No es fácil saber qué decisión tomar en cada momento. Puedes equivocarte, o puedes acertar, pero siempre existe esa incertidumbre que te hace decirte a ti mismo, “¿y si…?”.
Eso le sucedió a Rafa la noche del 21 de diciembre en que decidió saber qué se siente con la llegada del invierno. Había decidido esperar sentado frente al reloj a que éste diese las nueve y diecisiete minutos de la noche, momento en el que entraría el Invierno, y su hermano el Otoño abandonaría las ya viejas tierras del año 2005.
Rafa era un joven normal, delgado, pelo negro. Su única característica un poco inusual era el mechón dorado que caía desde su mata de pelo.
Lentamente, la manecilla del reloj de pared fue acercándose al minuto decisivo, y llegó a él. Nunca antes Rafa se había dado cuenta, pero si te fijas bien, puedes ver que la llegada de las estaciones tiene algo de magia, como si durante un segundo, el tiempo se hubiese detenido. Lo raro fue que en esa ocasión ocurrió de verdad. La manecilla no continuó su camino, detenida en el minuto diecisiete de las nueve de esa noche.
Extrañado, Rafa se levantó, y hasta que no lo hizo no pudo ver al niño pequeño que había sentado en el taburete que había al lado de la mesa de madera.
– ¿Quién eres? – le preguntó al niño, al que ni conocía ni debía estar ahí.
– Soy aquel al que esperabas, querías verme ¿no? Soy el invierno.
Rafa no lo dudó, desde luego, en aquel niño había mucho de inusual. No era su aspecto, eran sus ojos, inteligentes y vivos, y antiguos, muy antiguos.
– Quiero que vengas conmigo, Rafa, – continuó – te he elegido a ti para hacer un viaje a mi lado. Un viaje que ya has decidido emprender, y que ya ha empezado.
Y tras decir esto, el niño se levantó, le cogió de la mano, le acompañó hasta la puerta de madera, y la abrió. Sin saber cómo ni porqué, Rafa dio un paso al frente y se sumergió en la oscuridad.
Contrariamente a lo que había esperado, Rafa no apareció en el jardín de su casa, sino en otro lugar distinto. En una habitación pequeña, de paredes de granito y arenisca, color tierra, y que parecía muy antigua. En su centro, un gran reloj esférico que sólo parecía marcar cuatro posiciones sonaba lejano, como un viento distante.
Sin decir nada, el niño abrió otra puerta y la luz casi le cegó. Entraron por ella.
La sala contigua era grande, brillante y colorida. Estaba repleta de pedestales y atrios donde descansaban una miríada de vitrinas de todas formas y tamaños. Cada una de ellas, guardaba en su interior una flor de increíble belleza. Rafa pudo notar, incluso, que ninguna flor se parecía a otra de la sala, o a cualquier flor que él hubiese visto.
– Aquella es mi hermana menor, – dijo el chico mientras señalaba a una dulce niña de ojos azules, pelo rubio y rizado, que parecía estar embarazada. – Es Primavera, y estas flores son los regalos que le traen sus pretendientes cada año. Pero todavía no ha llegado su tiempo, o quizás ya pasó.
Siguieron caminando hasta atravesar otra puerta, a medida que lo hacían, el chico parecía crecer, y volverse más adulto. “Es porque yo siempre cambio, – le dijo a Rafa – soy el primero y el último de mis hermanos, pues conmigo empiezan y terminan los años. Ellos son inmutables, yo cambio, porque así debe de ser”.
Llegaron a otra sala más grande todavía. Tan grande, que Rafa no podía ver las paredes de ambos lados, su suelo estaba cubierto de arena y a lo lejos, parecía escucharse el sonido de olas rompiendo y barcos de vela marchándose o viniendo.
A lo largo del camino, sobre la fina arena, Rafa pudo ver unos globos de cristal de diferentes tamaños, y cuando se acercaba a alguno, en su interior parecía haber paisajes enteros de lo más variado.
– Este es el hogar donde mi hermano mediano espera su momento. Y estos son los regalos que Verano recibe de sus elegidos. Paisajes eternos de estío, que nunca se perderán ni se marchitarán.
A lo lejos, un hombre joven y desnudo les saludó, antes de sumergirse de nuevo en la contemplación de las esferas y los paisajes brillantes y sin cambios de su interior.
Pasaron la siguiente puerta, y les recibió un bosque ocre, repleto de árboles que dejaban caer sus hojas amarillas al suelo, a centenares, pero que parecían no agotarse nunca. La alfombra de hojas crujía a su paso, y el frío y la niebla llegaron hasta Rafa.
– Aquí vive Otoño, mi hermano gemelo. Nacimos juntos, pero yo llegué unos instantes antes. Es curioso, debía haber sido al revés, pero no lo fue.
– ¿Qué regalo pide a sus elegidos Otoño? – preguntó intrigado Rafa.
Invierno señaló hacia arriba, y allí, un hombre gordo, encaramado a un árbol parecía olisquear y contemplar unas enormes frutas de color negro.
– Melancolías, recuerdos, esencias, sueños tardíos. Los recolecta y guarda para siempre, como si fuesen frutos del bosque y su más preciado tesoro.
Continuaron caminando, y traspasaron la última puerta. Entraron en una biblioteca, el reino del Invierno. El aire olía a pergamino, a tinta y a sueños. Toda la biblioteca estaba repleta de estantes, era inmensa. Pero no sólo había libros, también esculturas, maquetas, instrumentos musicales extraños.
Lo más raro fue que al fondo, muy lejos, había una puerta pequeña, casi escondida. Si Invierno era el último de los hermanos, ¿A dónde llevaba esa puerta? – se preguntó Rafa. Es una pregunta que nunca encontrará respuesta, se dijo.
De repente, Invierno dio un respingo. Ahora era un hombre de edad adulta. Su mano señaló algo que Rafa no había visto hasta ese momento. Al fondo, cerca de la puerta, tres figuras se ocultaban en las sombras, incapaces de esconderse ahora que había llegado el señor del reino del Invierno.
Las tres figuras parecían buscar algo e el suelo. Se les debía haber caído. Uno de ellos se alzó, con algo en la mano.
– Son los Ladrones de Tiempo – dijo – están robando los dones del invierno.
Rafa, sin pensarlo, se lanzó a la carrera. Atravesando estanterías, escaleras, mesas, llegó hasta los hombres oscuros, y agarró de la túnica al que llevaba el objeto en su mano.
El hombre tropezó, y sus ropajes cayeron al suelo. Su piel era amarillenta, apergaminada. Su cabeza calva y sus ojos negros, perdidos. Lo más aterrador, era que su vientre parecía traslúcido, como los cristales empañados de un baño. Y en su interior parecían gritar personas y cosas. Parecían sufrir mucho.
Sorprendido, el ladrón emitió un chillido agudo, y dejó caer lo que había robado antes de unirse a sus hermanos y desaparecer en las sombras. Rafa apenas tuvo tiempo de coger al vuelo lo que el ladrón quería robar, antes de que golpease el frío suelo de mármol.
Invierno caminó hacia él, y le ayudó a incorporarse.
– Gracias, – le dijo – esos ladrones suelen acecharnos a mí y a mis hermanos, y se llevan nuestros regalos para consumirlos. Lo peor de todo es que a veces lo consiguen. Y no hay regalo más precioso que los dones del Invierno. Porque el día que se terminen, y que roben el último, ya no habrá más estaciones, ni más años, ni más inviernos.
– Pero – objetó Rafa – los regalos de tus hermanos parecían infinitos, y más que eso. Esta biblioteca es muy grande. ¿Cómo puede nadie robar algo que cada año crece?
– Muy sencillo – le contestó el hombre de barba blanca que era ahora Invierno – mis hermanos exigen dones a sus elegidos, y no dan nada a cambio, más que los regalos de la primavera, el verano y el otoño. Pero yo soy distinto, para que todo continúe, y haya un nuevo año, y un nuevo ciclo, a cambio del don, ofrezco un regalo. Y es tu turno. ¿Qué me darás libremente, joven Rafa?
– No tengo nada mío, – dijo – sólo lo que soy. Lo único especial que puedo darte es mi mechón de pelo dorado.
– Y yo lo acepto, no hay regalo mejor. – y diciendo esto, lo cortó con unas tijeras de plata. Después, se encaminó hacia una cesta repleta de frutas de cristal y joyas: fresas de rubí, moras de topacio. – Lo que tienes en tu mano pertenece a esta cesta. Quiero que te lo quedes, es tu regalo, para el mundo. De cada una de ellas nacerá una criatura especial, una mujer que traerá la paz al mundo, un artista como no ha habido otro, un amor verdadero, o el último dragón. ¿Qué nacerá de la que tienes en tu mano?
Rafa despertó cuando el reloj dio las diez de la noche. Se había quedado dormido y había tenido el sueño más raro de su vida.
Un poco temeroso, se levantó, y fue al salón. Contempló su reflejo en el espejo, y supo que todo había pasado de verdad. Su mechón dorado no estaba.
Lentamente, abrió la mano que había mantenido cerrada hasta ese momento, y pudo ver la hermosa bellota de plata que aferraba.
Con una sonrisa. Rafa Salió al jardín y plantó la bellota en el mejor sitio de éste. Después, entró en casa y se preparó la cena.
Habría un Invierno más en el mundo, se dijo, y ¿quién sabe lo que saldría de la bellota dentro de mucho, mucho tiempo? – le decía lejana la voz del Invierno.

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