Demasiado tiempo les había tomado su tarea. Acasteion recordaba, sin embargo, como si fuera ayer, el momento de su expulsión del que había sido su hogar desde su nacimiento hasta que el infortunio dispuso que debía abandonarlo por la fuerza.

Las disciplinadas legiones se extendían por la inmensa llanura, hasta donde abarcaba la vista. Silenciosas y expectantes, su número ingente no parecía emitir más sonido que el de su deseo de reconquistar su hogar.

Y el silencio aterraba más que el más feroz de los gritos.

En el cielo, los generales, montados en dragones mitológicos y en bestias aún más extrañas, daban las últimas órdenes, mientras sus subordinados se disponían sobre colinas y valles. Varios ríos habían sido secados para dar de beber a las bestias de guerra, y bosques enteros talados para construir colosales máquinas de asedio sólo superada por los titánicos artefactos forjados en las fraguas ardientes de lo que fue su hogar temporal hasta estar preparados para el asalto.

Evanion sonreía a su derecha. Su hermano de armas afilaba su hoja mientras su armadura relucía bajo el sol. Tras él, la compañía que mandaba aguardaba paciente la llegada de las órdenes.

Serían de los primeros en asaltar los muros, muchos morirían, pero su líder y señor les había prometido que si ganaban, todos verían el Paraíso.

Y él sabía cuanto de cierto había en esas palabras.

Recordaba las torres plateadas que fueron su hogar, los puentes de oro bajo los cuales los jardines colgantes resplandecían en la noche iluminando la oscuridad con una hermosura sin igual.

Cada atardecer, cuando caía la noche, casi podía sentir la paz que la ciudad respiraba, tan cerca, y a la vez, por tanto tiempo, tan lejos y tan inalcanzable.

Pero su señor por fin había reunido las fuerzas necesarias para retornar y salir triunfante. Podrían volver a beber de las fuentes de agua de luna, ese elixir que sanaba almas, cuerpos y mentes. Volverían a alimentar su espíritu con la música de las Salas de la Vida, allí donde cada ser vivo se unía a un coro de perfección eterna, aunando su voz a las de los demás seres vivientes para cantar un salmo que compungía almas y enaltecía espíritus por su belleza.

En lo alto de las murallas, pequeñas figuras se alistaban para el combate, observando, imaginaba, la silenciosa amenaza que se cernía sobre ellos.

Sus hermanos, aquellos que no fueron expulsados, aguardaban para defender los muros.

Acasteion no pudo evitar una sonrisa, hoy volvían a casa. De una forma u otra, regresaba al Cielo.

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