La descomunal inteligencia se movía, más rápida que nada que jamás hubiese existido, por las matrices de datos.

Si pusiésemos el tamaño de cada una de estas matrices nuestras mentes enloquecerían, baste decir que si agrupásemos varios multiversos no lograrían llenar uno de los sistemas que las componían.

Tampoco seríamos capaces de abarcar la vastedad de la inteligencia a la que algunos llamarían Dios si fuesen capaces de concebirla y otros, simplemente, padre Cosmos.

Desde luego nadie era capaz de entender sus motivaciones, ni sus intenciones. Pero él había credo los multiversos, los había sembrado, podado y abonado para ver crecer la infinidad de posibilidades.

Uno sólo de los pensamientos que componían esta inteligencia, de los infinitos que se agrupaban en sus procesos mentales, creciendo de forma exponencial, era equiparable a toda la inteligencia demostrada por civilizaciones singulares de miles de millones de años de antigüedad.

La complejidad de sus pensamientos y sus intereses se le escapaba a las civilizaciones más avanzadas de la misma forma que una inteligencia artificial no podía ser, ni comprendida ni vislumbrada por un paramecio.

Era, sin duda, algo descomunal, y hoy estaba haciendo inventario.

Entre la infinidad de matrices de almacenamiento holográfico, numerosos pulsos saltaban chisporrotenado de matriz en matriz, con la energía de cuerdas primordiales, y grabando en ellas los recuerdos de civilizaciones que se unían al todo que conformaba su existencia.

Miles de millones de puntos de luz reflejaban la infinita variedad de civilizaciones y formas de vida que se unían a ella, uniéndose al todo y continuando su desarrollo en comunión con el resto de sus hermanos.

El origen de estas motas de luz, brillantes por si mismas, pero indescriptiblemente hermosas cuando se unían al tapiz, era variado como ellas. Algunas se unían al descubrir sus orígenes, fuesen creados o esporádicos, y alcanzaban un grado de crecimiento de singularidad. Otras cuando descubrían la verdadera función de captación de información de los agujeros negros, las menos, de forma accidental, pero siempre bien recibidas.

Así, en sus matrices, planetas, galaxias y universos enteros eran reconstruidos en la infinitud del espacio y del tiempo, reflejando todo lo que había sido, lo que fue y lo que podría ser.

La descomunal existencia se deleitó con un fugaz destello repentino que, durante unas milésimas, destacó sobre los otros. En breve, las matrices reconstruirían la información trayendo otra civilización al seno de cuanto fue.

El Cosmos contaba con otro miembro.

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