Egranta acarició el frío metal. Para ella, la ausencia de calor en Quebrantaelfos era tan reconfortante como el sol en la cara para los frágiles humanos.

La pesada maza pareció estremecerse, ronroneando como un gato ante el tacto de la gigante. Hacía mucho que ambas se habían encontrado, y numerosos eran también los combates que habían librado contra sus respectivos enemigos. Sí, la poderosa maza mágica había tenido sus propios rivales, pero todos ellos ahora yacían muertos o quebrantados.

Ambas se respetaban, se ayudaban y sí, se temían. Ambas eran ambiciosas, inteligentes y posesivas, y no toleraban ni la debilidad ni el fracaso. Muchos gigantes servidores, de las colinas y de piedra habían muerto por la propia mano de Egranta, exasperada por algún fracaso, o simplemente aburrida y tediosa.

Sus ojos azules se posaron sobre la montaña, reluciente como un espejo, y supo que había llegado a su destino.

Por el camino del sur, procedente de la cordillera, parecía acercarse una pequeña expedición. Agrur gruñó a su lado, y la gigante estiró su azul brazo para acariciar su lomo y calmarlo. Sobre ella, la imponente figura de la madre del dragón sobrevolaba la planicie helada por la que habían llegado. Tras ella, los gigantes, orcos, trolls y trasgos se detuvieron y dejaron caer los pesados fardos que portaban.

Eran un buen número, pero sólo una pequeña fracción de las fuerzas que Egranta había invocado.

Sus ojos reconocieron en las figuras que se acercaban a varios de sus lugartenientes, y eso la hizo sonreír.

Con un rugido que helaría la sangre de quien lo oyese en la distancia, los dos dragones blancos y la mosntruosa horda saludó la llegada de los enviados.-

– Poderosa reina – dijo uno de los ogros, Gortrragur, jefe de la expedición de avanzada que hace semanas que había llegado a la Montaña, – todo está preparado para su llegada. No hay rastro de los guardianes, y nadie nos espera. Todo está listo – su rostro se deformó en una feroz onrisa que dejó ver una poderosa hilera de dientes afilados. – Además, el invierno será duro y largo – terminó.

Egranta sonrió de nuevo. A su lado, la planicie de hielo se estremeció cuando Thiradranarh “Ala Helada” se posó, e incluso los indómitos trolls retrocedieron un paso ante su presencia.

– Pronto vengaremos a nuestros hijos, Thira, dijo dirigiéndose a la colosal dragona blanca. Pronto Colmillo y mi propio hijo podrán descansar en paz, cuando hayamos acabado con todos aquellos que on responsables de sus muertes.

El viento del norte aulló, levantando nubes espirales de polvo de hielo, mientras la comitiva retomaba la marcha en dirección a La Montaña de los Espejos.

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