La calle estaba casi desierta, con sólo algún solitario transeúnte volviendo a casa el domingo por la noche.

A su alrededor, las tenues luces de la ciudad apenas lograban mantener apartada la oscuridad que se cernía sobre él al final del fin de semana.

Mañana la luz volvería, pero ahora, parecía que la oscuridad había devorado los corazones de los hombres, y se enseñoreaba por los patios traseros de las csas, por los callejones y los parque vacíos.

La soledad y las sombras eran los dueños de la ciudad.

Y en esa noche que parecía eterna, comenzaban a despertarse los señores de la muerte. Casi podía sentirlos, despertando aquí y allí, levantándose a la no-vida, mientras los hombres corrían a casa, ignorantes. Como si en esa oscuridad se sintiesen presas impotentes, y el miedo creciese a medida que terminaba el día. Como si sintiesen que sus vidas pendían de un hilo tan frágil que un simple soplo de viento podía terminar con ella.

Durante el resto de la semana, los hombres se sentían los amos de la creación, pero los domingos por la noche, el pesar se instalaba en sus corazones.

Lo achacaban a la depresión prelunes, a la vuelta al trabajo, al final de los días de ocio. Pero el verdadero motivo es que en la fragilidad de sus sentimientos, esa noche, la mayoría sabían que no eran los amos supremos, que no eran los reyes de la creación.

Esa noche sentían lo que sus mentes negaban.

Los vampiros existen, y despertaban a la oscuridad para llevarse sus vidas, y alimentarse de ellas.

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