La cañada era estrecha y tortuosa, y el riachuelo la recorría borbotando mientras su cauce era invadido por matorrales y arbustos. Un árbol aquí y allí arrojaban sombras alargadas por el sol del amanecer que intentaba romper la neblina, dándole al paisaje un aspecto fantasmagórico. Las últimas lluvias habían dejado toda la comarca verde y frondosa, y tanta humedad en el ambiente no ayudaban a tranquilizarle. Los sonidos reverberaban en el agua, en los tallos mojados, en las hojas y en el aire húmedo.

Quizás no estarías aquí, metido hasta las pantorrillas en agua fría y congelado hasta los huesos si no fueses tan idiota, – se dijo así mismo.

Claro, tenía que saltar en cuando Horn, el cabecilla del pueblo, por no llamar alcalde a alguien que trataba de imponer el orden en un sitio al que llamarlo poblado era hacerle todo un cumplido, pidió voluntarios para rescatar a su hija.

Al parecer, algún tipo de bestias habían entrado en la casa por la noche, y se la habían llevado. Las señales de la pelea dejaban claro que los atacantes eran varios, humanoides e inteligentes, pues si no no hubiesen logrado atravesar varias calles y callejuelas, colarse por la ventana de un segundo piso y tras reducir a Laurinda salir corriendo de allí antes de que su familia llegase y diese la voz de alarma. Sabían lo que buscaban, lo que, por un lado, era tanto síntoma preocupante como un hilo de esperanza porque estuviese viva.

Laurinda era hermosa, como suele ser en estos casos, su piel pálida y su pelo rubio, heredados de su madre, se unían a una esbelta y bien cuidada figura, sin duda fruto de la herencia de su padre, un antaño famoso aventurero.

Muchos pretendientes tenía, y a muchos había rechazado, pues sus aspiraciones estaban en otro lado. Unos decían que quería incorporarse al culto a Lothar en Sembarul, la gran ciudad del Sur. Otros, que estaba esperando a su príncipe azul, embelesada por las historias de aventuras de fogosos aventureros que rescataban princesas que su madre le leía de niña, y ya no tan de niña. Algunos decían que a la joven no le gustaban los hombres, y que sus gustos sentimentales iban más por los miembros de su mismo sexo, cosa no muy bien vista en el reino, pero tolerada en los pueblos fronterizos y pioneros como Raíz Mojada.

Allí, entre asaltos gnoll, ocasionales monstruos escapados de los dioses saben qué cavernas, buscadores de tesoros, madederos, cervezas en la taberna hasta altas horas de la noche mientras bardos de paso cantan historias legendarias, cazadores rudos y malencarados, exploradores y aventureros que recorren largos caminos para llegar a Raíz Mojada, donde acaban los caminos del reino, y parten los senderos hacia la aventura, bueno, digamos que allí, en la frontera, con quién se vaya uno al catre es menos importante que el contar otro día.

Raíz Mojada es el nombre que le dieron a la comarca los primeros colonizadores que llegaron a ella décadas atrás, y actualmente se componía de un conjunto de casas, comercios y dos o tres tabernas y posadas, si el antro de Ostrac podía llamarse así, y numerosas fincas entre las que había desde explotaciones madereras, a viejos nobles aventureros retirados que vivían allí semi aislados con su séquito.

Horn no era un verdadero alcalde, pero su pasado como cazador de dracos en las provincias del sur de reino y su todavía buena habilidad con el arco, la espada y el hacha, le daban la suficiente autoridad como para tratar de imponer algo remotamente parecido a leyes y normas.

Nadie de las fincas cuestionaba su autoridad, y él no se metía en lo que pasaban en los bosques. Quizás por eso había sobrevivido tantos años. No como los anteriores alcaldes.

Eso era Raíz Mojada, su hogar. Y el lugar donde él creció junto a Laurinda. No podía dejar que su desaparición no tuviese una respuesta inmediata, no después de todo lo que habían vivido juntos.

Se estaba organizando una partida de rescate, de gente del lugar, por supuesto, pues a los pueblos del sur y las ciudades del reino no les importaría la desaparición de uno de los fronterizos. Era parte de su día a día.

Pero esa partida no estaría lista hasta el alba, y para entonces, los asaltantes podían haber estado muy lejos y Laurinda perdida para siempre. Así que él decidió salir de noche, tratando de seguir un rastro invisible, en la oscuridad, con la esperanza de no errar el camino. Para ello confiaba más en sus conocimientos que en su nula habilidad como rastreador.

Muchas veces había hablado con los mayores del poblado, y con la misma Laurinda, sobre las tribus gnoll que habitaban en las montañas del norte, sobre cómo habría que poner puestos avanzados a lo largo del cauce y en el bosque para evitar las ocasionales incursiones, y dar la voz de alarma.

También habían revisado secuestros anteriores, todos ellos con final fatal, se estremeció, pues una vez los gnoll salían de la comarca “civilizada” era prácticamente imposible dar con ellos y mucho menos adentrarse en sus territorios y encontrar al raptado entre tantas tribus hostiles, y en guerra unas con otras y con el mundo.

Así que por el bien de Laurinda, esperaba que esta vez el desenlace fuese diferente. La premura era vital.

El río cabeceaba delante de él cuando, al doblar una recodo del cauce, se encontró justo con lo que estaba buscando, una partida de guerra gnoll.

Maldijo al dios de la Aventura, la deidad que en secreto adoraban él y Laurinda, y se aprestó a defenderse. Ni Laurinda parecía estar por ningún lado, ni él había combatido jamás en una pelea real. Cierto que había sido entrenado por los numerosos aventureros que pasaban por allí, y poseía un estilo ecléctico de combate y esgrima que un viajero calificó una vez como “efectivo y rápido”. Pero de ahí a meterse en una pelea con cuatro rudas bestias habitadas a la guerra había un paso.

Fuese como fuese, ya no había otra salida. Le habían visto y sus mandíbulas lobunas goteaban humedeciendo unas fauces que parecían sonreía ante la perspectiva de la matanza. Si huía, le darían caza por los bosques y estaría muerto antes de acercarse siquiera a la comarca de Raíz Mojada.

Aprestó su daga, y la lanzó con toda la fuerza que pudo reunir, hacia el más cercano de sus atacantes, quien por su pequeño tamaño en comparación con los otros tres, debía ser el explorador del grupo, con la fortuna de que ésta se clavó en el muslo de la bestia, quien rugió con fiereza mientras sus tres compañeros se lanzaban contra él.

En cabeza venía el que parecía ser el jefe, blandiendo una oxidada hacha de guerra que él no podría apenas ni levantar.

Se preparó para recibirle, con la guardia mixta que le enseñó un paladín de Grome, sin perder de vista a sus otros dos rivales. La bestia recorrió los treinta metros que les separaban en pocos segundos, por lo que se felicitó por no haber echado a correr. Mientras alzaba su hacha para lo que él pensaba que era un serio intento de partirle en dos de un golpe, él recordó instintivamente la Salida Erni. Erni había sido un ladrón que, huyendo de la justicia en su nación, se había asentado unos meses en Raíz Mojada. Antes de desaparecer le había enseñado unas cuantas fintas y movimientos rápidos para terminar con un oponente de un golpe, o eso decía él, el más famoso de los cuales era la Salida Erni. Por supuesto que él dudaba de que el nombre de la finta fuese realmente ese, pero nunca se lo dijo al ladrón, muy al contrario, se había pasado numerosos inviernos practicando esa finta con otros jóvenes de la comarca, cuando se reunían los domingos y los señores de las fincas bajaban al poblado a los rezos y a abastecerse para la semana de aperos que su padre vendía en la tienda o de semillas.

En el momento en que el gnoll comenzó a bajar su hacha él cargó el peso sobre su pierna izquierda, como si fuese a saltar en esa dirección, y antes de que el gnoll pudiese reaccionar giró sobre si mismo, apoyándose en la puntera primero, y después rápidamente en el talón, para apartarse en un suspiro de la trayectoria del hacha.

El suelo del río recibió el hachazo en su lugar. Las piedras se separaron bajo el impacto, levantando dos columnas de agua a ambos lados, pero él no se fijó en la tremenda fuerza de la criatura, pues estaba en modo instintivo desarrollando la segunda parte del movimiento. Había practicado miles de veces esta finta, tanto con ataques altos como bajos, y no necesitaba pensar en él. También por instinto agarró su espada corta con fuerza, y la blandió horizontalmente con toda la fuerza que su brazo derecho fue capaz de reunir.

La hoja entró limpiamente por el cuello de la criatura, seccionando lo que en un humano sería la arteria ahorta y el columna vertebral. Cayó muerto al instante.

Los otros dos gnoll llegaron sin detenerse a considerar la muerte de su jefe, ellos también actuaban casi por instinto. Consiguió esquivar al primero con una finta similar, y la bestia trastabilló cayendo al riachuelo. Pero el otro logro golpear con su hoja, una espada mellada y oxidada de dos palmos de nacho. Consiguió interponer su espada en la trayectoria del golpe, pero la fuerza de la criatura empujó su brazo hacia atrás de tal forma, que ambas hojas le golpearon el torso. Si no llega a ser por la cota de malla que llevaba tendría el pecho partido en dos.

Aún así, la fuerza del golpe le proyectó hacia atrás un par de metros, y cayó al agua, a medio camino entre ambos gnolls. Pudo observar por el rabillo del ojo como la bestia a sus espaldas comenzaba a incorporarse torpemente mientras su compañero se acercaba aullando con sus ojos amarillentos clavados en él y blandiendo la espada.

A lo lejos, el gnoll herido se arrancaba el puñal del muslo sin dejar de mirar la escena.

La cosa se estaba poniendo muy complicada.

De improviso, una expresión de incredulidad pareció acudir al rostro del gnoll de la espada. Se giró, y pudo ver cómo el gnoll a sus espaldas se derrumbaba atravesada su cabeza por una certera flecha.

Menos de dos segundos después, otro proyectil salía de la garganta de su oponente. Había atravesado su cuello penetrando por la nuca, y tras partirle la columna vertebral le desgarró la garganta. El gnoll se giró mientras la sangre le salí la borbotones. ¿Cómo demonios podía moverse todavía? La flecha debió haberle atravesado las vértebras, y quizás la columna.

No dio ni dos pasos en pos de su invisible atacante, cuando cayó derrumbado.

El cuatro gnoll, corría río arriba cojeando cuando una tercera flecha le abatió.

El arquero desde luego era un prodigio, lo que no le tranquilizó mucho. Si decidía continuar contra él estaría muerto antes siquiera de saberlo.

– Te estás ablandando Toric, – dijo una voz conocida. – De entre los árboles a su derecha salió la esbelta figura de Laurinda. Su melena rubia lucía salvajemente encrespada, lejos de los lisos tirabuzones que su madre le peinaba para los festejos, o el delicado peinado con el que acudía a la clase. Iba enfundada en un traje de tela color tierra oscura, una cota de cuero y unas botas hechas a medida con las que solía salir a recorrer los campos juntos.

Toric no sabía qué decir, pero en su mente se iba haciendo una idea de la situación, y un pensamiento de alivio se mezcló con un atisbo de ira.

– Me alegro de que me hayas seguido, Toric. Sabía que podía contar contigo.

– ¿Has fingido tu propio secuestro para escaparte de casa, Laurin? – le preguntó sabiendo de antemano la respuesta. Por supuesto, tonto. No fue difícil, y era la única solución. Mi padre quería que me casase con el soso ese de Claric, y si me hubiese fugado mi madre hubiese removido cielo y tierra para encontrarme y traerme de vuelta – sus ojos azules relucían y su piel pálida parecía haber cogido color en cuanto se alejó de casa de sus padres. – ¿Sabes que es prima del rey de Logotar? Podría haber traído rastreadores bárbaros, o contratado espías en todo pueblo y ciudad de aquí a Sembarul. Jamás hubiese podio escapar. Tenían que pensar que estaba muerta.

– Podrías habérmelo contado – le dijo un poco enojado, pero aliviado de que ambos siguiesen vivos.

– Se lo hubiese contado a mi padre, me quieres tanto como para eso. Sé que “por mi bien” hubieses renunciado a mí, y me hubieses condenado a una vida de aburrimiento con la familia de Claric. No quiero pasarme la vida contando fardos de lana y monedas. Tenía que hablar contigo aquí, lejos del pueblo, para que me escuchases. Confiaba en que no esperarías a los demás.

El sol iluminó su cabello, y sus ojos sonrieron mientras le tendía la mano para que se levantase.

– Hemos hablado muchas veces de ello, Toric. Vamos a fugarnos, y espero que vengas conmigo. Nos uniremos a un grupo de aventureros e iremos lejos de aquí, quizás a Bremian, o a Reb, o a las ciudades enanas de Calabon, donde necesitan espadas y arcos para defender sus tesoros de orcos, gigantes y trasgos.

A estas alturas él no podía dejar de mirar sus labios rosados, mientras pronunciaban palabra tras palabra.

– Bueno, ¿qué me dices? – le sonrió.

La miró a los ojos, y dejó que sus labios respondiesen sobre los suyos. Había comenzado su aventura.

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