Jerrak cortaba leña mientras el sol caía.

Eso le daba a él una oportunidad para escabullirse y hacer lo que más le gustaba, explorar.

Ilan Timbal, se deslizó sigilosamente por detrás de la cabaña, mientras el sol se ponía. Sin apenas hacer ruido, abrió la puerta trasera y se adentró en la cocina.

El olor a compota de manzana le abrió el apetito, pero los aventureros debían hacer sacrificios y sobreponerse a los deseos mundanos si querían salir triunfantes. O eso decía Jerrak.

Corriendo subió por la escalera al segundo piso, y con la misma rapidez colocó la escalera de mano que le daba acceso a la buhardilla. Se le daba bien eso de escabullirse y entrar en sitios prohibidos. Demasiado bien, decía su madre.

Ilan pasaba las tardes allí, leyendo los libros de su madre y observando los trofeos de Jerrak, soñando con aventuras, magia y criaturas terribles que algún día vencería.

El sol se ponía por el ventanuco redondo y deslustrado, e iluminaba las cajas y los objetos del desván con un color dorado que hacía que todo aquello pareciese un gran tesoro.

Ilan se percató de algo que no había observado antes, algo que, juraría, nunca había estado ahí. Había recorrido ese lugar cientos de veces, conocía cada rincón, cada caja, e incluso el olor de cada madero. Y ya nadie subía ahí, por lo que nadie debería haberlo puesto en ese lugar. Además, por el polvo parecía que llevaba ahí toda la vida.

¿Era posible que se le hubiese pasado? No lo creía, pero tampoco le importaba.

Se acercó al rincón mientras el último rayo de sol incidía sobre ella antes de perderse en el anochecer, y la tomó en sus manos.

El tacto era extrañamente familiar, como si la hubiese tenido cientos de veces en sus manos. Sus pequeños dedos parecían reconocer los grabados, las curvas de la caja y hasta dónde parecía estar el cerrojo oculto que pulsaba el mecanismo de apertura, así que, con gran curiosidad, la abrió.

Nada pasó, ninguna explosión mágica, como Jerrek le decía siempre que pasaría si tocaba sus cosas, ningún sonido chirriante, nada.

En su interior, solitarias, dos pequeñas patas de gallina resecas. Ilan las tomó en su mano, poniéndolas al contraluz para observarlas, cuando una voz le interrumpió.

– Ilan Timbal, hijo, baja, es hora de cenar.

– Ya voy, Jerrek – respondió mientras guardaba el extraño objeto en la caja y depositaba esta en el rincón donde la había encontrado. Nadie sabría que la había tocado, tenía una memoria fabulosa para esas cosas. Sabía la posición inicial de la caja hasta el milímetro, y como la encontró, la dejó.

Apresurado, bajó por la escalera de mano y cerró la trampilla.

Quizás si se hubiese quedado un poco más, hubiese podido oír una lejana y vieja risa sonar, como traída por el viento.

Anuncios