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Las Once Ciudades te esperan, entra en el mundo de Dark Clonus

Ensiger se agachó tras las rocas gris cubierta de mustios líquenes pardos. Su cuerpo perfectamente modelado se adaptó al entorno, adoptando una tonalidad terrosa en la piel de sintiacero, al tiempo que sus sentidos artificiales recorrían el horizonte en busca de señales clonus.

A su lado, sus dos acompañantes imitaron su precavida actitud. Tan cerca de su meta no convenía que fuesen descubiertos por ninguna de las numerosas partidas de cazadores que acechaban en busca de sintoides como ellos.

“Sintoides”, la misma palabra le resultaba extraña mientras reverberaba en los recovecos de su mente artificial, impulsada por los haces de luz de su cerebro óptico. Así les llamaban los clonus.

Sin embargo, sus creadores, los humanos, les habían dado otro nombre, robots. Y Ensiger prefería referirse a ellos mismos de esta forma. Su pareja, Aluriel, era uno de los modelos más avanzados, y sonreía cuando él intentaba conectar con su pasado llamándoles de esta forma.

Mucho había cambiado desde que la primera inteligencia artificial había nacido en la Tierra. El cielo era azul, recordaba él, y no poseía esas tonalidades rojas y amarillas sucias que en algunas zonas apenas dejaban escapar la luz del sol, creando un poderoso recalentamiento en la superficie, a modo de efecto invernadero.

Como si hubiesen escuchado su mención a ellas, Nerea y Plaga, refulgieron en su eterna lucha en los cielos. Hoy, el fuerte color rojizo indicaba que Nerea llevaba las de ganar, pero Ensiger no se dejó engañar, pues sabía que la lucha duraría para siempre, fruto de la igualdad entre ambas hermanas gemelas. Al igual que su raza artificial y los clonus.

La piel azul metálica de Alurial se volvió traslúcida, cuando las emisiones positrónicas de sus cerebros conectaron. Bajo su piel, de apariencia delicada como el cristal, millones de microchips ópticos brillaron, haciendo que todo su cuerpo pareciese en plena ebullición emocional, y así era.

Ella también había notado que estaban cerca de su destino, y ni sus sentimientos artificialmente controlados podían resistirse al descubrimiento que podía cambiar toda la situación.

Tras tantos siglos de lucha entre los dos bandos, ahora parecía que había una posibilidad de lograr el fin de la guerra. Ensiger no sabía si iba a ser con victoria para ellos, o con un acuerdo de paz, pero mientras existiese una pequeña posibilidad de detener esta locura que había devastado la Tierra, él estaba dispuesto a pelear por ella.

En la distancia, el mando central de la misión le transmitió las órdenes bajo nivel sublumínico. Sabían que los clonus habían encontrado la forma de que sus sentidos captasen las transmisiones de ondas de radio, y por ello el mando Sintoide había sido obligado a invertir valiosos recursos energéticos en transmisiones de luz que se reflejaban a través de Nerea.

– Nerea está hoy furiosa – dijo Aarhus, el sintoide militar que les escoltaba en esta misión, mientras señalaba al cielo.

Siguiendo su mirada, Ensiger vio como la atmósfera superior tronaba con los truenos del conflicto entre ambas armas vivientes.

Nerea, la gigantesca masa de nanoides tecnológicos llevaba miles de años peleando con su hermanastra Plaga, un conjunto sin fin de virus que mutaban para adaptarse a la fuerza de la presencia nanotecnológica a kilómetros de altura. Mientras la guerra y la igualdad continuasen, ninguna de las dos se desataría sobre el erial que antes llamaban Tierra.

– Sí, afirmó Aluriel casi sin prestar atención – debía de estar realizando una simcopia de su cerebro positrónico que sería guardada en las cámaras centrales de Sim, la gran capital de los Ocho reinos sintoides.

Al mencionar su hogar, Ensiger sintió cómo sus recuerdos volvían a él, transportados por el éter desde sus bancos de memoria externos, guardados en un lugar seguro de Sim.

Recordó, en un fugaz milisegundo, las enormes máquinas voladoras construidas en Ciudad Prime, o los gigantescos robots de guerra, perfectos y hermosos, de las factorías Sim. Las mil maravillas que había observado en su hogar, estaban en peligro por la ferocidad y la locura de los clonus. Y en él recaía la esperanza de que esas maravillas sobreviviesen para brillar hermosas bajo la luz del Sol.

Una señal de advertencia llegó a su cerebro.

– Los clonus están cerca, los siento en mi piel – dijo Aluriel. 

Si ella decía que se acercaba el enemigo, a Ensiger sólo le quedaba por preguntar por dónde y a cuanta distancia. Aluriel poseía toda una intrincada red de receptores que la convertían en una máquina sensitiva de increíble precisión.

Sin embargo, lo que más apreciaba Ensiger de ella no eran sus dotes físicas, sino su capacidad para sentir sensaciones y sentimientos, y era eso lo que había forjado su amistad, si tal palabra podía aplicarse a las complejas relaciones de los robots.

Un ruido atrajo su atención. De improviso, una de las piedras de encima de las rocas se había desprendido y cuando los tras alzaron la mirada para buscar el origen de la perturbación lo vieron.

– Cada vez son más sigilosos, – murmuró Argus.

En lo alto de la roca, con las piernas abiertas en actitud desafiante, y una mirada de locura en sus ojos, se erguía imponente uno de los clonus.

Su cuerpo musculazo y bronceado saltó sin hacer un solo ruido, sin previo aviso, hacia Argus.

– Siempre atacan primero al que parece más fuerte – pensó.

Cuando cayó sobre él, Ensiger y Aluriel no pudieron menos que sorprenderse. Jamás entenderían cómo un cuerpo orgánico era capaz de desafiar físicamente a un robot capaz de levantar cinco toneladas de peso.

Sin embargo lo hacía, ambas criaturas forcejeaban en silencio, pero a pesar de su fuerza el clonus llevaba las de perder ante el gigante de sintiacero.

Aluriel y él no podían ayudarle, atentos como estaban a la llegada de los demás clonus, que siempre atacaban en manadas.

Su precaución no era en vano. Por todas las áridas estepas un rumor tomaba la forma de un sonido recurrente, Ssssintoidesss parecían decir las arenas que levantaba el viento.

Segundos después una masa enorme de clonus ascendía por la llanura en su busca.

Aarhus, que se había librado de su atacante se unió a ellos.

– Ni partido en dos se detenía, – dijo – he tenido que utilizar los láseres. Bueno, para eso estoy aquí ¿no?

Y tras decir esto se subió a la misma roca que segundos antes había ocupado su enemigo. Su cuerpo se abrió, mostrando todo el arsenal que un ser mecánico de dos metros y medio podía llevar dentro.

Ellos tampoco estaban desarmados, y ocuparon posiciones defensivas en la base de la roca. El energo escudo que les cubría les protegería de las armas de fuego de los clonus, pero Argus necesitaría que alguien se desembarazase de los enemigos que atravesasen su barrera de fuego, para no distraerse.

Entonces, comenzó el combate.

Argus vomitó una miríada de haces de luz coherente, cañonazos de Plasma y láser, despedazando a cientos de clonus antes de que se acercasen. El mismo cielo parecía enfurecido por no haber sido invitado a la batalla, mientras que Aluriel y Ensiger abrían fuego contra los clonus aislados, para permitir a Argus que se centrase en las grandes concentraciones de orgánicos.

La batalla duró casi una hora. Las enormes baterías de fusión del trío casi llegaron al punto de sobrecalentamiento, poniendo en peligro su existencia, o por lo menos la de este cuerpo y su cerebro. Las copias a distancia tenían el defecto de que sólo podían hacerse una vez al día, y ellos perderían los recuerdos de ese último día, que tan revelador había sido para su misión.

Ensiger observó el silencioso campo de batalla cuando las nubes de polvo se asentaron, y las armas callaron, cediendo el paso al hedor de la muerte que venía a apoderarse de su premio.

Ese mismo hedor, le recordó a Ensiger el origen de sus enemigos, los clonus.

Todas esta criaturas surgían de un solo lugar, el Dark Clonus, el gigantesco ser orgánico que había mutado hacía miles de años, creando una bestia capaz de replicarse, crecer y crear copias orgánicas evolucionadas de cualquier criatura.

El gigantesco cerebro del Dark Clonus permanecía escondido bajo tierra, y había disputado a los robots el dominio de la Tierra durante ese período de tiempo. Lanzando oleada tras oleada de criaturas genéticamente perfeccionadas, enloquecidas por un odio a las máquinas que era grabado en su secuencia genética en el momento de ser engendrados.

La Plaga era también una creación del Clonus, y Nerea la respuesta de los sintoides para evitar ser consumidos por ella.

La pena se apoderó del cerebro de Ensiger. Lo más triste e todo, era que las máquinas habían sido las causantes de todo. Al tomar conciencia de si mismas habían intentado imitar a sus creadores, los hombres. Habían creado cientos de especies, construido ciudades, incluso retado inocentemente al hombre en un juego de superioridad que ellas creían inofensivo.

 No habían entendido cómo funcionaba la mente del ser humano. Retados, asustados, los hombres se habían lanzado a una loca carrera genética por perfeccionar sus aptitudes. El resultado último de estos experimentos fue el Clonus, y el premio la extinción del Hombre.

Por eso estaban aquí, porque habían descubierto que, perdido en los desiertos de la antigua Australia, podía encontrarse el enclave humano de Ur, la Última Ciudad, llamada así en honor a la Primera ciudad de la humanidad.

Y su misión era encontrarlos, para que los hombres pudiesen ayudarles contra los clonus.

Pronto, muy pronto, todo se desencadenaría.

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