Intrigas

– Lamento mucho su pérdida, Dama Miailin.

La voz tronó a sus espaldas, y ninguno de los presentes tuvo que volverse para saber que quien así hablaba era el poderoso Primarcar.

Dama Miailin lucía esa luna esplendorosa, como siempre, y el vestido ceremonial de duelo Ichar le sentaba tan bien como casi todos los ropajes que su intensa vida social le habían obligado a llevar. A pesar del intenso color negro y de que cubrían toda su figura, las ropas que llevaba no ocultaban ni un ápice su gracia y su delicadeza al caminar.

Arcums´dale, su guardaespaldas personal, y amante, permanecía, como casi siempre en los últimos diez años, en un segundo plano, protegiéndola.

– Lamento que las intrigas políticas en las que por desgracia nos vemos envueltos le hayan costado a usted la vida de su esposo, Lord Drusin. Es una gran pérdida para el cosmos, y para la causa Renegada.

Ahora sí que Dama Miailin se volvió. Sus intensos ojos verdes se clavaron en Primarcar silenciosos, y Arcum volvió a maravillarse de su belleza serena como tantas y tanteas veces antes. Su rostro enmarcado en la diadema de joyas que su esposo le regaló como dote era terso como el cielo nocturno de su hogar, y los dos tatuajes simétricos enmarcaban su cara ovalada y su perfecta piel oscura.

Sus cabellos caían ahora sobre el vestido negro, dándole el aspecto de un Ángel de belleza incomparable, al tiempo que le conferían una serenidad que sólo poseían los que se habían enfrentado a la Muerte.

– Lord Primarcar, – susurró con su melodiosa voz – Admun Char luchó con valor al lado de mi esposo. La causa Renegada no es la culpable de la muerte e éste, pero si le soy sincera, estoy cansada de guerras ocultas y de politiqueos. Vos sabéis que yo no amaba a mi esposo, a pesar de siempre me trató con amor y cariño.

– Lo sé, lamento las circunstancias que llevaron a vuestro matrimonio concertado, pero benefició a todo el mundo, incluida su casa.

– Por ese motivo me he comportado todo este tiempo como se esperaba de mí. He sido embajadora de la Casa Drusin en numerosas conflictos, mediando en más de los que querría haber vivido, y me encuentro muy cansada.

Arcum dio un paso al frente. La tensión se palpaba en el ambiente, y todo el mundo parecía estar pendiente de esta conversación, sin aparentarlo.

– Fiel Arcum, cuidáis bien a vuestra dama, – sonrió Primarcar, – espero que en el futuro quienes han intentado poner fin a su vida una vez, no vuelvan a hacerlo.

Tras decir esto, Primarcar se dio media vuelta y se marchó. Había sonado como una velada amenaza para su señora, y los ojos de ella así lo expresaban. Las palabras de Primarcar parecían decir, “podéis descansar cuanto os plazca, pero cuando os llame, acudiréis con los recursos de vuestra casa en mi ayuda. Y ni soñéis aliaros con mis enemigos”.

El alboroto en la capilla era tremendo, no todos los días se podía asistir a una riña entre ÇIchar tan poderosos, y el ruido hizo que Arcum centrase su atención de nuevo en la sala.

El Palacio Drusin estaba atestado de invitados, todos ellos engalanados para la ocasión, pues en Sherian-Dragon hasta la muerte de un Ichar notable era motivo para las intrigas, y excusa para la traición. Muchos de ellos veían cada reunión social como una forma de intentar aumentar la red de intrigas que les daba poder, y solían aprovechar estas circunstancias muy bien.

Varios pretendientes habían enviado presentes a Dama Miailin incluso antes de que se celebrase esta ceremonia de despedida oficial. Era costumbre entre los Ichar, lo que no molestaba a Arcum, pero sí que hubiese tantos pretendientes que intentasen aprovecharse de su amada.

La ceremonia transcurrió más rápido de lo que esperaban, y al caer la luna los invitados abandonaban el Palacio Drusin en dirección a sus respectivos palacios y ciudadelas. Muchos habían venido de lugares lejanos, a presentar sus respetos al fallecido, o a intentar medrar a su costa.

Dama Miailin despidió al último y ordenó a los criados que cerrasen la puerta. Pasó a su lado en silencio, pues ni siquiera de puertas para adentro podía mostrar los sentimientos que albergaba hacia su escolta. Eso quedaba reservado para sus aposentos privados, donde ni los esclavos más fieles podían entrar.

Arcum la siguió en silencio, sus pasos les llevaron hasta el salón de recepciones, donde una especie de trono se apoyaba en la pared. Era el lugar donde Lord Drusin concedía las audiencias oficiales. A su derecha, una silla más pequeña indicaba el lugar que hasta ahora ocupaba ella.

Miailin se fue a sentar en el trono de su difunto esposo, y le hizo una seña casi imperceptible a Arcum, quien se retiró unos pasos.

– Muy bien – dijo ella a la aparentemente vacía sala – vos habéis solicitado la audiencia. ¿Qué deseáis, Dilmore?

– Venganza, Lady Drusin – dijo una voz que salía tras las inmensas cortinas rojas que caían del techo una altura de casi diez metros.

Detrás de ellas, surgió una pequeña y extraña figura. Era a todas luces un Ichar de gran poder, pero su cuerpo deforme no dejaba lugar a dudas de su pertenencia a la casa Efermun.

– Venganza, Lord Dilmore, – respondió su amada.

– Vos sabéis lo que pretende la Casa Efermun. Queremos que la alianza con la casa Drusin, de la que venimos hablando hace tiempo, se materialice ahora que ha ocurrido el desgraciado accidente que le ha arrebatado a su esposo.

El deforme hombrecillo se situó frente al trono desde el que le escuchaba Miailin. Ella estaba serena, evaluando sus palabras y sus actos, pero Arcum sabía que la presencia aquí del Ichar era una amenaza velada para que ella cambiase de bando, y aliase la Casa Drusin con los enemigos de Primarcar y los hombres.

– Sabéis que la muerte de mi esposo es dolorosa, a pesar de que nuestro matrimonio fue concertado. Él siempre me trató como si fuese parte de él, y siempre cuidó de mí. Me dio todo el poder que ahora ostento, y eso es lo que más valoran los Ichar. No hace falta que se lo recuerde.

– Por eso estoy aquí en un día tan doloroso. Fue la alianza de Lord Drusin con Primarcar lo que le llevó a la muerte, y por ese mismo motivo creo que deberíais replantear la política de alianzas de vuestra casa. Es peligroso permanecer al lado del Primer Ichar, y no reporta beneficios, sólo dolor y muerte. Ya lo habéis comprobado.

– Sé lo que nuestra alianza con Primarcar nos ha acarreado, – la voz de ella sonaba amenazadora, recordando que no era estúpida – pero no sé en qué nos beneficiaría ponernos en su contra.

– Para eso estoy aquí. Como sabéis, represento a la alta Casa Efermun, pero no sólo a ella. Toda una coalición de Altas Casas ha iniciado un movimiento que esperamos, sea capaz de devolver la gloria a las Trece Ciudades y al Imperio Ichar, y poner fin a la presencia de los humanos en nuestras calles.

Los humanos, pensó Arcum. Esa raza pequeña e inferior a la que sin embargo le debía tanto.

Humanos eran los enviados a escoltar a Dama Miailin hasta su hogar entre las estrellas, y ellos habían sido quienes le salvasen la vida a la Ichar durante la emboscada que sus enemigos les habían tendido.

Cuando ambos, Miailin y él les expusieron el dilema que sentían fueron los humanos quienes expusieron sus vidas a la furia de Lord Drusin y Admun Char defendiendo el amor que los dos jóvenes Ichar se profesaban. También fueron ellos quienes dieron con la fórmula intermedia que les permitiría seguir juntos, al tiempo que ella se casaba con Lord Drusin.

Pero ahora las cosas pintaban mal para esa raza, las altas Casas se habían unido de nuevo, y la guerra podía estallar en cualquier momento con cualquier fingido pretexto.

– Meditaremos sus palabras, Lord Dilmore, no deseamos oponernos a la voluntad de las altas Casas, y prestaremos nuestro apoyo cuando la balanza se incline hacia su favor. Dejadnos sola, necesitamos pensar en su ofrecimiento. Venganza final – le despidió.

– Venganza final, Lady Drusin.

Aparentemente satisfecho, Lord Dilmore se retiró. Sabía que en una primera entrevista jamás lograría un acercamiento mayor que el que había conseguido. Y Arcum sacudió la cabeza despacio. Se avecinaban tiempos peligrosos si se enfrentaban a Primarcar.

Las enormes puertas se cerraron solas ras él y en la sala sólo quedaron los dos amantes que se miraban a los ojos. Él daría su vida por ella si era necesario.

Dama Miailin le sonrió y un olor a ozono llenó la habitación. A su lado, apareció la imponente figura dorada de Primarcar.

Arcum asió su espada, regalo de sus ancestros, y se interpuso en el camino de él. No tenía ninguna posibilidad, pero no iba a dejar que el Primer Ichar le quitase la vida a su amada sin luchar.

– Arcum, – dijo una voz a sus espaldas – no sucede nada, Primarcar es amigo de la familia.

El poderoso Ichar puso una mano sobre su hombro, y le miró directamente.

– Noble Arcum – fueron sus palabras – tu lealtad y valor merecen una recompensa. Más no deseo mal a tu señora. Seguimos siendo aliados.

– Así es, Arcum. Déjale pasar – le pidió.

Arcum así lo hizo.

– Primarcar, la alianza ya ha dado su primer paso, al principio desconfiarán de mí y mi casa, pero me aceptarán cuando pongamos en marcha todas las piezas del plan.

– Así es. Recordad que necesito saber qué casas, y cuales de sus miembros son los que se oponen a mí, y qué planes están tramando. Y que nadie en su casa debe saber lo que sucede en ningún momento. Sólo el Lord y Lady Drusin pueden conocer el triple juego que están jugando

– Así se hará Primarcar. Mi casa continuará oficialmente aliada con los Renegados Ichar, con vosotros, pero en la sombra proclamaré mi adhesión a la causa de las Altas Casas y mi odio por los humanos. Sin embargo, os reportaré a vos lo que descubra.

– ¿Por qué entonces estoy yo aquí? – se atrevió a interrumpir Arcum.

– Yo no debería conocer este hecho. Sólo soy un guerrero.

– Al contrario, Noble Arcum – sonrió el Ichar. – Pero dejaré que vuestra dama os lo explique.

– Arcum, amor mío – sus palabras sonaban en su corazón directamente, y una inquietud se apoderó de él. No sabía que Primarcar también estaba al tanto de su amor mutuo. Creía que sólo lo conocían Admun Char, el hermano del Primer Ichar y Lord Drusin.

>> Durante este tiempo habéis soportado la carga de nuestro secreto, y ahora merecéis vuestra recompensa. Primarcar y yo hemos encontrado una forma de seguir adelante con nuestros planes y al tiempo permitir que tú y yo sigamos juntos.

– En realidad ha sido mi hija Crilian quien aportó la idea – puntualizó el alto Ichar.

– La próxima marea anunciaré nuestro matrimonio. Por fin uniré mi destino al tuyo, Arcum – Miailin sonreía mostrando su perfecta dentadura. – Todo el Imperio Ichar se revolverá contra esta decisión, pues no van a aceptar fácilmente que un Ichar de vuestra posición se despose conmigo.

– Yo declararé oficialmente mi repudia a esta decisión, – continuó Primarcar – lo cual hará que la Casa Drusin sea aceptada sin miramientos entre las filas de los traidores que se oponen a mí y al resto de los Renegados. El antiguo poder, las Altas Casas, también lo verán antinatural, sin duda, pero se callarán esperando que Miailin acepte su oferta de unirse a ellos. Y así lo hará.

– Oficialmente Primarcar y yo mantendremos nuestra alianza, pero entre nuestros enemigos se creerá que la hemos roto. En realidad, estaremos descubriendo sus secretos.

– Los humanos llaman a esta maniobra Caballo de Troya. Vosotros seréis mi caballo de Troya entre mis enemigos. Pero será peligroso, no lo dudéis. Por eso debes saber la verdad, noble Arcum. Para poder defender a vuestra dama. Como ves, las desventajas son muchas, pero las recompensas también.

– Por fin podremos estar juntos – declaró ella – nuestro amor no volverá a ser furtivo.

Arcum tardó en asimilar las palabras. Primarcar se despidió, y su dama quedó en silencio mientras le miraba. Arriba, la enorme cristalera lucía con al luces que filtraba de la ciudad.

– Será un camino peligroso, amor mío, pero es la única salida que hay para que podamos amarnos sin escondernos.

– Haremos el camino juntos, Miailin, y si la muerte viene a buscarnos, la afrontaremos juntos.

– Recuerda el lema de nuestra raza, Arcum. Si la muerte viene a buscarnos, hasta la muerte aprenderá a temernos.

Y tras decir esto, Dama Miailin le tomó de la mano, y le condujo a sus aposentos. Por primera vez en años, de forma libre.

– fin –

 

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