– Ceja tus empeños, joven bibliotecario – le decía la voz de su maestro muerto.

Agnus Johanson sabía que no era real, que la voz recriminatoria que le reprendía era fruto de su imaginación, o de su miedo, pero casi podía oír la voz siseante del que durante sus años de aprendizaje había ido su mentor.

Esa misma voz que le había hecho jurar, con un hilo de fuerza, y en su lecho de muerte, que continuaría la labor de su Orden. Una Orden que ahora se componía sólo de él.

Quizás movido por la pena, o por un sentido del deber que tal vez al final le había conseguido inculcar, Agnus había asentido y jurado dedicar su vida a recopilar los saberes perdidos. Los saberes muertos, los llamaba su fallecido mentor.

Así, durante años, el ya no tan joven bibliotecario había recorrido los anaqueles, estantes, ruinas, castillos y templos que muchos habían olvidado, o que consideraban meras ruinas saqueadas.

Quizás por su fino olfato, o más probablemente por las enseñanzas recibidas, Agnus conseguía sacar petrólelo de donde no parecía haberlo.

Muchas eran las órdenes secretas, los culos paganos, los coleccionistas celosos de su riqueza, medida en manuscritos, volúmenes incunables, primeras ediciones y demás fuentes de sabiduría pagana y ultraterrena. Y muchos habían sido a lo largo de la historia los escondites usados para guardar sus obras de referencia, así como para practicar sus ritos.

Templarios, Cainitas, brujos y nobles vendidos al maligno habían poblado castillos, y dejado en ellos sus escritos y sus historias.

Agnus los había perseguido y recopilado con dedicación ejemplar, y su maestro habría estado orgulloso de los logros de su pupilo, de haber estado vivo.

– No pases por ahí, ¿no recuerdas nada de lo que te enseñé? – repiqueteó la voz del maestro, la forma que había tomado su conciencia y su subconsciente para recordarle que a veces, un poco de prudencia no estaba de más.

El tono recriminador había dejado paso a un ligero temblor en la voz, lo que le indicaba que quizás no estaba tan seguro de lo que iba a hacer como pensaba en un principio.

Agnus había seguido la pista de un viejo tomo pagano, que adoraba a unos seres primigenios y arcanos, y cuya antigüedad databa de principios de la civilización humana.

Nada extraño por otro lado, si no fuese porque después de tantos miles de años, Agnus había la pista de su paradero encontrado en un lugar que parecía haber sido recientemente usado en una especie de misa macabra.

En la cueva, a la que sólo se podía acceder buceando por debajo de las rocas de la escarpada costa irlandesa, un siniestro altar yacía a los pies de la estatua de un ser de aspecto aterrador, y tamaño colosal. Una criatura flanqueada por otros dos seres alienígenas y que parecía fiar directamente la vista en cada punto de la sala.

Los apéndices similares a tentáculos, y los rostros desprovistos de rasgos humanos le convencieron de la importancia de ese culto pagano, que quizás databa de los tiempos de los primeros chamanes de las islas esmeralda.

El altar, de piedra caliza, aparecía desgastado en el centro, formando una pequeña cavidad en la que se acumulaba un pequeño charco de sangre que, esperaba, fuese de animal.

Los rostros, por así llamarlos, de las tres figuras que le observaban, parecía mirar anhelantes al bibliotecario, y la luz resbalaba sobre ellos dándoles el aspecto de estar vivos.

Las olas que batían contra la parte exterior de la caverna que guardaba el milenario altar tampoco contribuían a darle un aire tranquilizador a todo el conjunto.

El batir de las olas repicaba como tambores en la lejanía, y Agnus, con prisa por primera vez en su vida, recorrió toda la caverna en busca de algo que su olfato considerase interesante.

No fue hasta que encontró el pozo de agua dulce y la tela desgarrada que recogió del suelo en sus cercanías, que sintió que de nuevo estaba sobre la pista.

Con temor, Agnus se asomó al cristalino pozo de aguas claras, que parecía irradiar una luz espectral desde su interior, pero no pudo ver el fondo.

Contempló como las escarpadas paredes descendían metros, y metros, y metros, hasta parecer sumergirse más profundo de lo que hubiese creído en un principio.

Al final, a pesar de la luz, parecía que el pozo se sumergía en profundidades ignotas, y el bibliotecario se preguntó si algún buzo se atrevería a entrar ahí abajo, y que encontraría.

El rastro de sangre seca que parecía partir del alta de piedra y llegar hasta el borde del pozo, casi oculto por la negra roca del suelo y la pared de la cueva, le daba una ligera pista de lo que habría allí abajo.

Un susurro de viento hizo que le recorriese un escalofrío, y pronto se percató de que allí no debería haber la más mínima brisa.

Inquieto, francamente asustado más bien, se sumergió de nuevo en las aguas del mar y buceó fuera de la caverna con el trozo de tela que había encontrado como única prueba de las extrañas e inquietantes maravillas que había visto.

Continuará…

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