Bofrust podía haber sido uno de los más poderosos archimagos del mundo de Infinity Dungeon (o de Black Hammer, o de cualquiera donde transcurra tu campaña)  e incluso del Multiverso, si el amor no se hubiese cruzado en su camino desde joven.

Bofrust se enamoró de Lauralinda, la hija de la panadera, justo antes de acudir a la Universidad Mágica, lo que en cierta forma trucó, o mejor dicho, recondujo su carrera por derroteros insospechados.

El joven aprendiz de mago dejó la universidad sin terminar su primer año, y regresó a su ciudad natal, donde Lauralinda aceptó su proposición de matrimonio y de montar un negocio juntos. Así nació la Tienda de Chucherías y Pasteles de Bofrust y Lauralinda.  Ni uno ni otro tenían la más mínima habilidad pastelera, pero no necesitaban mucho, y a ambos les bastaba su amor.

Con el tiempo, una terrible enfermedad, que algunos identificaron como una forma de licantropía recesiva, le arrebató a Bofrust a su amada. Éste, compungido y roto de dolor, estuvo a punto de cerrar la tienda, pero finalmente decidió seguir con el sueño de su amor desaparecido.

Eventualmente, Bofrust decidió volver a sus estudios de magia, y comenzó a experimentar con pequeños conjuros que ató a sus chucherías para ganar algo más de dinero. Así, caramelos, dulces, pasteles y bebidas azucaradas fueron enriquecidos con cantrips y conjuros menores, convirtiendo la tienda de dulces en un punto de encuentro famoso para nobles y comerciantes, y presencia obligatoria en toda fiesta de alta sociedad que se preciase a lo largo y ancho de la ciudad y sus alrededores.

Por supuesto, Bofrust realiza pedidos por encargo más importantes si la recompensa es lo suficientemente elevada, con conjuros mayores para hechizar, embaucar o embriagar a docenas de asistentes e invitados, cumpliendo los caprichosos deseos de sus patronos.

Así, son legendarias algunas fiestas que “aderezó” con sus dulces y tartas, en las que los invitados fueron transformados en mitad animales mitad hombres y se enfrascaron en un frenesí sexual, o aquella otra en la que cada invitado que probó sus caramelos de colores tuvo intensas alucinaciones con mundos de más allá del Multiverso, y en el que ellos eran un dios que le daba forma al mundo.

A donde hubiese podido llegar Bofrust si hubiese continuado sus estudios de magia y dedicado su vida al Arte es algo que nadie sabrá jamás, y desde luego, es algo que no preocupa al mago pastelero en absoluto.

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