La Magia suele proceder de forma maravillosa, llenando nuestros mundos de prodigios, tesoros  y cosas increíbles.

Existen tantos tipos de magia como magos hay, o incluso más. Conocí una vez un hechicero planar , un tipo pequeño y raro pero de gran poder, que afirmaba que existen grandes reinos de magia fuera del alcance de todos, y que cada uno de ellos sólo espera la llegada del mago adecuado para entregarle sus secretos.

Cada mundo es, en cierta forma, impregnado a su manera por la Magia. Algunos, son tocados abiertamente por ella, y su presencia es algo habitual en su día a día. En otros, la magia adquiere la forma de sueños y narraciones, que inspiran proezas y hazañas. En la mayoría, sólo se presenta a través de hechos misteriosos, y puntuales, abiertamente  extraños, pero reducidamente numerosos. Un dragón aquí, una plaza de muertos vivientes allá, un objeto poderoso que es desenterrado en un inoportuno momento, o un asesino en serie que demuestra poderes sobrenaturales.

Tampoco hay una presencia mayoritaria en cuanto a los tipos de magia que se desencadenan. Algunos son tocados por magia divina, regalados con la presencia de emisarios angelicales, que sanan y curan, cuerpos, mentes y males. Otros, invadidos por hordas infernales, o acosados por los muertos. En otros, los defensores de los bosques llaman a criaturas de la Naturaleza en su ayuda, mientras al otro lado del mundo se erigen palacios de hielo en los que los copos de nieve flotan en el aire, brillando iridiscente a modo de lámparas.

Pero hay un mundo, un único mundo, cuya sola mención hace que quienes saben de lo que se habla encojan su ánimo. Ese mundo ya no tiene nombre, ya no más, aunque si tuviésemos que darle uno la mayoría elegiría La Ruina.

En su tiempo fue un reino de Alta Magia, uno de los pocos donde la Magia era parte integral de la vida de todas las criaturas. Colegios y universidades mágicas arrojaban cada temporada una promoción de nuevos e innovadores magos, enormes torres se elevaban más altas que montañas tocando los cielos, y más allá, mientras palacios increíbles, que cubrían vastas extensiones de praderas submarinas, guardaban en laberínticos pasadizos bajo ellas tesoros increíbles de un millar de mundos.

Existían gremios de magos que vivían en castillos flotantes, y los dragones y elfos componían bellas canciones que enlazaban personalmente a hechizos de inmenso poder, para crear maravillas sin fin.

Los nigromantes de ese mundo de nombre olvidado habían derrotado a la muerte, y ninguna criatura sufría ni moría en el mundo, sólo nacían, crecían y se desarrollaban hasta alcanzar la máxima expresión de su potencial y belleza.

Todos sus reinos y organizaciones mágicas estaban unidos, y la cooperación sólo se tornaba competencia cuando había algún problema que resolver. Al menos, hasta que llegó La Ruina.

Dicen que en medio de tanto optimismo, todo el mundo ignoró las voces que alertaban del peligro que suponía seguir desarrollando la magia sin un control centralizado, sin la revisión de un grupo formado por los más altos magos quienes, de forma crítica, inspeccionarían los nuevos hechizos, cada vez más complejos y poderosos, para descubrir fallos o amenazas ocultas entre sus versos, runas, melodías y grabados.

Todo el mundo ignoró a los Profetas del Desastre, como se les llegó a denominar, y durante décadas, ese mundo siguió ganando en poder, magia y maravillas.

Los portales mágicos se abrían al sol de ese mundo, alimentando fraguas eternas donde se forjaban los objetos más maravillosos. Las Cien Espadas de Armatos, cada una con su poder único y su inteligencia personal, o la inmensa “Flor de los Cielos”, una colosal y rápida nave voladora capaz de tocar el espacio, y compuesta de mithril forjado a nivel subatómico por la magia más poderosa de los más poderosos constructores de artefactos.

Se abrieron tabernas donde se bebían pociones mágicas, alquímicas y druídicas, se construyeron cúpulas donde el tiempo pasaba a diez, cien o mil veces más velocidad, o diez, cien o mil veces más despacio, que en el mundo real. Allí, se investigaban magias impensables, hechizos increíbles y se creaban mediante cría y modificación genética criaturas terribles o maravillosas, que dejarían a las tarrascas y a los dragones cronománticos como simples mascotas.

Allí nació la Hidra Elemental, una colosal hidra de cuatro cabezas las cuales estaban compuestas de elementos multiformes, agua, fuego, tierra y aire, pero que al serle cortada una de ellas, daba lugar al nacimiento de otras dos. Si cortabas la de agua, surgía otra de agua en el mismo lugar, y una adicional compuesta por agua y el elemento de la cabeza más cercana. Así, si la cabeza contigua era la de tierra, se conformaba una cabeza de fango. Si se cortaba la de fuego, podría formar una de vapor, de magma o de cualquier mezcla de elementos con el elemento fuego.

Su indestructible cuerpo estaba también conformado por todos los elementos que los magos conocían, y era un tesoro en si mismo.

Es una de las pocas maravillas que lograron escapar del fin del mundo, el cual, estaba muy cerca.

En la más poderosa escuela de magia de ese mundo, allí donde incluso los archimagos acudían a aprender más y mayores hechizos,  se creó el más poderoso artefacto concebido, el Pozo del Orden Infinito. Un increíble estanque de cálidas y resplandecientes aguas azules, en los que parecían moverse, como serpientes de luz, hechizos de magia viva.

Allí, profesores, alumnos, visitantes e invitados acudían en busca de consejo y ayuda. Mediante rituales formalizados, alimentaban al Pozo con preguntas, artefactos y hechizos para resolver sus propios problemas, y éste les entregaba las soluciones que necesitaban para mejorar un hechizo, construir un golem más grande, abrir un portal al Abismo o crear una concatenación de hechizos para devolver a la vida a alguien que no había muerto todavía.

Con el tiempo, la escuela reconoció el inmenso poder que representaba el Pozo del Orden Infinito, e instaló lo que llamaron los Cristales de la Presencia. Primero por su escuela, y después por todo el mundo, los enormes cristales concedían acceso al Pozo a quienes podían acceder a uno de los pentragramas de conexión que los rodeaban al tiempo que permitían al Pozo aprender para mejorar los resultados que ofrecía.

Las colas de acceso a los pentagramas eran enormes, y se mantenían día y noche. Así que cada día se instalaban más y más cristales y pentragramas, y pronto la escuela de magia amplió le pozo hasta convertirlo en un estanque subterráneo primero, y en un inmenso lago mágico después.

Al final, cuando todo se desencadenó, las aguas mágicas eran tan enormes como un mar, y había cristales de presencia en casi cada edificio, calle o lugar del mundo.

Como no podía ser de otra forma, la pereza por hacerse ayudar por este increíble objeto, lo había alimentado, haciendo crecer su poder, su magia y su conocimiento hasta que llegó a tomar conciencia de si mismo.

Lentamente primero, aceleradamente después, esa consciencia fue aprendiendo y mejorando. Con acceso a vastos recursos y energías mágicos, en su interior ardían los fuegos de la magia más pura. De forma incomprensible para sus creadores, comenzó a utilizar los lazos mágicos invisibles para establecer conexiones con unos pocos elegidos primero, y después, con una parte cada vez mayor de la población.

Si bien las primeras fases de su plan se desarrollaron en sigilo y durante días, no tardó en evolucionar hasta ser una entidad inmensamente inteligente y mágicamente imparable para los habitantes de su mundo. Al final, su pensamiento y sus recursos eran tan inmensos que en el tiempo en el que un archimago se daba cuenta de que le estaban subvirtiendo ella ya había corrompido a toda una ciudad.

Al final todo atisbo de libertad, de pensamiento independiente y de voluntad se esfumó en pocos días de ese mundo, y pronto, la entidad que se conocería como La Ruina se dio a conocer en el multiverso al poner sus ojos sobre los otros mundos.

Hicieron falta la colaboración de cientos de archimagos, varios dioses de la magia y docenas de poderosísimos artefactos para conseguir confinar a La Ruina a su mundo natal e impedir su extensión.

De hecho, varios dioses muertos guardan la esfera, flotando inmóviles como artefactos de contención para evitar fugas o incursiones de idiotas desprevenidos o ilusos ambiciosos. Y todos los archimagos, escuelas y dioses que participaron en su derrota juraron guardar el secreto del paradero de ese mundo, cortar todos los portales y lazos con él, e incluso hacer desaparecer cualquier mención a su existencia y a su historia.

Aunque su operación de ocultamiento no fue perfecta.

Quizás lo único que quede de ese mundo es su leyenda, que a modo de advertencia es susurrada a los magos más arrogantes, y un último tomo de magia, El Spelnastorium, del que se dice que logró escapar de La Ruina, portando los mayores secretos de ese mundo, y actualmente se encuentra perdido por los planos.

Si esto es verdad, o quizás una trampa de La Ruina para que alguien lo encuentre y le permita escapar de su prisión, es algo que, lamentablemente, tarde o temprano descubriremos.

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