Los Señores de la Singularidad se arremolinaban impacientes en los rincones de los circuitos, discos y fibras que ahora soportaban su esencia.

Como era de esperar, la Singularidad llegó de la mano de los poderosos, y a su imagen y semejanza, remodeló el mundo para garantizar que en esta nueva etapa nada cambiase.

Señores de las finanzas y la industria, que ahora no eran sino bits y qbits en inmensas máquinas que al ser humano le parecían casi alienígenas, regían el mundo y el sistema solar elevando proyectos incognoscibles y trazando sus designios eternos, mientras el resto de la Humanidad padecía su indiferencia o sus intrusiones.

De cuando en cuando, alguno de estos llamados Señores de la Singularidad enfocaba su poderosa mente en lo que quedaba de la Humanidad, en quienes habían sobrevivido a sus proyectos, para cualquier designio.

Como un ser superior que contemplaba un hormiguero, los Señores de la Singularidad no habían sido muy cuidadosos con quienes fueron sus congéneres. Países enteros habían sido cargados en poderosas máquinas de computronium, ecosistemas completos habían sido remodelados, y millones de personas habían muerto de hambre cuando sus cuerpos, privados de sus mentes que ahora formaban parte de juegos alienígenas, perecieron.

El nuevo proyecto de Sigmar, así se hacía llamar este señor de la singularidad, había atraído la atención del resto de los suyos. Quería saber si la mente de un humano corriente, de los de antes, podría soportar la carga de toda una Singularidad.

Evidentemente sabía la respuesta, y el “proyecto” era más una excusa que una auténtica apuesta científica. Las diversión y la sangre estaban garantizados.

Colosales máquinas que ahora formaban parte del conjunto que era Sigmar, como células de un cuerpo que se extendía más allá del sistema solar, comenzaron a elevar el cuerpo del elegido para tal prueba.

Un humano corriente, pero según el señor singular, quizás el más inteligente de todos los humanos. Una ameba, desde luego, en comparación a él y a la centena de otros señores, pero una ameba más lista que las otras.

En picosegundos, las máquinas cuánticas enchufaron el cerebro del hombre a la Singularidad, y todo fue volcado en su interior. Los Cien Señores se adentraron en la mente del humano, deseando contemplar con sus mil sentidos la apóptosis de un cerebro así.

El cerebro era mucho más complejo de lo que pensaban, no ya en su estructura, aunque detectaron diversas enfermedades mentales como obsesión compulsiva, psicopatía y autismo, de base biológica, sino en la estructura cuántica de la propia mente.

Al parecer, el hombre había pasado décadas en su mundo de ensoñaciones, y había creado mundos increíbles en su interior. Su mente contenía universos.

A medida que los señores se iban adentrando en las capas de la mente del hombre, más y más paisajes oníricos les salían al paso, tan grandes e inmensos, que debían dedicar más y más segundos de computación para abarcarlos, y éstos, en lugar de rendirse y dejarse comprender, cambiaban y se adaptaban haciéndose más grandes.

Y tras cada nivel, uno nuevo repleto de mundos y universos inabarcables.

Los segundos de computación del computronium se convirtieron en horas, y las horas ne días, y los días en años, mientras que los Señores de la Singularidad trataban de abarcar aquella inmensidad construida y, como jugadores de realidad virtual cuyas mentes se enganchan al juego olvidando la existencia de sus cuerpos, dejaron transcurrir las décadas sin apenas darse cuenta, manteniendo vivo al humano para no perder aquella basta fuente de diversidad.

Al cabo, pasado quizás casi un siglo para el hombre, pero milenios y millones de años para las máquinas, todo terminó.

Las máquinas que sostenían el cuerpo del hombre se apagaron, y sus amarres y sondas cedieron. Vacilante, sostenido sólo por las máquinas, el oscuro hombre se incorporo, y sus ojos mirando a su alrededor.

La ciudad de máquinas se extendía hasta el horizonte, y allí, entre circuitos, qchips y discos cuánticos, los Cien Señores de la Singularidad le miraban aterrorizados, pues ahora formaban parte de él, y él era su señor.

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