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Eveleissar, madre del millón de mundos

Los seres humanos fuimos arrogantes poniendo sobre nuestros hombros el manto de reyes de la creación.

Durante siglos creímos ser señores del mundo, mas el manto que portábamos se tornó una pesada carga cuando supimos que sus antiguos propietarios esperaban ansiosos en las profundidades a recuperarlo, anhelantes de nuestra sangre y vidas.

La noche cayó sobre nosotros, rompiendo nuestra voluntad y esperanzas, y llenando nuestras almas de miedo.

La desesperanza sólo fue el final del camino al que los Ichar nos habían condenado con su vuelta. Un camino que llevaría a la extinción, de no ser por el sacrificio de quien ahora es la guía para nuestros actos, Raúl Torres.

Torres y un grupo de compañeros, al que algunos llaman sus apóstoles, sortearon las mil trampas y peligros que los Ichar les prepararon, y ayudaron a forzar una alianza con los renegados de las filas Ichar que no estaban de acuerdo con la campaña de masacres que sus hermanos habían desencadenado.

Al cabo, en una batalla que no podemos ni imaginar, pero que todos sentimos en nuestras almas mientras tenía lugar, el bando que promulgaba el respeto a los humanos resultó victorioso a costa de grandes sacrificios y de una gran pérdida por parte de Torres.

Pero la alegría que había empezado a anidar de nuevo en nuestros corazones resultó ser efímera y fugaz, como los restos de un castillo de arena que las olas y las mareas arrasan.

Pronto fuimos consciente que los nuevos Ichar que decían amarnos y respetarnos, eran en realidad como un padre severo que protege a su hijo, aunque para ello deba coartarle su libertad.

Además, los Ichar perdedores, representados por el Alto Consejo de la  Marea Negra, no iban a tolerar esta situación de tregua mucho tiempo más y, en los fríos salones repletos de oro y joyas, las traiciones ya se fraguan y pronto darán sus negros frutos.

Los hombres nos vimos así envueltos en una guerra fría que tenía lugar desde las profundas simas oceánicas hasta los fríos vacíos estelares que los Ichar llaman Marcas Externas.

Conocimos sus ciudades, y pro primera vez supimos lo insignificante de nuestros logros y lo pequeño de nuestro ingenio y poder.

Como insectos, asistimos deslumbrados a la majestuosidad desatada en las Trece Ciudades y las Marcas. Contemplamos los monumentos a la gloria del Ichar y vimos lo ínfimo de nuestra anterior vanidad.

Y sin embargo, nadie que haya conocido a los Ichar, y somos pocos los humanos que hemos sido tolerados hasta el punto de ser merecedores de su atención, sabemos que el verdadero poder de esta raza no son sus ciudades, ni las extrañas y alienígenas máquinas que llevan a la guerra y que en su día arrebataron a sus enemigos ya muertos y desaparecidos. Tampoco las armas de cristal más duras que el núcleo de un planeta, ni los ejécitos de bestias y esclavos que desencadenan sobre el Universo.

No, su auténtico poder reside en su interior. Es esa voluntad eterna e impasible que moldea la realidad domesticando las energías primordiales del universo, y algunas otras que ni siquiera son de esta realidad.

Quien conoce a un Ichar, y yo he podido hacerlo pues he amado y he sido amado por una de ellos, sabe que en el mejor de los casos, la mente humana es capaz de comprender sólo una parte de su forma de pensar, y de la voluntad que les mueve y que les sostiene durante eones.

Son la conciencia del mundo antiguo, son a nosotros lo que el continente Pangeano es a nuestros continentes. Padres y antecesores monolíticos e indomables. Son los pilares que sostienen el mundo, aunque éste ya les haya olvidado, rocas que no se doblegan ni ante el viento ni el agua de los tiempos. Son eternos, y hasta la Muerte les teme.

Pero incluso ellos temen cosas. Temen a su creador, que dicen el mismo que el nuestro.  Temen lo que desconocen, como a la terrible raza de La Religión, y se temen entre ellos.

Y uno de los más temidos es Eveleissar, la Madre del Millón de Mundos.

Permitidme que os cuente su historia.

(Continuará)

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