Los que pretendemos ser futuristas aficionados hablamos mucho sobre la Singularidad Biológica.

Pensamos que llegaremos a ella mediante pasmosos desarrollos de ingeniería genética que desarrollarán nuestra inteligencia llevándonos a un nuevo nivel en la evolución.

Tememos las consecuencias de una selección artificial por lo que tiene de lucha de clases, o la defendemos porque, a fin de cuentas, los nacidos por éste método no dejarán de ser nuestros hijos.

Sin embargo, existiría la posibilidad, teóricamente, de que se desarrollase una evolución biológica natural que superase nuestra inteligencia. Un ser inmensamente más inteligente, o lo suficiente como para dominar la lucha por la biosfera, o relegarnos al olvido amablemente.

También es posible que en nuestra exploración del espacio nos encontremos con biosferas evolucionadas incomprensibles para nosotros. Podríamos tomar como ejemplo el mundo de Pandora de la película Avatar.

Un mundo en el que cada ser vivo, sea animal, vegetal, o de cualquier clasificación posible, se encuentre conectado por una red tan basta e increíble que sus motivaciones sean inteligentes.

Dicha inteligencia no debería ser ni siquiera similar a la nuestra, sus motivaciones e impulsos nos serían incomprensibles, pero seguiría siendo inteligente, y quizás, incluso consciente de su propia existencia.

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