Las ciudades verticales son un elemento propio de las ambientaciones de alta fantasía. Y por ende, son un elemento que me fascina.

Enormes torres que se elevan hacia los cielos y que hunden sus cimientos en las entrañas de la tierra como milenarias raíces perpetuas.

Puentes colgantes  que rivalizan con la gravedad, y que quizás miren con envidia los castillos flotantes, o los palacios dorados de las zonas ricas de la conurbación.

Gremios que luchan con escuelas de magia por el poder, monstruos urbanos que moran en las sombras, y mazmorras oscuras donde presos llevados allí por sus rivales, o incluso por sus propios hermanos, cantan sus miserias y cómo pasaron de la gloria al fracaso.

Generalmente las clases altas de las ciudades viven en las capas superiores de una ciudad así, pero…¿y si no fuese así?

Imaginemos una ciudad donde el frío es la tónica general, hasta tal punto que amenaza la supervivencia. Donde las entrañas de la tierra ofrecen una alternativa mucho más cálidad, y donde la vida empeora a medida que subes más.

Imaginemos las dificultados de subir alimentos, muebles o cualquier otra mercancía a las torres más altas, y los castillos volantes abandonados y convertidos en tumbas habitadas por mágicas y peligrosas criaturas.

A veces, para crear una ambientación buena, basta hacer algo al contrario de cómo se ha hecho siempre.

Por eso admiro a los creadores de mundos, porque piensan cosas que a los demás no se nos ocurren y las convierten en realidad.

 

 

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