Aeneris recorría las amplias calles repletas de gente mientras las estrellas brillaban en el cielo nocturno.

Las últimas versiones de las farolas neo incorporaban un filtro especial que, al contacto con las tecnolentillas de los transeúntes, permitían que la luz de las mismas no interfiriese con la luz natural.

De esta forma, los ojos captaban sólo la luz que necesitaban, primero la de origen natural, para después seleccionar aquella procedente de fuentes artificiales.

Eso permitía a Aeneris ver las estrellas brillan en el cielo como una miríada de perlas, al mismo tiempo que veía las calles bien iluminadas.

Sin embargo, la vida de Aeneris era gris e insípida.

Oh, por supuesto que dsiponía de todo tipo de comodidades, y disfrutaba de los numerosos placeres que su hábitat, Hedos, ofrecía.

Juegos diversos, mil fuentes de ocio digital, cien redes distintas de internet, espectáculos únicos cada día y la compañía de miles de millones de habitantes que compartían el habitat Hedos con ella.

Y sin embargo, se sentía vacía.

Tenía más de trescientos años “despierta”, aunque seguramente su cuerpo había nacido hace más de tres mil años, y aunque su apariencia era joven y hermosa, gracias a las tecnologías de prolongación de la vida, su mente estaba aburrida.

Ni siquiera las técnicas de rejuvenecimiento mental, el olvido selectivo y los almacenes de sueños habían podido paliar esta sensación de que en sus cientos de años ya lo había visto y sentido todo.

Anhelaba la sensación de descubrir cosas nuevas cada día de sus primeros años de vida. Esa sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que las noticias, los mapas estelares y los mundos virtuales decían. Que siempre había cosas nuevas por descubrir.

Ahora, con tres siglos de visitar mundos diversos, y miles de años dormida entre viajes pero experimentando realidades virtuales únicas, había vuelto a su hogar orbital, y había perdido esa sensación.

Ahora ya no esperaba nada nuevo, a pesar de que lo tenía todo.

De improviso, sus tecnolentillas, era extraño seguir llamándolas así a pesar de que eran ya algo habitual a lo largo y ancho del cosmos, la avisaron de que alguien se aproximaba en su dirección.

Se trataba de una joven, atractiva y con un aire desenfadado similar al de alguna de las mujeres que había conocido en el pasado, y con las que había compartido algo más que amistad. Su pelo rojo se encontraba parcialmente cubierto por un velo que formaba parte de un vestido de gasas blancas y azules, cuyo único complemento era un cordón para sujertarlo y que impedía, o lo trataba, que quedase al descubierto demasiado de su anatomía.

Ciertamente, se fijó, no siempre lo conseguía.

La desconocida la sonrió, y le tendió un holofolleto. Aeneris extendió la mano, y un poco sorprendida, lo tomó.

La joven sonrió, y sin mediar palabra con ella, se marchó buscando entre la multitud.

Aeneris, miró el flexible material que la chica le había dado, el típico folleto de material flexible en el que desplegaban habitualmente vídeos comerciales y virales publicitarios.

Pero esta vez no se encontró con el típico coche magnético, ni con una nueva máquina de sueños, ni con alguna recién lanzada red social onírica.

En el folleto sólo había una imagen, que ondulaba como mecida por el viento. Un enorme puño rojo que parecía apresar una miríada de estrellas.

Debajo de él, una sola frase, “Unidad, frente a lo desconocido”.

Aeneris sabía lo que anunciaba. Se trataba de la llamada Iglesia de Hedonos. El mecanismo de captación del Singular Hedonos.

Hedonos era el único Singular surgido de este habita, la menos que se conociese, y era al tiempo motivo de orgullo y temor para los habitantes de Hedos. Hedonos era conocido como uno de los escasos Singulars dedicados a la exploración de emociones y sensaciones desconocidas. Y basaba toda su existencia, y la de sus acompañantes, en descubrir nuevas experiencias.

Sus avatares y enviados recorrían el millón de mundos buscando nuevos juegos, nuevos ritos, experiencias diferentes, entretenimientos originales, pensamiento únicos. Y reclutando gente.

Los objetivos del Singular eran desconocidos, como los de casi todos ellos, pero podían ser muy bien catalogar todo el abanico de experiencias, sentimientos y sensaciones del universo.

Hasta ahora, Aeneris había ignorado la presencia de los clubes casi secretos de la Iglesia de Hedos, generalmente escondidos en recónditos callejones. Ni siquiera los rumores de rituales extraños de otros mundos que combinaban orgías extrañas con tecnología y con libros arcanos la habían llamado la atención.

Pero ahora, por algún motivo, no podía apartar la mirada del folleto que la evangelista de Hedonos le había entregado.

Dispuesta a descubrir qué es lo que la pertenencia a ese singular le podía ofrecer Aeneris se encaminó hacia el club de captación más cercano, dispuesta a ofrecer todo lo que tenía, a cambio de nuevas experiencias, para mayor gloria del Singular Hedonos.

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