Nadie lo imaginó, ni se nos pasó por la cabeza que podría ocurrir, pero las noticias dicen que está sucediendo por todo el país.

Nosotros casi no lo contamos, y ahora, escondidos en el sótano, todo lo acaecido nos parece un sueño. Mientras Susan reza porque no baje aquí su marido, John, mi cuñado, afila una vieja escoba como arma defensiva.

Es difícil matar a esas cosas dice la radio, no parecen ser vulnerables a las balas, ni a las estacas, y por supuesto cortarles la cabeza no sirve de nada, ni quemarlas…dicen que una de ellas se abalanzó ardiendo y sin cabeza, prendida en llamas, contra una familia hasta que les mató a todos.

El hotel de la tubería me está sacando de quicio, pensó, debí arreglar ese pedazo de chatarra oxidada hace mucho…aunque quizás muy pronto no importe realmente, pues si todo sigue así pronto esas cosas serán los nuevos amos de la Tierra.

Qué ironía, la mayor amenaza a la que se haya enfrentado la Humanidad no provendría finalmente del terror de los vacíos espaciales, ni de simas infinitas en el fondo de los océanos, ni de una isla bañada por la radiación, ni de un castillo medieval cubierto de sangre. Sino del lugar más insospechado, nuestros propios hogares.

Tampoco era casualidad que la fecha elegida fuese precisamente hoy, eso era obvio. Lo que no podía comprender era la clase de paciencia que habían tenido, los años, décadas, siglos que habían aguardado, planeando su venganza contra ellos. Era algo que escapaba de la comprensión de la que era capaz la mente humana. La paciencia y el sacrificio necesarios eran, como sus perseguidores, inhumanos.

Y ahora, tras tanto tiempo, allí estaban, con la Humanidad encerrada y oculta en sótanos oscuros y frías buhardillas, mientras esas cosas campaban a sus anchas buscando nuevas víctimas que despedazar, y los cadáveres se amontonaban en las calles y frente a los rescoldos de las humeantes chimeneas, cuya luz y calor languidecía al final de un largo día.

Hace un rato miré por la ventana, los Jonson parecían haber subido a la azotea, y desde allí pedían auxilio. Nadie podría ayudarles. Hacía horas que el último coche patrulla había pasado por la calle, perseguido por media docena de esas cosas. Desde entonces, nada.

De repente, la ventana que daba a la azotea se rompió y uno de los monstruos irrumpió en el tejado. No parecía muy grande, pero su aspecto era aterrador. Esa cosa muerta de piel compuesta de colgajos tenía la cabeza colgando sobre un cuello roto. Sus ojos vacíos parecían mirar a la nada, y su boca emitía guturales sonidos mientras sus garras arañaban el tejado de pizarra arrancando un chirrido que se podía oír desde el otro extremo de la calle.

Marti, el cabeza de familia se interpuso entre la cosa y sus nietos, quienes bajaron a toda prisa or los canalones, y se perdieron en el jardín de los Estevez, perseguidos por varias de esas cosas. Los sonidos eran aterradores.

El propio Marti intentó golpear a la criatura, pero ésta era bastante más ágil de lo que su deteriorado aspecto parecía indicar a priori. La cosa eludió el golpe y se abalanzó sobre su vecino, arañando sus ojos y empujándolo hasta que Marti perdió pie y cayó del tejado, rompiéndose el cuello.

La cosa pareció perder el interés por él en cuanto exhaló su último aliento. Esas cosas no les perseguían para alimentarse, sino para, simplemente matarlos. Y no sabía cual de las dos cosas le aterraba más.

Susane, su mujer, corrió la cortina y se abrazó a el. No hacían falta palabras. Los dos se miraron a los ojos, y miraron a los niños. Ambos dormían agotados y con claros síntomas de estar sufriendo pesadillas terribles. ¿Cómo podrían sobrevivir tan pequeños en un mundo que, aparentemente, se había vuelto hostil de la noche a la mañana?

La mañana, qué irónico. Esta mañana había empezado como cualquier día de Acción de Gracias normal. Nieve, ponche y juegos, mientras la familia iba llegando. Nada hacía sospechar que sería el último día normal sobre la Tierra, que a partir de hoy el ser humano no sería más la especie dominante, y que ahora, los nuevos amos del mundo, aterradores e implacables, iban a dictar nuevas normas. Escóndete o muere.

A su mente acudieron otra vez las imágenes de los extraterrestres, y un escalofrío recorrió su cuerpo estremeciéndole. El fin del mundo tal y como lo conocían no vendría del cielo, en forma de extraterrestres, ni de los cementerios en forma de oleadas de zombis, ni de nada que nadie hubiese imaginado jamás. El fin de la Era del Hombre, el final del antropoceno, vendría de las cocinas de los hogares. Vendría en forma de…

Algo arañó la trampilla del sótano, y todos quedaron en silencio y a oscuras. Terrence agarró con fuerza el cuchillo de cocina. Si era la cosa que merodeaba por la casa, sabría que deberÍa luchar por su vida y las de sus seres queridos. Y seguramente perdería.

Porque hasta ahora, ni en la tele ni por la radio, parecía haber nadie que hubiese logrado matar a una de esas cosas. El sonido paró, y por un segundo la esperanza volvió al corazón de Terrence. Al menos, hasta que escuchó tras la puerta el característico glu-glu-glu del pavo que había intentado cocinar esa misma mañana.

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