Seraptrion observaba orgulloso el fuego desde uno de los diez balcones principales.

Bajo él, el abismo que conducía a las profundidades y a la Plaga se abría albergando la plataforma de ceremonias y sacrificios, el que muchos describirían como el más importante punto de NasurNaga.

Rodándolo, las otras nueve principales familias observaban desde púlpitos similares, y la inmensa multitud de las casas menores se arracimaban en el los balcones inferiores y las barandillas de protección. No sería la primera vez que uno de los ciudadanos menores caía al abismo, al resbalar, o ser empujado inintencionadamente por el calor de la emoción.

Tampoco la primera vez que alguien aprovecha la ocasión para librarse de un molesto rival, o un jurado enemigo.

Seraptrion era consciente de que los balcones habían visto tanta sangre, traición y asesinatos como cualquier otro lugar de la ciudad de los elfos oscuros.

Bajando la vista, pudo ver a pesar de la oscuridad cómo la plataforma se extendía encima del abismo, sostenida por tres enormes puentes de roca negra y acero, a los que se accedía desde las entrañas de la misma roca, por un laberinto de pasillos accesibles sólo a unos pocos.

En el centro de la plataforma, altares de sacrificios manchado de rojo y sangre por los miles de sacrificios que la ciudad llevaba haciendo durante los últimos mil años. La Plaga acechaba al rededor de la ciudad, y sólo los sacrificios adecuados la mantenían a raya.

O al menos eso creía su raza. los Kaeremitas eran de otra opinión, pero no solían compartirla mucho con ellos. el sólo pensar en esos terribles devoradores de cerebros hacía que un escalofrío recorriese su mente. a pesar de pertenecer a una de las razas más crueles que han existido nunca en el mundo de Black Hammer, antes, y después de la Plaga. A pesar de estar habituado a la traición, el asesinado, las guerras tribales, la tortura y cualquier tipo de horror y crueldad, Seraptrion nunca se acostumbraría a compartir su hogar con los Terribles.

Pudo ver uno o dos de esos demonios entre las filas de elfos menores, aunque nunca solían acudir a los sacrificios, ésta ceremonia era especial. El elfo oscuro los distinguía fácilmente por el espacio a su alrededor que creaban los demás elfos al apartarse de ellos.

A pesar de que el cerebro de los elfos oscuros era venenoso para los Terribles, pocos miembros de esta raza querían tener nada que ver con ellos, y sólo pactos secretos en los que se intercambiaba información, o esclavos, por servicios de naturaleza casi tan incomprensible como los poderes mentales de los kaeremitas, hacían que alguna vez entrasen en contacto.

Durante cientos de años los elfos oscuros habían alimentado a los Terribles con esclavos criados en sus corrales de cría, a cambio de la participación de éstos en las vendettas personales de las familias élficas. La llegada de las caravanas había supuesto un cambio en esta política de equilibrio y contraprestaciones.

Los Terribles ahora podían comprar alimentos y víctimas en otras ciudades, lo que no dejaba de inquietar a Seraptrion. ¿qué harían los kaeremitas si ya no necesitaban a los elfos oscuros algún día?

Por suerte, los dragómadas venían muy de cuando en cuando, los kaeremitas poseían unos apetitos terribles e insaciables que sólo sus familias podían alimentar. Por ahora.

Seraptrion se preguntaba si los kaeremitas sentirían la misma aversión hacia ellos. Nunca ninguno de los terribles lo reconocería, pero el apelativo de Los Oscuros que había oído varias veces a alguno de esos demonios, refiriéndose a la raza élfica, podía ser un indicativo de que el miedo era mutuo.

Sus propios hermanos y hermanas no eran precisamente un dechado de bondades, ni estaban indefensos.

Otra consecuencia de la llegada de los dragómadas había sido que algunos miembros de sus razas habían partido fuera. Los kaeremitas, en pos de presas nuevas, quizás con la esperanza de encontrar un enclave de desolladores mentales, primos lejanos y cuyo cerebro es el mayor manjar que uno de los Terribles puede devorar.

Seraptrion sólo había visto emocionarse a un kaeremita, rompiendo su aparente calma perenne, al hablar de la posibilidad de degustar ese apetitoso manjar.

Por él recorrían Black Hammer de ciudad en ciudad. Sólo los dioses oscuros sabían qué terror sentirían los miembros de esas ciudades cuando uno de los Terribles arribase a sus hogares.

De la misma, forma, extraños extranjeros recorrían las calles de NasurNaga, Despeir, para los kaeremitas. Invitados por las familias, o aventureros solitarios, llegaban, caravana tras caravana.

Sus extraños poderes les hacían en ocasiones valiosos, en otras, víctimas propiciatorias.

La propia familia de Seraptrion había llegado a un acuerdo con otra ciudad, y un pequeño equipo de algo que llamaban alquimistas vitriales y magos arbóreos trabajaban en conjunto con los artesanos de su familia para encontrar nuevos usos a los hongos y líquenes de la ciudad.

Un secreto que sólo unos pocos conocían, pero que, no le cabía la menor duda, se repetía en cada una de las grandes familias y en muchas de las pequeñas que podían permitírselo.

Los extranjeros hollaban el hogar milenario de los elfos oscuros, y estaban convirtiendo sus intrigas en algo aún más extraño.

La música redobló su rítmico sonido, y las hogueras se reavivaron desprendiendo el olor acre de los líquenes que las alimentaban. El humo ascendió, y mientras lo seguía alzarse con su mirada, Seraptrion pudo ver las impresionantes líneas de la ciudad elevarse en la caverna principal, allí donde las torres oscuras se iluminaban sólo por los ventanales y balcones, que mostraban la magia familiar que daba luz a las salas donde conspiraban los elfos oscuros.

Allí, en las habitaciones privadas, en los salones, en las mazmorras y laboratorios, su raza seguía conspirando como si nada hubiese cambiado en los últimos dos mil años. Como si la Plaga no hubiese destruido su mundo.

Allí, en sus torres y barracones, los elfos oscuros podían aparentar que no eran prisioneros de algo mucho más terrorífico que ellos mismos.

Los pasos de los esclavos atrajeron de nuevo su mente hacia abajo, y Seraptrion  pudo ver cómo la plataforma se llenaba de hileras de esclavos hipnotizados por los Terribles. Silenciosos, caminaban en perfecto orden.

El propio asistente personal de Seraptrion, Netterial una fabulosa hembra humana, estaba entre ellos, su mejor criada, su más fiel servidora. Alguien a quien casi podría decirse que había cogido algo de cariño, si tal palabra existiese en NarsurNaga.

Sus ojos podían verle allí abajo, altivo y orgulloso.

También pudo ver cómo se iba acercando a la pira, y cómo delante de él, esclavos y sirvientes, y algún extranjero, se arrojaban a las llamas para despertar de su trance y morir gritando. Sus alaridos llenaban esa noche la ciudad.

Los elfos oscuros apenas se planteaban cuestiones morales o sentimentales, pero si alguno lo hiciese, siempre existía la permanente presencia de la Plaga que acechaba la ciudad desde todas direcciones, para eliminar esos pensamientos.

Los sacrificios eran el único impedimento para que La Plaga entrase en la ciudad. Y el día que lo hiciese, ni los Terribles ni los Oscuros ni todos sus poderes, esclavos y aliados, podrían evitar el más terrible de los destinos.

Seraptrion volvió a centrase en la escena mientras Netterial se arrojaba a las llamas.

El elfo oscuro tardaría varias noches en olvidar sus gritos y la mirada de terror e incomprensión en sus ojos.

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