Yace el Héroe,

quién salvó Avalón,

tantas veces,

que por fín, descansó.

                  D.P.

No había nadie para leer la poesía esculpida a fuego en la lápida. De hecho, nadie sabía siquiera que la poesía estaba ahí, pues sólo una poderosa magia podía revelarla, escrita por encima de la inscripción original “Tus amigos de la Mesa Redonda no te Olvidan”.

Hacía mucho que Merlín había desaparecido, y Arturo y todos los Caballeros habían muerto, bueno, todos menos ese inútil de Percebal, mira que encontrar el maldito Santo Grial y beber de él. Ahora andaba por tabernas y posadas quejándose por lo mal que iban las cosas desde la muerte de Arturo, y de cómo el reino se estaba degrandando a causa de la pérdida de los valores y de Camelot y por esta juventud tan ingrata. Llorar y llorar, nada que no hiciese ya en vida.

Pero todos los demás reposaban en sus respectivos sepulcros, olvidados de todos excepto en los cantares de los juglares y los poemas de los poetas. Lancelot, Ginebra, Arturo…eran otros tiempos.

El cielo estaba nublado, pero no nublado como suele estarlo el reino de Inglaterra, no. Mucho más, nublado como el aliento de un dragón, nublado como la montaña de los Nibelungos el día que Sigfrido la avistó por primera vez, nublado como el infierno, nublado…bueno, nublado como Escocia. Y eso sólo podía presagiar algo realmente malo.

La tierra húmeda tembló, mientras los rayos surcaban los cielos, y los truenos estremecían a todo ser vivo alrededor del cementerio. La lluvia comenzó a caer, mientras pequeñas grietas se abrían en el suelo al pie de la lápida. Minúsculas al principio, a medida que el temblor ascendía en intensidad, las grietas se iban haciendo más y más grandes.

Una enloquecida risa se dejaba oír entre los truenos, ¿o era una canción con música de arpa?.

La tierra terminó por resquebrajarse, y un gruñido surgió de la tumba. ¿Qué horror escaparía de su eterno descanso? ¿Qué impía criatura escaparía del averno para aterrorizar a los lugareños?

La tierra se combó, y de la sepultura eterna surgió una poderosa mano empuñando una…¿cuchara?

Sí, una cuchara, pero no una cuchara cualquiera. Era la Cuchara de la Resurrección. Forjada con la misma veta de metal que Excalibur, estaba llamada a cumplir una función. en la hora de más necesidad del reino, traería de vuelta al más valeroso héroe para salvarle. Y eso había hecho.

Que el mal temblase, y las bestias que amenazaban la libertad del Reino se ocultasen en los más oscuros escondrijos.

Pip había regresado a casa.

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