Ahora resultaba que ellos eran los buenos. Años creyendo que traerían la puñetera corrupción al mundo de los mortales, subvirtiendo voluntades para acercarlas a las de sus amos Primigenios, acaparando textos impíos y malditos, realizando rituales y sacrificando vírgenes para nada…¿sabe alguien lo que cuesta encontrar una maldita virgen hoy en día?

Héctor cerró la puerta con urgencia tras él. Mientras sentía el tranquilizador clic del pestillo al cerrarse, apoyó su espalda contra la madera y trató de recuperar el aliento. No es que la hoja de la puerta fuese a detenerles, pero quizás evitase que le descubriesen y así escaparía a la matanza.

Matanza, pensó, la mera palabra le hubiese puesto de buen humor hace semanas. A fin de cuentas era su objetivo, su razón de vivir, traer a los dioses exteriores y a los Primigenios a este mundo, para sojuzgarlo y elevarlo por encima de la inmundicia gris de la Humanidad.

Estaban tan cerca. Unos pocos cientos de rituales más, un par de quiebras bancarias con las que generar la angustia que necesitaban los catalizadores, unas cuentas lágrimas de sangre cristalizadas obtenidas de enfermos de ébola y sus planes hubiesen llegado a su fin. Naderías comparado con lo que habían tenido que hacer hasta ahora. Guerras, matanzas, atentados, misas satánicas con sacrificios que nunca saldrían en las noticias oficiales, ingentes cantidades de dinero empleadas en causar desastres, catástrofes, guerras y masacres.

Y todo para nada.

Quién iba a imaginar que ellos realmente no eran los malos. Sus terribles, crueles y ahora demostradamente nimios actos en pos de la aprobación de sus dioses y amos secretos no eran nada, comparablemente menos que nada, para su hasta entonces oculto verdadero rival.

Porque ellos creían que luchaban contra la Humanidad, y contra sus peores creaciones, el orden, la cordura, la civilización y la falsa pátina de bondad que la mayoría de ellos trataban de imprimir en todos sus actos, pero resultó no ser así.

Resultó que había alguien más, no sólo humanos, dioses arquetípicos o exteriores, y Primigenios. ¿Quién cojones iba a suponer que Dios existía de verdad?

Quizás no el Único Dios, pero sí algo que se le aproximaba bastante, y que le habían cabreado. Resultó que el viejo cabrón quería a la Humanidad para él, y cuando las maquinaciones de los sectarios y cultistas por toda la faz del planeta pusieron en peligro su obra soltó a Sus Ángeles en la Tierra, y Héctor podía jurar que sus maestros se cagaron en los pantalones.

Ethaniel, el Ángel del Suelo Sangrante, llegó el primero, y pronto hizo honor a su sobrenombre. Se plantó en medio de una invocación a Dagon, en la que los idiotas de los profundos iban a entregarle unas cuantas rameras que habían secuestrado de las playas cercanas, y destripó al dios pez como si fuese una puta lubina. Su horca/guadaña/cosa resplandecía como el oro a pesar de haber vertido sangre y fluidos durante más de media hora, matando todo lo que se movía hasta que sólo quedó el silencio y la cinta con la que los “peces” iban a deleitarse y a masturbarse sobre sus huevas las noches siguientes, rememorando el sacrificio a Dagon.

Así fue como los demás cultos se enteraron de la llegada de los primeros hijos de Dios.

En medio de la imagen, borrosa por la oscuridad, de una caverna oscura, la imponente y alienígena figura de Ethaniel se erguía nítidamente, majestuosa y al mismo tiempo inexplicablemente aterradora, sobre los restos de lo que una vez fueron Dagon, el Dios Pez, y sus secuaces. El cabrón había matado hasta sus almas inmortales, y todo había quedado grabado en HD.

Después llegaron Raziel, Ubrumar, Amanantiel, Rigel, Altaruz, y toda la maldita legión de ángeles menores. Todos conocían sus nombres de forma instintiva.

Eran tan aterradores que sólo verlos te soltaba los esfínteres, eran horribles y hermosos por igual, únicos entre todas las criaturas de la creación, y visto lo visto, parecían capaces de comerse al gran Cthulhu para desayunar antes de ir a la guerra contra Azathoth, si lograban encontrarlo. Los dioses habían dejado de escuchar las plegarias de sus cultos, debían estar escondidos, vaticinaban los videntes, tratando de hacer lo que desde un principio deberían haber hecho Héctor y los suyos.

¿Pero quién coño iba a suponer que los poderes que adoraban no eran sino el pececillo pequeño a merced de bestias mucho mayores y más crueles? Porque si algo definía a los putos ángeles era su crueldad.

Al menos ellos, los seguidores de Cthulhu, y los de los demás Primigenios y dioses, actuaban desde las sombras, ocultos, corrompiendo poco a poco, sabedores que ése no era su mundo. Pero los jodidos ángeles no. Esas bestias impías y sanguinarias habían entrado en el pueblo español de Zugarramurdi y lo habían limpiado. Y con limpiado quería decir que con fuego y acero habían erradicado toda vida de la zona. Humana, animal, vegetal y hasta microscópica. Ni las cosas pequeñas que se arrastraban podían huir de la Ira de Dios.

Últimamente los grandes arcángeles hacían menos apariciones, a medida que cultos, sectas y misales habían sido exterminados. Ahora sólo los ángeles menores les perseguían, pero la cosa no había mejorado en absoluto.

Esta noche iban a realizar un nuevo intento de conectar con Cthulhu, para al menos tratar de conseguir refugio en R´lyeh. Elena se había ofrecido para el sacrificio, no sin miedo a dar con su alma inmortal en aquello que algo tan acojonantemente aterrador como los ángeles, pudiese considerar el infierno o un castigo justo para ella.

Su cuerpo había sido grabado durante doce noches sin luna con tatuajes que le cubrían cada centímetro de piel, y el altar y los instrumentos sagrados estaban listos.

La primera señal de que algo iba mal fue cuando los tatuajes parecieron cobrar vida propia y a moverse, reptando, sobre su piel. Algunos miembros del culto exclamaron de alegría pensando que su dios había respondido a sus plegarias…nada más lejos de la realidad.

La cosa comenzó a transmutarse en el cuerpo de Elena, se la comió desde dentro…en los oídos de Héctor todavía resonaban sus chillidos, para acto seguido erguirse sobre el altar con sus alas correosas, similares a apéndices de plumas arcaicas no plenamente desarrolladas, mientras unos ojos negros completamente, sin pupila ni ningún elemento diferenciador que no fuese la oscuridad absoluta, les contemplaban.

Después acaeció la matanza. Era un ángel menor, pero más que capaz de matarles a todos y enviarlos al puto cielo a seguir sufriendo para siempre, así que no hubo resistencia. La desbandada le dio a Héctor la oportunidad de perderse por los laberínticos pasadizos de la milenaria necrópolis donde estaban celebrando el ritual, y de buscar este escondite, una sala de tantas, en la que esperaba poder escapar de la ira del ángel.

Fuera, poco a poco, los gritos fueron cesando, lejanos y resonantes en las catacumbas de la ciudad muerta, siendo cada vez más esporádicos. La luz del pasillo se fue apagando a medida que la antorcha que lo iluminaba se consumía, y por debajo del quicio de la puerta la oscuridad fue uniéndose a la que le resguardaba dentro de la habitación.

Transcurrieron minutos, quizás horas, sin atreverse ni a moverse. Sus músculos doloridos le pedían a gritos que cambiase de postura, pero su miedo le paralizaba. Toda su mente chillaba que debía salir corriendo en la oscuridad para salir de allí, pero no parecía capaz de conectar con sus músculos.

Lo oyó primero levemente, después un poco más fuerte, acercándose, un ruido leve, pero creciente y nítido que se acercaba, hasta situarse justo al otro lado de la puerta, y Héctor se preguntó…¿los ángeles respiraban?

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