El aire de la mañana llenaba sus fosas nasales asaltando los recuerdos que, desde niño, atesoraba de lugares como aquel.

El follaje, pintado de una miríada de verdes, ocres y marrones, le devolvía la mirada, retándole a adentrarse en sus secretos.

La niebla ya se había retirado del valle, y robles, alisos, fragas y hayas cubrían el suelo húmedo con su sombra, impidiendo que los nacientes rayos de sol que asomaban por encima de la colina llegasen a tocar la hojarasca.

Frente a él, los arbustos parecían conformar un camino, un túnel vegetal, que prometía mil peligros caso de adentrarse en ellos.

Cerca, los sonidos del riachuelo que terminaba desembocando en su ciudad, reverberaban despertando sonidos familiares de los habitantes de la foresta.

Aprestó la espada, y sintiendo la emoción en la piel, dio el primer paso en pos de una nueva aventura.

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