Mi mente es rara, incluso para el estándar friki. Daniel Verzobias me lo ha recordado hace poco, y puedo decir muchas veces en mi vida se me ha señalado como un especimen raro. Repito, incluso para los estándares frikis.

Para demostrarme a mi mismo algo, no sé muy bien qué, quizás que sigo pudiendo escribir tan rápido como antes, e ideas cosas al vuelo, me he propuesto un autorreto.

Ver cuánto tardo en escribir algo de rol partiendo de la nada. Desde la concepción de la idea, su investigación, su escritura, hasta su publicación final en este blog. En Google + acabo de poner la hora de inicio del reto.

A ver…ya, ya está, antes de terminar de escribir el último párrafo ya me había surgido la idea de lo que quería escribir. Una historia que les dedico a todos los que me leen, los que me habíes apoyado y animado a seguir escribiendo aunque sea sin rédito económico, pero con un beneficio muy importante para mí, vuestro reconocimiento, vuestra ayuda y vuestro apoyo.

Gente como Daniel Castillo, o Verzo, o como mi hermano, o Alex, o Juan Carlos, o Merce, o Frank, y tantos otros que no voy a mencionar pues de hacerlo nos llevaría toda la tarde y ya cae la noche, en resumen, gente que me lee y me anima.

Esta historia va para vosotros. Y se llama, La Historia de la Plaga del Alma Rota

Es tiempo de Disadviento, que para las brujas y los magos son los días que transcurren entre los cuatro domingos posteriores tras la celebración de la Natividad gregoriana por parte de los católicos, o los cuatro domingos posteriores al seis de enero cuando termina la navidad ortodoxa del calendario juliano. 22 días en los que los seres arcanos se desintoxican de todas esas letanías petulantes que los creyentes llaman Navidad.

La historia del Disadviento es muy curiosa, y sucedió, como no podía ser de otra forma, hace mucho, mucho tiempo, en un lugar desconocido que podría muy bien ser allí donde hoy vives.

En aquellos tiempos de Oscuridad, la Peste asolaba los numerosos pueblos y las pocas ciudades que quedaban, y la hambre se enseñoreaba por las tierras de Europa, matando lo que la guerra, la peste y la crueldad dejaban.

Los cristianos se habían encerrado en sus iglesias y sus casas a celebrar el nacimiento de Cristo, tiempos de recogimiento familiar, y de esconderse de la plaga, que a tantos vecinos se había llevado.

Los más ricos de la aldea podían permitirse celebrar un banquete, y dado el estado de las cosas y las noticias de que todo el mundo parecía estar llegando a su final, no parecía la peor de las formas de despedirse de esta vida.

Todo era negrura, y oscuridad, y desesperación, y pobreza. Y el fin de las festividades de la Natividad no habían contribuído a mejorar las cosas. La idea de que el invierno pasaría al cabo, demasiado lejana, no reconfortaba a los supervivientes de las aldeas, sabedores de la precaria existencia a las que la primavera y el verano les condenarían hasta la llegada del próximo otoño e invierno.

Era un mundo gris, y sin esperanza, en el que los lobos aullaban famélicos ante las desvencijadas puertas de madera podrida, y los bandidos acechaban mientras los campesinos trataban de recolectar leña en los bosques nevados, o de recoger los escasos frutos del invierno o cazar un ocasional conejo.

El mundo se iba a acabar, y si la peste no te llevaba, lo haría el hambre o la próxima guerra, y sólo el rezo y la fe piadosa ofrecía una salida y una esperanza que pasaba también, inexorablemente, por la muerte.

Pero ete aquí que un doce de Enero, el primer domingo tras el sexto día de Enero en que finalizaba el adviento, sucedió algo extraño. Las nubes blancas se retiraron momentáneamente del cielo para dejar paso a los rayos del sol. No, no es que se retirasen, la verdad, era como si los rayos del sol las atravesasen por huecos que realmente no existían, como si por un día la luz venciese a la oscuridad, o consiguiese soslayar las estrictas reglas impuestas por el Invierno

Muchos ignoraron este hecho, un pequeño alivio momentáneo en las penurias de sus vidas, pensarían. Desconocían que esa noche su destino, y el de toda Europa, iba a cambiar para siempre.

Con el frío glacial de la noche llegaron de nuevo los aullidos y la nieve, pero la caída del sol trajo algo más ante las puertas de la aldea. Un extranjero, un extraño de barba blanca y aspecto estrafalario, quién entro en la única puerta abierta del lugar, una oscura y pequeña taberna iluminada por una exigua hoguera que languidecía junto con los parroquianos.

El tabernero, quizás más acostumbrado a ver a forasteros que el resto, le preguntó qué quería tomar, y el anciano pidió un vaso de leche caliente. Cuando se lo sirvieron, sacó un pequeño saquito de debajo de sus raídos ropajes y vertió unos extraños polvos en la leche. “Canela de oriente” – dijo dirigiéndose al extrañado tabernero, y acto seguido se levantó acercándose a la chimenea con su vaso en la mano.

El fuego pareció relumbrar con su presencia, y su encorvada figura pareció más alta recortada por las llamas, mientras todas las miradas se dirigían a él.

Su voz sonó clara y segura mientras contaba la siguiente historia.

-Déjenme, queridos amigos, que en pago de vuestra hospitalidad, al ofrecerme refugio y leche caliente esta fría noche, os cuente una historia de lejanas tierras, de magia, maravillas, valientes hombres y poderosos señores.

Quizás alguno de ustedes haya oído hablar de Marco Polo, el viajero. Hace ya mucho tiempo, este singular explorador recorrió las tierra de Oriente, llegando hasta el final del mundo por el otro extremo de la Tierra. Allí, para nosotros, abrió el camino para traernos cosa increíbles como las especias, las sedas, telas suaves e increíbles sólo aptas para los reyes, metales preciosos y gemas del tamaño del puño de nuestro bienamado tabernero.

Allí descubrió cosas increíbles, seres legendarios y monstruos terribles, pero también magia milenaria, y ciudades que llevaban en pie antes de que Roma o las ciudades de Grecia siquiera hubiesen sido concebidas en la mente del Señor.

Pero cuando abres una puerta para que entren tus amigos, no puedes controlar quién más se cuela, y lo mismo ocurrió con la llegada de tantas maravillas a las cortes de Europa. Algo oscuro se coló en nuestros hogares desde estas tierras milenarias, enfermedades y bárbaros, y la desesperación parece haber llegado para quedarse.

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Pero hubo un hombre que no se resignó a sufrir el negro destino al que todos nosotros nos resignamos. Ese hombre no tenía nombre, pues era un viajero errante, un juglar, un cuenta cuentos, y decidió plantar cara a la misma Muerte.

Viajó para ello a la gran ciudad más cercana, y allí desplegó su arte en cada posada, taberna o mercado, llenando de emoción, alegría y risas los corazones de los habitantes de la ciudad.

Les contó la historia de Arramund la Hermosa, de cómo con su belleza legendaria consiguió enamorar a un malvado rey hasta que éste entregó su reino a su bondadoso hermano menor, y Arramund y su esposa se perdieron para vivir una vida en paz. Les contó también las historias de la reconquista española, la valentía del Cid, las legendarias batallas de Simancas, de las Navas de Tolosa y de Covadonga. También les contó la historia de Sherezade, la princesa de los mil y un cuentos, la historia de los niños verdes que venían de un lejano país, o las hazañas de valentía y entrega de los héroes que combatieron primero contra los vikingos, y luego a su lado contra invasores tan terribles, hombres gigantes del este, que sólo la unión de estos acérrimos enemigos pudo derrotarlos.

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Con cada cuento la alegría y la esperanza encontraban un rinconcito en los corazones de los hombres. Y cada vez que alguien hacía ademán de pagarle por sus historias le respondía los mismo.

“Guardad vuestro dinero, noble señor, pues en pago por mis historias sólo pido una cosa. Un pequeño acto de caridad para con sus vecinos. Limpie o mande limpiar una calle, ofrezca una comida a los necesitados, o a sus vecinos, póngase sus mejores ropajes y celebre la alegría, queme en la hoguera los viejos, y anime a sus vecinos a hacer lo mismo.

Si conseguimos llenar de luz, bondad y esperanza las calles de la ciudad, me daré por pagado.”

Y tan vehemente fue su mensaje, y tan buenas sus historias, que todo el mundo en la ciudad hizo caso de sus consejos. Se adecentaron las calles, se sacaron los desperdicios de los callejones, se encendieron hogueras en cada esquina para celebrar la vida, se dio caza a alimañas cobijo a perros y gatos a los que se limpió y se adecentó y se abrieron los palacetes de los adinerados para alimentar a los desnutridos y las iglesias para cuidar a los enfermos.

En pocas semanas, como por arte de magia, la epidemia, la terrible Peste Negra, comenzó a desaparecer. En menos de 22 días desde su llegada a la ciudad, ningún caso nuevo de peste fue declarado en toda la ciudad, y poco después cesaron las muertes.

Sus habitantes celebraron su buena suerte y dieron las gracias, pero los envidiosos anidaban en el corazón de las instituciones de la ciudad, y pronto el contador de historias fue acusado de brujería y de vender el alma de la ciudad y de todos sus habitantes al Diablo.

A pesar de las protestas de los agradecidos habitantes de la ciudad, el cuenta cuentos fue quemado en la hoguera la noche de Navidad. Pero algo milagroso se produjo. Hay quien dice que cuando las llamas comenzaron a lamer y rodear su cuerpo, su figura se desvaneció entre luces, y logró escapar de su funesto destino.

Desde luego, nada salvo cenizas quedó para atestiguar que había permanecido atado al poste.

Pero ese no fue su final, sino que muchos dicen que desde entonces, se les ha aparecido en fantasmal apariencia, al final de la Natividad, y les ha urgido a continuar con su labor. A tomar su hatillo, y viajar por Europa llevando la esperanza y las historias a todos los pueblos necesitados.

A contar en períodos de 22 días, de domingo a domingo,

Yo no puedo atestiguar si esta historia es cierta o no, pues a mí me la contaron como yo os la estoy contando ahora a vosotros. No sé si en verdad era un brujo, o un buen hombre santo, pero sí que puedo dar fe de una cosa.

Allí donde he ido, donde se me ha necesitado, mis historias han sanado espíritus, curado tristezas y reconfortado penas. Y tal vez, si ustedes lo desean y me lo permiten, yo pueda contarles las historias que me fueron narradas, tal y como me las transmitieron, durante las próximas 21 noches, hasta que termine el período de disadviento. Espero reconfortarles en las noches frías, hacerles reír y que olviden sus penas, y si me aceptan, formar parte de su comunidad durante este tiempo. A cambio sólo les pido alojamiento, comida y que hagan cosas buenas los unos por los otros.

No necesito más.”

Y así fue como, poco a poco, historia a historia, se extendió la leyenda de los juglares del disadviento, figuras extrañas que sólo aparecían tras la Natividad, y que durante 22 días embaucaban las almas y las mentes de pueblos enteros.

Algunos los consideraban hombres santos, otros, brujos o pícaros, pero sea cual sea su verdadera historia, su mito perduró siglos, y hoy son leyenda.

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Hoy es el primer día de disadviento del año 2016, y aquí tenéis mi primer regalo de disadviento, una pequeña historia que espero que os ayude a iluminar un poquito vuestro camino en estos días oscuros. Me considero un contador de historias, y espero que muchos os unáis a mí para intentar traer esperanza y cosas maravillosas a este mundo oscuro.

Recordad, la esperanza, y la magia, siempre están ahí, tomando muchas formas, a veces un poco aterradoras, pero siempre increíbles. Sólo hay que saber mirar.

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