Las tinieblas se fueron desvaneciendo a medida que un olor acre y dulzón le llamó la atención, arrastrándole fuera del estado de inconsciencia.

Poco a poco logró centrar su atención en el lugar en que se encontraba, ignorando los avisos de su razón que preguntaba por qué no estaba muerto.

La estancia parecía una cabaña de piel raída, de forma cónica y cuyas paredes se encontraban decoradas con runas y pinturas tribales desconocidas para él. De las traviesas de madera que sostenían la tienda, colgaban numerosos amuletos oscuros, de extrañas formas, elaborados en madera, piel, pumas y huesos.

Toda la estancia era caldeada por una hoguera a su derecha, demasiado cerca de la mesa sobre la que se encontraba amarrado como para ignorar su fin. Los hierros que descansaba al rojo sobre ella no hicieron sino confirmar su situación.

-Déjame contarte una historia – susurró una voz  siniestra. De las sombras del fondo de la tienda surgió una figura reptiliana, cuyos brazos, la única parte que podía observar desde su posición, aparecían adornados por una miríada de escamas de colores que le conferían un aspecto menos amenazador de lo que en realidad la situación indicaba.

Hubo un mundo maravilloso, primigenio, en el que una raza imponente se enseñoreaba como reina sin oponentes ni amenazas.

Era un mundo salvaje, primigenio, brutal, pero repleto de una hermosa belleza natural y de un poder crudo sin parangón.

Los cielos se llenaban de criaturas voladoras milagrosas, los mares estaban repletos de vida…y muerte, y las tierras sobre las aguas, o bajo ellas, nacían y morían civilizaciones de roca, piedra y sangre.

Era un mundo que esa raza dominante llamaba Primigenia.

Los dioses de esa raza caminaban junto a los reyes milenarios que la dirigían, y la magia arcana ponía a los héroes de ese mundo al nivel de las bestias que de cuando en cuanto acechaban Primigenia.

Sin embargo,  era un mundo condenado.

Los padres de los dioses, dioses de dioses, los titanes, habían creado Primigenia para que sus hijos la hiciesen suya, y los hijos de sus hijos dominasen esas tierras, enseñoreándose por cielo, mar y tierra.

Pero el cambio había llegado, y nosotros éramos inconscientes víctimas de él.

En los cielos la guerra había comenzado, y nuestro destino había sido sellado.

Una nueva raza iba a nacer, y el primer signo de la llegada de esos usurpadores fue el despertar de Etherium.

La bestia, un colosal titán de aspecto draconiado, con escamas de oro y gemas, grande como una montaña, devoró a los viejos dioses y titanes, hasta que sólo quedó uno de ellos, Pangeus, padre de dioses y señor de los titanes.

Pangeus se alzó de su trono en los mares hogar y origen de su raza, y se enfrentó a Etherium durante eones.

La lucha, terrible y apocalíptica, devastó el planeta, abrasando las tierras y ennegreciendo los cielos hasta que hubo un vencedor. El usurpador consiguió, mediante tretas y usando la sangre y energías de los propios hijos de Pangeus, abatir a nuestro padre.

Su caída hizo temblar la tierra, y su cuerpo muerto formó lo que conocéis como Las Montañas del fin del Mundo.

Nuestro mundo había llegado a su fin.

Otras razas crecieron y prosperaron, mientras nuestras ciudades derruidas esperaban el olvido, ocultas por la vegetación o el polvo.

Pero esas razas no eran sino un mero intermediario en el cambio de manos del poder en Primigenia.

Vosotros, los dragones, ya comenzabais a despertar, hijos de Etherium, sin saber que, en vuestro alzamiento, los descendientes supervivientes de la raza de Pangeus aguardaría paciente el momento de mostrarse y cobrarse cumplida venganza.

Ese día ha llegado, – oyó Elecril, justo antes de ver la negra hoja rúnica que descendía hacia su pecho.

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