Serrent de Suh-Sulken agitó las correas de los animales de tiro. No convenía dejar que se durmiesen ni que se descuidasen, pues el camino era todavía largo, y ni la presencia del dragomada en el carruaje delantero serviría de nada si sus animales perdían pié y caían por el barranco.

El olor de las bestias de tiro le llegó a las fosas nasales con un nuevo golpe de viento. A esas alturas, mirar hacia abajo para contemplar el paisaje era inútil, incluso con la luz vespertina.

A lo lejos, lo único que podía observarse era la cima de una montaña solitaria que sobresalía sobre el resto de las nubes, eterna.

La caravana seguía su camino, y Serrent, el guía del décimo carro, la pudo contemplar al doblar una curva en el camino. Por delante de él, descendiendo de la montaña, se encontraban los diez carromatos de pasajeros que iban a llevar a su destino. Por detrás, otros veinte carruajes y carretas de extrañas y variadas formas se mezclaban con carruajes de colosal tamaño que apenas cabían por la ladera.

Desde luego, si el dragomada o los demás maestros del Gremio no hubiesen hecho este viaje en similares circunstancias miles de veces antes no lo estarían haciendo ahora, pero la altura no le permitía tranquilizarse.

Al frente de la caravana, Elchen, su guía y protector, parecía observarlo todo con sus ojos completamente azules. Como miembro del gremio, Serrent conocía algunos de los secretos de esta raza, los dragómadas, pero sólo los referidos a las necesidades del viaje.

Sabía de su infalible sistema de orientación, de sus poderes protectores, de lo que había acechando bajo la capa de nubes, y lo que les ocurriría sin su presencia.

Sabía cosas de la Plaga, y de otros horrores que no tenían nada que ver con ella, pero que eran incluso más peligrosos todavía. Pues había visto cosas increíbles en sus diez años de servicio en el Gremio. Su posición, y que todavía conservase su lengua eran síntomas de que había hecho su trabajo de forma diligente y discreta.

Mientras el carromato terminaba de girar pesadamente la curva de la montaña, Serrent volvió sus pensamientos a lo que le dijo su mejor amigo en el Gremio, Ilis de Seesa, sobre su destino.

– “No verás nunca nada parecido a Taniendra, Serrent, disfruta y observa todo lo que puedas”.

Esas palabras le extrañaron mucho, pues los miembros del gremio estaban habituados a los viajes más increíbles por todo Black Hammer, recorriendo ciudades únicas, cada una de las cuales es una joya, una maravilla en si misma.

No creía que Taniendra fuese mucho más majestuosa que otros lugares que había visitado en esos diez años. No creía que fuesen más increíbles que los géiseres subterráneos de los Salones  de Mithrail, o que el aura protectora que abarcaba toda su ciudad natal, a la que nunca volvería, Suh-Sulken.

Sus pensamientos se volvieron tristes al recordar su origen y lo que había dejado atrás. La vida de aventuras le había incitado a  presentarse a las pruebas del Gremio, y había sido aceptado.

Eso significaba que no volvería a ver su ciudad, ni a su familia ni amigos, pues tal era la regla de oro para los foráneos del Gremio.

Pero no se arrepentía, al recordar las damas de oro de Isirianor, las verdes islas de mansas aguas de Las Cascadas de la Lluvia de Estrellas, desde la que se podía ver la ciudad trepando por la ladera de la montaña, mientras el agua se vertía sobre sus fuentes y jardines, creando una sensación de libertad y al tiempo de majestuosidad como pocas.

O la ciudad de Orcasis, situada sobre el mismo océano, con sus miradores submarinos y sus cristales de agua, o sus ecosistemas únicos sostenidos por la magia, repletos en su interior de criaturas increíbles.

O la ciudad de los Magos, Círculo de Fuego, donde las torres se alzan eternas, desde mucho antes de la Plaga, repletas de luces de habitáculos y celdas de los magos novicios, que sirven a sus amos de majestuoso poder en las tareas más extrañas.

No, Taniendra no podía ser mucho más majestuosa que todo esto.

El sol llegó a lo alto, y Serrent se despidió de él. El descenso comenzaba y los próximos días empezaría la parte más difícil. Primero las nubes, que cegaría a las bestias de tiro y dependerían de las ordenes de su líder dragomada para impedirlas caer.

Después, las tinieblas. Desde una ciudad cualquiera, protegidas tras sus murallas o hechizos, la Oscuridad de Martillo Negro no era visible. Desde lo alto de la muralla, en los límites de la ciudad, el exterior se veía normal, con sus ciclos de sol, luna, lluvias, vientos.  Pero desde fuera…

Serrent recordó la primera vez que salió, después de su entrenamiento en la ciudad Origen del Gremio. Nadie sabe porqué es así, si es magia, o un castigo de los dioses, pero la plaga lo cambió todo.

Las puertas de la ciudad se abrieron de par en par, y los carruajes comenzaron su camino, Serrent iba en el del centro, acompañado en su primer viaje por un veterano que sonería cuando le miraba. Él sabía lo que les esperaba fuera.

El sol era radiante, majestuoso, e iluminaba los edificios de su ciudad y las estatuas de las plazas. Fuera, una suave brilla penetraba por la puerta, refrescándole.

Serrent estaba impaciente, era la primera vez que salía al Exterior en su vida, lo cual, por otro lado, no dejaba de mantenerle en un estado intranquilo e inquieto.

De improviso, cuando traspasó el umbral de la puerta, el paisaje cambió. Parecía otro mundo. La tierra, vista desde el interior, parecía verde y espiada por la hierba, pero en su lugar un páramo negruzco y calcinado les esperaba. El cielo, antes despejado, parecía cubierto de una capa de nubes negras inamovible y amenazante, y un viento lateral solaba fuerte y frío como si procediese de alguno de los infiernos de la religión que le enseñaron de niño.

No se veía ni un animal, ni un pájaro, ni un insecto. Solo el viento levantando polvo y cenizas, y las nubes negras y rojas a través de las que el sol no se podía ver.

Con el tiempo, Serrent aprendió que la única luz que podía traspasar las nubes era la luz de la luna, pero que esta, lejos de lucir con el color dorado con que lo hacía en las ciudades, aparecía en el Exterior como un círculo rojo sangre atravesado de nubes negras que presagiaba aterradoras profecías.

Su compañero, le posó una mano en el hombro, dándole ánimos, mientras le decía: “veras cosas mucho peores que el paisaje, hijo, pero recuerda que mientras nos guíe un dragomada nunca nos sucederá nada. Por lo menos físicamente, otra osa es en el alma. Tu alma sufrirá por cómo quedó el mundo, y por los horrores que perduran, hijo. Pero si estás aquí, es porque puedes soportar más de lo que haría un hombre normal.

De improviso, un resoplido de las bestias le devolvió a la realidad, y el canto del dragomada comenzó a guiarles y protegerles. El sol resplandeció una última vez, y se hizo la oscuridad.

Pasaron los días y se sucedieron los horrores, la oscuridad dominaba sus vidas, y el tiempo parecía eterno. Un viaje de un día podía convertirse en una eternidad en ese páramo desolado y devastado en el que se había convertido el mundo. Solo el cántico del dragomada rompía las tinieblas.

A su lado, la belleza de las ciudades de Black Hammer parecía pequeña, pero Serrent, como el resto de miembros del gremio, aprendió pronto a valorar estas islas de belleza como si fuesen las joyas más preciadas.

Había visto mucho en esos diez años, y mucho le quedaba por ver si tenía suerte, aunque dudaba de que le quedasen muchas maravillas nuevas por contemplar.

Un susurro del dragomada atrajo su atención, habían llegado a su destino, y la ciudad Taniendra, le sacó de su error.

A lo lejos, una colosal forma se fue acercando a medida que las bestias daban un paso tras otro.

Lo que parecía ser una montaña sobre las nubes, era en realidad la parte alta de la ciudad.

Sus muros escarpados se elevaban hacia el cielo, como el pilar de una montaña, y su forma de árbol de piedra le dejó sin habla. Un enorme pilar de roca, cuya base debía medir más de un kilómetro y medio, se levantaba en medio de la llanura. Su altura debía ser de unos diez kilómetros y en su parte superior se asentaba la copa, que añadía otros cuatro kilómetros de altura y que tenía un diámetro de más de seis kilómetros.

Toda su superficie tallada en roca blanca, esculpida pero no pulida, rugosa. Como si se tratase de un árbol de piedra que hubiese crecido naturalmente allí, o hubiese sido alzado por una poderosa magia.

Delante de él, Leret de Orcasis, se volvió jactancioso: “- ¿Impresionado Serrent? Pues deberías de ver lo que hay abajo – dijo señalando el suelo bajo sus pies.

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