Romperrocas continúa su eterno camino por los railes que recorren los túneles de Infinity Dungeon. Sus constructores continúan su labor creando raíles que llevan el tren subterráneo a nuevos territorios cada año.

En cada estación, nuevos vagones se añaden o se quitan a su estructura, convirtiendo el tren en algo que algunos de sus habitantes más permanentes comienzan a adorar como un ser vivo. Otro día hablaremos de los Seguidores del Rail Eterno, hoy sólo quiero que comprendáis que el Romperrocas no es un simple tren, sino una colosal obra de ingeniería con cientos de gigantescos vagones permanentes y otros muchos que vienen y van, todos ellos movidos por una máquina que algunos creen que es un ser vivo, otros un dios del mundo de Infinity Dungeon y otros un artefacto de gran poder.

Uno de los recién llegados al convoy es un perfecto desconocido (al menos por el momento) para los otros habitantes del tren. Duques efreet tomando sus relajantes baños de lava, elementales de caos y de orden jugando partidas eternas en juegos psiónicos, dríadas cantoras que viven en vagones que son un bosque viviente…todos ellos se conocen, se respetan o se odian, pero todos ellos mantienen el orden y respetan relativamente las reglas que permiten al tren continuar en funcionamiento.

Sin embargo, como la sociedad semicerrada que es (cerrada la mayor parte del tiempo, abierta en sus cortas paradas), cada entrada o salida genera cierta conmoción entre sus miembros. Parcratos ha causado mucha conmoción.

Hace diez años, cuando Romperrocas paró cerca de su madriguera, una fortaleza abandonada cercana al pueblo de Forsafron, él se encontraba en una taberna cercana a la estación. Impactado por la presencia de semejante prodigio, ha tardado diez años en construir su propio vagón, y de negociar con los propietarios de Romperrocas su entrada en el convoy.

Parcratos es un fugitivo, condenado siempre a huir y esconderse, hasta que sus actividades son de nuevo descubiertas, y es obligado de nuevo a huir…la vida de un nigromante es siempre dura y solitaria. Lo que él hace no lo hace por maldad sino por ansia de conocimiento, por supuesto, pero es algo difícil de explicar. Parcratos trata de descubrir las interrelaciones existentes tras la muerte de la vida. Allí donde otros sólo ven muertos vivientes, criaturas de energía negativa, caníbales de la vida o almas errantes incapaces de pasar a los planos de los dioses, él ve un intento de construir una sociedad paralela a la nuestra, un úlimo remedo de civilización antes de sumirse en el Olvido o de ir a los campos de los dioses. Allí donde otros ven las cenizas de la muerte, Parcratos contempla el resurgir de la gran civilización eterna.

Por supuesto, la inmensa mayoría de la gente que conoce sus ideas le tachan de loco, pero ellos no han visto las cosas que él ha contemplado desde que asesinó a sus padres y hermanos para quedarse con la fortuna familiar y usarla en sus estudios. Ha estudiado los Pozos de Almas, una sección del mundo de Infinity Dungeon a la que van a parar las criaturas llamadas “muertos errantes”, ánimas vampíricas que recorren los pasadizos del mundo para dirigirse inexorablemente a los Pozos, una vez consiguen sus objetivos, sean cuales sean. Ha cabalgado reptilianos kwoptas catalogando desde lejos las “Cavernas Vampíricas”, una zona de reinos regidos por vampiros. Una inmensa caverna tras otra, aisladas del resto del mundo, y dirigidas por reyes y reinas vampíricos, donde las reglas “comunes”, si tal palabra existe en este mundo, no se aplican.

Bien, Parcratos ha podido contemplar todas esas maravillas antes de comenzar sus experimentos. Por supuesto, tuvo que cerrar su Fábrica de Golems de Carne, Doctor Krakenstein, le llamaban las turbas que le persiguieron obligándole a enterrar sus secretos antes de huir. Parcratos esperaba que nadie hubiese puesto sus manos sobre sus Máquinas de la Creación, donde enlazaba los espíritus de los muertos errantes a sus creaciones de carne inanimada. También se vio en la “necesidad”, obligado más bien, a cancelar su proyecto del Cristal de Almas. Y el de las Caracolas de Sangre, un conjunto mágico de artefactos sonoros cuyo estruendo sólo podían oír los vampiros y sus siervos, y que actuaba para ellos como el canto de una sirena, atrayéndolos a cientos a lo largo de cientos de millas cúbicas alrededor.

Tras abandonar éste su último proyecto, decidió tomarse un descanso mientras regeneraba su alma y su cuerpo con el licor de filacteria, una poción de vida eterna que necesitaba tomar cada cinco décadas para mantener su mente aguda y su vigor, que elaboraba con la esencia licuada de al menos tres cadáveres errantes. Forsafron fue un refugio, una pequeña ciudad bastante civilizada y comunicada con buenas rutas comerciales, pero cuyos alrededores habían sufrido una invasión de elfos oscuros que había…”limpiado” sus zonas limítrofes. Ahora Forsafron trataba de recontruir sus vidas adyacentes y sus aldeas vecinas, y aceptaba de buena gana la llegada de gente, granjeros de hongos, jóvenes nobles como aparentaba ser Parcratos, congregaciones religiosas…todos ellos eran bienvenidos para intentar reestablecer los límites de la civilización.

Con el tiempo Parcratos volvió a sentir el gusanillo, esa fuerza interna, ese ansia, que le llamaba a explorar los secretos de la Muerte. Pero se contuvo. Sabía que tarde o temprano sería descubierto, y el fruto de años de trabajo e investigación perdido o enterrado. Así que aguardó.

Y un día oyó algo, que se acercaba el día de La Llegada y vio a la gente festejar como en pocas fiestas. algo importante pasaba. Pronto averiguó lo del Romperrocas, y le fascinó la historia del tren eterno. cuando lo vio llegar, comprendió la importancia que tendría para él. Esa misma noche inició contactos con la dirección del tren, y durante diez años, el tiempo que el Romperrocas tardó en volver a pasar por ahí, se construyó un vagón con las especificaciones que compró junto con su pasaje allí.

No era la única cosa que había descubierto en Forsafron. Con el tiempo, entabló amistad con un viejo mago retirado, que decía ser un Mago de los Planos, un viajero de mundos infinitamente distinto al suyo. Ese mago le puso en contacto con otros magos que vivían en las Torres Infinitas, estructuras construidas a lo largo de uno de los Los Pozos de Arirum y hogar de las escuelas y cofradías mágicas más importantes de Infinity Dungeon.

Allí, en una de las Torres Infinitas, pudo ver las mil escuelas de magia que tratan de explorar los caminos del Arte. Y allí pudo comprar su colección de botellas del los Semiplanos. Estos poderosos artefactos le costaron casi todo lo que quedaba de su fortuna, pero mereció la pena. Arrancados del Plano Etéreo, estos pedazos de espacio plegado introducidos en botellas, esferas de cristal y alambiques de vidrio por poderosos rituales le permitirán realizar sus “pequeños” experimentos de forma controlada, y su vagón en Romperrocas le permitirá viajar para siempre, recalando en una ciudad, pueblo o castillo nuevo cada vez, donde podría recolectar lo que necesitase, cuerpos, almas, sangre, dinero o magia, sin llamar la atención en exceso y demasiado tiempo, antes de partir hacia otro destino mientras disfrutaba del aislamiento tan preciado que le proporcionaba el tren en movimiento.

Pronto podría crear minimundos que poblar con sus tribus fantasmales para verlos evolucionar en castas thanatosas y gremios necroformadores, como creía que harían pasados los mil primeros años de evolución acelerada. O cruzar vampiros con demonios, o con plantas, tenía unas geniales ideas para crear bosques de plantas vampíricas no muertas. También quería ver si podía recuperar el cadáver de un dios muerto del Astral y convertirlo en un Cadáver Errante, eso sí sería algo digno de ver. Un dios convertido en un Cadáver Errante cuya filacteria sería el corazón de un mundo, eso sí sería algo digno de ver.

Cuando Parcratos puso un pie por primera vez en el Romperrocas, sintió una electrizante sensación, y todo cambió para siempre.

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