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Berbelith, acudió a la Casa del bosque de mala gana, acompañando a su marido Lion por insistencia de éste.

Entre las casas nobles de la ciudad se había puesto de moda acudir a la Casa del Bosque, y todos aquellos que decían haber acudido hablaban maravillas de aquel lugar, aunque nunca contaban sus experiencias personales.

Varias parejas nobles habían confesado acudir allí, y siempre, entre miradas cómplices y sonrisas pícaras, expresaban su interés por volver.

No era tan fácil, la casa se encontraba en medio de un claro situado en medio del bosque que había en medio de la ciudad, y aún así, sus caminos no eran fáciles de encontrar, y siempre debían hacerse las noches de luna, y a pie.

Por eso se encontraban ahora recorriendo un bosque, de noche, con la única luz de la luna llena iluminando sus pasos.

Berbelith no sabía cómo se había dejado convencer para acudir a este “antro”. Estaba completamente segura de que nada de lo que hubiese en ese lugar podría gustarle, ni la convencería de hacer ninguna de las cosas extrañas que el resto de nobles decían que allí ocurrían.

Tampoco estaba muy convencida de qué eran esas emociones de las que hablaban, ni cuales, pues los detalles eran, cuando menos, oscuros y velados.

-Ahí está, – le dijo la voz ronca de su marido. Lion era el hijo menor de un noble de la corte, pero su herencia se limitaba a una casa en la zona rica de la ciudad y a una posición que le había permitido comenzar una serie de negocios lucrativos con los que podía mantener a su familia de forma holgada.

Era un buen hombre, claro, Berbelith sabía que tenía sus amantes, pero ninguna de ellas regular, ella no lo permitiría, y no ponía en peligro ni su futuro ni el de sus hijos.

Sin embargo, esta manía que tenía ahora de mezclarla a ella en sus aventuras, sólo podía achacarse al hastío, y eso incomodaba a Berbelith.

Por eso le siguió a través de la arboleda por la que se atisbaban las cálidas luces de la Casa.

Ante sus ojos, en el claro de luna, una casa de buen tamaño de roca y madera les dio la bienvenida con los olores del asado en el horno, y los sonidos de la música callados por las risas y el jolgorio de los comensales y clientes.

Los ojos de Lion parecían brillar con los fuegos que destellaban en la ventana y con la luz de la luna. – En fin, todo fuese por su matrimonio y sus hijos, – pensó.

La puerta se abrió ante ellos, y un enorme salón se mostró a sus ojos. Berbelith se echó hacia atrás la capucha de seda azul que usaba para protegerse del frío de la noche, mientras lion se quitaba la capa y se la entregaba al hombre que les abrió la puerta y les dio la bienvenida.

-Nobles señores, bienvenidos a la Casa el Claro del Bosque, la de los mil nombres.  Hogar de los sueños de muchos, y fuente de las inspiraciones de artistas, magos y poetas. Están ustedes en su casa.

Más quisiese, – pensó ella.

Caminaron entre las mesas de madera de la platea, mientras los ojos de ella se fijaban en el escenario donde un par de hermosas mujeres danzaban con los ritmos de exóticas músicas que debían venir de países muy lejanos. Ambas se encontraban vestidas únicamente con gasas, sin embargo, ni una sola vez, en su danza, dejaron ver una parte incómoda de sus cuerpos. Ni un centímetro más de piel o vello.

A ambos lados del escenario, como abrazándolo, descendían los brazos gemelos de una escalera bellamente labrada en madera, por la que se accedía a la parte de arriba del edificio, que, visto desde dentro, parecía mucho mayor de lo que parecía desde el exterior.

A su izquierda, en la pared, los hornos y los armarios de licores servían a los comensales las viandas y las bebidas que alegrarían su estancia.

Lion caminó hacia su derecha, donde el patio dejaba paso a una pequeña balconada a un metro de altura del suelo, en la que se encontraban los reservados privados.

Allí, esperándoles, encontraron sobre la mesa unos licores de sabores afrutados, no muy fuertes, y que parecían especiados con aromas lejanos.

Bueno, a fin de cuentas, el sitio no estaba tan mal.

La música cesó y Lion y ella se dispusieron a disfrutar del siguiente espectáculo, mientras esperaban la comida. Berbelith se sintió extrañada de que un lugar así tuviese entre sus especialidades asado de pato con limones de Aramir, una delicia que había podido probar en las contadas ocasiones que Beatrice, su amiga de confidencias y natural de esta ciudad, conseguía que sus padres le enviasen un cargamento de los preciados limones que cambiaban de sabor y de aroma a medida que se iban comiendo.

Las luces se apagaron, mientras ella comenzaba a sentir cómo el aroma del limón se mezclaba con el sabor del asado de pato y las castañas, evocando recuerdos de paz y tranquilidad. Si no recordaba mal, el próximo bocado le sabría distinto, quizás más picante. La experiencia de los limones de Aramir no era fácil de recordar, pues se escabullían de su mente y su paladar nada más ser tragados, dejando un regusto que iba desvaneciéndose, como un sueño inalcanzable que uno se esfuerza por recordar, pero que elude todos los esfuerzos por rememorarlo.

Un único instrumento comenzó a llenar la estancia con su melodía, mientras las voces se iban apagando, y las luces desaparecían como si se marchasen por las ventanas.

El sonido era simple, sencillo, pero al mismo tiempo de una complejidad tonal indefinible. Era como si ese único instrumento mezclase sonidos de saltiris y flautas en una conjunción preciosa.

El fuego iluminó la figura de una mujer que un segundo antes no estaba allí, mientras comenzaba un baile sensual al ritmo de la música. Una piel de alabastro, un cuerpo, en apariencia delicado y sin excesivas curvas, pero al tiempo firme y grácil, y unos pechos pequeños pero perfectos hicieron sospechar a Berbelith sin mirarle, que Lion no le estaba quitando ojo de encima a la chica.

Sin embargo, reconoció, no sería justo culpar sólo a su marido, pues ella misma apenas podía desviar la vista de la danza  que la joven estaba ejecutando con maestría y sensualidad extremas.

El silencio en la sala le dijo que el resto de la audiencia se encontraba igualmente hechizado, ella misma sintió que la invadía un calor agradable y que su vientre comenzaba a sentir un leve hormigueo. Cada bocado al pato le hacía vivir una nueva experiencia, que, curiosamente, se intensificaba por el ambiente, la música, las luces, y la danza de la joven

La excitación que sentía iba mucho más allá del mero deseo sexual, como un río de sensaciones que desembocaba en un mar de…¿de qué? No dejaba de ser una mujer, y sin embargo, la deseaba, no sexualmente, bueno, no sólo sexualmente, se dijo a si misma, era más como…un interés por ella, y por las experiencias que con ella podría vivir.

Si hubiese podido, hubiese pedido que les acompañase a casa, o a alguna de las habitaciones que seguro la sala tenía en el piso de arriba. Pero sabía que la cosa no funcionaba así. Una de las normas que sus amigas le habían contado, una de las pocas cosas, en realidad, es que no podías elegir la compañía, la Casa elegía por ti. Por eso había accedido a acompañar a Lion allí, sabía que aunque se encaprichase de alguna chica, era muy improbable que ella le eligiese a él entre tantos clientes, algunos, mucho más ricos que su marido.

Ahora mismo se estaba arrepintiendo de la existencia de esa norma no escrita. Ya que tenía que pasar por eso, le hubiese gustado que hubiese sido con aquella joven que la mantenía hechizada y casi extasiada con su hermosa danza.

Le hubiese gustado descubrir qué más secretos guardaba aquél hermoso y terso cuerpo, aquellas cimbreantes caderas juveniles, casi sin formar, y que sueños y qué pensamientos había detrás de aquellas hermosas pupilas color malva que la miraban fijamente.

¿La miraban? Sí, ciertamente parecían haberse fijado en ella. Entre todos los giros y pasos, con todos los clientes y las sombras entre ambas, los ojos de la chica parecían clavados en los suyos, y un estremecimiento de anhelo recorrió su cuerpo.

Su respiración se hizo un poco más rápida, agitada, y nerviosa, mientras la chica bajaba grácilmente del escenario y todo el mundo parecía preguntarse a donde iba, o quién sería el elegido.

Su pulso también se aceleró, pensando que, quizás, fuese ella, y un retazo de miedo la envolvió, una cosa era desear algo, y otra muy distinta hacerlo realidad, pero Berbelith sabía que si la chica se lo proponía ella accedería.

Sus pasos de baile la llevaron entre las mesas, danzando con su piel pálida y hermosa iluminada por la luz del fuego y las sombras.

Casi podía tocarla, y hubiese alargado su mano para tocar su negro pelo, pero su cuerpo parecía no ser capaz de moverse, como el conejo paralizado por una repentina luz.

-Hola, me llamo Andria, – le dijo a ella, con una voz que le pareció el sonido más hermoso que jamás escucharía  – ven.

Su cuerpo, incapaz aparentemente de desobedecer, se levantó de la silla tirando casi el vino especiado. Berbelith apenas acertó a mirar a su marido y hacerle una señal para que las siguiera. Los ojos de él ardían de deseo y pasión, pero ella sentía que si no le hubiese dicho nada, no les habría acompañado.

La siguieron hacia la salida trasera del reservado, mientras la sala volvía a la animación inicial.

La música había parado, y las risas y la fiesta volvían a la sala mientras comenzaba otro espectáculo, pero a Berbelith no le importaba.

Siguieron a la chica escaleras arriba, y pudo comprobar que su cuerpo era mucho menos frágil de lo que aparentaba con su danza. Tenía unas líneas bien definidas, marcadas, que ella había confundido con juventud, y unas facciones en el rostro enigmáticas. Sus ojos parecían alegres y sensuales, y su rostro era hermoso bajo cualquier canon de belleza por el que se la midiese, pero no era el rostro de una chica al uso.

Grácilmente, caminó por el pasillo, repleto de habitaciones, y escaleras que ascendían hacia arriba. Berbelith no recordaba haber visto que la Casa tuviese un tercer piso.

El pasillo serpenteó girando y girando mientras ella apenas podía apartar la vista de las contoneantes caderas de ella. La espera no hizo sino aumentar su deseo, mientras el silencio del pasillo hacía que Berbelith casi pudiese sentir su corazón latir con fuerza.

Al fin, llegaron a una sencilla puerta de madera. La chica la empujó suavemente con la palma, y el interior de la estancia se mostró a ellos.

Era pequeña, más que su propio dormitorio, pero estaba profusamente decorada con cortinas, doseles y cojines, que llenaban todo lo que había a la vista, desde la cama, al suelo, pasando por el pequeño sillón que había frente a la cama.

Pasaron, y la puerta se cerró tras ellos. Con una sonrisa, la chica palmeó sus manos y una suave música comenzó a sonar en toda la habitación. Parecía venir de algún lugar indeterminado, y llenarlo todo con calma rítmica.

Al otro extremo de la habitación había una fuente decorativa, con nenúfares, que dejaba caer el agua con un sonido tranquilizante.

La ventana, cuyas cortinas estaban descorridas, dejaba pasar la luz de la luna mientras, al fondo, las luces de la ciudad iban apagándose.

La joven llamada Andria siguió sonriendo mientras encendía algunas velas aromáticas desperdigadas por la habitación.  Un indefinido pero conocido aroma inundó la estancia.

-¿Velas con aroma de limones de Aramir?, – acertó a inquirir. A sus espaldas, su marido no parecía poder quitar los ojos de ambas mujeres. Se encontraban mirándose la una a la otra, frente a frente, como esperando que fuese la otra quien diese el primer paso.

-Sí, – afirmó su sugerente voz con un tono mezcla de deseo, pasión, diversión y algo más. – Y con aromas de castañas de Guazil, de perfumes de los aromas que usan las aves del Paraíso para seducir a sus compañeras…

La chica giró la cabeza Lion, y con un breve gesto le indicó que se sentase en el sillón y se sirviese algo de licor de mares, que se había puesto de moda entre los nobles y mercaderes de la ciudad.

Acto seguido, Andria se le acercó con un suave caminar, y mientras sus pequeños pasos acercaban sus cuerpos, Berbelith volvió a sentir de nuevo cómo su mente quedaba hipnotizada por su gracilidad, y cómo la pasión volvía a inundar su cuerpo. Esos breves instantes le parecieron vidas, y esa eterna espera, sólo contribuyó a aumentar sus anhelos, quería besar esa piel, tocar ese rostro y ser deseada y poseída por ella.

A pesar de no ser tan joven como aparentaba su danza, Berbelith no pudo dejar de admirar su cuerpo, las suaves formas que ocultaba su vestido y la hermosura de su rostro.

Los aromas de las velas la invadieron, y de nuevo, esa sensación de plenitud y perfección la embargó, como si todo, luces, sonidos, olores y pensamientos estuviese en concordancia y convergiese a un único momento eterno. Andria llegó hasta ella y, sin apenas detenerse, posó sus labios sobre los suyos.

El sabor de tierras lejanas, de frutas y de especias, le llenó la boca, mientras su mente parecía perder la consciencia y se dejaba llevar.

Las dos mujeres comenzaron a besarse, y Berbelith sintió un deseo como nunca creía que volvería a sentir después de su matrimonio. Sus labios se posaron sobre el grácil cuello de ella, sabía a mares y a viento, a tierra mojada tras la tormenta, y a amanecer.

Los labios de Andria bajaron por su cuello, recorriendo su piel y su alma, mientras la estancia parecía desvanecerse, y todo se difuminaba dejando sólo los cuerpos de las dos mujeres desnudándose mutuamente y besándose.

La joven y hermosa Andria continuó su camino hacia sus muslos, y a Berbelith le pareció una placentera eternidad de éxtasis el tiempo que tardó en llegar a ellos. No sabría decir si habían sido minutos, horas o vidas. Para entonces, estaba casi segura de que había experimentado sensaciones más intensas que cualquiera que hubiese vivido, llegando a clímax que creía imposibles para volver a empezar mientras la música acompañaba los gemidos de ambas, y el olor a limón y castañas se mezclaba con la piel de la chica, y los aromas de su propio deseo.

Su danza continuó unos segundos, mientras su cuerpo se contoneaba y se estremecía anhelante, hasta que Andria posó sus labios entre sus muslos, y la lengua de ella comenzó a ejecutar una extasiante y creciente danza.

El placer era tal, que Berbelith sintió que si seguía aumentando moriría en un agónico éxtasis, y en un breve segundo, antes de hundirse de nuevo en las sensaciones que estaba experimentando, pensó que prefería morir a pararse ahora.

Las luces parecieron crecer en intensidad, y de improviso sintió cómo los labios de la chica paraban, apenas acertó a abrir los ojos los suficiente como para ver que Andria estaba besando a su marido, quien, presa del deseo, había abandonado el sillón y se había unido a ellas en el lecho.

Lion acertó a quitarle a la chica, entre besos apasionados de deseo, la ropa que le quedaba, y unos pequeños, firmes y perfectos pechos dejaron ver su contorno y su piel de alabastro, y una figura tersa y bien musculada.

Lion acarició la piel de la chica, mientras ella ejecutaba la misma danza con su boca que había bailado sobre ella, sobre el cuerpo de su marido. Vio a Lion entregarse completamente, mientras ella recuperaba poco a poco el control sobre su cuerpo y su mente.

-Debería molestarme ver a otra mujer tocando y besando a mi marido, pero no es así – se dijo. Quizás el recuerdo de lo que había experimentado segundos antes, o su propia pasión de verles besarse y desearse apasionadamente, se lo impedían.

Berbelith se incorporó levemente sobre el cuerpo de su marido, y comenzó a besarle como lo estaba haciendo la chica. Lion casi puso los ojos en blanco, y Berbelith sintió que el deseo volvía a su cuerpo. Bajó por su piel, beso a peso, caricia a caricia, hasta alcanzar los propios muslos de su marido, quien parecía ajeno a todo en la estancia excepto a los besos de las dos mujeres.

Allí, donde las dos bocas se encontraron, los tres se unieron en el placer y el deseo, y los besos entre ambas mujeres se intercalaban con los que le proporcionaban a su marido. Berbelith pudo incluso saborear los pechos redondeados de la chica, mientras ella y su marido la acariciaban llevándola de nuevo a  ese lugar de éxtasis lejanos.

Sin saber cómo, Andria les agarró a ambos firmemente y le indicó a ella que se tumbase , y a él que se pusiera sobre el desnudo cuerpo de su mujer.

La piel de ambos estaba erizada y sensible, y al principio el más mínimo roce les hacía estremecerse. Sin embargo, poco a poco Lion comenzó a entrar en ella, mientras Andria les besaba a ambos, facilitando su placer y una creciente sensación de deseo y ausencia de algo.

Los tres, unidos en un abrazo, parecían necesitar más sensaciones, más placer, y sus tres cuerpos se acercaban más y más, acariciándose, haciendo que la sensación de estremecimiento dejase paso a un desenfrenado deseo de plenitud.

Entre besos, gemidos, sensaciones y caricias, Berbelith y su marido pudieron contemplar el ahora totalmente cuerpo desnudo de Andria.

-Claro, – pensó Berbelith para sí mientras otra oleada de placer la hacía casi olvidar donde se encontraba. Su consciencia, antes de que los tres se uniesen en un clímax cómo nunca habrían conocido, apenas logró comprender lo que estaba ocurriendo.

El cuerpo casi andrógino de Andria mezclaba rasgos masculinos juveniles y femeninos, y allí, donde debía reposar el sexo de la chica, nada ocupaba el lugar de su vello púbico, sólo la tersa y suave piel de ella, una total ausencia de rasgos femeninos y masculinos.

Lion también pudo verla, pero si le importó, no lo dijo, y la danza continuó, con Andria atendiendo cada uno de los deseos corporales de la pareja, empujándoles  más y más hacia el clímax compartido, hacia el deseo, hacia la pasión, y renovando sus mentes, sus almas, y sus deseos con cada caricia, con cada beso y con cada gemido.

Berbelith sintió cómo el mundo perdía su sentido, y cada fibra de su ser sentía ganas de gritar, o de morir para parar, o de todo ello a la vez, y los gritos de los tres se unieron a la música en un  acompasado clímax.

Antes de caer inconsciente de agotamiento y placer, Berbelith supo que volverían a la Casa del Bosque del Placer más pronto de lo que hubiese pensado.

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