Ensiger se agachó tras las rocas gris cubierta de mustios líquenes pardos. Su cuerpo perfectamente modelado se adaptó al entorno, adoptando una tonalidad terrosa en la piel de sintiacero, al tiempo que sus sentidos artificiales recorrían el horizonte en busca de señales clonus.

A su lado, sus dos acompañantes imitaron su precavida actitud. Tan cerca de su meta no convenía que fuesen descubiertos por ninguna de las numerosas partidas de cazadores que acechaban en busca de sintoides como ellos.

“Sintoides”, la misma palabra le resultaba extraña mientras reverberaba en los recovecos de su mente artificial, impulsada por los haces de luz de su cerebro óptico. Así les llamaban los clonus.

Sin embargo, sus creadores, los humanos, les habían dado otro nombre, robots. Y Ensiger prefería referirse a ellos mismos de esta forma. Su pareja, Aluriel, era uno de los modelos más avanzados, y sonreía cuando él intentaba conectar con su pasado llamándoles de esta forma.

Mucho había cambiado desde que la primera inteligencia artificial había nacido en la Tierra. El cielo era azul, recordaba él, y no poseía esas tonalidades rojas y amarillas sucias que en algunas zonas apenas dejaban escapar la luz del sol, creando un poderoso recalentamiento en la superficie, a modo de efecto invernadero.

Como si hubiesen escuchado su mención a ellas, Nerea y Plaga, refulgieron en su eterna lucha en los cielos. Hoy, el fuerte color rojizo indicaba que Nerea llevaba las de ganar, pero Ensiger no se dejó engañar, pues sabía que la lucha duraría para siempre, fruto de la igualdad entre ambas hermanas gemelas. Al igual que su raza artificial y los clonus.

La piel azul metálica de Alurial se volvió traslúcida, cuando las emisiones positrónicas de sus cerebros conectaron. Bajo su piel, de apariencia delicada como el cristal, millones de microchips ópticos brillaron, haciendo que todo su cuerpo pareciese en plena ebullición emocional, y así era.

Ella también había notado que estaban cerca de su destino, y ni sus sentimientos artificialmente controlados podían resistirse al descubrimiento que podía cambiar toda la situación.

Tras tantos siglos de lucha entre los dos bandos, ahora parecía que había una posibilidad de lograr el fin de la guerra. Ensiger no sabía si iba a ser con victoria para ellos, o con un acuerdo de paz, pero mientras existiese una pequeña posibilidad de detener esta locura que había devastado la Tierra, él estaba dispuesto a pelear por ella.

En la distancia, el mando central de la misión le transmitió las órdenes bajo nivel sublumínico. Sabían que los clonus habían encontrado la forma de que sus sentidos captasen las transmisiones de ondas de radio, y por ello el mando Sintoide había sido obligado a invertir valiosos recursos energéticos en transmisiones de luz que se reflejaban a través de Nerea.

– Nerea está hoy furiosa – dijo Aarhus, el sintoide militar que les escoltaba en esta misión, mientras señalaba al cielo.

Siguiendo su mirada, Ensiger vio como la atmósfera superior tronaba con los truenos del conflicto entre ambas armas vivientes.

Nerea, la gigantesca masa de nanoides tecnológicos llevaba miles de años peleando con su hermanastra Plaga, un conjunto sin fin de virus que mutaban para adaptarse a la fuerza de la presencia nanotecnológica a kilómetros de altura. Mientras la guerra y la igualdad continuasen, ninguna de las dos se desataría sobre el erial que antes llamaban Tierra.

– Sí, afirmó Aluriel casi sin prestar atención – debía de estar realizando una simcopia de su cerebro positrónico que sería guardada en las cámaras centrales de Sim, la gran capital de los Ocho reinos sintoides.

Al mencionar su hogar, Ensiger sintió cómo sus recuerdos volvían a él, transportados por el éter desde sus bancos de memoria externos, guardados en un lugar seguro de Sim.

Recordó, en un fugaz milisegundo, las enormes máquinas voladoras construidas en Ciudad Prime, o los gigantescos robots de guerra, perfectos y hermosos, de las factorías Sim. Las mil maravillas que había observado en su hogar, estaban en peligro por la ferocidad y la locura de los clonus. Y en él recaía la esperanza de que esas maravillas sobreviviesen para brillar hermosas bajo la luz del Sol.

Una señal de advertencia llegó a su cerebro.

– Los clonus están cerca, los siento en mi piel – dijo Aluriel.

Si ella decía que se acercaba el enemigo, a Ensiger sólo le quedaba por preguntar por dónde y a cuanta distancia. Aluriel poseía toda una intrincada red de receptores que la convertían en una máquina sensitiva de increíble precisión.

Sin embargo, lo que más apreciaba Ensiger de ella no eran sus dotes físicas, sino su capacidad para sentir sensaciones y sentimientos, y era eso lo que había forjado su amistad, si tal palabra podía aplicarse a las complejas relaciones de los robots.

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