– “Dejarían de existir las flores” – esa frase se le había quedado grabada en su mente. La había pronunciado, a modo de despedida y al mismo tiempo, como respuesta a su pregunta, una vieja adivina de la zona.

Juan Olmedo miró a su alrededor y contempló el paisaje que le rodeaba. Frente a él, al otro lado de la carretera, la tapia blanca del cuartel militar estaba casi tapada por cientos de personas que se agolpaban, igual que en su lado de la calzada, a la espera de ver el paso de la Virgen del Cerro.

Una vez al año, la gente del pueblo subía al Cerro de los Ángeles, pasaba el día en sus laderas, comiendo, bebiendo y entregándose a la cosa más parecida a una bacanal romana que Juan había visto.

Las rojas amapolas competían con vigor contra las espigas de trigo que surgían salvajes a ambos lados del camino que conducía desde el cerro hasta la población de Getafe. Era

Este camino el que la tradición decía que la Virgen debía recorrer para pasar tres semanas, ni un día más, bendiciendo a los habitantes de la ciudad.

Como todas las tradiciones de pueblos y ciudades, su origen se había perdido en el principio de los tiempos de la ciudad, y eso le había traído aquí. Juan era escritor, o quería serlo. Había dejado su puesto como jefe de documentación en un periódico para intentar escribir un libro, su libro.

Juan intentaba comprender, describir y ahondar en cada tradición importante de la geografía española. Las fiestas de sus pueblos tenían un origen, y él era experto en descubrirlo, en hurgar en las bibliotecas y la historia local como lo haría un cirujano en busca de un tumor que extirpar.

Su libro estaba terminado, casi. Le faltaba el toque final, algo que lo hiciese mágico, especial. Que lo convirtiese en algo más que un libro de geografía que contaba la historia de fiestas de todo el país.

 

Esperaba encontrarlo aquí, en Getafe, y había leído a tiempo el artículo sobre las peculiares fiestas locales. A tiempo para venir, a tiempo antes de que se agotase el anticipo de su editor.

Las nubes amenazaban lluvia, y el sol no se había asomado en todo el día. “Es la tradición, siempre llueve el jueves que bajan a la Virgen” – le había dicho una señora de unos cincuenta y muchos años que esperaba a su lado el paso de la carroza de la Virgen. Carroza, curiosa forma de llamar al paso ceremonial de la Virgen.

Siempre en Jueves, – pensó. – Siempre la bajan en jueves. Siempre. Y siempre llueve. O eso dicen. Por lo menos parecía que la tradición se iba a cumplir ese año también.

Había estado investigando durante una semana en barias bibliotecas de Getafe y los alrededores, incluso en la curiosa Biblioteca del Cerro de los Ángeles. Ésta estaba justo al lado de la iglesia donde la Virgen pasaba la mayor parte del año y era un sitio, por lo menos, curioso. Por no decir extraño.

Un día, salía tarde de la Biblioteca, de madrugada, pues en esa época sus puertas permanecían abiertas todo el día y toda la noche, y los estudiantes se afanaban en retener los jirones de conocimiento entre los crujidos nocturnos de la estructura de madera.

Al salir al patio del monasterio, todo se quedó en silencio. Sólo el viento parecía hacer algo de ruido, y entre las cosas que contaba parecía haber palabras tejidas con el susurro de los árboles.

Al día siguiente, con el extraño recuerdo del cerro que parecía hablarle comió con un amigo suyo de la infancia, el ayudante de un constructor local que le recomendó que visitase a una vieja pitonisa.

Después de pagarle la vista, ella le echó las cartas, e quitó el mal de ojo y le aseguró que debía ir a la procesión de la Virgen, pues en ella vería el verdadero sentido de esa fiesta.

También le dijo que esa tradición se repetiría cada año durante los próximos siglos, pues así la ciudad prosperaría.

– ¿Y si la tradición no se cumple un año?

– Dejarían de existir las flores.

Al principio esta frase le dejó descolocado, sin comprender qué quería decir. De todos es sabida la fama de los videntes y adivinadores de hablar con acertijos, pero ahora, allí, en la procesión, comprendió a qué se refería.

Era primavera, y las amapolas cubrían todo el camino, entre los árboles y en las laderas, llenando de brillo y color todo el paisaje.

Las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer ya, y Juan anotó este hecho en su libreta para incluirlo en su crónica. Esto le daría un toque especial. Casi mágico, sonrió para sus adentros.

Un sonido lejano sonó. A pesar de la distancia, Juan pudo sentir como si una ola de electricidad estática recorriese ladera abajo toda la zona. Las campanas del cerro habían sonado y la gente comenzó a mirar en la dirección en la que vendría la Virgen

– Ya viene – dijo la mujer con una emoción en la voz que parecía haber sido despertada por el repicar de las campanas, mientras se aupaba sobre las puntas de sus pies para intentar ver un poco más lejos.

La emoción duró casi una hora. La Virgen salía al caer la tarde ese jueves, y llegaría al llegar la noche a la Iglesia de la Magdalena, la catedral de más de quinientos años de antigüedad, símbolo del obispado de Getafe.

El paso lento de los costaleros se sentía incluso a cientos de metros, los tambores acompasaban su ritmo al de la procesión, repiqueteando como lamentos lanzados al aire. Ninguna figura de autoridad acompañaba el paso, sólo aquellos que hubiesen sido elegidos como costaleros podían ir a su vera hasta la llegada al pueblo. La Virgen debía recorrer la primera etapa de su camino sola. Guiada por la Cruz que llevaba el monje más joven del monasterio.

La mujer, y la mayoría de las personas que estaba a su alrededor rompieron a llorar cuando la imagen llegó frente a ellos.

Era pequeña, pero a su paso despertaba una emoción y un sobrecogimiento contagiosos. Su atuendo era sencillo, estaba cubierta con una corona dorada, subida en un paso de procesión repleto de flores, pero lo que más llamó la atención de Juan fue el manto de terciopelo negro que lucía. Engastado en su negra y tersa tela, cientos de gemas de cristal que por la luz gris del cielo parecían apagadas y tristes.

La banda de música que la seguía pasó de largo, en pos de ella, y tras ella continuaron su camino los penitentes y los peticionarios. Docenas de personas que la seguían descalzas, en cumplimiento de una promesa hecha a la Virgen.

– La bendición de la Virgen cae siempre sobre quien cumple sus promesas – le había dicho un cura al que entrevistó. Otra frase para su libro.

La procesión terminaba ya, y la gente iba sumándose a la larga hilera de personas que seguían la carroza a medida que ésta les iba dejando atrás. Jun metió su libreta en su bolsillo, y bajó a la alzada para unirse a la procesión. Sin embargo, una mano le detuvo.

Sobresaltado, se giró y lo que vio fue lo más extraño que se hubiese esperado contemplar en una procesión cristiana.

Un hombre alto, de rostro moreno y ojos negros, con bigote y una delgada perilla de aspecto arcaico le miraba mientras sujetaba su hombro. Lo que más le chocó fue su forma de vestir. Iba ataviado con ropas musulmanas antiguas. A ojo, él calculó que tendrían más de setecientos años. Eran muy lujosas, ricas, como si fuese un sultán, o algo parecido.

– ¿Qué quieres? – exclamó sorprendido mientras la gente que le rodeaba pasaba a su lado.

– Soy tu guía, – respondió el hombre con un acento extraño, antiguo y al tiempo lejano. – sólo quiero guiarte. No debes asustarte.

– No necesito guía, sé muy bien donde estoy y a donde quiero ir.

– No, no lo sabes, Juan. Crees saber lo que buscas de este sitio, de esta fiesta para tu libro, pero te equivocas. No miras donde deberías, o mejor dicho. No miras como deberías.

– He visto cientos de fiestas como ésta, sé lo que necesito. ¿Y cómo sabes que estoy escribiendo un libro? – hasta un segundo después no cayó en la cuenta de que le había llamado por su nombre.

>> ¿Cómo sabes cómo me llamo? – le preguntó extrañado.

– Las preguntas de una en una. Sé que estás escribiendo un libro porque sé muchas cosas y porque lo he leído. Sé cómo te llamas porque me lo ha dicho tu madre, Montse…

– Mi madre está muerta – le cortó Juan entre asustado y molesto porque alguien utilizase el nombre de su madre para dios sabe qué fines.

– También yo.

Esas palabras sonaron en su cabeza como un martillazo. Nada más pronunciarlas, todo a su alrededor pareció cambiar de tonalidad. Del color vivo de la primavera, a un apagado juego de grises. Era como si una televisión en color se hubiese estropeado, y todo hubiese vuelto al blanco y negro. Los sonidos se hicieron más lejanos, y el ruido de la gente a su lado sonaba apagado.

Juan miró sus manos, lo único de color a su acreedor seguía siendo él. Sobrecogido, alzó la mirada hacia su interlocutor, y lo que vio le aterró. Mientras el resto de la gente seguía pareciendo normal, a pesar de la ausencia de colorido, éste había perdido sustancia, y la figura que se presentaba ante él no podía describirse de otra forma que como un fantasma.

Todo él era translúcido, sus ropajes, grises y harapientos, contrastaban con la anterior imagen de esplendor.

– ¿Qué…qué está pasando aquí? – tartamudeó Juan.

– Nada, sólo estás viendo la procesión, la realidad, de dos formas, como la ven lo vivos y como la ven los muertos. No podías comprender el sentido de esta fiesta sin ver el mundo también como lo ven nuestros ojos.

– ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

– Soy el fantasma de quien fue un califa en estas tierras, y mi nombre verdadero no puedo decírtelo. Los nombres tienen poder. Pero puedes llamarme, “el Justo”.

– ¿Qué me está pasando?

– Haces muchas preguntas, Juan, ya me lo advirtió tu madre. No te pasa nada, sólo te he dado un pequeño toque, un empujón para que puedas ver el mundo que va más allá de la piel y los huesos. Es decir, nuestro mundo, el de los fantasmas.

– Querías ver el verdadero significado de estas fiestas, y un amigo me ha pedido que te lo enseñe. Ante de que me preguntes qué migo, te diré que también es un fantasma, habita en el cerro, y le caíste bien cuando dejaste un donativo en su pequeña iglesia. La mayoría de la gente se conforma con ir a la iglesia nueva, a ver a la Virgen, y no se molesta con llegar a la torre de campanario. Tú lo hiciste, y por eso mi amigo, me ha pedido que te enseñe esto.

– Un fantasma en la torre de la iglesia antigua del Cerro, ¡me estoy volviendo loco! – se lamentó en voz alta.

– Me temo que no, por desgracia para ti. Los locos ven el mundo como quieren, y ese es su mayor don y castigo. ¿Sabes? Hace mucho que no le veo, a mi amigo – puntualizó – yo no puedo entrar en el cerro, y él no puede salir. Pero tenemos formas de hablarnos, la Biblioteca nos ayuda.

– Muy bien, no sé que me pasa pero no me queda más remedio que seguirte.

– Nunca me sorprenderé lo suficiente con la gente que llega aquí. Vuestra capacidad de aceptar las cosas es increíble. Es como si el Cerro fuese un faro para toda la gente especial que hay en el mundo.

Al tiempo que decía eso, se volvía, señalando con su huesuda mano la enorme estatua de Cristo que dominaba el paisaje sobre la cima del cerro.

Juan casi podía ver el viento, como una marea gris que arrastraba la lluvia.

– ¿Siempre veis el mundo así? ¿En color gris? – Preguntó.

– Fíjate bien, Juan, no te quedes en lo superficial – le contestó mientras andaba por el borde del camino. – Intenta ver os dos mundos a la vez, los mundos de la luz y los de las sombras.

Juan intentó fijar su vista, intentando saber a qué se refería. Al cabo de unos segundos lo supo. La lluvia. La lluvia no era gris, ni transparente como la había visto hasta ahora. Las gotas de lluvia caían sobre el suelo y los árboles grises, manchando de rojo y negro allí donde se posaban.

– La lluvia es negra, y roja, como la sangre – tembló su voz.

– No siempre, sólo aquí, es el único toque de color que nuestros cansados ojos pueden ver. Por eso venimos aquí cada año. Por eso, y porque es nuestra única esperanza.

– ¿Nosotros?

– Sí, fíjate bien.

Juan volvió a mirar a su alrededor. Buscando. Y allí encontró. Entre la gente, entre los vivos, muchas veces ocupando el mismo sitio que ellos, docenas, cientos de espíritus caminaban en pos de la procesión de la Virgen. Como una procesión silenciosa.

No hacían ruido, y su aspecto variaba desde el traslúcido apenas visible, hasta un gris consistente de alguno de ellos.

Eran estos los únicos que se le quedaban mirando cuando pasaban a su lado, con caras que mezclaban cansancio y expectación. Indiferencia y un ligero brillo de esperanza.

Algunos de ellos vestían ropa harapienta, de un gris apagado, triste y viejo y sus rostros apenas traslucían excepto una triste y serena resignación.

Otros, vestían ropajes menos sobrios, más llamativos, de color gris oscuro, casi negro, y de diferentes épocas. Sus rostros altivos acompañaban su porte majestuoso. Algunos, se dio cuanta Juan, incluso venían en parejas.

Todos ellos, sin embargo, apenas eran visibles a la vista, a pesar de su estado, y él se preguntó si ellos le verían a él de la misma forma, como una sombra intrusa a la que apenas prestar atención.

– Dios mío, cuántos hay. Debe de haber cientos – no pudo evitar decir.

– Miles, seguramente. Y todos siguen a la Virgen con un objetivo.

– ¿Cuál? – preguntó.

– Por eso estás aquí, Juan. – le indicó con una mano que pasase delante de él, en dirección a la ciudad. – Ven, te lo enseñaré.

Caminaron tras la estela de la Virgen, sorteando a los vivos que se agolpaban unos contra otros. Los muertos se apartaban a su paso, la mayoría de las veces, cuando les veían o sentían. Al llegar a la altura de la carroza Juan pudo ver cómo sus dos formas de ver el mundo se mezclaban. La Carroza parecía apagada y gris, pero el manto de la Virgen lucía su negro aterciopelado, y Juan pudo ver cómo los fantasmas no dejaban de mirarlo.

– Pasará un año antes de que vuelvan a ver algo de color en su existencia – le explicó el Justo.

– ¿Pero por qué vienen aquí?

– Por la esperanza. Todos buscamos la salvación, Juan. Incluso los muertos. Cuando alguien muere, a veces, se queda aquí. Algunos no saben porqué, otros, lo averiguan tras muchos años de morar entre las sombras invisibles.

>> Sea como sea, todos queremos ir más allá. Algo nos impele a romper esa barrera que nos mantiene aquí. Pero no podemos. No habitualmente. Algunos lo logran cumpliendo su misión, pero otros, sin saber qué hicieron mal en vida, sólo tienen esta procesión.

– ¿La procesión? ¿Qué tiene que ver la procesión con ir al cielo o al infierno?

– No sabemos lo que hay más allá, Juan. – Meneó su cabeza el Justo, como si sopesase sus palabras. Nos lo imaginamos, pero no puedo decírtelo. No me preguntes.

– Muy bien, entonces ¿por qué estás aquí?

– Yo, porque no puedo evitarlo. Moro aquí. Los demás, porque uno de ellos podrá romper la barrera al caer la noche y pasar al otro lado. Es una gracia de la Virgen.

– Es increíble.

– Es más que eso, ven. Ya llegamos.

Rodearon la carroza, donde doce espíritus compartían sitio con los costaleros vivos. Alguno levantó la cabeza, y saludó silenciosamente a el Justo. La carroza se detuvo, y Juan y el Justo pudieron adelantarla.

Estos doce hombres y mujeres son los elegidos de este año. Espíritus que han realizado una contribución valiosa a las Tierras de la Luz. A tu mundo. Cuando mueres dejas de valorar muchas cosas por las que vivías antes de dar El Paso. La envidia, los odios, en la mayoría de los casos se quedan atrás. Se ve el verdadero sentido de los vivos, la importancia de la vida. Y por eso tratamos de ayudaros en lo que podemos. Por eso premiamos a quienes os ayudan.

– ¿Cómo? ¿Cómo nos ayudan y qué premio reciben?

– De muchas formas, susurran palabras de amor a los amantes tímidos, advierten de los peligros que acechan en un callejón oscuro y solitario. Leen libros y cuentos olvidados a los niños huérfanos.

>> El premio es llevar la carroza de la Virgen, como lo hacen los vivos. Y el motivo de que sea algo tan preciado lo tienes ahí delante.

 

***

 

“La llegada frente a la Base Aérea es todo un espectáculo – decían las guías de la ciudad – todas las autoridades locales, civiles, seculares y religiosas esperan la llegada de la Virgen con el alcalde a la cabeza. Allí, en la rotonda de entrada a la ciudad, le entrega las Llaves de la Ciudad, que recoge el joven guía jesuita que lleva la cruz antes de entrar en al ciudad, cuando el sol se oculta tras el horizonte”.

 

 

Y allí estaban, todos parados mientras el Alcalde de Getafe entregaba al joven la llave dorada de la ciudad. Juan veía, no sabía explicar cómo, los dos mundos a la vez. El suyo, y el de los espíritus que le rodeaban agolpándose, apelotonándose para ver a sus doce elegidos dar un paso adelante frente a la carroza de la Virgen.

Uno a uno se fueron situando frente a la rotonda, que en el mundo de los espíritus no era tal, sino una roca enorme alzada en medio de un camino viejo de tierra. Los edificios que se veían enfrente de la ciudad también tenían un aspecto desolador. Casi derruidos, abandonados, superpuestos sobre los pisos donde los vivos se agolpaban para ver el paso de la Virgen.

Encima de la roca, un enorme huevo tallado en roca negra parecía emanar energía que no se podía ver, sólo sentir en cada por de la piel, en cada hueso, e cada fibra del alma.

– Ahora comienza la batalla – susurró el Justo a su oído.

Sus sentidos captaban la inquietud que se había levantado entre los fantasmas.

– ¿Qué ocurre ahora?

– ¿Ves a esos cuatro hombres vestidos con túnicas de monje negras? Son los Clavos de la Luna. No sabemos porqué, pero intentan impedir que los doce seleccionados lleguen al Huevo.

– ¿Y que es el Huevo?

– Es un símbolo. En realidad no existe, ni en tu mundo ni en el mío. Pero está ahí, no sabemos como. Los doce deben llegar a él, par pasar al otro lado, sea donde sea que lleve. Y todos están dispuestos a hacerlo, pero año tras año los Clavos intentan impedir que lleguemos. De los doce, sólo uno, o dos lo lograrán, pero para nosotros es suficiente esperanza.

– ¿Y quienes son los Clavos?

– Vienen de allí – respondió el Justo señalando a la Luna.

En lo alto, la Luna llena lucía rojiza, dorada por los últimos rayos del sol, y parecía contemplarles expectantes, como un ojo que todo lo ve, y que está juzgando lo que ocurre cada segundo.

– Son siervos de la Luna. Ella, no sabemos por qué, intenta impedir que los doce elegidos logren su salvación. Al principio los Clavos no aparecían, la primera vez que se hizo la procesión doce espíritus lograron tocar el Huevo, que apareció ese día de la nada. La fama del acontecimiento llegó a todos lados, pero al año siguiente apareció un Clavo de la Luna. Sólo ocho pudieron llegar al huevo. Tres años después había dos Clavos, y sólo cuatro de nosotros llegamos.

– Y ahora, sólo uno o dos llegan ¿no?

– Sí, y dice la leyenda que circula entre nosotros, que Getafe prosperará más cuantos más de nosotros logremos la liberación. Una motivación extra. Dejar a nuestros descendientes algo de buena suerte al tiempo que seguimos el camino.

Un rumor les distrajo de su conversación.

– Cinco, …hay cinco – decían a mayoría de las voces.

– Hacía siglos que no aparecía uno nuevo – susurraban otras.

Cinco figuras vestidas con sayos negros se adelantaron al alcalde, que en ese mismo momento daba las llaves al guía. Una desolación indescriptible se apoderó de los espíritus presentes cuando los cinco Clavos de la Luna se situaron entre los doce elegidos y la roca que sostenía el Huevo negro.

Eran altos, oscuros como si hubiesen sido paridos en una noche sin Luna, y así erguidos parecían imparables. Más altos y fuertes que los doce espíritus, cuyo aspecto famélico contrastaba con la robustez de sus rivales.

– ¿Qué pasaría si los clavos ganasen y ninguno de vosotros llegase al Huevo? – preguntó Juan temiendo la respuesta.

– Getafe sería destruida por el destino, la Flor del Sur perecería, todo se perdería. Crisis económicas, un desastre ecológico. Sólo podemos especular cómo sucedería.

Nada más decir esto, los doce rugieron un grito al unísono y se lanzaron a la carrera, por decirlo de alguna forma, hacia la roca.

Los Clavos no se movieron, sus siniestras figuras esperaron que sus insustanciales adversarios llegasen a su lado y entonces comenzaron a segarles como si fuesen trigo.

Uno de ellos, con un movimiento envió a dos espíritus al suelo, y antes de que se levantasen, se giró y agarró a un tercero proyectándolo hacia atrás varios metros.

La lucha continuó durante minutos sin que ni uno solo de los espíritus se pudiese acercar al Huevo. Los fantasmas, barridos por el suelo, lanzados por los aires como peleles, se levantaban cada vez con una expresión de decisión en sus rostros.

El resto de la comitiva fantasmal intentaba animarles, mostrando más emociones de las que podrían acumular el resto del año en su existencia entre las sombras.

Los Clavos parecían dominar la situación, pero uno de los fantasmas logró pasa entre dos de ellos que estaban distraídos vapuleando a otros elegidos.

Corrió hacia la roca a toda velocidad, con una figura negra en pos suyo. Los fantasmales espectadores se quedaron mudos, y Juan pudo notar que sin saber porqué, los vivos también guardaban silencio.

De un salto, el fantasma que se había escapado, el que parecía estar en mejor condición “física” de los doce, saltó sobre la roca y justo cuando la oscura mano del Clavo que le perseguía le aferró la pierna, rozó con las yemas de los dedos la superficie del Huevo. Una expresión de paz y alegría inundó su rostro y su figura desapareció.

Todos prorrumpieron en gritos, algunos, saltaron incluso, sobre piernas en muchos casos inexistentes u olvidadas.

Los Clavos volvieron a su faena intentando impedir que otros fantasmas llegasen a la roca antes de que el último rayo del sol se ocultase.

Cumplida su desesperada misión, los fantasmas cambiaron de estrategia. Diez de los que quedaban se lanzaron sobre los cuerpos negros, sujetándolos.

La comitiva espectral parecía ahora más alegre. Salvado el destino un año más. E incluso reía con la nueva táctica, viendo a los Clavos caer bajo la marea de ultratumba.

Una pequeña mujer, la onceava de la lista, pasó a toda prisa, cojeando, entre las apelotonadas figuras, y trepó como pudo sobre la roca. Una vez más, el fantasma desapareció, como absorbido por la roca negra.

El pelotón de fantasmas que aferraba a los Clavos emitió un rugido de esfuerzo, sin poder contener más las fuerzas de la Luna y salieron volando en todas direcciones cuando éstos se liberaron.

Rápidamente todos se volvieron a levantar, pero de improviso unos y otros se detuvieron. Se había terminado el tiempo.

Por el oeste, justo a la izquierda de las casas de la ciudad, el último rayo del sol se coló por un hueco salido de la nada entre las nubes grises.

Poco a poco, su luz se desvanecía, subiendo a medida que el Sol se escondía.

– Mirad – gritó alguien entre la multitud. Extrañamente no era un fantasma, sino un niño vivo que señalaba el Huevo.

Los vivos siguieron la dirección de su brazo, creyendo que señalaba a la Virgen. Pero los fantasmas sí que vieron lo que él veía. Detrás de la roca, una débil figura se encaramaba a la roca, trepado desesperado. En el último empujón, los clavos le habían lanzado hacia el Huevo. Y así, el tercer fantasma, llegó a su objetivo.

Al principio, nadie pudo reaccionar, pero poco a poco, comprendieron lo que había pasado.

– Tres, ¡tres! – gritaban los espíritus, algunos de ellos emocionados, con lágrimas de rojas cayendo por sus mejillas. Juan no pudo evitar que una lágrima asomase a su rostro al ver al tercer valiente lograr el anhelado premio.

El último rayo de sol culminó su último viaje, proyectando su menguante luz sobre la carroza de la Virgen. El manto repleto de gemas de cristal reflejó este tenue fulgor y lo convirtió en una miríada de luces.

Una lluvia de colores y luces roció a todos los fantasmas allí presentes. Algunos, recibían su toque arrodillados, dando gracias. Otros, más calmados, asentían solemnes porque la Flor del Sur se había salvado un año más de su destino.

Poco a poco, a medida que el espectáculo de luces dejaba paso a un tono gris sin color, todo volvió a la normalidad. Los nueve elegidos que no habían cumplido su meta eran recogidos y vitoreados, por el resto de sus congéneres. Animados en su desdicha, poco a poco se unieron a la tranquila alegría de los demás. El año que viene podrían tener más suerte, y tenían toda la eternidad por delante.

– Hoy has visto algo que no pasaba desde hacía siglos, Juan. Espero que ahora comprendas todo el significado de esta fiesta.

– Ha sido increíble – respondió todavía embriagado por la emoción. – Todavía estoy alucinando.

– Me alegro. Ahora la Virgen seguirá su camino, todavía queda claridad, y debe visitar la ciudad antes de que la luz se extinga por este día. Pero mañana volverá a brillar por estos valientes. Eso seguro.

>> Tenemos que despedirnos, – dijo el Justo.

– Sólo una pregunta. ¿Tú no participas?

– Lo hice una vez, y llegue a toar el Huevo, pero al parecer mi muerte a manos de un instrumento maldito me incapacita para viajar al otro lado de esta forma. No quiero arriesgarme y dejo mi sitio a otros más afortunados.

– ¿Tantos llevas aquí?

– Más de lo que recuerdo – le dijo entristecido. – Debo irme. Sólo una última cosa. Tu madre me dejó un recado para ti. No tengas miedo a la noche, no hay razón para tener pesadillas – sonrió el Justo.

– ¿Qué tal está mi madre? – se atrevió a preguntar a medida que el Justo se desvanecía en el aire.

Una voz traída por el viento le respondió, lejana: “Muy bien, ella lo logró el año pasado”.

 

***

 

Y así terminé mi libro. Lógicamente en mi primer libro sólo escribí sobre la fiesta que todos conocían y su simbología, el renacimiento de la ciudad y su prosperidad.

Pero no podía dejar que lo que el Justo me enseñó se perdiese. Él es uno de los hombres más nobles y valientes que he conocido, y espero que este cuento le haga justicia a él.

En tu mano está creer que es sólo eso, un cuento, o la verdad.

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