El lago Blackmoorn guarda muchos secretos en sus oscuras profundidades y en sus viejas orillas.

Situado entre cordilleras montañosas en el lejano exterior, rodeado de colinas y grises peñascos, las negras y profundas aguas de Blackmoorn refuerzan la opresiva sensación de los bosques oscuros y cielos perpetuamente grises.

El profundo lago apenas ha sido explorado unos pocos cientos de metros bajo su superficie, aunque pruebas hechas por sus habitantes han demostrado que su fondo, si lo tuviese, estaría diez o veinte veces por debajo de ese nivel.

Dos razas comparten el entorno del lago. Los elfos acuáticos de agua dulce y los montañeses humanos.

También existe un pequeño asentamiento enano en las montañas, enfrascados en sus propios asuntos.

La economía de los montañeses está basada en una rudimentaria agricultura, la artesanía, la caza y sobre todo la ganadería.

La lana de Blackmoorn es famosa en Linesia por su calidad y su consistencia para hacer prendas de abrigo.

Los elfos acuáticos sobreviven de la pesca y su propia versión de la artesanía, tallando las rocas y gemas que encuentran en las casi verticales paredes del lago.

Una longeva paz ha regido los destinos de los dos pueblos durante los dos últimos siglos, y atrás quedaron las guerras de Blackmoorn o como se conocen aquí, la Contienda Oscura.

Sus escaramuzas se llevaban a cabo en las negras aguas, en noches sin luz, entre bosques sombríos o dentro de los laberintos de las Fortalezas.

No fue una guerra de hombres contra elfos, sino más bien un todos contra todos en las que las tribus humanas se traicionaban tan rápidamente como los poblados élficos olvidaban los lazos que los unían.

La paz llegó, y la confianza entre los pueblos y entre ambas razas ha crecido, contrariamente a los esperado en un principio.

Los pactos y tratados se han fortalecido, y la principal regla de los acuerdos se respeta de forma sagrada. Ésta no es otra que el que todo lo que queda por encima de las aguas es asunto de los humanos, y lo que está sumergido de los elfos.

Cada tribu humana recibió una fortaleza, hasta un total de siete, que comparten con las tres naciones élficas.

De las otras tres fortalezas, dos se mantuvieron como territorio común y una siguió abandonada dado su estado semiderruído.

La mayor curiosidad de la fortaleza es que se elevan tanto hacia el cielo como se sumergen en la roca, manteniendo múltiples niveles inundados y habitados por elfos.

No se sabe porqué se erigieron estas fortalezas, ni qué especie lo hizo, aunque dado el tamaño de sus pasillos es posible que fuese obra de los extintos trolls de las montañas, una raza anfibia desaparecida hace muchos siglos. Aunque nadie se atreve a afirmarlo.

Los negros muros de roca y ladrillo defienden las fortalezas tanto sobre el agua como debajo de ella.

Sus grandes torres vigilan los prados verdes y los farallones de las montañas, mientras que los miradores y fortines subacuáticos cuelgan de las paredes de ro a del lago abriéndose a la negrura de las aguas, que apenas permite ver más allá de unos pocos metros incluso en un día claro.

Ni siquiera la visión de los elfos logra penetrar el frío y la oscuridad por lo que la magia es su principal fuente de conocimiento de lo que hacen las escasas bestias que moran en sus profundidades.

Poblados submarinos de artesanos, pasos de montaña guardados por destacamentos aislados, posadas solitarias en medio de bosques silenciosos, criaturas que bajan de las montañas para intentar cazar una cabra o algún niño humano, y las siempre omnipresentes fortalezas y sus secretos.

Esto es Blackmoorn. Esto y los eternos rumores de razzias y partidas de guerra de bestias en las montañas, los linorns que surgen del agua o de las cuevas, sobre druidas y extraños ritos en los bosques, sobre lo que hacen realmente los enanos, el retorno de los trolls o de las bestias que les obligaron a construir las fortalezas y que ni siquiera así pudieron ser detenidas.

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