David se escondía bajo las sábanas mirando hacia la ventana con ojos asustados.

Las ramas del árbol parecían alargarse contra el cielo, aferrando la luna llena de esa fría noche de invierno. Pero hoy David no podía verlas.

Sus padres habían atrancado las puertas y ventanas, como cada año, y sus tíos y primos dormían juntos en el salón.

Se había convertido en una tradición familiar el reunirse en las casas de las zonas menos azotadas y compartir esa noche. Como si fuese a albergar alguna seguridad.

Tras los tablones de madera, alguna sombra sobresaltaba a su madre, quien vigilaba despierta sentada en una silla.

Su hermana pequeña, demasiado pequeña como para conocer la verdad, dormía tranquila e ignorante, pero desde hace un par de años él no. Él ya no.

Aún recuerda cómo se enteró de todo, cómo se lo contaron, y como comenzó a entender que en el mundo había algo más que juegos y diversión.

David tenía sólo 7 años, pero ya conocía lo que era el miedo.

Arriba, en la buhardilla, un crujido le sobresaltó.

– Tranquilo, David, son tus tíos. Están vigilando la calle. – Le tranquilizó su madre.

David pudo imaginarse a todos sus vecinos, escondidos en sus casas, en la misma situación. el barrio entero, la ciudad, todo el mundo, escondidos y reunidos en familia para pasar esa noche. El miedo se apoderaba de todos, y el terror era la moneda de cambio entre las familias que sabían cuál sería el destino que alguien correría en algún lugar, mientras rezaban para que no fuesen ellos.

Algunos decían haber sobrevivido, haber escapado, plantado cara.

Sus padres habían discutido acaloradamente sobre ello, su padre decía que era cierto, que si eran muchos, había una oportunidad. Su madre que eran mentirosos o locos, que nadie podría escapar, y que reunirse toda la familia no era una seguridad mayor, sólo una oportunidad de perder a toda la familia.

Pero la voz de los hombres de la familia se había impuesto.

Todo el mundo miraba por los resquicios que lo tablones de madera dejaban ver en las ventanas, los perros escondidos o sedados en los sótanos, las cortinas echadas, y el miedo adueñándose de todo.

Esa noche era la noche de Ellos. Era Noche de Reyes. Y David esperaba que no eligiesen su casa.

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