Hay sensaciones que te marcan de por vida, momentos inolvidables que cada uno de nosotros atesora como joyas, y cuyo recuerdo logra ponernos la piel de gallina en esos escasos momentos que logramos rememorar las sensaciones que vivíamos en ese preciso instante.

Entre mis recuerdos asociados al mundo del rol y el ocio alternativo, aunque muchos renegarán de él, está la primera vez que abrimos el Heroquest. El juego de tablero.

Recuerdo perfectamente la música que sonaba en la tele, el viaje de vuelta a casa con el juego bajo el brazo, la sensación de impaciencia al abrirlo, sin poder esperar a después de comer.

Recuerdo más vagamente la sensación de sacar las piezas, casi imbuidas de magia, las figuras de monstruos, las cartas, el olor del tablero.

Y las primeras partidas con primos y hermano, las primeras fichas, las risas, los cabreos, las aventura.

Y más tarde vendrían las expansiones, cada una buscada y atesorada, como un aumento de las posibilidades de un juego que, a pesar de sus limitaciones, no parecía agotarse nunca.

Y con las ampliaciones llegó algo más, llegó la creatividad. Comprendimos que el juego no se constreñía al tablero inicial y a las reglas iniciales, o a las pocas reglas caseras que habíamos hecho. El mundo se amplió.

Nuevos monstruos, monstruos especiales, aventuras previas y posteriores a las partidas. Sin saberlo, habíamos comenzado a entrar en el mundo de los juegos de rol.

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