Abraxias

El calor rielaba sobre el asfalto. Sobre los cielos de la ciudad brillaba una capa de color rojizo, que parecía darle a todo un color infernal.

Por la autopista no circulaba ningún automóvil, dando al paisaje seco de Zaragoza un aspecto aún más solitario.

Sin embargo, una figura sí que avanzaba lentamente por la carretera que llevaba hasta la ciudad. Sus pasos, lentos y seguros, dejaban tras de sí una huella de fuego hundida en l asfalto, y un siseo semejante al de la lava que quema la roca.

No podemos ver la figura de este extraño personaje, sólo sus pies, pues mirar hacia arriba dejaría ciego a cualquiera que osase enfrentarse al calor que desprende.

Paso a paso, el calor, y el fuego, le siguen hasta su destino.

***

Lola era camarera de un bar. Grandes ojos verdes, pelo largo, castaño claro, que caía liso sobre su espalda, recogido en una coleta. Llevaba un top negro ajustado, de tirantes, que marcaba insinuante su generoso pecho para los clientes, dejando ver la piel morena de su cintura que terminaba en una minifalda del mismo color que el top.

Se encontraba detrás de la barra, sirviendo una cerveza a un solitario jugador de máquinas recreativas. Era un cliente habitual, pero Lola jamás le había preguntado el nombre. Venía se gastaba dos mil duros en las tragaperras, y se marchaba. A ella le daba igual, y por lo visto, a él tampoco le importaba mucho en qué bar se gastaba el dinero.

A lo lejos, pudo ver cómo se perdía la pareja que acababa de abandonar el bar, doblando la esquina de la calle de enfrente. Lola les miró sin sentimiento, sabiendo que ese cariño, ese amor, ya no volvería a anidar en su corazón.

No es que fuese muy mayor, al contrario, tenía unos treinta y cinco años, pero veinte de ellos detrás de la barra. Y lo había visto y vivido todo. Se había enamorado de truhanes, había roto mil corazones, y a estas alturas podía decir que ya no volvería a sentir nada por un hombre, a parte del deseo físico que de vez en cuando la llevaba a arrastrar a un cliente hasta su coche para hacerle el amor, hasta que llegase la luz del día.

En silencio, casi con resignación, limpió con un paño las gotas de cerveza que habían caído en la barra. Cuando levantó la vista pudo ver a otro cliente, uno que jamás había pasado por ahí. Le miró a los ojos, y él le devolvió la mirada de una forma lenta y profunda. Tenía los ojos grises, como la ceniza, y unas motas rojizas le daban el aspecto de que en ellos ardían rescoldos de fuego, ascuas de una hoguera extinta, que podía avivarse de nuevo.

El desconocido levantó la mirada hacia ella y Lola supo que en otro tiempo se habría enamorado de él al primer vistazo. No es que fuese un hombre guapo, pero su mirada, y su expresión tenían un aire melancólico. Una tristeza serena que se filtraba a través de los pocos gestos que dejaba entrever.

Tenía un aire misterioso, del tipo que hacía que Lola se preguntase qué hacía allí, cuál era su pasado y a donde iba. Justo el tipo de hombres que la habían atraído cuando era más joven.

Pero ahora no era la misma que hacía cinco años, cuando se enamoró de Raúl. Él era abogado, uno famoso, y un sinvergüenza que la enamorói en una noche de borrachera con sus amigos. Entró en la taberna en una despedida de soltero, y no paró hasta que terminó consiguiendo su teléfono y una sonrisa.

La de Lola era una sonrisa triste, como quien sabe que el mismo hecho de sonreír le va a traer problemas, pero claro, ella nunca pudo evitar seguir a su corazón.

Sin embargo, cuando el ataque de los Ichar, él la dejó en Zaragoza y se marchó del país, huyendo. Y ella se quedó allí, con el corazón roto, sin preocuparse de la lluvia de muerte que caía sobre España.

Ahora, creía, estaba inmunizada, y lo único que esperaba era la llegada de la vejez, una vejez plácida, mientras intentaba ver pasar la vida, sabiendo que sólo podía aspirar a robar unos momentos de disfrute y a mantener la melancolía en el recuerdo.

– ¿Qué va a ser? – preguntó cruzándose de brazos tras la barra.

– Una cerveza fría – respondió él sin añadir nada más.

Ella se agachó detrás de la barra. Sintió la mirada del hombre en su escote y se levantó molesta por la intrusión del hombre en su intimidad.

Sin embargo, cuando volvió a mirarle a los ojos, no pudo menos que sentir algo de lástima. El desconocido no la observaba como los borracho habituales del bar, como a un objeto al que querían quitar las bragas.

Él parecía estar observándola completamente, no sólo su físico, casi parecía intrigado. No pudo reconocer ninguno de los gestos de los clientes habituales cuando la sorprendían en alguna postura comprometedora. Ni los ojos como platos, ni la boca abierta, ni la estúpida sonrisa en el rostro.

Sólo una mirada triste que no parecía dañar a nadie.

Le sirvió la cerveza, y se marchó al otro extremo de la barra donde el ludópata de las tragaperras volvía a exigir cambio para que no se le enfriase su amor.

***

Habían pasado meses, y él volvió a entrar por la puerta, sin saludar. Durante ese tiempo, había vivido entre los hombres como uno de ellos, intentando escapar de su pasado. Abraxias, tal era su nombre, había escapado hacía poco de la prisión Ichar de Condenación, donde había sido confinado por su gremio al amenazar la posición de un maestro menor.

Con la guerra civil Ichar, había podido escapar de la ciudad prisión, y había llegado aquí oculto como un hombre normal.

En ese tiempo había conocido algo que no esperaba. En los pocos meses transcurridos, Abraxias, el amo del fuego, había experimentado lo que era una llama que ni él comprendía. Cuando veía a Lola, la camarera, sentía que todo su ser temblaba, y que su alma era prisionera una vez más. Esta vez, de unos ojos verdes que le miraban fríos detrás de la barra.

Abraxias había intentado leer sus sentimientos, algo aprendido para defenderse en las calles de Condenación, y sólo había encontrado algo de curiosidad y respeto, pero no el sentimiento que esperaba.

Con los meses, el “amor”, el deseo que sentía se había ido haciendo más fuerte, más duro y cruel con él, hasta el punto de que le impedía dejar la ciudad como era su deseo.

En ese tiempo, también había aprendido a respetar a los hombres. Lejos de las narraciones de sus mayores en las que aparecían como bestias inferiores, Abraxias les había observado como seres inteligentes, muchas veces más que su propia gente, capaces de sentir, y de hacer sentir cosas que jamás había imaginado en las Doce Ciudades.

Pero esa noche todo iba a cambiar. Había notado la presencia en la ciudad de un oscuro rival suyo en el gremio oculto, el gremio de asesinos y expatriados que se extendía por todo el imperio.

No creía que él hubiese venido buscándole, pero sí sabía que su presencia aquí indicaba que los Ichar del gremio habían volcado su atención en las ciudades humanas. Si todo pasaba como solía actuar este gremio, enviarían a un Ichar de clase baja, pero lo suficientemente poderoso como para establecer una casa del gremio, desde la que dirigir todas las operaciones ilegales de la zona.

Pronto, la ciudad de Zaragoza se convertiría en un infierno de oscuridad y muerte. Hace tiempo, a él no le hubiese importado, pero ahora no quería que le ocurriese nada malo a Lola, y se apresuraba al barrio en el que ella tenía el bar, el más marginal de la ciudad.

Cuando llegó vio lo que se imaginaba. Docenas de esclavos metamorfos rondaban las calles, a la busca de rivales humanos a los que corromper o destruir, y en la barra del bar, a una pequeña bestia Ichar que amenazaba a Lola y a sus clientes.

Cuando Abraxas entró en el bar, todas las miradas se dirigieron hacia él. El pequeño ser de cabeza chata y garras afiladas se giró amenazante. Cuando le observó, sus ojos se abrieron como platos, pero no pudo hacer ni decir nada.

Un fuego interior comenzó a quemar la sangre de la bestia, mientras que todos los parroquianos del bar salían apresuradamente.

Sólo Lola se quedó en el bar.

Abraxias la miró lentamente, en silencio. Sabía que ella le había reconocido por lo que era, pero no veía en su rostro la menor expresión de temor ni ira. Ni siquiera deseo, ahora que ella sabía que él era uno de los amos secretos del mundo. Era una mujer fuerte, que se mantenía firme en sus secretos y en sus emociones.

– Ven – , le dijo, tenemos mucho de qué hablar.

Ella dejó la botella vacía en la barra y salió con él por la puerta. Ambos sabían a lo que atenerse en el futuro. Ella no entregaría su corazón, y él jamás dejaría de intentar que así fuese. Aunque tuviese que luchar contra todo el Imperio Ichar por su amor.

 

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