No me avergüenzo de reconocer que el verano en Madrid me produce rechazo, aversión e incluso dolor físico. No soy uno de esos que yo llamo “veranitas” y que disfrutan del calor de la ciudad, refrescándose en piscinas, parques y terrazas nocturnas.

No, yo soy más de noches eternas, árboles sin hojas, frío en los huesos y días grises que se reflejan en charcos aún más grises.

Una calle vacía por la noche, o desierta en las mañanas lluviosas me solaza más que cualquier diversión derivada del buen tiempo.

Ojo, no digo que Madrid no tenga sus cosas buenas en verano. El 99% de la gente lo disfruta y me alegra que lo hagan, pero eso no va conmigo.

Tampoco digo que los otoños e inviernos de la ciudad no sean duros. Incluso yo noto más melancolía y tristeza en esta época, y menos energías que durante la primavera, pero tampoco los veranos de calor interminable me parecen una fiesta que celebrar.

Y es que Madrid es una ciudad dura. Sí, dura como sólo puede serlo una ciudad única que recibe, y atrapa, a cualquiera que se adentre en sus límites. Como una tela de araña que irradia belleza, y te atrae, pero que conlleva tu muerte, Madrid puede ser muy duro, tanto en Invierno como en Verano.

Por eso yo prefiero el gris y las noches eternas, antes que los días largos, el calor y la luz.

Si Madrid va a matarme, poco a poco, prefiero que no me engañe haciéndome creer que puedo ser feliz y dejar atrás la oscuridad. Prefiero que me enseñe su negra y sucia cara, que me sonría enseñando los dientes antes de devorarme, a que lo haga con una dulce canción o una caricia envenenada.

Qué le vamos a hacer, soy un tío de invierno, ya lo dije.

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