La impía espada mágica Mataelfos continúa su leyenda tras los hechos acaecidos en La Montaña de los Espejos. Tras ser arrastrada por el deshielo del glaciar que arrasó la horda de monstruos y criaturas que habían convertido Shanafria en su hogar, la escorrentería la hizo perderse en los ríos que desembocaban en los Bosques Muertos, un páramo de troncos ennegrecidos que recorre el Este desde esa cordillera hasta los reinos nor-orientales, donde moran las brujas y reinan la magia y la brujería.

Mataelfos fue encontrada de nuevo por un caudillo orco que presintió que la negra hoja de impíos grabados era más de lo que aparentaba. No fue hasta años después que sus poderes se revelaron.

Grut, su nuevo propietario, encabezaba una desesperada partida de su tribu en busca de alimentos y esclavos, cuando dio con una pequeña caravana elfa. Dado que su situación era desesperada, Grut tomó la decisión de atacar, algo que hasta ahora habían evitado.

Los elfos eran peligrosos si no se les atacaba con una gran ventaja numérica, cosa que su exigua tribu no tenía, pero eran tiempos difíciles. Habían vagado mucho desde que sus aliados, esos traidores magos humanos que fueron vencidos por los Dragones del Arco Iris, para encontrar un lugar donde aposentarse. Los Bosques Muertos no eran el mejor lugar para recuperarse, pero no encontraron otro, así que desde entonces malvivían de la caza de reptiles y roedores y de algún que otro pillaje.

La caravana estaba preparada, habían sido avisados de la presencia de bandidos orcos, y a la primera señal de peligro una lluvia de flechas salió a su encuentro. En pocos segundos se vieron luchando por su vida contra una fuerza mucho más disciplinada, mejor armada y motivada.

Pero todo cambió cuando Grut hundió su espada en su primera víctima, una joven elfa. Al probar de nuevo la sangre, la espada despertó de su letargo, y “recordó” el destino para el que había sido forjada y grabada.

Renovado su poder, alimentada con la sangre de su víctima, sólo fue cuestión de un segundo que su magia subyugase a todos los elfos presentes. Éstos, desprevenidos, sintieron cómo sus fuerzas les abandonaban y su voluntad flaqueaba. Los orcos de Grut no tardaron en dar cuenta de los guerreros y de capturar al resto sin entender nada.

Sólo Grut comprendió lo que había pasado, pues la espada ya le estaba susurrando al oído. A partir de ahora, y mientras el caudillo orco siguiera los deseos de la afilada hoja, serían inseparables.

Con el tiempo, la leyenda de la tribu de Grut creció, y numerosas partidas de orcos acudieron a la llamada. Sus presas favoritas eran, obviamente, los elfos, lo que contribuía a su leyenda, pero no se limitaban a ellos, y su tribu creció en poder y riqueza.

Grut, mientras tanto, ha visto su mente corrompida por el negro filo de Mataelfos, y pasa los días que no está saqueando aislado en su tienda. Sentado en su trono, sumido en sus negros pensamientos de odio y su ansia de sangre, planea su venganza contra los elfos y contra aquellos que expulsaron a su tribu, Pentegarn y el mocoso quehablaconlosanimales.

Quién sabe a donde le llevará ese odio, alimentado por Mataelfos, y si no será la perdición de su tribu o el comienzo de una leyenda entre los pueblos orcos.

Espada mataelfos la Montaña de los Espejos

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