M.M. no estaría contenta.

La Directora ya se habría enterado del error que habían cometido, y a pesar de su carácter afable, solía ser muy estricta con las funciones del Banco.

Perder un par de años era un error que no iba a quedar sin consecuencias, y todo el mundo en el Banco del Tiempo estaba que no le llegaba la camisa al cuello.

El ascensor, de apariencia casi victoriana, marcaba el piso 207, el piso de M.M., y la luz seguía allí parada, como una espada sobre sus cuellos. Él sólo había estado una vez en esa planta, para llevar un informe de intervención que la Directora les había solicitado, y la austeridad del despacho le había sorprendido.

Uno diría que para ser alguien que controlaba todo el tiempo del mundo, la Directora se podría permitir algún lujo más. Incluso se decía que dormía en una pequeña habitación oculta tras el despacho, con un camastro, una buena lámpara, y cuyo único lujo era una buena biblioteca.

De improviso, la luz del ascensor, y la aguja, terminada en una punta de hierro negro acorazonada, que marcaba el piso por el que iba, comenzaron a moverse. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, y los crujidos de los viejos escritorios le hizo saber que no era el único en estar preocupado.

Habría una investigación.

Era inconcebible que a pesar de todos los procedimientos que la Directora había implementado se les hubiese escapado tal cantidad de tiempo. Dos años completos. suficiente para una pequeña vida.

El sudor empezó a empapar su traje blanco, el distintivo de los trabajadores del Banco del Tiempo.

La luz seguía bajando, y la aguja marcaba, con implacable ritmo su camino hasta su planta.

Él entendía que era una cosa seria, el Banco del Tiempo había sido creado hace varias décadas para evitar los robos y las pérdidas de tiempo, y en todo ese tiempo no habían dejado pasar ni un segundo.

Los ladrones de tiempo habían sido eliminados paulatinamente, y el Banco podía concentrarse en controlar los cambios horarios y los errores. si una región cambiaba su hora por el horario de invierno, el Banco llevaba el control para que ese tiempo no se perdiese, y al cabo fuese devuelto a sus verdaderos propietarios. A razón de una hora por persona.

Si un país tratar de pasarse de listo, y cambiaba el uso horario, digamos, un cuarto de hora, el Banco controlaba que dictadores y especuladores no se aprovechasen de la situación.

Ahora la aguja, que se había parado unos segundos, sin duda recogiendo a alguien que, sin saberlo, iba a compartir trayecto con una Directora muy enfadada, estaba a sólo un par de pisos.

Bajo la vista a su escritorio, él debía estar tranquilo, esa pérdida era competencia de otro departamento, pero aún así no lo estaba. La pérdida de ese tiempo sólo podía indicar dos cosas. O que algún procedimiento fallaba, lo que llevaría a una profunda investigación y muchas noches de duro trabajo que les conducirían al agotaminto y a la extenuación, o que “Ellos” habían vuelto.

Él prefería, sin duda, la primera opción.

El “ping” del ascensor le hizo levantar la vista.

Y poco a poco, las puertas de madera se fueron abriendo…

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