Recuerdo cuando era niño y tenía todo el mundo por descubrir, cuando creía que el mundo podía ser mágico, especial, extraordinario.

Con el tiempo nos vamos haciendo mayores, y vemos que lo que creíamos no coincide con la realidad que nos habíamos imaginado en nuestras cabezas.

El mundo no posee esa magia, la novedad deja paso a la repetición, y pocas cosas conservan ese sabor especiado y chispeante de sentido de la maravilla.

Por suerte, el rol es una de las pocas cosas que escapa a esta regla.

Hasta ahora, los juegos de rol nunca han dejado de sorprenderme, de abrir mi mente a nuevos mundos, de ofrecerme más y más sueños con los que llenar mi vida, y más aventuras con las que vivir.

Ahora que uno es mayor, sacar tiempo para hacer cualquier cosa que no sea algo relacionado con lo que se supone que hacen los adultos, trabajar, ver y cuidar de la familia, los amigos, etc. es más y más difícil.

Pero en las escasas ocasiones en las que todavía puedo jugar, me siento casi como el niño aquel que por primera vez se sento frente a una pantalla de master y descubrió que el mundo sí que podía ser mágico.

Desde luego, las cosas han cambiado mucho, y donde antes eran todo juegos, manuales comprados a amigos de segunda mano, o fotocopiados porque era imposible encontrarlos o pagárlos (ojo, sólo he fotocopiado dos manuales en mi vida, el Akelarre, Ricard, te debo unos euros, y un viejo fiendfolio del D&D. El resto, previo pago, para disfrute de sus editores y autores, que para eso se lo curran).

Pero sigamos con mis divagaciones.

Decía que donde antes había manuales de segunda, en blanco y negro o fotocopiados, ahora hay verdaderas obras de arte a todo color.

Y es que, como todo lo que va madurando, el rol se ha ido convirtiendo en un arte. Un arte que busca impactar con sus mundos, con sus reglas, con sus historias… atraernos hacia su interior rompiendo el lazo que ata nuestra imaginación a este mundo.

Preciosas ilustraciones, increíbles mundos de fantasía y ciencia-ficción, reglas evolutivas, todo ello para envolver lo que comenzó siendo una aventura, y ha terminado siendo casi una “religión”.

Porque, ¿cómo llamar si no a algo que siguen decenas de miles de personas, quizás cientos de miles en el mundo? ¿Algo que hace que se reunan en pequeños grupos observando extraños rituales y usando objetos casi ceremoniales como dados y pantallas de reglas?

¿Como llamaríais a una afición que permite, más que ninguna otra, más que la televisión o el futbol, escapar de la realidad de una forma sana? ¿que nos deja visitar extraños mundos, ser como realmente uno es, o como querría ser, o experimentar lo que jamás sería?

El rol tiene muchas facetas que nadie que no lo haya provado o vivido puede comprender. Es como si alguien trata de entender lo que es comer en El Bulli por las descripciones que otros le dan. Es imposible comprender las puertas que abre el rol si no lo pruebas.

Habrá gente a la que le guste, otra a la que no, y los habrá a los que el rol les apasione. Pero para saber si se pertenece a una clase o a otro debes probarlo.

Cuando oí hablar del rol, en mi juventud, las ideas que me hacía de lo que oía eran algo completamente diferente a lo que realmente representaba.

Esta afición, que cala hasta el fondo, es mucho más de lo que se puede describir.

Y ahora, con la belleza de sus manuales, su difusión por internet y la madurez de la industria se ha transformado en algo mucho mayor.

Quizás no sea tan popular como el futbol, ni esté tan difundido como las revistas del corazón, pero puedo garantizaros que el rol les da cien vueltas en cuanto a entretenimiento, arte e innovación.

 

 

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