“Queda poco para que el hechizo de vuelo agote su poder y me vea obligado a bajar de nuevo a la ciudad.

Vista desde aquí, nuestras vidas parecen tan insignificantes, tan minúsculas, que subir aquí es lo único que me ayuda alo largo de las décadas a mantener la perspectiva y la cordura.

Abajo, en mis laboratorios y los del colegio, me cuesta comprender porqué hago lo que hago, inmerso siempre en la búsqueda de más poder y de más conocimientos arcanos. Ahí abajo, entre protecciones mágicas, servidores demoníacos, estudiantes ambiciosos y maestros temerosos uno puede llegar a perder de vista el propósito por el que nos reunimos aquí, en Círculo de Fuego, hace ya mil años.

Recuerdo como si fuese hoy el día del consejo en que nuestros videntes y magos cronománticos nos advirtieron del peligro.

Una gran sombra roja y negra nubla el horizonte del futuro, y nada que no este preparado sobrevivirá a ella. Muchos fueron los escépticos, pero si algo caracteriza a los magos y hechiceros de cualquier lugar es su precaución que raya en el miedo.

Así que lo hicimos, reunimos las familias, gremios y escuelas mágicas, y escogimos la más grande de las ciudades del mundo antiguo, cuyo nombre hemos olvidado voluntariamente, y la tomamos para nosotros.

Quienes nos fueron útiles pudieron quedarse, como aprendices, sirvientes, o trabajadores. Los que no, o bien fueron obligados a marcharse, o erradicados de forma expeditiva.

Teníamos tan poco tiempo.

Levantamos las mayores protecciones que supimos, un Mithal que cubriese toda la extensión de la ciudad, un muro de fuego y lava que la rodease, y las criaturas mágicas más poderosas para guardar la única entrada que dejamos a través del anillo de fuego.

Cerramos la ciudad, y esperamos mientras nos organizábamos.

Pronto vino el Martillo Negro. Nuestra magia se volvió inútil e inoperante para observar lo que acontecía en el exterior.

Incluso los más poderosos artefactos de visión no revelaban más que una bruma jroja y negra que se iba extendiendo por el mundo, y una sensación de terror que se propagó por la ciudad y nos dejó completamente aislados.

Nuestros intentos por observar lo que acontece en el mundo fueron fútiles, y casi ningún sirviente enviado fuera sobrevivió o, por lo menos, ninguno volvió para contarlo.

Enviamos después criaturas mágicas y familiares, y algunos de sus amos enfermaron por el vínculo que les unía. Tampoco ninguno regresó.

Al fin, con el paso de los siglos, un poderoso sirviente mágico regresó del exterior. Tras la cuarentena, pudimos hablar con él, pero misteriosamente no recuerda nada de lo que le aconteció en su periplo de varias semanas por el Exterior.

Varias veces hemos vuelto a enviar criaturas mágicas poderosas hacia la Plaga con la esperanza de aprender algo más de ella. Algunas veces vuelven, otras no, sin ninguna pauta lógica. Pero siempre, sin excepción, vuelven sin recuerdos del exterior, y, en algunos casos, con los cuerpos marcaos con horribles heridas, y las mentes destruidas hasta el punto de que ni nuestros conjuros pueden traspasar la barrera de locura o las nieblas rojas que inundan sus recuerdos.

Con el tiempo aprendimos más sobre nuestra situación como prisioneros. Nuestros conjuros de invocación podían seguir atrayendo servidores de otros planos y mundos, pero no podíamos devolverlos al exterior. Nadie podía tampoco abandonar Black Hammer por medios mágicos o físicos. Ni siquiera para ir al Plano Etéreo o al Astral.

Somos prisioneros poderosos, pero prisioneros al fin y al cabo.

Miro hacia abajo, y veo nuestras mezquinas luchas intestinas, repletas de avaricia, ambición y ceguera, y me recuerdo el motivo por el que nos reunimos hace casi mil años.

Recuerdo las profecías ha hablan e la destrucción de Círculo de fuego en el primer milenio de su fundación, recuerdo los rostros apenados de mis hermanos de escuela, cuando yo era sólo una aprendiz, y nos encaminábamos a este lugar en nuestras carretas y carromatos.

Mirando a nuestro alrededor, sintiendo, sin saber como, que era la última vez que veíamos lo que habíamos creído nuestro mundo.

Desciendo un poco, dejando la cúspide del Mithal protector tras de mí, arriba. De quererlo, podría sobrepasarlo, y saldría al Exterior. Nada me lo impide. Me vería arrojado a un destino que tantas veces hemos escuchado aterrados, y del que incluso ahora apenas conocemos nada, excepto unos pocos síntomas.

Algunos dicen que a Plaga empezó en esta región, y que desde aquí s extendió por todos los lugares del mundo antiguo. Muchos nos preguntamos si la misma Plaga no será un experimento de alguna de las casas que se descontroló. Algunas de ellas no quisieron venir a esta ciudad, y sus nombres son pronunciados con temor y reverencia en los pasillos oscuros de las torres. Los Thamatinos, que estaban experimentando con cosas de más allá del espacio y el tiempo, con los mundos externos, poblados por criaturas de caos, muerte locura. O los Serendeser, que decían haber descubierto un plano mucho más allá de los planos exteriores, debajo de los Infiernos y el Abismo, y más extenso que todos los planos exteriores juntos.

Cualquiera de ellos pudo iniciar esto, o tal vez fue alguna de las casas o escuelas que hoy sobreviven todavía, y que guardan un secreto callados y rogando a la diosa Magia que no sean descubiertos.

Aclaro mis pensamientos, y bajo a través de la bruma, y me adentro en ella dejando que su frescor revitalice mi rostro y mis músculos cansados.

Y la Ciudad se abre ante mí.

A plena luz del día, Círculo de Fuego es la idead más majestuosa que existe. Era inmensa cuando llegamos, y desde entonces, dado nuestra creciente necesidad de espacio, se ha vuelto mucho más grande, hacia el cielo y en las profundidades de la tierra. Las torres se levan a kilómetros de altura en muchos casos, y sus catacumbas dungeons hieren la tierra en una infinidad de cortes que penetran en su interior.

Fuimos previsores al planificar la ciudad, elevamos el mithal muchos kilómetros hacia arriba y hacia abajo. Todo lo que nuestro poder y confianza nos permitieron, sabiendo que necesitaríamos espacio para cada escuela, cada mago y cada gremio. Los hechiceros somos muy reservados y paranoicos. Es el precio de saber lo que el poder auténtico puede hacer.

Con el tiempo, los edificios fueron elevándose, con rocas extraídas de las excavaciones y de las minas, o con materiales arrancados a de los planos interiores a los daos y a los efreets.

Miro hacia el horizonte y sólo veo kilómetros y kilómetros de torres, edificios, columnatas y templos, que se pierden más allá de mi vista y que se elevan sobre más edificios y torres envueltos en nubes y niebla en las cúpulas superiores. Barrancos enormes que una vez fueron calles son cruzados por puentes, escaleras y pasarelas, sus muros laterales cuajados de balcones, ventanas y salientes que albergan más templos, torreones y contrafuertes.

Las torres repletas de agujas, minaretes, cristaleras y gárgolas de piedra parecen querer herir las nubes desafiándolas con su altura, y sobre los atrios y patios que se encuentran dispersos aquí y allá, cientos de personas solitarias parecen acudir precipitadamente a un encargo o una cita, traspasando umbrales y puertas que yo nunca pisaré. Cada uno con sus propósitos ocultos, o sus órdenes particulares.

Sigo volando lo más rápido que puedo, mientras paso calle tras calle, castillo tras castillo, torre ras torre, admirándome de la diversidad y magnificencia de su arquitectura. Sólida y al tiempo ligera.

Una sombra se proyecta sobre mí, y un dragón me sobrevuela. Los dragones de Círculo de fuego son algunas de las criaturas más admiradas y queridas de la ciudad, y de las más deseadas. Sólo quedan media docena, y ni siquiera ellos parecen poder sobrevivir a la Plaga.

Antes de la llegada del Martillo Negro, los dragones se marcharon. Todos ellos. No sabemos donde, pero nos tememos que sabedores del destino que iba a correr el mundo antiguo se marcharon. Nos abandonaron.

Ahora sólo queda un puñado en el mundo, y la mayoría están aquí, como aliados de alguna de las escuelas, o sirvientes de los magos más poderosos. Aquellos que ya eran antiguos cuando vinimos aquí.

El dragón se eleva hacia el cielo y se encamina hacia una de las fortalezas volantes. Su negra mole flota sobre los vientos y la niebla, repleta de casas y torres y murallas en su parte superior, y plagada de túneles defensivos y balcones para los observadores en la roca inferior.

Al mirar al cielo, veo otras como ella. Con la magia que las sostiene crepitando, algunas abandonadas por sus dueños, que se aislaron en su locura, con vegetación salvaje creciendo como si fuesen una selva abandonada, derramándose por sus paredes, otras, enseñando orgullosas sus propias torres, elevándose sobre los palacios y castillos que descansan en el suelo, o enfrentándose solitarias ante los hogares de las casas más poderosas de Círculo de Fuego, cuyos castillos y escuelas se elevan a lo lejos grandes como montañas y repletos de sus propios edificios de arquitecturas únicas apenas visibles por la distancia y la niebla.

Nunca he llegado hasta allí, sé qué clase de muerte me esperaría si osase invadir el hogar de las Casas Mayores, o me interpusiese en el equilibrio de poder que cada una intenta destruir en su propio beneficio. Con sus torres repletas de criaturas invocadas, demonios, planetares, devas, diablos… Y con sus mazmorras y laboratorios subterráneos experimentando con cosas mucho peores.

Más allá de estas moles milenarias, traídas con magia de otros lugares y planos, o erguidas de la nada por poderes inalcanzables, la ciudad se extiende más y más lejos, hasta llegar a los castillo defensivos. Protegidos por magos de guerra, y que observan atentamente el lejano muro de fuego, y los ampos de cultivo que se extienden a sus pies, a ambos lados de la única entrada a la ciudad. Campos atendidos por sirvientes y bestias.

Más allá, las tierras de fuego, un foso de lava eterna que rodea la ciudad, y que al final, se eleva hacia el cielo formando el muro que dio nombre a mi hogar.

Continúo mi camino y paso frente a una balconada cubierta por arcos y bóvedas y veo en su interior un jardín de flores, árboles frondosos y plantas, y me pregunto qué clase de hierbas se criarán en él, y qué clase de pactos se habrán realizado bajo el frescor de sus árboles y fuentes y en sus bancos de piedra. Desciendo por una calle, y mientras paso bajo a un puente miro hacia el suelo. Apenas puedo ver nada, mientras la neblina lo oculta a mis ojos, pero sé que está muy abajo. Y que bajo él, Círculo de Fuego se extiende más lejos todavía.

Dejo atrás los edificios que acabo de observar, y entro en una zona de torres más bajas, pero aún así inconmensurablemente altas para quien no esté acostumbrado a ellas. En el centro de ellas, elevándose orgulloso rodeada de vasallos está mi hogar mi hogar.

La Aguja Ilepsis, la aguja de mármol blanco y cristal, sede de mi casa, una casa menor, pero de poder creciente. Que tal vez no pueda igualar en altura y poder a otras casas y escuelas mayores, pero que lo hará algún día.

Y aquí, antes de posarme en el balcón de mármol donde me esperan mis sirvientes, recuerdo porqué fundamos Círculo de Fuego hace ya tanto tiempo. Tanto, que hasta los mas viejos parecen haberlo olvidado.

La creamos para que ni siquiera la Plaga pudiese acabar con la Magia.”

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