No se me ocurre otra forma de describirlo.

Unas megajornadas de rol y juegos son una puñetera batalla.

La guerra hecha evento. Aunque quizás puestos a comparar, quizás sería mejor compararlo con el sexo. Con sexo a lo bestia, claro.

Cientos de personas deseosas de apasionarse por un juego, de entregarse totalmente a esa actividad lúdica, de disfrutar y de hacer disfrutar a los demás.

La cosa comienza despacito, pero con ganas. Una buena cantidad de madrugadores comienzan a calentar el ambiente.

Con soltura, comienzan a distribuirse estratégicamente. Las primeras partidas, los primeros cafés, torpes titubeos al principio que pronto son sustituidos por hábiles manejos de juegos y reglas.

Porque eso es lo bueno que tienen unas jornadas de rol, a los cinco minutos ya eres veterano. Ya te sabes las reglas, conoces el tacto de los dados y las fichas y tu hoja de personajes tiene más tachones y cicatrices que la cara de Alatriste.

Y la cosa se anima.

Visitas compulsivas al bar y a los stands de editoriales y tiendas, para aprovisionarse de novedades, de dados, de vicio. Y más gente entrando.

El ruido crece, los olores también, y la actividad comienza a hacerse más y más frenética y compulsiva.

Se sacan más mesas, se busca espacio hasta en la calle, corre a por lápices, CD’s y hojas de personaje.

La tensión crece, la organización se crece, y los dados ruedan acompasando las voces de los masters mientras estos dirigen las partidas.

Críticos, pifias, voces, muertes y resurrecciones.

Mesas que cambian de dueños, y más dados que ruedan mientras la trepidante actividad no para de crecer.

Y al fin, cuando todo parece a punto de estallar lo comprendes, has alcanzado el Nirvana lúdico.

Así deberían ser las cosas. SIEMPRE.

Te levantas, necesitas un respiro para absorber eta revelación, antes de continuar.

Pasas al lado de una mesa y sonríes al ver una partida de Pangea, de Exo. Ves es stand de Sombra atestado de juegos que el año pasado no estaban ahí.

Tal editorial presenta su nuevo juego, del que están haciendo una demostración, qué bonica es la hoja de personaje de Numenera.

Más adelante, interponiéndose entre tú y la salida, una partida de D&D 5ª ¿ya? La Reina Dragón, supongo.

Te resistes a quedarte de mirón, por no jorobar la partida y buscas algo de aire y de cobertura.

Fuera, más partidas improvisadas. En mesas de madera, en el suelo.

Satarichi parece gobernar aquí. Viejos conocidos y aún más viejos amigos. Pasas los minutos y las horas, juegas, o acudes a charlas, o paseas, o discutes.

El rol está muerto, puto zombi, dicen mientras se ríen algunos. La guerra que está dando.

Se te pasa un poco el dolor de cabeza.

Echas mano a la bolsa de dados, acaricias tu dado de cien…todo está en su sitio.

Miras de nuevo hacia la entrada, el ruido de la megafonía, del medio centenar de mesas, de quinientas personas jugando, gritando y tirando dados casi te hace sudar.

Sonríes, y sabiendo que has nacido para esto, atraviesas el pórtico de nuevo.

Sin santiguarte ni nada. Quizás si eres un verdadero creyente musitas una exclamación del tipo, “Crom, recoge a los tuyos” o “quién quiere vivir para siempre”.

Y entras. A por el segundo.

Anuncios