Chakron

Xin Wong y Shuan-Yih corrían seguidos de cerca de los sabuesos infernales. Estas bestias, que llegaron poco después de la llegada de los Ichar, eran enormes seres con forma de perros musculosos, de más de dos metros de largo, achatados y con cortas patas, pero de una ferocidad inigualable.

Ambos amantes habían abandonado los refugios de la periferia de Pekín para buscar algo de comida, pero durante el regreso, las bestias Ichar les habían olfateado y ahora corrían por sus vidas.

El sudor caía por la frente de Xin Long, y su compañera corría tras él tropezándose con los escombros y resbalando en los cristales rotos de la desierta avenida. A lo lejos, podía oír los aullidos de los animales de caza, que más asemejaban gruñidos. No reconocía las calles, por lo que se detuvo y echó un vistazo a su alrededor, para orientarse.

En un segundo, Shuan Yih estaba a su lado, con los botes de comida y las bolsas en sus brazos. Shuan Yih le hacía sentirse orgulloso, no solo se jugaba la vida en estas salidas, buscando comida con la que alimentar a los niños del refugio, y a los sin mente, sino que no se quejaba ni demostraba temor. Ella corría en silencio, y sólo se oía su respiración entrecortada, casi jadeante.

La calle al completo estaba cubierta de coches destrozados, trozos de edificios y cristales rotos que cubrían el suelo como una alfombra. Los esclavos de los Ichar habían arrasado las abandonadas calles, buscando presas, y alimentándose de los cuerpos de los sin mente que no habían podido ser llevados a lugar seguro por sus familias.

A lo lejos, entre los colosales edificios del distrito centro, las calles silenciosas les llevarían hasta su refugio, dentro de un antiguo bunker de pruebas del ejército. Allí, les esperaban sus familias, amigos y compañeros, junto a otros cientos de familias más. Todos ellos tenían a su cuidado niños y ancianos, pero lo peor era el cuidado de los sin mente, como les llamaban los más jóvenes. Éstos, no eran otros qu los desgraciados miembros de sus familias que habían corrido el más triste de los destinos a manos de los Ichar. Habían perdido la mente en sus encuentros con..

– Chakron… – dijo Shuan Yih. Asustada.

Sorprendido, Xin Wong escuchó en silencio. Efectivamente los perros infernales se habían alejado de ellos, y sus aullidos se escuchaban lamentando el banquete que habían perdido. Eso sólo podía significar una cosa. Él estaba cerca.

Soltando los alimentos, se subió en un coche quemado, y pudo ver al más odiado de los demonios Ichar que habían llegado a China, Chakron.

Lo primero que pudo observar, allí, lejos, a cientos de metros calle abajo, fue cómo las calles parecían cambiar como si una oleada de maldad infernal se estuviese extendiendo en su dirección. Los edificios primero, y tras ellos todos los objetos y las calles, estaban adquiriendo una tonalidad macilenta, ocre, como si todas las cosas estuviesen ardiendo por dentro con fuego y negrura.

En pocos minutos, en los que ninguno de los dos pudo dar un solo paso por el terror, la oleada de maldad llegó hasta ellos, extendiéndose como un cáncer, voraz y maligna. Todo alrededor de la pareja parecía haberse convertido en un reverso oscuro, en una copia maligna e infernal de la ciudad. Los edificios relucían ocres a la luz de las farolas que vomitaban una luz impía. El fuego parecía arder sin llama calle abajo, el cielo se había tornado también ocre, como si la contaminación reflejase la luz amarillenta e insana de la ciudad.

Xin Wong reaccionó, dando un tirón del brazo de Shuan Yih, pudo arrastrarla fuera de la calle, tras un muro abandonado en una antigua tienda devastada por la guerra. Las latas sonaron secas al caer al suelo, pero ellos pudieron buscar un refugio.

Ambos sabían lo que vendría después. Todo comenzó como un pequeño susurro, casi un aullido apagado que venía en la distancia. Poco a poco, el rumor se fue convirtiendo en un aullido espectral, y las infernales calles se vieron inundadas por lamentos y gemidos. Entonces los vieron. Ante ellos, caminando por las calles, pasando a través de las paredes de los edificios e incluso a través de los cuerpos de ambos, una legión de espíritus, que habían bautizado como la Corte Doliente, les rodeó sin verlos.

Miles, decenas de miles de figuras fantasmales llegaron gritando, gimiendo, y llorando por sus cuerpos perdidos, siguiendo la estela de la maldad infernal que les precedía. El viento comenzó a aullar en sus oídos, y los gemidos de los espíritus se unían a él en una cacofonía ensordecedora.

Las figuras fantasma, a través de la cuales Xin Wong podía ver, pasaron de largo, sin verlos. Había de todas las edades y condiciones, mendigos ancianos, jóvenes ejecutivos, niños que flotaban en el aire, envueltos en harapos, mujeres con vestido de novia que arrastraban los pies llevando una condena eterna, lamentando todos ellos la vida y la dicha que les habían sido arrebatadas.

Tan rápido como llegó la ola penitente, pasó. Los aullidos dejaron en un suspiro paso a un silencio sepulcral, y donde antes las calles estaban llenas de una luz infernal, u ocupadas por doquier por espíritus dolientes, ahora sólo se percibía una nada silenciosa. Tan silenciosa, que el vacío parecía zumbar n los oídos de ambos.

El suelo, el cielo, los edificios, todo, adquirió un tono gris ceniciento, como si un volcán hubiese estallado, llenando de cenizas toda la ciudad, y cubriendo todo con una capa color hueso gris.

Xin Wong miró a su amada a los ojos, y pudo ver su imagen casi en blanco y negro, como si el color no se atreviese a permanecer en presencia de Chakron, a medida que Éste se acercaba.

Ella, el tomó las manos, y él la abrazó, atrayéndola hacia su cuerpo, al tiempo que se apoyaba contra el muro que les protegía, pero que ambos sabían que no podría para lo inevitable. Una lágrima resbaló por el rostro de Shuan Yih, mientras besaba a su amado, y ocultaba la cabeza bajo el pecho de él.

Xin Wong, sin embargo, prefería ver al Ichar. Y lo hizo.

Plantado en el centro de la calle, caminando a un palmo del suelo, como apoyado en un camino invisible, una figura solitaria caminaba calle arriba sin prestar atención a nada ni a nadie a su alrededor.

Chakron poseía un aspecto delgado y fibroso, su piel era completamente negra como la obsidiana, y sus ojos completamente azul oscuros sin pupila. Su cuerpo sólo poseía pelo en la larga barba, atada en apelmazadas trenzas, como los antiguos mongoles. Sus dientes, también negros y afilados, parecían sonreír con una sonrisa resignada, como un padre que ve a sus díscolos hijos equivocarse. La Muerte del Año Nuevo, bautizado así por el día de su llegada, ni siquiera le sprestó atención, parecía muy triste y muy cansado, y continuó su camino.

La misma secuencia que habían contemplado antes se repitió en orden inverso. Primero, el gris hueso dio paso a los aullantes muertos que seguían al Ichar, y después el infierno volvió a encarnarse en la tierra para dejar, por último, paso a las silenciosas calles devastadas.

No fue hasta minutos después que Xing Wong pudo moverse. Asombrado de conservar su vida, o mejor dicho, su espíritu, se quedó perplejo. No podía ser mentira, Chakron robaba las almas de todos aquellos que permanecían en su presencia, lo había visto cientos de veces en las cámaras abandonadas. Allí donde Él pasaba, sólo quedaban los cuerpos inertes de los desgraciados que perdían sus almas, las cueles se unían al séquito del Ichar.

– Shuan Yih, despierta, tenemos que movernos- susurró a la chica que continuaba abrazada a él. – Vamos, pueden volver.

Sin embargo, ella no contestó. Temeros de mirar, Xin Wong le alzó la cabeza, y pudo ver como la piel de ella se había vuelto pálida, y sus ojos abiertos no reflejaban ningún sítoma de comprender las palabras de él.

¡Era cierto!, ella se ha marchado – fue lo primero que pensó. Sin embargo, un susurro no le permitió continuar. Levantó la cabeza para contemplar, allí a escasos metros de él, la figura trasparente de su amada Shuan Yih, mirándole en silencio.

Con un leve ademán, ella se despidió de él, y partió tras la estela de su nuevo amo para unirse a la legión de espíritus. No sin antes echar un vistazo tras ella para contemplar las lágrimas de Xin Long.

En los brazos del joven, el cuerpo sin mente de su amada seguía respirando, y sin poder perder un segundo en pensar en lo sucedido, ni porqué a él no le había sido arrebatada su alma, se echó el cuerpo de ella sobre los hombros y cogió un paquete de comida con su otro brazo.

Así, Xin Wong continuó en silencio el camino, un camino que dos amantes emprendieron, y por el que sólo un regresaba completo. Aunque con el corazón destrozado.

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