iniciativo que la convertiría definitivamente en amatria. Un sentimiento de gozo y de plenitud como no había sentido nunca la embargó cuando se giró, y levantó su trofeo.

Tras ella, la sangre del monje se derramaba sobre el altar manchando la túnica gris de la amatria muerta, el mismo icor rojizo que ahora resbalaba por su brazo, mezclado con el semen que rezumaba de los genitales que acababa de arrancar.

Un siseo espeluznante estremeció las rocas del Cerro, cuando las demás mujeres corearon la llegada de una nueva compañera, y Sara sintió una integración y una entrega compartida que ningún hombre podría imaginar jamás.

Pero aún quedaba una cosa por hacer.

 

***

 

La noche era fría, y la niebla había hecho que Ana volviese pronto al hotel. La pequeña pensión a los pies de la impresionante figura del cerro estaba casi vacía, así que después de cenar subió a su habitación y se quedó dormida.

Esa noche tuvo un sueño terrible. Soñaba que la puerta se habría, y que una mujer sin ojos y sin pelo, vestida con un hábito gris entraba en la habitación.

Sin  decir nada, la mujer le ordenó que se entregase a ella, y Ana sintió como si esa mujer fuese en realidad un hombre, y la poseyese toda la noche. Sus gritos nocturnos tuvieron que ser escuchados en todo el hotel, tal fue la intensidad placentera del sueño.

Después la mujer se marchó dejándola totalmente agotada, y cubierta de sangre y fluidos.

Al despertar, Ana sintió un escalofrío, como si alguien caminase sobre su tumba.

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