Dicen, yo nunca la he visto, pero doy bastante credibilidad a quien me lo ha contado, que en el Museo del Prado existe una sala especial.

La sala, a parte del blanco inmaculado de sus paredes, no posee ningún atributo especial, pero si uno está dispuesto a mirar más allá de lo obvio, se dará cuenta de que, como el proverbial elefante en la habitación, ha pasado por alto un hecho muy importante, no hay ninguna puerta, ni ventana en ella.

Toda la habitación carece de cualquier entrada o salida. Nadie suele recordar cómo entró en la habitación, ni cómo salió, quizás nadie entre o salga de ella, sino que sólo despierte o se duerma a la sala.

No se trata, sin embargo, de un sueño, ni algo inmaterial. La Sala Sin Puertas es algo muy real, un privilegio y un anhelo.

Pues en ella, además de las paredes blancas y de la ausencia de entrada, el privilegiado visitante que se encuentre en ella puede contemplar alguna de las maravillas pictóricas llamadas L0s Trece Pecados.

A lo largo de los siglos, los mejores pintores de cada generación, Leonardo, Miguel Ángel, Picasso, etc. han sentido el impulso irrefrenable, la necesidad, o quizás la inspiración, de crear una obra que representa uno de los pecados universales.

Cada una de ellas, hermosa, terrible y desgarradora, representa la obra cumbre de cada uno de ellos, y cada una, a su vez, es ocultada para siempre por una cofradía cuyo único objetivo es esperar al siguiente Pecado, para ocultarlo de la vista de la Humanidad.

Sólo aquellos elegidos lo suficientemente afortunados o desgraciados como para acceder a la Sala sin Puertas pueden contemplar uno de ellos en cada visita. Sólo uno por visita. Y cada estancia en la Sala cambia a su visitante para siempre, ofreciéndole iluminación, Epifanía o tormento eternos.

Ésta es la historia conocida de la Sala sin Puertas y los Trece Pecados. La parte oculta de dicha historia es mucho, mucho más extraña.

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