Me contaba mi madre una leyenda curiosa, y digo leyenda, porque no sé si es real o mera ficción de la que se contaban en los pueblos hace décadas.

Y es que es sobre unos padres que, sufriendo la violación de la tumba de su hija, recibieron la mayor alegría que podían imaginar.

Dicen que una familia adinerada del pueblo, teniendo todo lo que otros querrían en aquellos tiempos, sufrieron la pérdida de su única hija.

Enterrada con joyas y riquezas, unos chicos del pueblo, sabedores del tesoro oculto en la tumba, junto al cuerpo yacente de la joven, decidieron apoderarse de ellas.

Esa misma noche, acudieron al camposanto, ocultos por las sombras nocturnas, y abrieron el ataud. Allí, como esperaban, estaban las joyas de la familia.

Antes de irse, uno de ellos se percató de que una última posesión iba a acompañar a la joven en su viaje, un anillo que lucía en el dedo de la chica.

Dispuesto a arrebatárselo, se volvió a meter en la tumba, pero no pudo sacárselo.

Dispuesto a todo, el joven sacó un cuchillo con el que intentó cortar el dedo inerte, pero he aquí que al dolor del corte, un chillido agudo escapó de los labios de la joven que creían muerta, quien despertó de la catalepsia que la mantenía aprisionada.

Imaginaos la alegría de los padres quienes, por la avaricia de unos vecinos, recuperaron a su única hijade entre el mundo de los muertos.

 

 

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