Cuando era adolescente soñaba con dragones, aventuras y posadas.

Las posadas eran el núcleo de muchas aventuras soñadas y jugadas, y en ellas se evocaban los misterios que el mundo real parecía no tener para ofrecerme.

En las posadas de fantasía comenzaron aventuras, vivimos escenas de peligro y soñamos con enamorar a aquella joven del pueblo por la que todos suspiraban.

Las posadas son, al cabo y sin discusión, uno de los elementos fundamentales en cualquier juego de fantasía. Son un pilar de las partidas de rol, son un ladrillo fundamental en la construcción de la historia y poseen una capacidad hipnótica para sumergirnos inmediatamente en otros mundos.

Permitidme que os describa brevemente una de las muchas que pueblan mis sueños.

La Posada de las Almas Perdidas

El mar murmura a lo lejos, detrás del bosque, y su sonido llega apagado a los huéspedes que acoge la posada cada noche. Sólo los días de niebla, que en esa zona son bastantes, el romper de las olas llega diáfano, compitiendo con la algarabía que inunda el salón de la planta baja, abarrotado de clientes y paisanos.

La cocina tiene fama en la zona por la calidad de sus guisos y asados, una docena de habitaciones bastante bien equipadas suelen acoger al menos a una partida de aventureros o dos, además de algunos viajeros que recalan de algún largo viaje.

La chimenea ayuda a las lámparas de aceite a llenar con su acogedora luz el salón, y el calor inunda la habitación excepto en los recovecos más alejados de ella, ideales para quienes quieren llevar sus asuntos lejos de las miradas curiosas de los entrometidos.

En las habitaciones superiores, entre las que se incluye una curiosa buhardilla, transcurren las noches de sus huéspedes, mientras algún guardia pasea displicente por la balconada que rodea la fachada, vigilando los límites del bisque y tratando de impedir la presencia de furtivos o ladrones que traten de acceder a las habitaciones.

Su localización geográfica la convierte en un nexo importante para los aventureros, y la presencia del cercano puerto de Efriport, refugio de pescadores y parada de corsarios le dan un toque exótico. Rodeada de bosques y con la sombra de la Montaña del Rey al norte, no es extraño que alguna partida de orcos u osgos trate de asaltarla de cuando en cuando.

El personal de Las Almas Perdidas está acostumbrado a ello, y su propietario, Sorejsen, un viejo corsario, suele reclutar a aventureros retirados u ociosos para que hagan las veces de guardias y personal de servicio.

En las ocasiones en que alguna banda un poco más numerosa logra escapar de alguna de las patrullas y acercarse a la posada, no es raro ver a empleados y clientes por igual combatiendo juntos contra esas partidas de guerra.

A pesar de ello, los incidente suelen ser lo suficientemente poco numerosos y esporádicos para que sean considerados por los viajeros como una mera anécdota.

El nombre

El nombre de la posada se lo otorgó Sorejsen, rememorando su más famosa aventura, el asalto al Palacio del Lord Liche Perturbus. Sorejsen no pone ningún reparo a contar, ni ésta ni ninguna de sus otras historias, y algunos parroquianos murmuran que quizás sólo tomó la posada para tener alguien a quien contarle sus hazañas.

Parroquianos

Entre los clientes habituales de Las Almas Perdidas encontramos campesinos de pueblos cercanos y pescadores que se acercan los fines de semana, además de las consabidas bandas de aventureros y de algún huésped noble con su escolta de manera ocasional.

También los amantes de la zona encuentran reposo y solaz en la posada, y aunque Sorejsen no permite la prostitución, su personal es lo suficientemente discreto como para que cuando el resto de los parroquianos habituales se ha marchado, las parejas acudan a la posada a sus encuentros furtivos.

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